Dedicatoria a mi Madre

 
La voz de mi Mamá la extraño. Mucho. La escucho igualmente varias veces de mi propia boca. Repito frases hechas, estrategias, motivaciones y regaños que yo misma recibía de niña. Repertorio clásico de una madre involucrada que intenta, triunfa y fracasa a diario en su misión de educar, estimular y emancipar a sus retoños.
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Pero hay dos frases de mi Mamá que son un credo en mi vida. No las digo. No las repito. Las vivo. O, mejor dicho, vivo y me esfuerzo para honrarlas todos los días.

“El humor de la casa es el humor de la madre”.

Se lo escuché repetir de niña y ¡Bah, qué poeta!, pensé cada vez.
Buen humor en mi casa siempre hubo, por mérito de mi Papá también. En la salud como en la enfermedad. Nada que preocuparse. Mucho que admirar y agradecer.
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Me convertí en madre yo misma y ¡Ay, ay ay, gigante “descripción de cargo”!, reaccioné.
Y hasta me incomodé. Tan pocas palabras para abarcar tanto. Así es que a diario asumo con responsabilidad que mi humor tiene gran influencia en el resto de la familia. Por eso me ocupo primero en estar bien yo. Y luego me preocupo y ocupo si los demás no lo están. Me costó entender este orden y secuencia. Pero me basé en las medidas de seguridad del avión en caso de despresurización al caer las máscaras de oxígeno: “Los pasajeros que viajen con niños deben colocarse la máscara a ellos mismos primero y después colocársela a los niños“.
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Mi madre me regaló dos grandes “máscaras de oxígeno” y me enseñó a usarlas con su propio ejemplo: la escritura y Las Escrituras. Tengo largos escritos de ella que me rescatan y me refieren continuamente a Dios. Mi madre también me enseñó a rezar en silencio. Es por eso que, para que mi humor no flaquee, recurro frecuentemente a las enseñanzas de mi Mamá, a la oración, a la respiración y a la meditación. Las turbulencias en la cabina familiar pueden ser frecuentes e intempestivas. Hay que estar mental, espiritual y físicamente preparada para dar lo mejor y devolver a la familia a una buena altitud de vuelo moderado y seguir planeando.
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“Estar lejos no es estar separados”

¡Y vaya si esta frase de mi madre me marcó a fuego cuando viví tanto tiempo en otros países, lejos de ella! Sí, estuvimos muchos años lejos. Pero nos sentimos cerca cada uno de ellos. Porque no siempre depende de la cercanía física. Uno puede estar sentado al lado de alguien y sentirse lejos, ¿verdad? Gracias a Dios hoy en día las comunicaciones favorecen la cercanía. Pero para ello hay que dedicarle tiempo a compartir, escribir, llamar, dialogar, escuchar y estar. Si la presencia física, el tacto y el abrazo no se suman, pues que el corazón, las palabras, los gestos y muestras de cariño se mutlipliquen.
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Mi Mamá hoy está aún más “lejos”. Ya tiene su Pasaporte de Vida Eterna. Ya no la veo ni la escucho. Extraño mucho eso. Pero su presencia es eterna y su companía permanente. La siento muy dentro mío, especialmente cuando me detengo, medito o rezo. Y la comparto en mis letras. De hecho estoy convencida de que fue ella quien me regaló la oportunidad de mi última publicación. Desde arriba me lanzó esa otra “máscara de oxígeno” que tanto necesito a diario: escribir. Y desde la primera hoja de ese libro estamos cerca. Ella y yo. Distinto. Pero como siempre: Juntas.
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