“Hola, te estábamos esperando”

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 47 años …

Una de las experiencias donde sentí que Dios estaba presente fue a raíz de una separación que yo tuve con mi mujer. Ella pedía un tiempo y nos distanciamos. Estando yo en el departamento me veía con 1 colchón. 1 banquito. 1 mesita. 1 lámpara. 1 tostador. Mucho individualismo. Mi madrina, a quien quiero mucho me muestra una nota que había salido en el diario La Nación que hablaba de un Monasterio que estaba en Los Toldos a donde la gente podía ir a hacer un retiro. Y me dice que tal vez era una oportunidad para mí. Ella creía que esto me iba a hacer bien para reencontrarme un poco conmigo mismo. Estaba pasando unos días muy complicados. Bastante mal. Esto fue unos cuantos años atrás con lo cual la tecnología no es lo que conocemos hoy. Había que llamar por teléfono y esperar una respuesta. Y no habían celulares, sino que era un aparato fijo que estaba en un lugar específico y había que tener la suerte de llamar justo en el momento en el que alguno de los monjes estaba en ese lugar y dependía mucho del clima y de la antena.

Siento curiosidad por esto. Quería ver qué era. Habíamos estado ocho años de novios. Un año y medio de casados. Y de pronto ahora estaba separado hacía como 6 meses y como que no me veía muy bien. Estaba constantemente atrás de respuestas. Logro contactarme con el Monasterio y como venía Semana Santa quería aprovechar ese fin de semana para ir. Pero justo hay una tormenta y un rayo deja sin teléfono al Monasterio así que me quedé sin la confirmación de si tenía o no lugar.

Era tal la tristeza, angustia y soledad que sentía en esos días que el jueves a la mañana, decidí agarrar el auto e ir de todas formas. A lo sumo, lo peor que podía pasar era que me dijeran que no había lugar, con lo cual pegaba la vuelta y listo. Agarré el mapa de las rutas, me fijé dónde quedaba y emprendí la marcha. Aclaremos que el gps no era algo usual en aquella época tampoco. 6.30 am ya estaba en viaje. En silencio. Tranquilo. Después de recorrer los 310 km que separan a la ciudad de Buenos Aires de la de Los Toldos, llego al Monasterio Benedictino Santa María de los Toldos. Entro y me quedo en el jardín tratando de ver si había algún tipo de movimiento ya que no me animaba a entrar directamente a la Capilla de movida. Quería encontrar alguna puerta amigable que me invitará a entrar. Golpeo y no contesta nadie. Al rato aparece un monje y me pregunta si necesitaba algo o qué estaba haciendo ahí. Me presento, le digo quién soy y que había llamado para poder estar en Semana Santa con ellos pero debido a la tormenta y el corte de las comunicaciones me había quedado sin la confirmación y había decidido acercarme igual a ver qué pasaba. Y tal era mi desesperación que en ese mismo instante le dije, que estaba separado y pasándola muy mal con lo cual necesitaba estar ahí. Y de una forma muy tranquila Daniel (ese era su nombre, Daniel Menapache, el hospedero de esos días), me mira a los ojos y llamándome por mi nombre me dice “te estábamos esperando”. Ante semejante declaración se me aflojó todo. Jamás me hubiera esperado una respuesta de esa índole. Llamarme por mi nombre e invitarme a pasar era muchísimo más de lo que me podía haber imaginado.

Me acompaña hasta el lugar a donde yo iba a dormir, y en esa época, tuve la gracia de poder convivir con ellos, en el claustro de los monjes. Cruzármelos por los pasillos. Comer con ellos. Vivir con ellos. Si bien la hospedería queda en otro lugar compartías con ellos una infinidad de cosas. Incluso, el lugar donde se cambian y se ponen esos hábitos marrones con los que estamos acostumbrados a verlos para entrar a la Capilla. Así arranqué mi Jueves Santo en la celda que me asignaron que era la de San Marcos. Cama, escritorio, Biblia y nada más. Pude conocer en persona a Mamerto Menapache de quien ya había leído varias historias. Y pude confesarme con los monjes a través de una charla muy sincera. Incluso hablando con uno de ellos en un momento me dice “por más que vos sigas rezando y pidiendo, si tu mujer no quiere volver con vos, no va a hacerlo”. Y eso no me lo estaba diciendo un amigo y que yo ya lo sabía. Me lo estaba diciendo un monje. Aquel a quien yo había ido a pedirle la solución mágica a mi problema. Un pensamiento más profundo con la solución a la situación por la que estaba pasando para recuperar a mi mujer. Y encima, como en toda Pascua, ellos tienen la Ceremonia del Lavado de los Pies. Y me invitaron si quería ser uno de los que les lavaran los pies y no fue sino el Abad quien vino a hacerlo. Eso me impresionó muchísimo. Y me permitió tocar fondo y empezar a disfrutar de las miradas. Las sonrisas. Los actos. Esa fue la primera vez que yo hice un Vía Crucis completo. Empecé a sentir regalos.

Uno de ellos fue de un hermano consagrado que estaba estudiando ahí, se me acerca y me pregunta si lo podía ayudar a limpiar el Cristo. Cuando lo bajaban en esa fecha se aprovechaba, como es de madera, para pasarle cera. Y la verdad que uno no está acostumbrado a tocar esas imágenes. Son enormes. Imponentes. Y recuerdo estar pasándole la cera y sentir como si estuviera tocándolo a Jesús. Sintiendo su cuerpo. Sus brazos. La forma de sus músculos. Y yo estaba limpiando uno de los brazos. El hermano limpiaba el otro. Y el Abad estaba parado en los pies. Mientras que charlábamos. Y le conté toda mi historia. Y ellos quedaron muy conmovidos porque si hay algo que ellos tienen es un poder de escucha increíble. Y un sinfín de historias dolorosas de gente que va allá. Y en ese momento sentí que se producía una unión impresionante porque encima estaba Jesús en medio de nuestra charla literalmente. Y ya sentía que el estar ahí no estaba pasando de casualidad. Pude disfrutar muchísimo de una Misa de Resurrección diferente y ver como el silencio que había reinado en esos días se transformaba en una fiesta donde venía a compartir con ellos la gente del lugar. A celebrar.

Me acuerdo muchísimo de todas las actividades en las que participé. Y una de las cosas que más me quedó grabadas fue otra acción de uno de los hermanos. Ellos tienen como algo muy importante las siestas. Porque es su momento para descansar. Se levantan muy temprano. Y sin embargo, uno de ellos me dijo que como él veía que yo necesitaba hablar, que fuera con él a su claustro y ahí íbamos a poder charlar tranquilos. Él estaba ofreciéndome a mí su momento de descanso. Y cuando terminamos de charlar mira para todos lados y me dice: “no tengo nada para darte para que te lleves, pero si puedo darte este cuadrito.” Y me dio una imagen de San Benito que él tenía. Y yo pensaba, que no sólo ellos dejan todo para entrar ahí, sino que de lo poco que tenía estaba buscando algo para darme a mí. Era el que menos tenía el que más daba. Él no tenía por qué hacerlo, simplemente quería demostrarme que estaba dispuesto a acompañarme a llevar mi cruz.

Termina la misa y después del mediodía me vuelvo para Buenos Aires. Y yo volvía pensando que si realmente las cosas se podían llegar a solucionar tenían muchísimo que ver con todo lo que yo había vivido en ese fin de semana. Muy especial. Había logrado ver desde otro lugar todo lo que yo estaba viviendo.

Voy directo a la casa de mis padres, porque como era Pascua íbamos a juntarnos a comer en familia. Y además estaban todos muy expectantes a cómo me había ido ya que estaban todos movilizados por todo lo que a mí me estaba pasando. Y cuando estábamos comiendo suena el teléfono, y antes que atiendan yo les dijo, “esa es ella”. Mi ex sabía que yo iba a ir al Monasterio. Y efectivamente era ella que sólo quería saber, al igual que el resto, cómo me había ido. Era el primer gesto que ella tenía para conmigo. Hablamos un ratito y combinamos para encontrarnos. A partir de ahí empezó todo un proceso de recuperación, de unos 6 o 7 meses, que unos días atrás era casi inviable. Y de hecho, hoy, mi ex es mi mujer con la que tuvimos 3 hijos y estamos juntos.

Y como forma de agradecer todo esto, la invité a mi “novia” a que me acompañara a ver dónde yo había encontrado esas respuestas que buscaba y así fue como llegó Pentecostés y fuimos a visitar el Monasterio. Y los hermanos que ahí estaban, al verme venir y que se las presento, no podían creerlo. Había un gran avance. De la nada misma donde el matrimonio estaba perdido. En la resurrección de la Pascua, nacía un resurgir de nuestro matrimonio y se nos presentaba una nueva oportunidad que dura, incluso, hoy en día.

Este fue el primer momento donde yo encuentro que Dios estuvo muy presente en mi vida. Sigo yendo a Los Toldos cada tanto. Saben quién soy. Saben que está mi mujer. Saben de mis hijos. Se alegraron y lloraron con nosotros.

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El guionista NO soy yo

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 42 años …

Tuve una infancia muy buena. Espectacular. Éramos más de 40 primos hermanos que nos reuníamos siempre. Soy el cuarto de cinco hermanos muy seguidos. Una familia muy linda de chiquito. Y a medida que iba creciendo veía los problemas que había alrededor. No había terminado la primaria cuando empiezan a verse los cortocircuitos de la casa y mis padres se separan. Al poco tiempo a papá le agarra un resfrío que se complica en una neumonía por la cual lo internan, y muere a los 5 días. Todo muy rápido. Y nos quedamos en casa con una madre que tenía problemas de pastillas y alcohol.

20 años después logré entender que todos los mandatos y presiones familiares que tenía el viejo habían hecho que explotara. Me costó mucho entenderlo. Y en casa teníamos a mamá en una cama algo así como desconectada de la realidad.

Durante mi primaria, en un colegio católico, tengo el recuerdo de vivir bajo la presión de la culpabilidad y castigo. Si no hacés esto te va a pasar tal cosa. Y si hacés tal otra te va a pasar … y así constantemente. Hoy por hoy puedo ver y comparar eso con el Año de la Misericordia. Donde la Iglesia intenta cambiar la imagen que los adultos jóvenes tenemos de Dios. No es un Dios que te castiga y te reprende sino que es un padre bueno que te espera con su abrazo y te perdona. Creo que si de chicos hubiéramos tenido esa línea las cosas serían completamente diferentes.

A los 13 años me di cuenta que no tenía padre. Que tenía una madre enferma. Que mi abuelo había sido una persona importante. Que eso me iba forzando a mí a “tener que”. Me idealizaba situaciones. Como mi padre había sido así yo tenía que ser asá. Hoy de grande puedo ver que mi padre no era ni la mitad de las cosas que yo me imaginaba. Que por su forma de ser había perdido su vida. Por estar cargándose con las culpas de los demás terminó explotando. Y a lo largo de mi adolescencia y juventud yo apuntaba exactamente a lo mismo. Hoy, gracias a Dios, soy un tipo que suelta las cosas. Vivo el presente mucho más relajado. Logro no hacerme mala sangre por todo.

Como mi padre había muerto siendo yo muy chico, me imaginaba que cuando yo llegara a esa edad tenía que ser otra cosa. Ya estaba casado, tenía hijos y no quería morirme a la edad de mi padre sin dejarle la vida resuelta a mis hijos. Sin dejarles una estructura armada como para que no se caiga al momento de yo no estar más.

Un año después de la muerte de mi padre empezaron los problemas en casa. Abríamos la heladera y lo único que había eran botellas de vino blanco. Empezaba a faltar la plata para pagar las cuentas. Y se vino el primer cambio de colegio empujado por la situación social en la que nos había dejado mi padre. Con colegio y club con un status bien posicionado. Pero todo ese castillito empezaba a desmoronarse. Y pasaba de un colegio a otro. Y de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche. Para poder recibirme porque ya había empezado a trabajar.

A los 16 ya estaba trabajando. Para poder mantener ese status que me habían impuesto. De lunes a viernes era alguien que escondía esa situación y los fines de semana trataba de ser lo que no era juntándome con mis amigos que tenían otro “nivel”.

De los 13 a los 19 viví como pude. Y los fines de semana eran un descontrol total. Al punto que no sé todavía cómo los sobreviví. Salía el viernes y volvía el lunes para poder ir a trabajar. Había muchísima libertad. O mejor dicho, una absoluta falta de límites. Toda esa época sin religión. Sin confesión. Sin Iglesia. Y toda esa libertad y responsabilidad hace que uno vaya madurando muchísimo más rápido.

A los 20 años, aproximadamente, tuvimos que agarrar a mis tíos, con uno de mis hermanos, y obligarlos a que se hicieran cargo de nuestra madre porque lo poco que nos había quedo se lo estaba “tomando”. Nos estaba llevando al tacho. Y no podíamos tener esa responsabilidad. Yo seguía siendo una máquina. Lleno de mandatos autoimpuestos. Y eso te genera una fortaleza y una coraza que no entendés. Era sentarme en casa escuchando música y tomando un whiskey que terminaba siendo la botella casi entera. Eran cumplir todas las cosas materiales.

Empecé a trabajar muy chico y a crecer muy rápido. A subir escalones en el trabajo. Y me encontraba a los 25 años en una posición para la cual necesitaba el doble de trayectoria. Decidí terminar mi carrera solamente porque ya la había empezado pero sabía que no era lo mío. Vino la crisis del 2001 y yo estaba en Uruguay. Cuanto problema y locura había, ahí iba yo a tratar de solucionarlo. “Es un caos?, dámelo a mí”. Empezaron a haber un montón de momentos violentos dada la situación del país que me hicieron perderle el respeto a la gente mayor, pero en el sentido de tener que decirles las cosas de las maneras más crudas que uno se pueda imaginar. Gente que tal vez estaba perdiendo todo. Con toda esa crisis yo me recibo de la facultad y me caso. Y decidimos con mi mujer irnos de Buenos Aires porque era todo un caos. Una adrenalina y locura galopantes. Termino, no sé muy bien cómo, administrando un campo demasiado grande. Y en esa falta de respeto de la que hablaba antes, enfrento al dueño y le digo que yo no puedo estar ahí porque no entiendo nada del tema. Pero todo el camino recorrido hacía que las metas que me proponía las fuera cumpliendo y esta persona decide que sea yo quien se ocupara de todas maneras. Y ahí fui. A solucionar un problema más. “Yo puedo” era el lema. Y siempre subiendo la apuesta. Y lográndolo. Entonces me creía que nada podía conmigo y seguí para adelante. Me divertí mucho estando en el interior. Y después decidimos volver a Capital. Y cuando voy a decirle al dueño del campo que renuncio porque ya me había aburrido de eso, me dice, de ninguna manera, tengo otro trabajo para vos en Buenos Aires. Tenía 33 años y estaba sentándome a la mesa de los grandes de los números. 8 horas por día trabajando y otras 7 escondido estudiando para poder seguir en el lugar en el que estaba. Feliz de esa vida. Pero también me empiezo a aburrir. Y busco abrir una empresa con todos los problemas nuevos. Para cuando esos problemas se solucionaban me aburría. Y ahí, en ese aburrimiento me llaman para decirme que había un problema inmenso con una empresa que necesitaba ponerse a punto en menos de 6 meses. Y como no podía ser de otra manera, dije que sí. Y también salió adelante y funcionando. Pero ese problema era un poco más grande que yo y me explotó en las manos. Todos los días sentía que hablaban de mí. Me sentía “sucio”. Qué iba a hacer con mis mandatos y mis ideales. Todo empezó a salir pésimo. En medio de todo ese caos y de empezar a volverme loco, uno de mis mejores amigos se enferma de cáncer y en muy poco tiempo se muere. Y esa fue la gota que hizo que rebalsara mi vaso e hiciera click. Y de golpe y porrazo me encontré con el juez de línea levantando el cartel luminoso con mí número. Afuera de la cancha. A no jugar más. Y mi cabeza no lo estaba tolerando. Era algo demasiado fuerte para mí. Desde muy chico estaba a diez mil revoluciones trabajando y de pronto me encontré que no solo me sacaron sin mandarme al banco, sino que me mandaron derecho al vestuario, sin siquiera poder ver cómo seguía el partido. Y me sentía la persona más inútil del planeta. Y ahí otro amigo mío me empezó a decir que escuchara un poco más a Dios. Y me invitó a un retiro. No me contó ni la mitad de las cosas que iba a vivir pero me sumé igual. Necesitaba poder parar la pelota para que me llamaran a la cancha, otra vez, en el segundo tiempo. Llegó el retiro y lo que más me acuerdo fue descubrir que yo no era el guionista de mi vida. Salí de ahí dándome cuenta que no tenía un léxico de padre de familia, un léxico sentimental. Mi mujer insistía que yo había salido convertido. Y esa palabra tampoco me gustaba, no sabía a qué se refería. Ella se reía y me decía, por ejemplo, cuando querés mucho a una persona tenés que decirle “te quiero” o “te amo“. Eran palabras que no estaban dentro de mi cerebro. Yo, por mi lado, sólo sentía PAZ y FELICIDAD. Es lo único que creía entender.

Y en toda esa revolución interior que estaba teniendo, aparece un cura a confesarnos. Y da la casualidad que era el mismo cura que había casado en su momento a mi amigo que había muerto. Señales que yo no sabía ver. Muchas situaciones en las que yo podría haber arruinado todo y sin embargo salían bien. Y que mirándolas para atrás, me doy cuenta que yo no era el guionista de mi vida.

Y me pasó de empezar a ir a misa y sentir cosas excelentes. Como salir sintiendo que tenía el tanque lleno para toda la semana. La fuerza que necesitaba para llegar al domingo siguiente.

A mí yo de años atrás no le puedo decir nada. Sino que pienso en qué lástima que no tuve un tipo grande en quien apoyarme. Un tío o un padrino que me hubiera dicho pará, tomate tu tiempo, pensá y hacé tu vida. No te cargues los problemas de los otros. Dedicate a lo tuyo. Sacate las ganas.

Y lo que le diría a la gente de mi edad hoy es; no planifiques tanto; hacé foco en lo que realmente importa. Dedicate más a tus hijos y a tu familia. Sentate frente a un amigo y decile lo que te pasa. Esto más que nada porque una vez a mí me sentó un amigo y me dijo: “lo que más me molesta de vos es que sos incondicional, estás al pie del cañón para todo el mundo pero nadie sabe quién sos vos ni qué te pasa.” Siempre fui impenetrable.

Hoy puedo ver todo esto con muchísima Paz. Sabiendo y entendiendo que Dios estuvo, está y estará siempre. Reconociéndolo en la mirada de muchos amigos.

Esto lo cuento porque asumo que está y que es Él quien escribe el guión de mi vida. Si no fuera así no te lo estaría contando. Y estaría bueno para vos, que te preguntes ¿Cómo Estás? y ¿Qué es lo que realmente te importa?; y viví en consecuencia.

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