Dejé de sentirme solo

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 50 años …

Soy el mayor de una familia de 6 hijos. Me siguen 3 mujeres y después 2 varones. Tuvimos una infancia con un entorno bastante ampliado que era con todos nuestros primos. Porque vivíamos todos pegados, una casa al lado de la otra. Encima éramos todas familias numerosas. Y era muy lindo vivir todo el año juntos. Jugar todas las tardes juntos. Hacer todo entre todos. Cada evento que había estábamos juntos. Participábamos de los Pesebres Vivientes todos los diciembres y siempre había alguno para hacer de Niño Jesús. Misas. Vía Crusis. Un cristianismo muy presente en todos. Era un clima de pueblo. En esa época uno volvía del colegio y se iba a jugar afuera con los primos. Recuerdo que como mi madre y tías iban a la par en los embarazos, yo tenía 2 primos hermanos de exactamente la misma edad. Nos pertenecíamos mucho. Pero las 3 familias tenían su gran cuota de diferencia. Entonces la crianza, en algún punto, difería. Y a nosotros nos tocó, si querés, estar en la cunita de oro. Y todo lo que yo quería se me iba dando. Me mimaban mucho. Me hacían sentir cómodo. Ojo, también me mandaba mis buenas macanas. Todo era diversión y juegos. Hasta el primer recuerdo trágico que tengo que es la muerte de un primo hermano mío, mayor, cuando yo tenía 10 años más o menos que tuvo un accidente acá en la calle. Y ese drama transformó a un tío mío en alcohólico y generó tristeza general en la familia.

Todo cambia cuando llega la adolescencia. Esas tensiones y miedos propios de los padres por sus hijos solos en la calle. Por suerte, a mí me divertían más los programas en las casas que salir a bailar. Pero también empecé a ser un poco más introvertido a lo que era de chico. Y, en lugar de salir a buscar cosas nuevas o tomar riesgos, prefería quedarme en mi núcleo familiar. Era más divertido quedarnos jugando a las cartas que ir al boliche. Pero por suerte se hacían muchas fiestas en las casas.

Y a medida que iba creciendo también crecían en mí las inseguridades. Y me transformé, de a poco, en un adolescente más introvertido; más bien inseguro. Y eso me jugó en contra. Y el tiempo pasaba y se acercaban los momentos de tomar elecciones. Y llegó el momento de elegir la carrera y tener que hacerlo entre 2 que me apasionaban y no saber con cuál quedarme. Pero sin embargo tener que decidirme por una. Esa carrera costó muchísimo terminarla. Había que viajar demasiado y eran épocas en las que había paros constantemente. Del grupo de amigos que habíamos empezado juntos la carrera, para fines del primer año, quedaba yo solo. Sin embargo, había una tenacidad propia en mí que me obligaba a terminar las cosas que empezaba. Con lo cual, seguí cursando como fuera posible.

Dejando atrás la adolescencia, entre carrera y trabajos casuales, llegó una primera novia. De la cual estaba muy enamorado. Al punto tal de sentir que perfectamente podía ser la madre de mis hijos. Pero también, en esas vueltas de la vida, esa relación no perduró. Y hoy, tengo que estar agradecido a eso, ya que era una familia que opinaba de manera opuesta a mí en lo que a cristianismo se refería. Y eso me había hecho mucho ruido en su momento pero no me había dado cuenta de la magnitud hasta tiempo después. Y así estuve dando vueltas algo más de un año hasta que, si bien me la habían presentado tiempo antes, me pongo de novio con mi actual mujer. Fueron 2 años y medio de novios. Fui conociéndola más profundamente cada día, pero de entrada tuve dos sensaciones: primero que era sin dudas mi media naranja, y lo segundo es que la recibía como un don que Dios me tenía preparado. Su familia era creyente, con lo cual volví a ir a misa nuevamente. Y después vino el casamiento. Todas las cosas hechas prolijamente. Y con el tiempo, Dios nos regaló 3 hijas. Pero me acuerdo que cuando queríamos tener a nuestra tercera hija, no podíamos quedarnos embarazados y las complicaciones crecían a medida que el tiempo pasaba. Recuerdo que alguien le dijo a mi mujer que cuando un Papa se moría había que pedirle por la intención que uno más quisiera porque al morir se va al cielo y lleva las intenciones para que se hagan realidad. Y eran los años en que el Papa Juan Pablo II estaba muy enfermo. El día que él murió mi mujer fue a la capillita que tenía cerca y le rezó para que pudiera quedar embarazada una vez más. Sin saber yo esto, rezaba al mismo tiempo por el Santo Padre a unos 100 mts de donde estaba ella rezando, porque sentí el repiqueteo del campanario y deduje su partida al cielo. Y después de tanto tiempo de estar buscando y no conseguirlo, casi cuando estábamos por bajar los brazos, gracias a esta petición quedamos embarazados. Y así vino nuestra tercera hija. Un regalo del cielo. Una imagen muy fuerte de la presencia de Dios.

A pesar de todo esto, las búsquedas internas no cesaban. Por temas laborales me la pasaba viajando de un lado a otro y la soledad era algo que me perseguía constantemente. Una soledad extraña, porque yo tenía mi familia bien constituida y sin embargo no dejaba de darme vueltas por la cabeza. Y en esa búsqueda, oigo de un retiro que decían que apuntaba a hombres en la mitad de la vida. Y eso me hacía mucho ruido porque parecía ser algo de lo que yo estaba buscando. Con lo cual me anoté. Pero la primera vez un avión me dejó varado sin poder regresar a Buenos Aires y me lo perdí. La segunda vez a mi mujer le agarró una infección muy fuerte con fiebre muy alta que me obligó a quedarme en casa cuidándola a ella y a las chicas. Y la tercera vez, esa sí fue la vencida, porque dejé todo lo que tenía por hacer para poder ir a este retiro que sentía que necesitaba. Y así fue. Encontré todo aquello que estaba buscando. Encontré a aquel que me sostenía. Lo que venía haciendo con desconfianza empecé a hacerlo con confianza. Volví a sentir que alguien me llevaba. Fue un encuentro muy fuerte. Y toda esa soledad que yo venía sintiendo desde la adolescencia se esfumó en el momento de la adoración. Sentí una compañía muy importante por parte de todos los que estaban ahí. Y hoy se mantiene así. Me regaló compañeros nuevos para transitar el camino que resta. Una tripulación nueva de amigos que jamás hubiera pensado tener. Dejé de estar solo. Pero lo más importante es que dejé de sentirme solo.

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Siempre hubo una mujer que me volvió a Dios.

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Desde chico, siempre fui a escuela del estado y mis padres eran católicos pero no practicantes. Puedo decir, además, que en casa éramos más “hinchas” de María que de Jesús. Siempre recuerdo que cuando comprábamos un auto, lo primero que hacíamos era subirnos para ir a Luján y recibir la bendición de la Virgen.

Nunca me impusieron la religión y como en la escuela no había catecismo, yo prefería usar ese tiempo para irme a jugar a la pelota con amigos. Toda esta historia me llevó a tomar la Primera Comunión recién a los 22 años, de la mano de la que por entonces era mi novia. Ella me empezó a llevar a Misa en la iglesia Nuestra Señora de Lourdes de Flores. Allí conocí a un sacerdote maravilloso, el padre Jorge Herrera Gallo, que comenzó a despertar mi amor hacia un Dios totalmente distinto del que yo imaginaba. De una manera bien desacartonada, ese gran cura me presentó al Jesús que me acompaña desde aquellos tiempos, el del amor infinito y la alegría de poder contarlo siempre con uno.

Así fue como empecé a ir con más frecuencia a Misa y el padre Jorge me  preparó para tener mi primer encuentro fuerte con Jesús. Entonces me regaló la posibilidad de hacer mi Primera Comunión en la Misa de Navidad de 1982. Estoy convencido de que fue Dios el que eligió esa fecha y me hizo compartir “su fiesta de cumpleaños”, algo que nunca olvidaré.

Mi fe renació en una Navidad, en Nuestra Señora de Lourdes y con el protagonismo de María en esa fecha fundamental.

Al poco tiempo, con todo el entusiasmo del mundo, ya estaba metido en retiros y hasta pasé a formar parte de las organizaciones de los mismos en el Movimiento de Jornadas.

De no tener nada que ver con la Iglesia, de pronto, me encontraba haciendo de todo un poco y, encima, como instrumento de Dios para llegar a mucha más gente. Todo era una fiesta.

Años más tarde conozco a quien es la mujer de mi vida, la que me regaló tres hijas divinas, la que camina a mi lado desde hace veinticinco años.

Cuando nos casamos, nos iba bien en todos los sentidos y, como pasa muchas veces, estuvimos un tiempo algo alejados de Dios. Sabíamos que Él estaba siempre a nuestro lado pero pensábamos que no lo necesitábamos.

Es bastante común que cuando las cosas van bien en la vida y en lo material, a pesar de que no debiera ser así, uno se aleja de la Iglesia. Y cuando la situación se revierte y las papas queman, vuelve por necesidad.

Por suerte, no tuvimos que esperar ese momento de papas quemadas para sentir la necesidad de volver. Ese momento llegó con el nacimiento de nuestras hijas. Allí, la decisión casi exclusiva de mi mujer fue fundamental para la elección del colegio al que iban a ir, priorizando una educación con valores cristianos, por sobre todas las cosas. Comenzamos a regresar.

Otra vez, unas manos femeninas, (ahora un “cuarteto de mujeres”) organizaba mi regreso al amor de Jesús.

Suele decirse que uno de los caminos más seguros para llegar a Dios es a través de María.

A lo largo de mi vida, siempre hubo una mujer alentando mis reencuentros. Y a todas las asocio con la figura de esa María que siempre te da una mano para llegar a su hijo.

Cuando se acercaba la Comunión de las chicas, me daba cuenta de que tenía que acompañarlas en su formación. Al principio lo hacés casi por obligación y enseguida entendés que está muy bueno. Que también a uno le sirve. Y cómo!

Sin embargo, para ser fiel a mis “malas costumbres”, al tiempo me volví a alejar, en coincidencia con la muerte de mi padre, en 2001. Ahí me enojé, no entendí nada y estuve bastante mal por mucho tiempo.

La muerte de mi viejo coincidió con un bajón laboral y graves problemas económicos. Tuve que buscar una nueva forma de subsistir y comencé a manejar un transporte escolar. Este trabajo me daba el ingreso que necesitábamos en casa pero no me hacía muy feliz porque no era lo que había buscado toda mi vida. Por suerte, me permitía seguir con algunos clientes de mi otra actividad pero todo fue decreciendo por falta de tiempo. No le podía decir a un cliente, “esperame que hago el pool del mediodía y vuelvo”. Todo eso me llevó a caer en una fuerte depresión, enfermedad que ven todos los que te rodean menos vos.

Pasé bastante tiempo en esa situación hasta que un cuñado me invitó a un retiro de Entretiempo en el que participaba como uno de los organizadores. La historia se completa porque al año siguiente me convocaron a la apertura de una nueva zona para ese tipo de encuentros con Jesús y allí cambió mi vida, sin lugar a dudas.

Pasados los cuarenta, comencé a conocer amigos que nunca hubiera imaginado ni en los sueños más optimistas.

Hasta ese momento estaba convencido de que las amistades de fierro eran aquellas forjadas en la infancia, el colegio y la facultad. Después de determinada edad es como que el ser humano ya no busca más amigos, se conforma con los que tiene y ya ni le interesa sumar nuevos.

Con la presencia de Dios, uno conoce tipos que son verdaderos hermanos. Y eso te ayuda a salir adelante de cualquier cosa que te pase.

Con estos nuevos amigos compartí el dolor de perder a mamá y sentir todo el amor de Dios en esa Comunidad que me dio su incondicional apoyo y me ayudó a seguir adelante.

Si vuelvo unos años atrás hasta la muerte de mi viejo, la diferencia es notable.

Cerca de Dios, todo es más fácil. La paz que te da, en las buenas y en las malas, es increíble.

Si hoy pudiera volver a los espejos que fui dejando a lo largo de mi historia personal, entre claros y oscuros, les preguntaría cuáles fueron las causas de los alejamientos y acercamientos que tuve, sabiendo de qué se trataba la cosa, sabiendo que había algo mucho mejor.

No tengo respuestas pero sí enseñanzas que son ni más ni menos que el producto de la experiencia.

Algo fundamental que aprendí (no sé si para quitarme algo de culpa) es que los tiempos de Dios sólo los maneja Él. Lo que nosotros tenemos que aprender es a manejar nuestros tiempos “para” Dios.

Y como Él está en cada uno de los que nos rodean, si uno sabe ver a ese Jesús en el otro y ese otro lo puede ver en vos, todo se hace mucho más fácil.

Además, con mi historia, si se me cruza por la cabeza alejarme de nuevo, estoy seguro de que siempre voy a tener una mano femenina (me rodean) para hacerme volver de inmediato.

Hoy comparto con mi mujer, como pocas veces antes, este camino. Juntos nos regalamos a Dios en cada paso y eso no lo cambio por nada. Además, tenemos a María que nos tiende su mano siempre.

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Intento transformarme en Apóstol

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 49 años …

Vengo de una familia católica. Mis padres son los 2 muy practicantes. De hecho fue mamá quien nos preparó a unos amigos y a mí para nuestra Primera Comunión. Dios siempre estuvo presente en mi familia y en mi vida. A partir de 6to grado fui a un colegio marista con lo cual su presencia era diaria. Siempre fuimos a misa. De hecho en algún momento me cuestioné si quería o no entrar al seminario. Hasta los 17 o 18 años estuvo muy presente.

Gracias a Dios, en mi vida no tuve problemas “graves”. Mis padres viven. Mis hermanos viven. Mis amigos viven. Ninguno tuvo alguna enfermedad seria. Nunca nos faltó el trabajo. Nunca nos faltó la comida. Digamos que los golpes todavía no aparecieron, y espero que tampoco lo hagan por un buen tiempo. Si bien nunca dejé de ir a misa, en la adolescencia comencé a distanciarme un poco. Aunque con más o menos fervor, siempre participaba.

Alrededor de los 30 años cambié de trabajo y me metí en una empresa familiar que conducía mi madre. Al principio fue un salto al vacío pero nos iba bien. No ganaba fortunas ni mucho menos pero estaba cómodo. La veía fácil. Estaba teniendo logros. Y tenía el foco puesto en lo económico. Con el correr de los años, mi madre se despega de lo laboral y me quedo solo al mando del barco. Y con el pasar del tiempo, empiezan los problemas propios acordes a la época que se vivía. Y los principales fueron los económicos. La plata faltaba y no podía pagarle a mis empleados. Por unos allegados conozco a unas señoras que tenían locuciones de la Virgen. Les daba mensajes para diferentes personas. Y yo, sin pedirlo, recibí algunos. Con el nacimiento de uno de mis hijos, por ejemplo. En un momento me empezó a angustiar el tema del futuro y la plata. Algo que en una época fluía tan fácilmente, dejó de fluir. Una vuelta estaba con un problema económico importante que no tenía casi ninguna posibilidad de resolverse e imprevistamente se solucionó. Mi madre me dijo que le habían dicho que se quedara tranquila porque esa plata estaba en camino y efectivamente llegó antes de lo previsto.

Y las cosas empezaron a darse de esa manera. Y empecé a cambiar un poco mi forma de vivir el hoy. Pensando en no hacerme tanta mala sangre por lo que iba a venir; sino disfrutando lo que estaba sucediendo. Y así empezar a sanar un par de cosas que habían tenido que ver con mi vida y de alguna manera me las reprochaba. Empecé a poner foco en la providencia y a no negar a Dios frente a los demás. Por ejemplo, si en casa bendecía la comida empecé a disfrutar también de hacerlo en un restaurante. No quiero decir que me paraba y hacía que todo el mundo rezara sino que en lugar de tratar de ocultarme por el famoso “qué dirán” podía perfectamente hacer la señal de la cruz sin importarme si me estaban mirando o no. Hoy en día doy gracias sin preocuparme por quién me mira. Y eso es una forma de no negar a Dios frente al prójimo.

El año pasado un grupo de amigos me invita a un viaje, que económicamente era de un costo muy bajo, pero me parecía que yo no podía irme de vacaciones sin dejarle los sueldos a la gente. Y como no podía pagarlos en tiempo y forma había decidido suspender mi viaje. Y por esas cosas de la vida, aparece uno que no era ni por asomo de mis más allegados y sabiendo la situación me ofrece prestarme la cifra que yo necesitaba para pagar, sin ningún apuro, diciendo que yo tenía que irme de vacaciones para poder seguir estando para mis empleados. YO me estaba volviendo loco para encontrar quién me podía dar la plata y la providencia hizo que me llegara por otro lado por donde jamás se me hubiera ocurrido. Lo que quiero dejar en claro acá es que uno no solo tiene que poder ayudar al prójimo sino que tiene que aprender a dejarse ayudar, que muchas veces, es lo más difícil. Dejar que un empleado lo ayude a uno. Antes hubiera pensado que era una vergüenza mostrarme vulnerable frente a mis empleados. Pero con el tiempo aprendí que ellos también pueden darme una mano si es que hace falta.

Un día yo decido llamar a una de estas señoras que recibían los mensajes. Y lo que rescato en limpio de nuestra charla es “bajate del pedestal y déjate ayudar”. No encontraba de qué manera yo podía hacerme chiquito. Me acuerdo que se acercaba Navidad y tenía que pagar los aguinaldos. Otra situación parecida a la anterior. Entonces junté a todos mis empleados y les fui totalmente sincero. Les expliqué la situación en la que estábamos todos. Les dije que si a mí me pagaban lo que me debían no habría problemas pero que con las cuentas así como estaban me iba a ser imposible cumplirles con los pagos en tiempo y forma. Sé que les tengo que pagar. Confíen en que voy a hacerlo. Pero no va a ser antes de Navidad. Y ahí sentí que ellos, a pesar de la situación, me entendían y creían. Ellos veían que me estaba desnudando frente a ellos. Me mostraba totalmente vulnerable. Cuestionándome un montón de cosas. Y tuve muy buena respuesta de ellos. Y terminada la charla, volví a mi oficina y cuando me senté en la computadora y abrí el banco para ver en qué situación real estaba me encontré con que las cuentas empezaban a pagarse y la plata empezaba a entrar. Toda. Sentí como que Dios me decía que como yo había cumplido con mi parte de sacrificarme frente a los demás y abrirles el corazón, Él me estaba devolviendo lo que yo necesitaba. Porque uno da sin pedir nada a cambio; pero cuando las cosas vuelven puede llegar a relacionarlas. Y ese mismo día, por la tarde, pude pagarle absolutamente a todos.

Y como esa tuve varias. Y sentí que después yo era llamado de varias formas. Fui Ministro de la Eucaristía. Me convocaron para algunos retiros. Nos llamaron, con mi mujer, para dar charlas para novios desde la parroquia. Yo lo único que pido es que me ayude a discernir si tiene que ver con su llamado. Porque de alguna manera, a estos llamados yo le digo que sí siempre. Porque intento transformarme en apóstol. A no callarme. A poner mi granito de arena. Trato de ver en qué maneras Dios se hace presente en mi vida cotidiana. Y siempre se hace presente en el prójimo. Vivo agradeciendo el día a día. Muchas veces me siento bastante tonto frente al resto. Pero después veo lo que tengo y lo que me ayuda, y sigo agradeciendo más aún.

Yo le hablo mucho a Jesús. Pero le hablo como si te estuviera hablando a vos. De igual a igual. Tenemos charlas asiduamente, que pueden ser muy largas. Y hablándole así me siento muy cómodo. Paso por una iglesia y antes no hubiera entrado. Hoy me siento a conversar con Él. Al menos 3 minutos. Y otras veces estoy en la cola del banco rezando el rosario y no me importa si la gente me está mirando. Y si justo vino mi turno y pude rezar solo 3, es mejor 3 Ave María que ninguno. Hoy estoy casado y tengo 4 hijos de entre 11 y 18 años y trato de transmitirles, en el día a día, que recen. Que Dios no está ahí marcándonos las cosas y retándonos, sino que está esperando ahí para abrazarnos. Afortunadamente mi mujer vive la espiritualidad de la misma manera.

Hoy siento y percibo que Dios está muy presente en mi vida. En mi familia. Y que en los últimos años me ha ayudado a ser una mejor persona. Y yo también me siento bien conmigo mismo.

Yo no tuve una conversión de un día para el otro. Sino que mi vida es un proceso de conversión constante. Trato de vincularme bien conmigo mismo. Y le pido a Dios, constantemente, que me ayude a ayudar.

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Jesús me lleva de la mano

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Me considero una persona a la que Jesús agarró de un brazo y le dijo “vos de acá no te vas”.

De chico fui a un colegio que no era religioso. Y creía que si iba tocando la pared de la iglesia del colegio vecino, a mí ese día me iba a ir bien. Tanto en lo que me tomaran los maestros como en el resto de las cosas cotidianas. Como a los 10 o 12 años quise aprender las oraciones y la única que logré aprender fue el Padre Nuestro. Pero tenía mucha vergüenza con Dios porque al rezarlo me provocaba bostezos. Hasta que a los 14 años, decido, por mi cuenta, tomar la Primera Comunión. Nunca había tenido una práctica activa en la religión. Nunca fui a misa. En mi casa nunca se rezó ni se dio gracias por nada. La religión en mi casa no existía. De hecho un montón de familiares son ateos. Entonces decidí ir por mi cuenta a la Iglesia de donde yo vivía y ahí me encontré a la Señora Inés que me enseñó todo lo que sé de catecismo. Un día me puse el saco del colegio y una camisa, fui a misa y tomé la comunión. No hubo ni fiesta, ni invitados. Sólo Dios y yo. Después de eso volví a entrar en una meseta, sin práctica ni nada. Hasta que un día prendo la tele y me encuentro que estaba Juan Pablo II en el Obelisco. Eso me emocionó muchísimo, hasta las lágrimas, al punto tal que me levante y me fui solo a la 9 de Julio para poder estar cerca de él. Sentía que tenía que estar ahí. Cantaban canciones que yo no sabía pero que por oído empecé a aprenderlas. Y otra vez, la certeza de Jesús llevándome de la mano.

Pero todo esto lo veía una vez que pasaba y podía mirar para atrás. Ahí seguí con la práctica religiosa unos 6 años más o menos. Me casé por primera vez. Mi mujer no era practicante a pesar de haber ido a un colegio religioso. Y me volví a alejar, como siempre. A los 4 años nos divorciamos.

En el año 98 se enferma mamá y yo empiezo a escribirle cartas a Jesús. Me parecía una manera práctica de comunicarme. Yo podía mirar para atrás y verlo a Jesús en cada uno de mis momentos. Paralelamente a eso conozco a quien es hoy mi mujer. Nos embarazamos y nace mi hijo mayor. Mamá tiene la oportunidad de conocerlo y alzarlo. Después de un tratamiento muy largo, al poco tiempo de nacer mi hijo, mamá muere.

Un día ordenando las cosas encontré el diskette con esas cartas y quise ver qué había puesto. Fue realmente muy emocionante poder leer todo eso tanto tiempo después. En los momentos de ira me enojaba muchísimo, no con Él, pero me enojaba en serio. Y en los momentos de reflexión me limitaba a la frase del Padre Nuestro “que se haga tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

A Jesús uno no lo ve a futuro, yo lo veo siempre que miro para atrás. Ahora te lo cuento y se me pone la piel de gallina. Pero cada vez que miro para atrás lo veo a Jesús agarrándome de la mano.

Cuando mi hijo empieza el colegio, yo lo llevaba por las mañanas y ahí comienzo a tener un poco más de contacto con la religión. Empiezo a rezar por las mañanas. Hasta que viene la preparación para su comunión.

Una mañana, iba al trabajo, y me quedaba la Catedral de pasada. Me gustaba ir a visitarlo a José. Para mí San José es el ejemplo de lo que se debe ser. Entonces decidí llevarle a mi hijo. Y presentárselo. Y al igual que ahora, me emocioné muchísimo, lágrimas incluídas. Pero ese día entendí que tenía que dar un vuelco en un montón de cosas, con todas las renuncias que eso implicaba.

Para mí ir a la Iglesia es ir a visitar a un amigo. Pasaba por la Iglesia y rezaba pero tal vez no iba a misa. Tomó la comunión mi hijo. Y después mi mujer me pide que nos casemos. Pero como yo estaba divorciado fui a pedir una bendición sobre mi matrimonio sabiendo de antemano la respuesta y ante la negativa, mi mujer se enojó muchísimo. Yo ya sabía que esa iba a ser la respuesta que me iban a dar y, francamente, no me molestaba.

Me gustaba mucho rezar y quería rezar. Fue lo primero que busqué en el contacto con Dios de chico. Y después de dejar a los chicos en el colegio a la mañana me iba a la Iglesia de la esquina a rezar solo un rato. Conseguí en la parroquia de mi barrio un curso sobre las Cartas de San Pablo. Y ahí empecé a conocerlo a Pablo. Una vez terminado el curso me compré un Evangelio y empecé a leerlo por mi cuenta.

A mí me gustó siempre la parábola de Los Talentos. Tengo muchísimas cosas por las que agradecer. Y me imagino el día del Juicio Final. Me imagino a Jesús preguntándome qué hice con todas las cosas que me fueron dadas.

Entendí, en su momento, que era algo que tenía pendiente y comencé a charlar regularmente con un cura de la Parroquia. Y me sugirió que siguiera con los cursos que daban ahí que eran seminarios de teología. Pero yo necesitaba algo más personal, más vivencial. Tenía que correrme un poco de los libros y ver qué se sentía. Y empecé a buscar un retiro. Al tiempo, viene el director del colegio de los chicos y me dice que tiene un retiro ideal para mí. Y la verdad que fue un antes y un después. Independientemente de lo vivencial que me resultó. Yo no sabía rezar el Rosario, y vino Javier, uno de los miembros de ese equipo, que había escuchado de afuera una conversación mía y me regala un folleto diciéndome, “tomá, así se reza el Rosario”. con lo cual, siguiendo con las oraciones de la mañana en la parroquia del colegio, iba con el Rosario, el Evangelio y el folleto; había que aprender a rezarlo. Empecé así a rezarlo todos los días. Y desde ahí no paré más. Rezo constantemente. Para mí la oración es como comer. La sensación que me da al finalizar de rezar no la puedo comparar con ninguna otra cosa.

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Yo volví a Dios para agradecer

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Me acerqué de vuelta a Dios sin darme cuenta. Vino un muy amigo mío que me pidió que le regalara un fin de semana y como ni me imaginaba para qué era, confié en él y le dije que sí, después de todo, nos conocemos desde que tenemos 5 años. No sabía a dónde me llevaba. Me puse en sus manos.

Resulta que terminé encontrándome a mí mismo en un retiro. Y una vez ahí, a medida que pasaban las horas, sólo pude comprobar que Dios estaba ahí. Que pasó por delante mío y pude verlo. Que pude verlo en el otro.

Ahora que ese retiro ya pasó y que lo puedo ver en retrospectiva, me doy cuenta que en realidad Dios siempre estuvo. Era que yo no sabía verlo. El retiro me sirvió para confirmar que Él está. Y también para darle forma a esa frase que todo el mundo repite muchas veces y es que el picaporte en nuestro corazón está del lado de adentro, somos nosotros los que tenemos que abrir esa puerta.

Yo llegué al retiro, a diferencia de la mayoría de la gente, siendo un tipo feliz. Estando bien conmigo mismo. Teniendo una buena familia. Sin problemas serios. No vengo de una vida complicada ni difícil que me llevara a recurrir a Dios para pedirle. No, muy por el contrario, me ví agradeciendo. Y pude comprobar que mi vida después de ese retiro fue infinitamente más feliz de lo que ya era. Me sensibilizó en un montón de cosas. Aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida que antes ni siquiera reparaba. Lo que sí es curioso es que los golpes me empezaron a venir después. Como la muerte temprana de un ser querido, por ejemplo. Y las cosas se pusieron un poco más difíciles. Pero de vuelta, Él apareció recordándome que estaba a mi lado. Apareció en el momento que tenía que aparecer y yo me aferré a él. Yo volví a Dios para agradecer, y no para pedir.

A partir de aquel retiro yo siempre me acerco para agradecerle. Laburo muchísimo pero como hago lo que me gusta se me hace muy corto el día. Se me pasa volando y con una adrenalina de la linda. Aprendí a poner en balance y a convivir con mi familia de una forma diferente. Aprendí a disfrutar momentos con mi familia distintos a los que tenía antes. Mucho más profundos y mucho más procesados. Y eso, creo, no podría haberlo hecho si no me hubiera reencontrado con Dios y conmigo mismo. Y encontrar este espacio para ir y rezar. Yo había dejado la oración de lado y reencontrarme con él fue volver a rezar.

Por ejemplo, a mí me pasaba de no llegar a entender una Adoración. No lograba enganchar. Y Monseñor Eguía me contó una historia tan simple como que una monjita decía “es muy fácil. Yo me paro delante de él. Lo miro y él me mira. Si quiero le hablo y si quiero lo escucho.” Y eso me hizo ver lo fácil que era y lo puse en práctica. Y hay miles de veces en las que yo también me paro a verlo y le hablo, le agradezco. Y otras en las que quiero escucharlo simplemente me quedo en silencio. Escucharlo es parar. Es mirar en mi interior. Es contemplar. Y también tengo la confesión. Dios es todo misericordioso y si yo estoy profundamente arrepentido me va a perdonar. Y para el futuro hay que creer en su providencia. A veces nos cuesta. Pero se puede. Todos tenemos todo para ser felices. Entonces, con todo esto sobre la mesa. Reencontrarme con Dios fue pura felicidad. Puro abrir mi corazón y sensibilizarme. Y una de las cosas que me pasa después de haber hecho aquel retiro es emocionarme cada vez que tomo la comunión. Son pocas las veces que voy a comulgar y no vuelvo con lágrimas en los ojos. Es un momento de reencuentro con Dios que a mí me marcó muy fuerte. No tengo una respuesta a esa reacción, pero es algo que me emociona profundamente. Y fue muy complicado intentar explicárselo a mis hijos. Es una emoción linda. Un llanto de alegría y de poder encontrarnos los dos en un momento único. No es algo que busco cada vez que voy a misa, sino algo que se da sistemáticamente por obra del Espíritu Santo. Y me encanta que me siga pasando. Afortunadamente es algo que no puedo controlar. Ojalá me siga pasando siempre. Con mis hijos y mi mujer compartimos la misa. Y ellos aceptan esto que me pasa pero no es que lo conversamos cotidianamente.

A mi YO de hace un par de años le diría que tonto que fuiste por no haber abierto antes el corazón. Cuántas cosas te perdiste por no haberlo hecho antes. Me reprocho el no haberme dado cuenta antes de todo esto.

Pero ahora trato de compartirlo con quien se me cruce. Y seguir participando me produce una alegría y un placer enorme, a pesar de la demanda que significa. Pero al final del día, cerrás los ojos y ves que Jesús pasó. Que todos pudimos verlo. Y a esto lo tomo como mi propio proceso de evangelización. Uno a veces se pregunta qué hacer para salir a Evangelizar y para ir a las periferias como dice el Papa Francisco. Y creo que el compartir todas estas cosas y entregárselas al prójimo es un claro ejemplo. Yo no soy el mismo, por ejemplo, con el retiro que sin el retiro. A mí me ayuda. Le agrega calidad al tiempo que después le dedico a mi familia. Siento que me hace mejor papá. Mejor marido. Mejor hijo. Mejor sobrino. Mejor amigo. Y cada vez que lo vuelvo a hacer lo vivo de una manera diferente y salgo distinto de cada uno. Podría tomarse como algo egoísta porque es algo para mí. Pero en definitiva es algo para poder compartir con los demás.

En 48 hs todo pasó a un segundo plano

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Yo nunca me había operado de nada. Nunca me había enfermado. Gracias a Dios. Nunca me había dolido la cabeza. Nunca me había pasado nada.

De chico estaba en una familia que creía en Dios. No mucho más que cualquier chico normal. Iba a misa los domingos y a veces no. Y lo que nunca dejé de hacer, incluso hoy, es rezar todas las noches. De adolescente es posible que me diera hasta fiaca ir a misa. Y cuando me casé, mi mujer sí era de ir religiosamente. No faltaba nunca. Incluso misa diaria. Mis hijas van a un colegio religioso con lo cual también tienen una vida religiosa. Pero yo estaba justo ahí, en el límite. Siempre dando gracias a Dios de ser sano, pero si no iba a misa un domingo no me producía nada.

A mí me gusta mucho hacer deportes. Una tarde vuelvo de entrenar y me voy a dormir medio extraño. Al día siguiente me levanto con un dolor de panza muy fuerte. Algo rarísimo porque soy una especie de pac man para comer, nunca algo me había caído mal. Pero bueno, ahí estaba, me voy a la oficina y al rato la tengo que llamar a mi mujer para decirle que de tanto que me dolía la panza me estaba volviendo a casa. La verdad es que no podía más del dolor y esto prendía un par de alarmas. Al llegar a casa voy al baño y “hago con sangre”. Ahí me pegué un cagazo de novela. Como yo nunca había ido al médico le pedí a mi mujer que por favor me acompañara porque además del cuadro extraño que tenía, me ganaba el miedo.

Llego a la guardia y la doctora que me atiende me dice que esperara un poquito porque cuando un varón llega a la guardia con los síntomas que yo presentaba automáticamente se llama también a un cirujano porque puede ser hemorroides, apendicitis o alguna de esas cosas menores que si ya las ve el clínico aprovechan al cirujano y lo resuelven en el momento. Viene entonces también el cirujano y cuando me están revisando me dice que espere un poquito más porque ya que estaban me iban a hacer una ecografía. Y con la ecografía que lo confirmaba, viene el médico y me dice que tenía un tumor del tamaño de una naranja. Lo habían palpado al revisarme y fueron a la ecografía para confirmarlo porque era bastante raro palparlo de lo grande que era. A esta altura mi mujer estaba blanca como un papel. Me dice que a pesar del cuadro que se presentaba me veían bien y con buena presión. Que me fuera a mi casa a descansar, porque no había cama para internarme, y que al día siguiente volviera para una colonoscopía que iba a confirmar o no todo lo que habían visto hasta el momento.

Volvimos a casa. Mi mujer estaba histérica, pobre. Yo como que no tomaba dimensión de lo que estaba pasando. Llamé a mi médico de cabecera, le conté lo que estaba pasando y me dijo que al día siguiente, con los resultados en la mano, lo llamara. Comí. Vi tele. Y me fui a dormir como cualquier otra noche.

La verdad que cuando pasan cosas así uno es el último en caer porque siempre está pensando que esas cosas no le van a tocar. Entro al quirófano para este último estudio, que pensaba que iba a dar bien porque a mí no me iba a tocar. Y cuando me despierto de la anestesia la veo a mi mujer llorando y uno de mis hermanos se acerca y de lo nervioso que estaba sólo atinó a preguntarme “quién tenía mi seguro de vida”. Ahí fue donde terminé de caer. Las cosas no podían estar tan mal. Y ahí es cuando viene mi médico y me dice que la colonoscopía no solo había confirmado lo que habían palpado y la ecografía sino que las cosas estaban peor. Nos empezaron a explicar dónde estaba el tumor. Porqué era maligno. Y cada cosa que decían como que no la podía asimilar. Hasta que en un momento me dijo, “si vos estás de acuerdo, hacemos ya una cirugía de salvataje”. Me iban a abrir. Inspeccionar. Sacar lo que estuviera malo y tratar de salvar lo que se pudiera salvar. Después de la cirugía vas a estar un tiempo con sondas y según cómo reacciones veremos tu evolución. Quedate tranquilo porque en estos casos hay sobrevida. Y tenés suerte que te tocó de tal lado porque del otro eran más complicaciones. Ya no sabía que pensar. Hablando con mi mujer y mi hermano yo solo pensaba en pasarles las claves de los bancos. Decirles las cosas que faltaban pagar. Estaba en otro mundo.

Vienen las enfermeras. Me vuelven a preparar y dejar listo para entrar al quirófano. Y cuando me dejan solo en el cuarto voy al baño ya en lo último que iba a poder hacer solo. Y cuando me miro al espejo lo único que me salió fue rezar un Padre Nuestro y un Ave María y me acuerdo perfecto haberle dicho “Estoy en TUS manos”. Y me fui para el quirófano. Según mi mujer, dice que entré al quirófano riéndome. Tranquilo.

Me acuerdo empezar a contar regresivamente mientras que me anestesiaban y me quedé dormido. Fue una cirugía que duró poco más de cuatro horas. Y con tanta anestesia cuando uno quiere volver está medio tosco. Le cuesta reaccionar. Y cuando logro empezar a despertarme empiezo a mover los brazos y tocarme primero que nada la nariz, porque no sentía la sonda. Ni los cables que debería tener. Entonces no sabía si preocuparme más o qué.

Logro enfocar un poco y lo veo a mi médico parado al lado mío a quien le pregunto qué fue lo que pasó y él me dice, “todo lo que vimos no lo tenías, te abrí al pedo. A veces pasa, olvidate y disfrutalo”. Y disfrutalo. Eso me quedó grabado. Era como una nueva oportunidad. Al día de hoy esos estudios los tengo guardados y cualquiera que los lea va a concluir en que son de una persona que se está por morir.

Recién ahí, cuando todo eso pasó, tomé conciencia. Porque me aflojé. Y me di cuenta de lo cerca que había estado.

Y ahí me empezó a venir todo encima. Mi padre se murió cuando yo era chico y ahí empecé a pensar en mis hijas. Mi madre había muerto 3 años antes. Y también pensé en mis amigos. Y se me empezó a cruzar por la cabeza mi velorio y mi entierro. Mi epitafio. Quiénes van a ir. Qué van a decir de mí. Quiénes me van a llorar. Cómo me van a recordar. Qué le van a decir a mis hijas de mí.

Me iba a quedar una semana internado y a los 4 días de la operación que me hicieron análisis me mandaron a casa porque tenía una recuperación perfecta. Tenía unos estudios perfectos.

Es en esos momentos donde uno se da cuenta que hay que ocuparse de cosas más importantes. De disfrutar otras cosas. Porque el “día de mañana” como todos le dicen, puede ser mañana.

Y desde aquel momento mi vida dio un giro. Hoy por hoy, no me pregunten como, pasé de tener fiaca de ir a misa a ser Ministro de la Eucaristía. Ya pasaron alrededor de 7 años y desde aquel momento que no falto un solo domingo a misa. Incluso cuando estoy de viaje o lejos de casa, busco el momento para ir a misa. Hoy estoy esperando que llegue el domingo para ir a misa.

MI IGLESIA DOMÉSTICA, SE DERRUMBA

 

Foto: Iruya – Tomás Thibaud  – Drone Films Project

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroquia Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 51 años …

Salía con prostitutas. No me drogué de casualidad. Me engañaba a mí mismo. Me mentía

Yo iba a misa, estaba ahí, pero no prestaba toda la atención necesaria. Todo empezó en el año 2011. Ya tenía más de 40 años, había muerto mi padre y ahí me cayeron todas las fichas. Sentía que a mi edad estaba viviendo algo extraño. Me había hecho cargo de mi madre, mi hermana, mi mujer y mi hija. Era como el padre de las 4. Yo pasé a ser el padre de todas sin serlo. Yo viví la enfermedad de mi viejo como si fuese mía. En septiembre de ese año decido hacer un retiro porque nunca había hecho uno y quería ver lo que era. Y a partir de ahí mi vida hizo un click con todo. Especialmente con Jesús. Yo tenía muchas cosas por dentro que no las había podido digerir ni analizar y en esos 3 días se me vino todo encima. 3 días en los que no pude parar de llorar. Todas esas cosas guardadas empezaron a salir.

Unos años antes yo me había metido en un negocio en el que me habían estafado. Estaba en un mundo en el que veía las cosas de otra manera y llevaba una vida totalmente irregular. Si bien estaba casado, sabía muy bien lo que era la noche. Salía con prostitutas. No me drogué de casualidad. Me engañaba a mí mismo. Me mentía. Y a partir de aquel retiro quise darle un cambio radical a mi vida. Portarme bien. No mentir. Ser sincero en todo. Poner el corazón sobre la mesa y decir lo que me pasaba. Encontrarme con Jesús. Amigarme con él. Y ahí me empecé a encontrar con gente que me quería por lo que era y no por lo que tenía. Era totalmente lo opuesto a lo que estaba acostumbrado a vivir. Yo venía del poder y del dinero. Cuánto más tenías más eras. Pero el corazón no existía.

En el año 2013 se da que tengo que acompañarlo a mi hermano a ver un médico conocido porque él no tenía obra social. Vamos a ver a un urólogo. Y ahí le comento de unos estudios míos que me habían dado medio altos. Y me manda a hacer más estudios y ahí me detectan un cáncer de próstata. En ese año yo estaba cumpliendo 50 y de la nada pasé a vivir todos los días como si fuese el último. Y fue un revivir todas las cosas porque mi viejo había tenido cáncer de próstata con metástasis a los huesos. Y yo sentía que me estaba pasando lo mismo que a él y constantemente pensaba cuánto me quedaba de vida. En los primeros días de diciembre entro a quirófano a una operación que terminó durando entre 4 o 5 horas y cuando salgo del quirófano tengo una descompensación muy fuerte. En la que me tuvieron que hacer 2 transfusiones de sangre y cuando logran compensarme y me despierto tenía una enfermera que me agarraba la mano y me decía que me quedara tranquilo que iba a estar bien. Que ya había pasado lo peor. Y yo había sentido que me iba. Y a partir de ahí empecé a ver la vida de otra manera. Y la verdad que estando ahí y cuando estás mal, sentís los rezos de la gente de una manera extraordinaria.

La cuestión es que en esa internación las cosas seguían mal. Tenía una fiebre que no me bajaba y no sabían qué era lo que me pasaba. En una de esas noches, entran a mi habitación dos médicos muy jóvenes que me dicen que si no bajaba la fiebre me iban a cortar el testículo izquierdo. La verdad que la pasé pésimo, más de 20 días internado y no sabían cómo seguir y las discusiones entre los médicos me ponían más nervioso. Hasta que apareció otro médico que había llamado mi mujer y probaron solamente con sacarme la sonda que tenía puesta y automáticamente me bajó la fiebre. Es algo de no creer pero algo tan simple podía haber terminado de la peor manera. Y mientras tanto, la gente conocida que seguía rezando y eso es lo que me daba fuerzas. Me dieron el alta y a los 2 meses me vuelve a salir otro problema más que deriva en una hernia inguinal. Una cosa traía a la otra. No terminaba de salir de un problema que automáticamente me metía en otro. Y todo esto fue derivando a que también tuviera problemas en mi casa.

Pasaba el tiempo y se iba acrecentando un problema de comunicación muy importante en mi matrimonio. Éramos dos personas que estábamos casados hacía más de 20 años pero siempre teníamos algún problema por un tema económico. La falta de comunicación te puede llevar a muchísimas cosas y a nosotros nos condujo al problema económico. Hace unos meses atrás yo me mando una macana y saco una plata de un lugar sin decir nada porque sabía que si lo hacía iba a ser un gran problema. Pero el problema vino después cuando se supo que esa plata no estaba y me encontré teniendo que dar explicaciones por un negocio que me había salido mal. Y esa falta de comunicación llevó a que un día vuelvo a casa y me encuentro con que me habían cambiado la cerradura. Un error y el no hablar derivaron en esto. 21 años de matrimonio se esfumaron automáticamente por no hablarnos. Y hoy estamos separados hace más de 6 meses.

Estar separado es una cagada importante. Siempre aposté a la familia. Pero una cosa lleva a la otra y lo peor que puede haber en un matrimonio es la falta de comunicación.

Y hoy a pesar de todo esto que está pasando Jesús sigue estando. Aunque pienso que debería ponerme más en sus manos. Estoy cansado. Me cuesta. Pero sigue estando. Yo lo que quiero hoy es tener paz. Y para eso necesito estar cerca de Jesús. Y reconozco que es lo que más me está costando en esta situación en la que me encuentro. Es algo muy difícil tratar de seguir rezando y creyendo cuando todo sale mal. Pero hay que saber que de vez en cuando uno puede hablar con Jesús y pelearse con él. Dios no quiere que le pidamos y le agradezcamos todo el tiempo. También quiere que hablemos de frente con Él. Y a veces, ese hablar de frente puede llevar a algún enojo y reclamo. Algún reproche. Y sin embargo Él nos escucha atentamente. A Dios le encanta sentarse a tomar unos mates con nosotros y tener una charla profunda. Y eso es lo que estoy intentando hacer estos días de terremoto interno. A pesar que la Iglesia Doméstica se caiga. A pesar que mi cruz se rompa. Tengo que tratar de repararla y seguir adelante. Atarla con alambre si es necesario para que vuelva a fortalecerse.

 

Belén

Compartir una misa en la gruta de los pastores tiene algo especial: paredes de piedra, con un cielo de fondo y rodeado de gente querida con el corazón puesto en tantos que se quedaron en Bs As pero que se vinieron aquí, y están presentes desde la oración. El lugar desde donde partieron a adorar los pastores, está a apenas 2 km de la Basílica de La Natividad (la más antigua del mundo). Edificada en el 352 DC y aun en pie. También allí rezamos por todos ustedes, seguidores de este Blog.