Carta de un “feto” a un Senador



Hola, ¿estás ahí? ¿Me leés?

No te voy a escribir un poema. Pero sí quiero escribirte una carta. Tal vez no sea una obra de arte pero es lo que estoy sintiendo acá adentro. ¿Porqué nos están ignorando? ¿Porqué les mienten a nuestras madres con cifras que no existen? ¿Porqué apagan el sonido de los ecógrafos para que no oigan nuestros corazones? ¿Qué hay detrás de todo esto? No lo entiendo!!

¿Te pagaron? ¿Cuánto vale mi vida? ¿Estás convencido? ¿Estás seguro que escuchaste todo bien? ¿Volviste a leer los datos que da la gente que sabe de medicina?

Entiendo que vos sepas de leyes. Bueno, teóricamente, porque tampoco quieren ver que es inconstitucional. Pero que ya quieran ir contra los hechos médicos; ¿no es un poco mucho?

Hola, ¿estás ahí? ¿Me seguís leyendo? ¿Vos sos padre? ¿Sos madre? ¿Hablaste en algún momento de esto con tus hijos? ¿Qué te dicen? ¿Y tu familia? ¿Los amigos de tus hijos? ¿Están todos de acuerdo con lo que estás haciendo?

¿Estás a favor de matarme? ¿Qué te hice yo? ¿Porqué me tenés que prohibir de vivir?

¿Estás indeciso/a? ¿Qué parte que sigo creciendo acá adentro no se entiende? ¿Qué te falta para decidirte? Nosotros te elegimos a vos, vos elegime hoy a mí.

Estás en contra del aborto, no sabés lo agradecido que estoy. Me pone muy FELIZ saber que pensás así. Y sabés una cosa, que los indecisos y los que están a favor no se dan cuenta. Que hoy vos elegís cuidarme y yo voy a nacer; y así, en 16 años, voy a ser yo quien te cuide y cuando me vengas a pedir tu ayuda voy a ser quien te vote y quien te fiscalice. ¿Está buena esa parte no? ¿La habías pensado? Comentáselo a tus compañeros de bancada. Ya que no se preocupan por mí, que se preocupen por ellos de acá a 16 años. Que no se olviden que vamos a ser los votantes del 2035 en adelante.

Pero me quedo con vos que estás en contra, para volver a decirte GRACIAS. En nombre mío y de todos los chicos por nacer. Y de todas las madres que no pueden hacerse oir. Gracias de todo corazón. #SenadorArgentinaEsProvida #CuidemosLasDosVidas #RechazoSinModificaciones

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Mamá, ¿por qué voy a catequesis?

Jesús calma la tempestad

El Evangelio de Mateo 4, 37-39 lee:
Se levantó un viento huracanado, y las olas rompían contra la barca que se estaba llenando de agua. Jesús dormía en popa sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y ordenó al lago: «¡Silencio, cállate!» El viento cesó y sobrevino una gran calma.

En la vida enfrentaremos más de una tormenta. Y si tenés hijos, como yo, las de ellos te pesarán como propias y querrás ayudarlos siempre. Pero no hay que esperar hasta que se sientan amenazados, a punto de hundirse, para socorrerlos.

Eucaristía endovenosa

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 46 años …

Tuve la suerte de nacer en un hogar muy lindo donde mamá y papá se llevaban muy bien. Con una infancia tierna y feliz. Donde papá era abogado y mamá era escribana. Me mandaron a hacer la primaria en un colegio Salesiano del interior. Y Gracias a esa instrucción religiosa pude relacionarme con el “momento” que les voy a contar después. Hice toda mi carrera y me recibí de lo que me recibí por seguirle los pasos al hermano menor de mi papá. Un tío al que quiero mucho y fue de una gran ayuda para mí durante mi adolescencia, para no desbarrancarme. Mis padres eran muy creyentes pero mi madre ya rozaba el perfil de lo que uno llamaría “chupa cirios”. Eso hizo que mi adolescencia, por mi personalidad, fuera bastante virulenta. Y yo atacaba a mi madre en las partes más sensibles que ella tenía y veía que la Iglesia era una de ellas. Entonces podía llegar a hacerle un comentario como por ejemplo, en el silencio de un almuerzo familiar preguntar en voz alta “porqué la Iglesia está llena de boludos”. Mi padre, a quien yo admiraba intelectualmente me decía, qué podés esperar de un lugar que no hace falta que te inviten, y una vez que estás adentro nadie te puede echar. Y me sentía orgulloso de ver a mi madre bajar la cabeza, con cara de dolor, para pasar el momento. Y hoy, más de 30 años después, pienso que lo que ella debería haber estado haciendo en esos momentos era rezar. Ya que esas oraciones fueron las que a mí me ayudaron a sobrevivir a lo que yo llamo la caída de mis Torres de Ego.

Mi primera experiencia profesional fue ganar un proceso de selección entre más de 3000 postulantes, para poder venir a trabajar a una empresa en Capital. Y al año de estar trabajando ahí me contacta una multinacional y también entro a través de un proceso selectivo multitudinario que lo único que hacía era ir agrandando en mí esa idea, que hoy veo equivocada, de que todo lo conseguía porque yo era brillante y el mejor en lo mío. A los 4 años de estar ahí, logro mi primer objetivo profesional que era convertirme en un ejecutivo de primera línea y una vez en ese puesto mi empresa compra otra similar que había en el país y al terminarse la competencia local, me envían a otro país para abrir una subsidiaria.

A los 3 años de eso la compañía me invita a radicarme en Oriente. Pero la realidad es que como yo quería convertirme en empresario, no quería irme sino avanzar solo. Sumado a eso, el hecho de irme lejos no me tentaba. Mi papá había muerto mientras yo estaba en otro país y como él era mi mejor amigo y yo no estaba presente, eso me afectó muchísimo el no poder acompañar el proceso. Mis hijos conocían el himno de aquel país y no conocían el nuestro. Muchas cosas. Entonces dije que no y me fui a empezar la vida de los negocios propios. Pero sin un plan preconcebido. Donde comienzo un período de prueba y error y termino enfrentando más fracasos que éxitos. Donde un negocio me sale mal y el siguiente me sale peor. Y por algo que ocurrió paso a estar en bancarrota y sin ninguna actividad que me generase ingresos para vivir. Y esa situación límite me provocó una angustia tremenda, muy, muy fea, y que no estaba en condiciones humanas de resistir sin apelar a medidas extremas muy feas y la primera que se me ocurrió fue quitarme la vida. En cuanto empecé a tramar la forma de hacerlo, rápidamente me vinieron a la mente todas las ideas de la cultura católica en la que uno fue criado. Porque uno puede estar enfermo de soberbia, como era mi caso, una soberbia interior que me dificultaba la relación con Dios porque pensaba que lo bueno me pasaba era porque yo era bueno y que cuando iba a misa Dios tenía que ponerse contento porque le subía el promedio de la gente que asistía. Y esta experiencia de quebrar y tener que morder el polvo, me provoca esta angustia que cuando empiezo a tramar el plan de cómo matarme me acuerdo de estas ideas en las que si fuese cierto lo que la Iglesia Católica enseña sobre que Dios mandó a Jesús, su hijo, a la tierra por amor y así nos abrió las puertas del cielo; en realidad nosotros no somos dueños de nuestras vidas sino simplemente administradores y por lo tanto no tenemos la potestad de decidir cuándo termina. Y en el caso de hacerlo, es una decisión tan grave que implica no poder disfrutar del placer de la vida eterna. Que para el caso, tampoco creía demasiado en ella. Pero se me manifestó la posibilidad de pensar “y si fuese verdad, huevón, vos te matás y quedás inhabilitado”. Y ahí me puse a pensar qué juego tan macabro este el de la vida, quién lo habrá inventado así. Y me vino el nombre de Dios a mi mente. Entonces busqué la iglesia más cercana a donde yo estaba en ese momento. Caminé un par de cuadras y entré. Estaba enajenado. Fui derecho al Santísimo. Pasó muchísimo tiempo. No sé muy bien cuánto habré estado ahí ni qué fue lo que hice. Sí recuerdo haberme parado frente al Santísimo y con total franqueza decirle “vengo a buscar al dueño de este juego de mierda y ya que sos vos, en el hipotético caso que sea verdad que existís, yo me quiero matar. Pero como si me mato y es verdad que existís, me pierdo el pase a la vida eterna, que de existir, sería el mayor tesoro, te pido que te hagas cargo de mi vida porque yo no quiero vivir más.” No sé si pasaron 3, 4 o 5 horas ahí adentro. Vuelvo a tomar conciencia cuando ya la Iglesia estaba vacía y yo estaba desparramado en el piso boca abajo. Habiendo estado ahí tirado, llorando, sólo me llama la atención que no se me hubiera acercado nadie. Aunque es mejor que así haya sido. Pero es raro, porque había gente cuando yo llegué.

Evidentemente no me quité la vida, ni me morí. Con lo cual yo interpreto que fue la manifestación de la misericordia porque realmente el Señor se hizo cargo de mi vida. Ahí empieza el proceso, durísimo, de mucha incomodidad y mucha insatisfacción, sobre todo para una persona que estaba enferma de soberbia. Pasar por 3 o 4 situaciones de tener que caer hasta morder el polvo no es fácil. Recuerdo la primer noche en la que le confieso a mi mujer lo que había pasado y le digo, llorando desconsoladamente, que no tenía plata ni para ir a comprar la comida. En otro momento, cuando tuve que ir a la obra social para darme de baja por no tener más plata para pagar. Y uno que otro episodio más de esa índole.

Y el proceso tuvo distintos hitos que voy rescatando. El primero de ellos fue a los 4 o 5 meses. Yo nunca dejé de ir a misa los domingos. Y en la parroquia a la cual asistía después de volver a Buenos Aires en el 2011 el párroco, que poco nos conocía, me dice que nos acercáramos con mi mujer al finalizar la misa que quería hablar con nosotros. Y nos ofrece, nada más y nada menos, que ser Ministros de la Comunión. Mi primera reacción fue decirle que era un inconsciente, cómo podía nombrar a alguien a quien poco conocía, que podía ser un delincuente, para semejante misión. Pero aceptamos. Y mi mujer feliz de la vida porque si yo no me hubiera acercado así a Dios, hubiera sido un obstáculo para ella en su vida cristiana. De todas formas, yo no podía abrirme completamente a la Gracia que Dios estaba queriendo derramar sobre mí para sanar mis heridas, de las cuales todavía ni siquiera era del todo consciente. Y unos 8 o 9 meses después de esto, el día de mi cumpleaños, salgo al balcón de mi casa y me encuentro hablando con Dios diciéndole “Señor, yo nunca te pedí un regalo de cumpleaños y con lo necesitado que estoy que bien me vendría que me hagas uno porque vos sabés bien lo que me está doliendo todo esto. Entonces, te pido, por qué no me hacés un buen regalo, un lindo regalo. Yo te voy a facilitar las cosas y voy a ir a misa.” (para mí, ir a misa entre semana era algo de locos, por eso era un gran sacrificio de mi parte). Me fui a la misa y me encontré con que el cura que estaba celebrando era nuevo en la parroquia pero sabía que era mi cumpleaños porque alguien se lo habrá dicho entonces como sabía que yo era Ministro me invita a comulgar bajo las dos especies. Y me saluda frente a los pocos fieles que estaban en la misa semanal. Y cuando termina la misa, me estoy retirando por la puerta del costado y me tocan la espalda, me doy vuelta y el cura que había celebrado me dice, “hoy es tu cumpleaños, te quiero hacer un regalo, te invito a un retiro.” En esas milésimas de segundo que uno no sabe para dónde escaparse, mientras que mi mente pensaba, por un lado, cómo decirle que no educadamente, y por el otro lado miraba el cielo diciéndole si era un chiste que el regalo que me iba a mandar era ese; se me vino una frase de mi padre que siempre nos enseñaba que a caballo regalado no se le miran los dientes. En lugar de decirle que NO de una, me salió preguntarle con una voz aflautada, “un retiro?”. Y él me explica, luego de saber que yo cumplía 43 años, que era un retiro para gente que estaba en la mitad de la vida, que él creía que me iba a gustar mucho y me iba a hacer mucho bien. Entonces encontré la excusa ideal para esquivar la bocha que fue confesarle que estaba pasando por una crisis de generación de ingresos terrible y la verdad que no tenía ni 5 de ganas de hacer ningún retiro de nada porque no podía pagarlo. Y me cierra la boca diciéndome que me olvidara que eso no era un problema, que él me invitaba. Y bueh, ahí ya no tuve mucha opción ni escapatoria y ahí nomás ya me pidió mi mail a donde me mandó la ficha para que me inscribiese y ese fue el regalo que me mandaba Dios para mi cumpleaños. Que se convierte en un hito porque cuando hago ese retiro, lo que más me impactó fue el estilo de quienes lo daban. Porque en ese fin de semana me di cuenta que no entraban en el típico perfil de la gente que pertenecía, para mí, a la iglesia. Eran pares míos. Yo ya no era el mejor de todos. Y ahí vi que si ellos eran Iglesia, yo no tenía más un problema en pertenecer a la misma. Y me abrió los ojos de una manera impresionante. Ahí sentí que las paredes que yo mismo había levantado para contra la iglesia misma se derrumbaban y sentí que la Gracia me inundaba por completo. Empecé a ir a misa entre semana. Fui un día y me gustó. Fui al día siguiente y me encantó. Incluso llegué a ir a 2 misas diarias porque la autonomía de paz me duraba sólo 3 o 4 horas. Ahí es donde yo me invento el concepto de la eucaristía endovenosa. Porque sentía que venir a comulgar me daba paz. Y era una paz que recorría todo mi cuerpo.

Gracias a Dios, ese proceso, hoy, ya terminó. Desde hace casi 2 años que intento ir a misa diariamente. Me encanta ir a misa. Algo que consideraba de locos y casi paranoico que era ir a misa entre semana, es algo que a mi hoy me fascina. Veo y entiendo que la intervención de Dios fue muy clara en aquel momento, permitiéndome caer desde las Torres del Ego para poder vaciarme, abandonarme y confiar en la Providencia.

Siempre hubo una mujer que me volvió a Dios.

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Desde chico, siempre fui a escuela del estado y mis padres eran católicos pero no practicantes. Puedo decir, además, que en casa éramos más “hinchas” de María que de Jesús. Siempre recuerdo que cuando comprábamos un auto, lo primero que hacíamos era subirnos para ir a Luján y recibir la bendición de la Virgen.

Nunca me impusieron la religión y como en la escuela no había catecismo, yo prefería usar ese tiempo para irme a jugar a la pelota con amigos. Toda esta historia me llevó a tomar la Primera Comunión recién a los 22 años, de la mano de la que por entonces era mi novia. Ella me empezó a llevar a Misa en la iglesia Nuestra Señora de Lourdes de Flores. Allí conocí a un sacerdote maravilloso, el padre Jorge Herrera Gallo, que comenzó a despertar mi amor hacia un Dios totalmente distinto del que yo imaginaba. De una manera bien desacartonada, ese gran cura me presentó al Jesús que me acompaña desde aquellos tiempos, el del amor infinito y la alegría de poder contarlo siempre con uno.

Así fue como empecé a ir con más frecuencia a Misa y el padre Jorge me  preparó para tener mi primer encuentro fuerte con Jesús. Entonces me regaló la posibilidad de hacer mi Primera Comunión en la Misa de Navidad de 1982. Estoy convencido de que fue Dios el que eligió esa fecha y me hizo compartir “su fiesta de cumpleaños”, algo que nunca olvidaré.

Mi fe renació en una Navidad, en Nuestra Señora de Lourdes y con el protagonismo de María en esa fecha fundamental.

Al poco tiempo, con todo el entusiasmo del mundo, ya estaba metido en retiros y hasta pasé a formar parte de las organizaciones de los mismos en el Movimiento de Jornadas.

De no tener nada que ver con la Iglesia, de pronto, me encontraba haciendo de todo un poco y, encima, como instrumento de Dios para llegar a mucha más gente. Todo era una fiesta.

Años más tarde conozco a quien es la mujer de mi vida, la que me regaló tres hijas divinas, la que camina a mi lado desde hace veinticinco años.

Cuando nos casamos, nos iba bien en todos los sentidos y, como pasa muchas veces, estuvimos un tiempo algo alejados de Dios. Sabíamos que Él estaba siempre a nuestro lado pero pensábamos que no lo necesitábamos.

Es bastante común que cuando las cosas van bien en la vida y en lo material, a pesar de que no debiera ser así, uno se aleja de la Iglesia. Y cuando la situación se revierte y las papas queman, vuelve por necesidad.

Por suerte, no tuvimos que esperar ese momento de papas quemadas para sentir la necesidad de volver. Ese momento llegó con el nacimiento de nuestras hijas. Allí, la decisión casi exclusiva de mi mujer fue fundamental para la elección del colegio al que iban a ir, priorizando una educación con valores cristianos, por sobre todas las cosas. Comenzamos a regresar.

Otra vez, unas manos femeninas, (ahora un “cuarteto de mujeres”) organizaba mi regreso al amor de Jesús.

Suele decirse que uno de los caminos más seguros para llegar a Dios es a través de María.

A lo largo de mi vida, siempre hubo una mujer alentando mis reencuentros. Y a todas las asocio con la figura de esa María que siempre te da una mano para llegar a su hijo.

Cuando se acercaba la Comunión de las chicas, me daba cuenta de que tenía que acompañarlas en su formación. Al principio lo hacés casi por obligación y enseguida entendés que está muy bueno. Que también a uno le sirve. Y cómo!

Sin embargo, para ser fiel a mis “malas costumbres”, al tiempo me volví a alejar, en coincidencia con la muerte de mi padre, en 2001. Ahí me enojé, no entendí nada y estuve bastante mal por mucho tiempo.

La muerte de mi viejo coincidió con un bajón laboral y graves problemas económicos. Tuve que buscar una nueva forma de subsistir y comencé a manejar un transporte escolar. Este trabajo me daba el ingreso que necesitábamos en casa pero no me hacía muy feliz porque no era lo que había buscado toda mi vida. Por suerte, me permitía seguir con algunos clientes de mi otra actividad pero todo fue decreciendo por falta de tiempo. No le podía decir a un cliente, “esperame que hago el pool del mediodía y vuelvo”. Todo eso me llevó a caer en una fuerte depresión, enfermedad que ven todos los que te rodean menos vos.

Pasé bastante tiempo en esa situación hasta que un cuñado me invitó a un retiro de Entretiempo en el que participaba como uno de los organizadores. La historia se completa porque al año siguiente me convocaron a la apertura de una nueva zona para ese tipo de encuentros con Jesús y allí cambió mi vida, sin lugar a dudas.

Pasados los cuarenta, comencé a conocer amigos que nunca hubiera imaginado ni en los sueños más optimistas.

Hasta ese momento estaba convencido de que las amistades de fierro eran aquellas forjadas en la infancia, el colegio y la facultad. Después de determinada edad es como que el ser humano ya no busca más amigos, se conforma con los que tiene y ya ni le interesa sumar nuevos.

Con la presencia de Dios, uno conoce tipos que son verdaderos hermanos. Y eso te ayuda a salir adelante de cualquier cosa que te pase.

Con estos nuevos amigos compartí el dolor de perder a mamá y sentir todo el amor de Dios en esa Comunidad que me dio su incondicional apoyo y me ayudó a seguir adelante.

Si vuelvo unos años atrás hasta la muerte de mi viejo, la diferencia es notable.

Cerca de Dios, todo es más fácil. La paz que te da, en las buenas y en las malas, es increíble.

Si hoy pudiera volver a los espejos que fui dejando a lo largo de mi historia personal, entre claros y oscuros, les preguntaría cuáles fueron las causas de los alejamientos y acercamientos que tuve, sabiendo de qué se trataba la cosa, sabiendo que había algo mucho mejor.

No tengo respuestas pero sí enseñanzas que son ni más ni menos que el producto de la experiencia.

Algo fundamental que aprendí (no sé si para quitarme algo de culpa) es que los tiempos de Dios sólo los maneja Él. Lo que nosotros tenemos que aprender es a manejar nuestros tiempos “para” Dios.

Y como Él está en cada uno de los que nos rodean, si uno sabe ver a ese Jesús en el otro y ese otro lo puede ver en vos, todo se hace mucho más fácil.

Además, con mi historia, si se me cruza por la cabeza alejarme de nuevo, estoy seguro de que siempre voy a tener una mano femenina (me rodean) para hacerme volver de inmediato.

Hoy comparto con mi mujer, como pocas veces antes, este camino. Juntos nos regalamos a Dios en cada paso y eso no lo cambio por nada. Además, tenemos a María que nos tiende su mano siempre.

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Intento transformarme en Apóstol

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 49 años …

Vengo de una familia católica. Mis padres son los 2 muy practicantes. De hecho fue mamá quien nos preparó a unos amigos y a mí para nuestra Primera Comunión. Dios siempre estuvo presente en mi familia y en mi vida. A partir de 6to grado fui a un colegio marista con lo cual su presencia era diaria. Siempre fuimos a misa. De hecho en algún momento me cuestioné si quería o no entrar al seminario. Hasta los 17 o 18 años estuvo muy presente.

Gracias a Dios, en mi vida no tuve problemas “graves”. Mis padres viven. Mis hermanos viven. Mis amigos viven. Ninguno tuvo alguna enfermedad seria. Nunca nos faltó el trabajo. Nunca nos faltó la comida. Digamos que los golpes todavía no aparecieron, y espero que tampoco lo hagan por un buen tiempo. Si bien nunca dejé de ir a misa, en la adolescencia comencé a distanciarme un poco. Aunque con más o menos fervor, siempre participaba.

Alrededor de los 30 años cambié de trabajo y me metí en una empresa familiar que conducía mi madre. Al principio fue un salto al vacío pero nos iba bien. No ganaba fortunas ni mucho menos pero estaba cómodo. La veía fácil. Estaba teniendo logros. Y tenía el foco puesto en lo económico. Con el correr de los años, mi madre se despega de lo laboral y me quedo solo al mando del barco. Y con el pasar del tiempo, empiezan los problemas propios acordes a la época que se vivía. Y los principales fueron los económicos. La plata faltaba y no podía pagarle a mis empleados. Por unos allegados conozco a unas señoras que tenían locuciones de la Virgen. Les daba mensajes para diferentes personas. Y yo, sin pedirlo, recibí algunos. Con el nacimiento de uno de mis hijos, por ejemplo. En un momento me empezó a angustiar el tema del futuro y la plata. Algo que en una época fluía tan fácilmente, dejó de fluir. Una vuelta estaba con un problema económico importante que no tenía casi ninguna posibilidad de resolverse e imprevistamente se solucionó. Mi madre me dijo que le habían dicho que se quedara tranquila porque esa plata estaba en camino y efectivamente llegó antes de lo previsto.

Y las cosas empezaron a darse de esa manera. Y empecé a cambiar un poco mi forma de vivir el hoy. Pensando en no hacerme tanta mala sangre por lo que iba a venir; sino disfrutando lo que estaba sucediendo. Y así empezar a sanar un par de cosas que habían tenido que ver con mi vida y de alguna manera me las reprochaba. Empecé a poner foco en la providencia y a no negar a Dios frente a los demás. Por ejemplo, si en casa bendecía la comida empecé a disfrutar también de hacerlo en un restaurante. No quiero decir que me paraba y hacía que todo el mundo rezara sino que en lugar de tratar de ocultarme por el famoso “qué dirán” podía perfectamente hacer la señal de la cruz sin importarme si me estaban mirando o no. Hoy en día doy gracias sin preocuparme por quién me mira. Y eso es una forma de no negar a Dios frente al prójimo.

El año pasado un grupo de amigos me invita a un viaje, que económicamente era de un costo muy bajo, pero me parecía que yo no podía irme de vacaciones sin dejarle los sueldos a la gente. Y como no podía pagarlos en tiempo y forma había decidido suspender mi viaje. Y por esas cosas de la vida, aparece uno que no era ni por asomo de mis más allegados y sabiendo la situación me ofrece prestarme la cifra que yo necesitaba para pagar, sin ningún apuro, diciendo que yo tenía que irme de vacaciones para poder seguir estando para mis empleados. YO me estaba volviendo loco para encontrar quién me podía dar la plata y la providencia hizo que me llegara por otro lado por donde jamás se me hubiera ocurrido. Lo que quiero dejar en claro acá es que uno no solo tiene que poder ayudar al prójimo sino que tiene que aprender a dejarse ayudar, que muchas veces, es lo más difícil. Dejar que un empleado lo ayude a uno. Antes hubiera pensado que era una vergüenza mostrarme vulnerable frente a mis empleados. Pero con el tiempo aprendí que ellos también pueden darme una mano si es que hace falta.

Un día yo decido llamar a una de estas señoras que recibían los mensajes. Y lo que rescato en limpio de nuestra charla es “bajate del pedestal y déjate ayudar”. No encontraba de qué manera yo podía hacerme chiquito. Me acuerdo que se acercaba Navidad y tenía que pagar los aguinaldos. Otra situación parecida a la anterior. Entonces junté a todos mis empleados y les fui totalmente sincero. Les expliqué la situación en la que estábamos todos. Les dije que si a mí me pagaban lo que me debían no habría problemas pero que con las cuentas así como estaban me iba a ser imposible cumplirles con los pagos en tiempo y forma. Sé que les tengo que pagar. Confíen en que voy a hacerlo. Pero no va a ser antes de Navidad. Y ahí sentí que ellos, a pesar de la situación, me entendían y creían. Ellos veían que me estaba desnudando frente a ellos. Me mostraba totalmente vulnerable. Cuestionándome un montón de cosas. Y tuve muy buena respuesta de ellos. Y terminada la charla, volví a mi oficina y cuando me senté en la computadora y abrí el banco para ver en qué situación real estaba me encontré con que las cuentas empezaban a pagarse y la plata empezaba a entrar. Toda. Sentí como que Dios me decía que como yo había cumplido con mi parte de sacrificarme frente a los demás y abrirles el corazón, Él me estaba devolviendo lo que yo necesitaba. Porque uno da sin pedir nada a cambio; pero cuando las cosas vuelven puede llegar a relacionarlas. Y ese mismo día, por la tarde, pude pagarle absolutamente a todos.

Y como esa tuve varias. Y sentí que después yo era llamado de varias formas. Fui Ministro de la Eucaristía. Me convocaron para algunos retiros. Nos llamaron, con mi mujer, para dar charlas para novios desde la parroquia. Yo lo único que pido es que me ayude a discernir si tiene que ver con su llamado. Porque de alguna manera, a estos llamados yo le digo que sí siempre. Porque intento transformarme en apóstol. A no callarme. A poner mi granito de arena. Trato de ver en qué maneras Dios se hace presente en mi vida cotidiana. Y siempre se hace presente en el prójimo. Vivo agradeciendo el día a día. Muchas veces me siento bastante tonto frente al resto. Pero después veo lo que tengo y lo que me ayuda, y sigo agradeciendo más aún.

Yo le hablo mucho a Jesús. Pero le hablo como si te estuviera hablando a vos. De igual a igual. Tenemos charlas asiduamente, que pueden ser muy largas. Y hablándole así me siento muy cómodo. Paso por una iglesia y antes no hubiera entrado. Hoy me siento a conversar con Él. Al menos 3 minutos. Y otras veces estoy en la cola del banco rezando el rosario y no me importa si la gente me está mirando. Y si justo vino mi turno y pude rezar solo 3, es mejor 3 Ave María que ninguno. Hoy estoy casado y tengo 4 hijos de entre 11 y 18 años y trato de transmitirles, en el día a día, que recen. Que Dios no está ahí marcándonos las cosas y retándonos, sino que está esperando ahí para abrazarnos. Afortunadamente mi mujer vive la espiritualidad de la misma manera.

Hoy siento y percibo que Dios está muy presente en mi vida. En mi familia. Y que en los últimos años me ha ayudado a ser una mejor persona. Y yo también me siento bien conmigo mismo.

Yo no tuve una conversión de un día para el otro. Sino que mi vida es un proceso de conversión constante. Trato de vincularme bien conmigo mismo. Y le pido a Dios, constantemente, que me ayude a ayudar.

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“Hola, te estábamos esperando”

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 47 años …

Una de las experiencias donde sentí que Dios estaba presente fue a raíz de una separación que yo tuve con mi mujer. Ella pedía un tiempo y nos distanciamos. Estando yo en el departamento me veía con 1 colchón. 1 banquito. 1 mesita. 1 lámpara. 1 tostador. Mucho individualismo. Mi madrina, a quien quiero mucho me muestra una nota que había salido en el diario La Nación que hablaba de un Monasterio que estaba en Los Toldos a donde la gente podía ir a hacer un retiro. Y me dice que tal vez era una oportunidad para mí. Ella creía que esto me iba a hacer bien para reencontrarme un poco conmigo mismo. Estaba pasando unos días muy complicados. Bastante mal. Esto fue unos cuantos años atrás con lo cual la tecnología no es lo que conocemos hoy. Había que llamar por teléfono y esperar una respuesta. Y no habían celulares, sino que era un aparato fijo que estaba en un lugar específico y había que tener la suerte de llamar justo en el momento en el que alguno de los monjes estaba en ese lugar y dependía mucho del clima y de la antena.

Siento curiosidad por esto. Quería ver qué era. Habíamos estado ocho años de novios. Un año y medio de casados. Y de pronto ahora estaba separado hacía como 6 meses y como que no me veía muy bien. Estaba constantemente atrás de respuestas. Logro contactarme con el Monasterio y como venía Semana Santa quería aprovechar ese fin de semana para ir. Pero justo hay una tormenta y un rayo deja sin teléfono al Monasterio así que me quedé sin la confirmación de si tenía o no lugar.

Era tal la tristeza, angustia y soledad que sentía en esos días que el jueves a la mañana, decidí agarrar el auto e ir de todas formas. A lo sumo, lo peor que podía pasar era que me dijeran que no había lugar, con lo cual pegaba la vuelta y listo. Agarré el mapa de las rutas, me fijé dónde quedaba y emprendí la marcha. Aclaremos que el gps no era algo usual en aquella época tampoco. 6.30 am ya estaba en viaje. En silencio. Tranquilo. Después de recorrer los 310 km que separan a la ciudad de Buenos Aires de la de Los Toldos, llego al Monasterio Benedictino Santa María de los Toldos. Entro y me quedo en el jardín tratando de ver si había algún tipo de movimiento ya que no me animaba a entrar directamente a la Capilla de movida. Quería encontrar alguna puerta amigable que me invitará a entrar. Golpeo y no contesta nadie. Al rato aparece un monje y me pregunta si necesitaba algo o qué estaba haciendo ahí. Me presento, le digo quién soy y que había llamado para poder estar en Semana Santa con ellos pero debido a la tormenta y el corte de las comunicaciones me había quedado sin la confirmación y había decidido acercarme igual a ver qué pasaba. Y tal era mi desesperación que en ese mismo instante le dije, que estaba separado y pasándola muy mal con lo cual necesitaba estar ahí. Y de una forma muy tranquila Daniel (ese era su nombre, Daniel Menapache, el hospedero de esos días), me mira a los ojos y llamándome por mi nombre me dice “te estábamos esperando”. Ante semejante declaración se me aflojó todo. Jamás me hubiera esperado una respuesta de esa índole. Llamarme por mi nombre e invitarme a pasar era muchísimo más de lo que me podía haber imaginado.

Me acompaña hasta el lugar a donde yo iba a dormir, y en esa época, tuve la gracia de poder convivir con ellos, en el claustro de los monjes. Cruzármelos por los pasillos. Comer con ellos. Vivir con ellos. Si bien la hospedería queda en otro lugar compartías con ellos una infinidad de cosas. Incluso, el lugar donde se cambian y se ponen esos hábitos marrones con los que estamos acostumbrados a verlos para entrar a la Capilla. Así arranqué mi Jueves Santo en la celda que me asignaron que era la de San Marcos. Cama, escritorio, Biblia y nada más. Pude conocer en persona a Mamerto Menapache de quien ya había leído varias historias. Y pude confesarme con los monjes a través de una charla muy sincera. Incluso hablando con uno de ellos en un momento me dice “por más que vos sigas rezando y pidiendo, si tu mujer no quiere volver con vos, no va a hacerlo”. Y eso no me lo estaba diciendo un amigo y que yo ya lo sabía. Me lo estaba diciendo un monje. Aquel a quien yo había ido a pedirle la solución mágica a mi problema. Un pensamiento más profundo con la solución a la situación por la que estaba pasando para recuperar a mi mujer. Y encima, como en toda Pascua, ellos tienen la Ceremonia del Lavado de los Pies. Y me invitaron si quería ser uno de los que les lavaran los pies y no fue sino el Abad quien vino a hacerlo. Eso me impresionó muchísimo. Y me permitió tocar fondo y empezar a disfrutar de las miradas. Las sonrisas. Los actos. Esa fue la primera vez que yo hice un Vía Crucis completo. Empecé a sentir regalos.

Uno de ellos fue de un hermano consagrado que estaba estudiando ahí, se me acerca y me pregunta si lo podía ayudar a limpiar el Cristo. Cuando lo bajaban en esa fecha se aprovechaba, como es de madera, para pasarle cera. Y la verdad que uno no está acostumbrado a tocar esas imágenes. Son enormes. Imponentes. Y recuerdo estar pasándole la cera y sentir como si estuviera tocándolo a Jesús. Sintiendo su cuerpo. Sus brazos. La forma de sus músculos. Y yo estaba limpiando uno de los brazos. El hermano limpiaba el otro. Y el Abad estaba parado en los pies. Mientras que charlábamos. Y le conté toda mi historia. Y ellos quedaron muy conmovidos porque si hay algo que ellos tienen es un poder de escucha increíble. Y un sinfín de historias dolorosas de gente que va allá. Y en ese momento sentí que se producía una unión impresionante porque encima estaba Jesús en medio de nuestra charla literalmente. Y ya sentía que el estar ahí no estaba pasando de casualidad. Pude disfrutar muchísimo de una Misa de Resurrección diferente y ver como el silencio que había reinado en esos días se transformaba en una fiesta donde venía a compartir con ellos la gente del lugar. A celebrar.

Me acuerdo muchísimo de todas las actividades en las que participé. Y una de las cosas que más me quedó grabadas fue otra acción de uno de los hermanos. Ellos tienen como algo muy importante las siestas. Porque es su momento para descansar. Se levantan muy temprano. Y sin embargo, uno de ellos me dijo que como él veía que yo necesitaba hablar, que fuera con él a su claustro y ahí íbamos a poder charlar tranquilos. Él estaba ofreciéndome a mí su momento de descanso. Y cuando terminamos de charlar mira para todos lados y me dice: “no tengo nada para darte para que te lleves, pero si puedo darte este cuadrito.” Y me dio una imagen de San Benito que él tenía. Y yo pensaba, que no sólo ellos dejan todo para entrar ahí, sino que de lo poco que tenía estaba buscando algo para darme a mí. Era el que menos tenía el que más daba. Él no tenía por qué hacerlo, simplemente quería demostrarme que estaba dispuesto a acompañarme a llevar mi cruz.

Termina la misa y después del mediodía me vuelvo para Buenos Aires. Y yo volvía pensando que si realmente las cosas se podían llegar a solucionar tenían muchísimo que ver con todo lo que yo había vivido en ese fin de semana. Muy especial. Había logrado ver desde otro lugar todo lo que yo estaba viviendo.

Voy directo a la casa de mis padres, porque como era Pascua íbamos a juntarnos a comer en familia. Y además estaban todos muy expectantes a cómo me había ido ya que estaban todos movilizados por todo lo que a mí me estaba pasando. Y cuando estábamos comiendo suena el teléfono, y antes que atiendan yo les dijo, “esa es ella”. Mi ex sabía que yo iba a ir al Monasterio. Y efectivamente era ella que sólo quería saber, al igual que el resto, cómo me había ido. Era el primer gesto que ella tenía para conmigo. Hablamos un ratito y combinamos para encontrarnos. A partir de ahí empezó todo un proceso de recuperación, de unos 6 o 7 meses, que unos días atrás era casi inviable. Y de hecho, hoy, mi ex es mi mujer con la que tuvimos 3 hijos y estamos juntos.

Y como forma de agradecer todo esto, la invité a mi “novia” a que me acompañara a ver dónde yo había encontrado esas respuestas que buscaba y así fue como llegó Pentecostés y fuimos a visitar el Monasterio. Y los hermanos que ahí estaban, al verme venir y que se las presento, no podían creerlo. Había un gran avance. De la nada misma donde el matrimonio estaba perdido. En la resurrección de la Pascua, nacía un resurgir de nuestro matrimonio y se nos presentaba una nueva oportunidad que dura, incluso, hoy en día.

Este fue el primer momento donde yo encuentro que Dios estuvo muy presente en mi vida. Sigo yendo a Los Toldos cada tanto. Saben quién soy. Saben que está mi mujer. Saben de mis hijos. Se alegraron y lloraron con nosotros.

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Jesús me lleva de la mano

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 57 años …

Me considero una persona a la que Jesús agarró de un brazo y le dijo “vos de acá no te vas”.

De chico fui a un colegio que no era religioso. Y creía que si iba tocando la pared de la iglesia del colegio vecino, a mí ese día me iba a ir bien. Tanto en lo que me tomaran los maestros como en el resto de las cosas cotidianas. Como a los 10 o 12 años quise aprender las oraciones y la única que logré aprender fue el Padre Nuestro. Pero tenía mucha vergüenza con Dios porque al rezarlo me provocaba bostezos. Hasta que a los 14 años, decido, por mi cuenta, tomar la Primera Comunión. Nunca había tenido una práctica activa en la religión. Nunca fui a misa. En mi casa nunca se rezó ni se dio gracias por nada. La religión en mi casa no existía. De hecho un montón de familiares son ateos. Entonces decidí ir por mi cuenta a la Iglesia de donde yo vivía y ahí me encontré a la Señora Inés que me enseñó todo lo que sé de catecismo. Un día me puse el saco del colegio y una camisa, fui a misa y tomé la comunión. No hubo ni fiesta, ni invitados. Sólo Dios y yo. Después de eso volví a entrar en una meseta, sin práctica ni nada. Hasta que un día prendo la tele y me encuentro que estaba Juan Pablo II en el Obelisco. Eso me emocionó muchísimo, hasta las lágrimas, al punto tal que me levante y me fui solo a la 9 de Julio para poder estar cerca de él. Sentía que tenía que estar ahí. Cantaban canciones que yo no sabía pero que por oído empecé a aprenderlas. Y otra vez, la certeza de Jesús llevándome de la mano.

Pero todo esto lo veía una vez que pasaba y podía mirar para atrás. Ahí seguí con la práctica religiosa unos 6 años más o menos. Me casé por primera vez. Mi mujer no era practicante a pesar de haber ido a un colegio religioso. Y me volví a alejar, como siempre. A los 4 años nos divorciamos.

En el año 98 se enferma mamá y yo empiezo a escribirle cartas a Jesús. Me parecía una manera práctica de comunicarme. Yo podía mirar para atrás y verlo a Jesús en cada uno de mis momentos. Paralelamente a eso conozco a quien es hoy mi mujer. Nos embarazamos y nace mi hijo mayor. Mamá tiene la oportunidad de conocerlo y alzarlo. Después de un tratamiento muy largo, al poco tiempo de nacer mi hijo, mamá muere.

Un día ordenando las cosas encontré el diskette con esas cartas y quise ver qué había puesto. Fue realmente muy emocionante poder leer todo eso tanto tiempo después. En los momentos de ira me enojaba muchísimo, no con Él, pero me enojaba en serio. Y en los momentos de reflexión me limitaba a la frase del Padre Nuestro “que se haga tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

A Jesús uno no lo ve a futuro, yo lo veo siempre que miro para atrás. Ahora te lo cuento y se me pone la piel de gallina. Pero cada vez que miro para atrás lo veo a Jesús agarrándome de la mano.

Cuando mi hijo empieza el colegio, yo lo llevaba por las mañanas y ahí comienzo a tener un poco más de contacto con la religión. Empiezo a rezar por las mañanas. Hasta que viene la preparación para su comunión.

Una mañana, iba al trabajo, y me quedaba la Catedral de pasada. Me gustaba ir a visitarlo a José. Para mí San José es el ejemplo de lo que se debe ser. Entonces decidí llevarle a mi hijo. Y presentárselo. Y al igual que ahora, me emocioné muchísimo, lágrimas incluídas. Pero ese día entendí que tenía que dar un vuelco en un montón de cosas, con todas las renuncias que eso implicaba.

Para mí ir a la Iglesia es ir a visitar a un amigo. Pasaba por la Iglesia y rezaba pero tal vez no iba a misa. Tomó la comunión mi hijo. Y después mi mujer me pide que nos casemos. Pero como yo estaba divorciado fui a pedir una bendición sobre mi matrimonio sabiendo de antemano la respuesta y ante la negativa, mi mujer se enojó muchísimo. Yo ya sabía que esa iba a ser la respuesta que me iban a dar y, francamente, no me molestaba.

Me gustaba mucho rezar y quería rezar. Fue lo primero que busqué en el contacto con Dios de chico. Y después de dejar a los chicos en el colegio a la mañana me iba a la Iglesia de la esquina a rezar solo un rato. Conseguí en la parroquia de mi barrio un curso sobre las Cartas de San Pablo. Y ahí empecé a conocerlo a Pablo. Una vez terminado el curso me compré un Evangelio y empecé a leerlo por mi cuenta.

A mí me gustó siempre la parábola de Los Talentos. Tengo muchísimas cosas por las que agradecer. Y me imagino el día del Juicio Final. Me imagino a Jesús preguntándome qué hice con todas las cosas que me fueron dadas.

Entendí, en su momento, que era algo que tenía pendiente y comencé a charlar regularmente con un cura de la Parroquia. Y me sugirió que siguiera con los cursos que daban ahí que eran seminarios de teología. Pero yo necesitaba algo más personal, más vivencial. Tenía que correrme un poco de los libros y ver qué se sentía. Y empecé a buscar un retiro. Al tiempo, viene el director del colegio de los chicos y me dice que tiene un retiro ideal para mí. Y la verdad que fue un antes y un después. Independientemente de lo vivencial que me resultó. Yo no sabía rezar el Rosario, y vino Javier, uno de los miembros de ese equipo, que había escuchado de afuera una conversación mía y me regala un folleto diciéndome, “tomá, así se reza el Rosario”. con lo cual, siguiendo con las oraciones de la mañana en la parroquia del colegio, iba con el Rosario, el Evangelio y el folleto; había que aprender a rezarlo. Empecé así a rezarlo todos los días. Y desde ahí no paré más. Rezo constantemente. Para mí la oración es como comer. La sensación que me da al finalizar de rezar no la puedo comparar con ninguna otra cosa.

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Yo volví a Dios para agradecer

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Me acerqué de vuelta a Dios sin darme cuenta. Vino un muy amigo mío que me pidió que le regalara un fin de semana y como ni me imaginaba para qué era, confié en él y le dije que sí, después de todo, nos conocemos desde que tenemos 5 años. No sabía a dónde me llevaba. Me puse en sus manos.

Resulta que terminé encontrándome a mí mismo en un retiro. Y una vez ahí, a medida que pasaban las horas, sólo pude comprobar que Dios estaba ahí. Que pasó por delante mío y pude verlo. Que pude verlo en el otro.

Ahora que ese retiro ya pasó y que lo puedo ver en retrospectiva, me doy cuenta que en realidad Dios siempre estuvo. Era que yo no sabía verlo. El retiro me sirvió para confirmar que Él está. Y también para darle forma a esa frase que todo el mundo repite muchas veces y es que el picaporte en nuestro corazón está del lado de adentro, somos nosotros los que tenemos que abrir esa puerta.

Yo llegué al retiro, a diferencia de la mayoría de la gente, siendo un tipo feliz. Estando bien conmigo mismo. Teniendo una buena familia. Sin problemas serios. No vengo de una vida complicada ni difícil que me llevara a recurrir a Dios para pedirle. No, muy por el contrario, me ví agradeciendo. Y pude comprobar que mi vida después de ese retiro fue infinitamente más feliz de lo que ya era. Me sensibilizó en un montón de cosas. Aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida que antes ni siquiera reparaba. Lo que sí es curioso es que los golpes me empezaron a venir después. Como la muerte temprana de un ser querido, por ejemplo. Y las cosas se pusieron un poco más difíciles. Pero de vuelta, Él apareció recordándome que estaba a mi lado. Apareció en el momento que tenía que aparecer y yo me aferré a él. Yo volví a Dios para agradecer, y no para pedir.

A partir de aquel retiro yo siempre me acerco para agradecerle. Laburo muchísimo pero como hago lo que me gusta se me hace muy corto el día. Se me pasa volando y con una adrenalina de la linda. Aprendí a poner en balance y a convivir con mi familia de una forma diferente. Aprendí a disfrutar momentos con mi familia distintos a los que tenía antes. Mucho más profundos y mucho más procesados. Y eso, creo, no podría haberlo hecho si no me hubiera reencontrado con Dios y conmigo mismo. Y encontrar este espacio para ir y rezar. Yo había dejado la oración de lado y reencontrarme con él fue volver a rezar.

Por ejemplo, a mí me pasaba de no llegar a entender una Adoración. No lograba enganchar. Y Monseñor Eguía me contó una historia tan simple como que una monjita decía “es muy fácil. Yo me paro delante de él. Lo miro y él me mira. Si quiero le hablo y si quiero lo escucho.” Y eso me hizo ver lo fácil que era y lo puse en práctica. Y hay miles de veces en las que yo también me paro a verlo y le hablo, le agradezco. Y otras en las que quiero escucharlo simplemente me quedo en silencio. Escucharlo es parar. Es mirar en mi interior. Es contemplar. Y también tengo la confesión. Dios es todo misericordioso y si yo estoy profundamente arrepentido me va a perdonar. Y para el futuro hay que creer en su providencia. A veces nos cuesta. Pero se puede. Todos tenemos todo para ser felices. Entonces, con todo esto sobre la mesa. Reencontrarme con Dios fue pura felicidad. Puro abrir mi corazón y sensibilizarme. Y una de las cosas que me pasa después de haber hecho aquel retiro es emocionarme cada vez que tomo la comunión. Son pocas las veces que voy a comulgar y no vuelvo con lágrimas en los ojos. Es un momento de reencuentro con Dios que a mí me marcó muy fuerte. No tengo una respuesta a esa reacción, pero es algo que me emociona profundamente. Y fue muy complicado intentar explicárselo a mis hijos. Es una emoción linda. Un llanto de alegría y de poder encontrarnos los dos en un momento único. No es algo que busco cada vez que voy a misa, sino algo que se da sistemáticamente por obra del Espíritu Santo. Y me encanta que me siga pasando. Afortunadamente es algo que no puedo controlar. Ojalá me siga pasando siempre. Con mis hijos y mi mujer compartimos la misa. Y ellos aceptan esto que me pasa pero no es que lo conversamos cotidianamente.

A mi YO de hace un par de años le diría que tonto que fuiste por no haber abierto antes el corazón. Cuántas cosas te perdiste por no haberlo hecho antes. Me reprocho el no haberme dado cuenta antes de todo esto.

Pero ahora trato de compartirlo con quien se me cruce. Y seguir participando me produce una alegría y un placer enorme, a pesar de la demanda que significa. Pero al final del día, cerrás los ojos y ves que Jesús pasó. Que todos pudimos verlo. Y a esto lo tomo como mi propio proceso de evangelización. Uno a veces se pregunta qué hacer para salir a Evangelizar y para ir a las periferias como dice el Papa Francisco. Y creo que el compartir todas estas cosas y entregárselas al prójimo es un claro ejemplo. Yo no soy el mismo, por ejemplo, con el retiro que sin el retiro. A mí me ayuda. Le agrega calidad al tiempo que después le dedico a mi familia. Siento que me hace mejor papá. Mejor marido. Mejor hijo. Mejor sobrino. Mejor amigo. Y cada vez que lo vuelvo a hacer lo vivo de una manera diferente y salgo distinto de cada uno. Podría tomarse como algo egoísta porque es algo para mí. Pero en definitiva es algo para poder compartir con los demás.

Los argentinos me han devuelto mi FE

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 51 años …

Soy español, y vivo en argentina desde 1993. El mayor de 3 hermanos. Mi padre viene de una familia humilde. A los 10 años, cuando nació su hermano y sus padres no pudieron mantenerlo más se lo confiaron a un tío que era cura militar. Ahí fue donde aprendió todas las cosas que después supo transmitirme. Él es ateo. Mi madre es creyente pero no practicante. Les tocó vivir la guerra civil y eso les marcó su historia, y la mía. Me bautizaron y tomé la Primera Comunión como todos los chicos en España y la verdad que salvo a través de mis abuelos, nunca tuve relación con la Iglesia. Estudié en España en un colegio francés laico.

Habiendo sufrido las turbulencias del matrimonio de mis padres decidí emprender mi propio camino. Primero me fui a vivir a Francia un tiempo y al volver a España participé de un start-up que me permitió después venir por temas laborales a la Argentina. Aproveché esa excusa para poner un océano de por medio.

Acá empecé a vivir mi vida y a tener contacto con gente que tenía unos valores y unos principios que si bien no eran nuevos para mí eran muy refrescantes, en lo que a religión y fe se refiere. Y luego conocí a mi mujer que era bastante practicante. Siendo divorciada nos casamos por civil en España. Hoy estoy casado y tengo 4 hijas. Pero debido a eso estoy en un conflicto con la Iglesia.

Sus padres también son bastante practicantes. Perdieron un hijo en un accidente. Mi suegro hizo la carrera de acompañante espiritual. En el año 2013, mi hermano tuvo la desgracia de perder a su hija mayor en un accidente automovilístico. Esto fue un golpe muy fuerte tanto para mi hermano como para mis padres. Es algo que viene de repente y para lo que uno no está preparado. Para mí fue algo muy duro también y me movió la estantería. No hay en castellano un término en la Real Academia Española que defina el estado vital tras la pérdida de un hijo por parte de un padre. Justo para esa época me estaban insistiendo mucho en hacer un retiro de Entretiempo y yo me venía negando y poniendo excusas. Pero ese año decido aceptar. Fue una experiencia inolvidable. Fue un momento de empezar muchas cosas nuevas. Venía de estar acompañando a mi hermano y acá me sentí acompañado yo. Algo especial que pasó dentro del retiro me hizo sentí muy querido por gente que no me lo esperaba, y de forma desinteresada me dio mucho amor. Eso me hizo pensar que esta experiencia comunitaria podría ayudarme a conocerme a mí mismo y también ayudar a otros. De los argentinos valoro 3 cosas por encima de todo:

1- El sentido de la amistad. Es muy próximo, espontáneo, con una afinidad sincera.

2- El concepto de familia. Mientras que en Europa las familias se van atomizando cada vez más, acá se va agrandando la mesa con abuelos, hermanos, primos. En realidad uno empieza a formar parte de la familia del otro. Empieza a ser familia de sus amigos. Es bienvenido a las casas de otros. La familia tiene un peso. Es importante porque es un lugar de encuentro, donde desarrollar su identidad, pedir ayuda desinteresadamente, donde se valora a la persona.

3- La FE. En España nunca fui a la Iglesia. Si llegaba a ir sólo veía algunas canas solitarias en algún banco perdido en la penumbra. Se oía el tímido murmullo del rezo, pero allí nunca escuché cantos. Era triste y una experiencia individual. Nunca un sermón que no presentara un Dios castigador. Y eso más que acercarte te alejaba de la Iglesia. Acá es todo lo contrario; te invita a participar y disfrutar, a vivir en comunidad.

Entendí que tenía un nuevo camino que recorrer, donde podía aprender y crecer en el plano espiritual, y así, ya pasados los 50 años decidí recibir el sacramento de la Confirmación.

Al tiempo me convocaron para participar activamente en un Equipo de estos retiros y además de ser una especie de necesidad; uno lo vive viendo la transformación en el otro y se alegra por ello. Es algo que me transforma, me enriquece y me hace crecer. Y siento que los argentinos me han devuelto la fe.

Mi proceso fue progresivo y llevó mucho tiempo. Estaba latente. Pero también el grupo humano del que me siento parte y activo, me ha ayudado a no descolgarme muchas veces con muchas cosas, ni perder el rumbo.

Un hombre de resultados, de números, de gestión. Toda la vida estuve persiguiendo las cosas. Siempre pensando que el futuro se labra si tenés una buena educación pero sin FE es difícil llegar. Si tenés una buena educación, tenés mejores posibilidades. Si tenés la cabeza armada podés pensar. Si pensás podés elegir. Elegir es un tema mayor que define si te realizás haciendo lo que te gusta. Pero ahora no puedo dejar de lado la FE; la busco y la vivo plenamente.

Mi vocación ha sido esencialmente la de aprender. Entender. Vivir en plenitud. Eso me ha sido posible gracias a las elecciones hechas en el camino. Y ya de más grande, con Jesús a mi lado.

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Las vacaciones soñadas

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy, habiendo festejado el Día del Padre antes de ayer, me toca ser un bebe con Síndrome de Down recién nacido. Tengo apenas unas horas de vida.

Foto: Federico Figueroa

 

Queridos Papá y Mamá:

Cómo están? Qué emoción poder verles las caras. Y a vos papá, poder agarrarte el dedo cuando salí; no quería soltarte.

Antes que nada quería agradecerles con mi corazón delicado pero enorme el que hayan llegado hasta acá conmigo. Cuando me enteré que iba a venirme de vacaciones a su casa me puse muy contento. No me dijeron cuánto iban a durar estas vacaciones pero sí sé que éramos muchos los que esperábamos poder venir acá abajo y me tocó a mí.

Tal vez no soy todo aquello que soñaron desde un principio. Pero ustedes sí son lo que yo soñé. Mientras esperaba en la sala de embarque que llegara el momento de salir por la manga iba viendo y escuchando un montón de cosas. Sé que hubo un montón de decisiones que tomar que no fueron fáciles. Pero estoy convencidísimo que las tomaron con el corazón; GRACIAS por eso.

Les prometo que yo traté de hacer todos los deberes para llegar sano y fuerte, pero las cosas a veces no son tan fáciles para nosotros tampoco. Y a veces llegamos como podemos.

Ustedes querían ser padres. Yo quería ser hijo. Quería pertenecer a una familia. Quería tener a alguien a quien decirle “mamá” o “papá” dentro de un tiempo. Y me tocaron ustedes. Qué alegría. Estoy Feliz.

Esas cosas que les decía que escuchaba me iban llenando de vida. Cómo la gente estaba a su lado. Cuánta gente que rezó por mí. Papá, no sabés cómo se sentía eso. Ver cuánta gente que hay alrededor que los quiere y uno a veces no se da cuenta de eso. A cualquier hora dispuestos y unidos; Unidos En La Oración, como te gusta decir a vos. Agradeceles de mi parte el apoyo que te dieron. A vos y a mamá.

Y también a mi hermanito. Que cada noche se metía entre ustedes dos en la cama y le daba un beso a mamá en la panza, así, me daba un beso a mí. Estoy esperando poder conocerlo a él también. Y que podamos jugar juntos.

No tengo idea cuánto van a durar estas vacaciones acá, como te decía antes, pero sí estoy muy seguro que vamos a disfrutar juntos muchísimo. Que vamos a aprender un montón de cosas. Que nos vamos a equivocar en otras, seguro. Pero todo va a ser con muchísimo amor.

Gracias por haberme recibido. Juntos vamos a poder crecer en muchísimos aspectos. Todavía no sé hablar en su idioma así que por eso les mando esta carta.

Los médicos están haciendo todo lo posible para que los días que me tenga que quedar acá pasen volando. Y así poder irnos a casa.

No se preocupen que mi otra mamá, la que yo ya conozco, la mamá del cielo, me está cuidando desde hace un tiempo. Y nos va a ayudar en todo lo que pueda. Ustedes sigan rezándole como hasta ahora que eso le gusta mucho, y también le da fuerzas a ella. Va a ser lo que Dios quiera. Confíen en Jesús.

Mamá, Papá, los quiero mucho mucho … espero poder decírselos en algún tiempito. Y darles un abrazo grande. O poder regalarles una sonrisa, que va a ser mi forma de agradecerles hasta que aprenda a hablar.

Les mando un beso muy grande y otra vez GRACIAS por animarse a este desafío y TRAERME de vacaciones con ustedes.

 

Los QUIERO MUCHO

Lolo (*)

 

(*) NdeR: Lolo, Lorenzo, es un bebe con Síndrome de Down que nació el 7 de mayo pasado. Hoy sigue en Neo al cuidado de los médicos. Con las complicaciones pertinentes del caso pero aumentando de peso y mejorando día a día. Gracias a las oraciones, pasando los momentos angustiantes. Seguimos rezando para que aumente de peso, le puedan realizar todas las operaciones que hagan falta y le den el alta pronto para poder ir a su casa con sus padres y hermano.