Siempre hubo una mujer que me volvió a Dios.

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 57 años…

Desde chico, siempre fui a escuela del estado y mis padres eran católicos pero no practicantes. Puedo decir, además, que en casa éramos más “hinchas” de María que de Jesús. Siempre recuerdo que cuando comprábamos un auto, lo primero que hacíamos era subirnos para ir a Luján y recibir la bendición de la Virgen.

Nunca me impusieron la religión y como en la escuela no había catecismo, yo prefería usar ese tiempo para irme a jugar a la pelota con amigos. Toda esta historia me llevó a tomar la Primera Comunión recién a los 22 años, de la mano de la que por entonces era mi novia. Ella me empezó a llevar a Misa en la iglesia Nuestra Señora de Lourdes de Flores. Allí conocí a un sacerdote maravilloso, el padre Jorge Herrera Gallo, que comenzó a despertar mi amor hacia un Dios totalmente distinto del que yo imaginaba. De una manera bien desacartonada, ese gran cura me presentó al Jesús que me acompaña desde aquellos tiempos, el del amor infinito y la alegría de poder contarlo siempre con uno.

Así fue como empecé a ir con más frecuencia a Misa y el padre Jorge me  preparó para tener mi primer encuentro fuerte con Jesús. Entonces me regaló la posibilidad de hacer mi Primera Comunión en la Misa de Navidad de 1982. Estoy convencido de que fue Dios el que eligió esa fecha y me hizo compartir “su fiesta de cumpleaños”, algo que nunca olvidaré.

Mi fe renació en una Navidad, en Nuestra Señora de Lourdes y con el protagonismo de María en esa fecha fundamental.

Al poco tiempo, con todo el entusiasmo del mundo, ya estaba metido en retiros y hasta pasé a formar parte de las organizaciones de los mismos en el Movimiento de Jornadas.

De no tener nada que ver con la Iglesia, de pronto, me encontraba haciendo de todo un poco y, encima, como instrumento de Dios para llegar a mucha más gente. Todo era una fiesta.

Años más tarde conozco a quien es la mujer de mi vida, la que me regaló tres hijas divinas, la que camina a mi lado desde hace veinticinco años.

Cuando nos casamos, nos iba bien en todos los sentidos y, como pasa muchas veces, estuvimos un tiempo algo alejados de Dios. Sabíamos que Él estaba siempre a nuestro lado pero pensábamos que no lo necesitábamos.

Es bastante común que cuando las cosas van bien en la vida y en lo material, a pesar de que no debiera ser así, uno se aleja de la Iglesia. Y cuando la situación se revierte y las papas queman, vuelve por necesidad.

Por suerte, no tuvimos que esperar ese momento de papas quemadas para sentir la necesidad de volver. Ese momento llegó con el nacimiento de nuestras hijas. Allí, la decisión casi exclusiva de mi mujer fue fundamental para la elección del colegio al que iban a ir, priorizando una educación con valores cristianos, por sobre todas las cosas. Comenzamos a regresar.

Otra vez, unas manos femeninas, (ahora un “cuarteto de mujeres”) organizaba mi regreso al amor de Jesús.

Suele decirse que uno de los caminos más seguros para llegar a Dios es a través de María.

A lo largo de mi vida, siempre hubo una mujer alentando mis reencuentros. Y a todas las asocio con la figura de esa María que siempre te da una mano para llegar a su hijo.

Cuando se acercaba la Comunión de las chicas, me daba cuenta de que tenía que acompañarlas en su formación. Al principio lo hacés casi por obligación y enseguida entendés que está muy bueno. Que también a uno le sirve. Y cómo!

Sin embargo, para ser fiel a mis “malas costumbres”, al tiempo me volví a alejar, en coincidencia con la muerte de mi padre, en 2001. Ahí me enojé, no entendí nada y estuve bastante mal por mucho tiempo.

La muerte de mi viejo coincidió con un bajón laboral y graves problemas económicos. Tuve que buscar una nueva forma de subsistir y comencé a manejar un transporte escolar. Este trabajo me daba el ingreso que necesitábamos en casa pero no me hacía muy feliz porque no era lo que había buscado toda mi vida. Por suerte, me permitía seguir con algunos clientes de mi otra actividad pero todo fue decreciendo por falta de tiempo. No le podía decir a un cliente, “esperame que hago el pool del mediodía y vuelvo”. Todo eso me llevó a caer en una fuerte depresión, enfermedad que ven todos los que te rodean menos vos.

Pasé bastante tiempo en esa situación hasta que un cuñado me invitó a un retiro de Entretiempo en el que participaba como uno de los organizadores. La historia se completa porque al año siguiente me convocaron a la apertura de una nueva zona para ese tipo de encuentros con Jesús y allí cambió mi vida, sin lugar a dudas.

Pasados los cuarenta, comencé a conocer amigos que nunca hubiera imaginado ni en los sueños más optimistas.

Hasta ese momento estaba convencido de que las amistades de fierro eran aquellas forjadas en la infancia, el colegio y la facultad. Después de determinada edad es como que el ser humano ya no busca más amigos, se conforma con los que tiene y ya ni le interesa sumar nuevos.

Con la presencia de Dios, uno conoce tipos que son verdaderos hermanos. Y eso te ayuda a salir adelante de cualquier cosa que te pase.

Con estos nuevos amigos compartí el dolor de perder a mamá y sentir todo el amor de Dios en esa Comunidad que me dio su incondicional apoyo y me ayudó a seguir adelante.

Si vuelvo unos años atrás hasta la muerte de mi viejo, la diferencia es notable.

Cerca de Dios, todo es más fácil. La paz que te da, en las buenas y en las malas, es increíble.

Si hoy pudiera volver a los espejos que fui dejando a lo largo de mi historia personal, entre claros y oscuros, les preguntaría cuáles fueron las causas de los alejamientos y acercamientos que tuve, sabiendo de qué se trataba la cosa, sabiendo que había algo mucho mejor.

No tengo respuestas pero sí enseñanzas que son ni más ni menos que el producto de la experiencia.

Algo fundamental que aprendí (no sé si para quitarme algo de culpa) es que los tiempos de Dios sólo los maneja Él. Lo que nosotros tenemos que aprender es a manejar nuestros tiempos “para” Dios.

Y como Él está en cada uno de los que nos rodean, si uno sabe ver a ese Jesús en el otro y ese otro lo puede ver en vos, todo se hace mucho más fácil.

Además, con mi historia, si se me cruza por la cabeza alejarme de nuevo, estoy seguro de que siempre voy a tener una mano femenina (me rodean) para hacerme volver de inmediato.

Hoy comparto con mi mujer, como pocas veces antes, este camino. Juntos nos regalamos a Dios en cada paso y eso no lo cambio por nada. Además, tenemos a María que nos tiende su mano siempre.

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