Dejé de sentirme solo

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 50 años …

Soy el mayor de una familia de 6 hijos. Me siguen 3 mujeres y después 2 varones. Tuvimos una infancia con un entorno bastante ampliado que era con todos nuestros primos. Porque vivíamos todos pegados, una casa al lado de la otra. Encima éramos todas familias numerosas. Y era muy lindo vivir todo el año juntos. Jugar todas las tardes juntos. Hacer todo entre todos. Cada evento que había estábamos juntos. Participábamos de los Pesebres Vivientes todos los diciembres y siempre había alguno para hacer de Niño Jesús. Misas. Vía Crusis. Un cristianismo muy presente en todos. Era un clima de pueblo. En esa época uno volvía del colegio y se iba a jugar afuera con los primos. Recuerdo que como mi madre y tías iban a la par en los embarazos, yo tenía 2 primos hermanos de exactamente la misma edad. Nos pertenecíamos mucho. Pero las 3 familias tenían su gran cuota de diferencia. Entonces la crianza, en algún punto, difería. Y a nosotros nos tocó, si querés, estar en la cunita de oro. Y todo lo que yo quería se me iba dando. Me mimaban mucho. Me hacían sentir cómodo. Ojo, también me mandaba mis buenas macanas. Todo era diversión y juegos. Hasta el primer recuerdo trágico que tengo que es la muerte de un primo hermano mío, mayor, cuando yo tenía 10 años más o menos que tuvo un accidente acá en la calle. Y ese drama transformó a un tío mío en alcohólico y generó tristeza general en la familia.

Todo cambia cuando llega la adolescencia. Esas tensiones y miedos propios de los padres por sus hijos solos en la calle. Por suerte, a mí me divertían más los programas en las casas que salir a bailar. Pero también empecé a ser un poco más introvertido a lo que era de chico. Y, en lugar de salir a buscar cosas nuevas o tomar riesgos, prefería quedarme en mi núcleo familiar. Era más divertido quedarnos jugando a las cartas que ir al boliche. Pero por suerte se hacían muchas fiestas en las casas.

Y a medida que iba creciendo también crecían en mí las inseguridades. Y me transformé, de a poco, en un adolescente más introvertido; más bien inseguro. Y eso me jugó en contra. Y el tiempo pasaba y se acercaban los momentos de tomar elecciones. Y llegó el momento de elegir la carrera y tener que hacerlo entre 2 que me apasionaban y no saber con cuál quedarme. Pero sin embargo tener que decidirme por una. Esa carrera costó muchísimo terminarla. Había que viajar demasiado y eran épocas en las que había paros constantemente. Del grupo de amigos que habíamos empezado juntos la carrera, para fines del primer año, quedaba yo solo. Sin embargo, había una tenacidad propia en mí que me obligaba a terminar las cosas que empezaba. Con lo cual, seguí cursando como fuera posible.

Dejando atrás la adolescencia, entre carrera y trabajos casuales, llegó una primera novia. De la cual estaba muy enamorado. Al punto tal de sentir que perfectamente podía ser la madre de mis hijos. Pero también, en esas vueltas de la vida, esa relación no perduró. Y hoy, tengo que estar agradecido a eso, ya que era una familia que opinaba de manera opuesta a mí en lo que a cristianismo se refería. Y eso me había hecho mucho ruido en su momento pero no me había dado cuenta de la magnitud hasta tiempo después. Y así estuve dando vueltas algo más de un año hasta que, si bien me la habían presentado tiempo antes, me pongo de novio con mi actual mujer. Fueron 2 años y medio de novios. Fui conociéndola más profundamente cada día, pero de entrada tuve dos sensaciones: primero que era sin dudas mi media naranja, y lo segundo es que la recibía como un don que Dios me tenía preparado. Su familia era creyente, con lo cual volví a ir a misa nuevamente. Y después vino el casamiento. Todas las cosas hechas prolijamente. Y con el tiempo, Dios nos regaló 3 hijas. Pero me acuerdo que cuando queríamos tener a nuestra tercera hija, no podíamos quedarnos embarazados y las complicaciones crecían a medida que el tiempo pasaba. Recuerdo que alguien le dijo a mi mujer que cuando un Papa se moría había que pedirle por la intención que uno más quisiera porque al morir se va al cielo y lleva las intenciones para que se hagan realidad. Y eran los años en que el Papa Juan Pablo II estaba muy enfermo. El día que él murió mi mujer fue a la capillita que tenía cerca y le rezó para que pudiera quedar embarazada una vez más. Sin saber yo esto, rezaba al mismo tiempo por el Santo Padre a unos 100 mts de donde estaba ella rezando, porque sentí el repiqueteo del campanario y deduje su partida al cielo. Y después de tanto tiempo de estar buscando y no conseguirlo, casi cuando estábamos por bajar los brazos, gracias a esta petición quedamos embarazados. Y así vino nuestra tercera hija. Un regalo del cielo. Una imagen muy fuerte de la presencia de Dios.

A pesar de todo esto, las búsquedas internas no cesaban. Por temas laborales me la pasaba viajando de un lado a otro y la soledad era algo que me perseguía constantemente. Una soledad extraña, porque yo tenía mi familia bien constituida y sin embargo no dejaba de darme vueltas por la cabeza. Y en esa búsqueda, oigo de un retiro que decían que apuntaba a hombres en la mitad de la vida. Y eso me hacía mucho ruido porque parecía ser algo de lo que yo estaba buscando. Con lo cual me anoté. Pero la primera vez un avión me dejó varado sin poder regresar a Buenos Aires y me lo perdí. La segunda vez a mi mujer le agarró una infección muy fuerte con fiebre muy alta que me obligó a quedarme en casa cuidándola a ella y a las chicas. Y la tercera vez, esa sí fue la vencida, porque dejé todo lo que tenía por hacer para poder ir a este retiro que sentía que necesitaba. Y así fue. Encontré todo aquello que estaba buscando. Encontré a aquel que me sostenía. Lo que venía haciendo con desconfianza empecé a hacerlo con confianza. Volví a sentir que alguien me llevaba. Fue un encuentro muy fuerte. Y toda esa soledad que yo venía sintiendo desde la adolescencia se esfumó en el momento de la adoración. Sentí una compañía muy importante por parte de todos los que estaban ahí. Y hoy se mantiene así. Me regaló compañeros nuevos para transitar el camino que resta. Una tripulación nueva de amigos que jamás hubiera pensado tener. Dejé de estar solo. Pero lo más importante es que dejé de sentirme solo.

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Me siento un mimado de Dios

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 48 años …

Vengo de una familia donde tuve una infancia con ausencias. Una ausencia de mi madre y una presencia muy activa de mi padre. Papá tuvo 3 varones y una mujer. Criándonos en la década del 70. Con lo que eso significa en este país. Y de un día para el otro se quedó solo. Sufriendo el abandono de su mujer. Nuestra mamá. Y sin saber qué había pasado tuvo que decidir sobre la marcha qué hacer. No había ningún tipo de conflicto o idea de algo que hubiera pasado como para sospechar porqué ella, de un día para el otro, había decidido irse, sin aviso. Y dejándolo a cargo de esa situación y con la desorientación propia del momento. Tratar de ubicarnos para que no sufriéramos. Con la ayuda de su familia. Que le dieron una mano con la crianza y la ubicación nuestra. Yo tengo un hermano gemelo y después tenemos un hermano más grande y una hermana más chica.

Mi papá era mecánico y trabajaba en un taller en Pilar. Nosotros vivíamos en José C Paz. Y cuando teníamos 8 años consiguió una guardería en Pilar que le quedaba cerca del trabajo. Entonces todos los días nos íbamos con él en tren, nos dejaba en la escuela, al mediodía nos cruzaba a la guardería y a la tarde emprendíamos el regreso juntos, caminando hasta la estación y a esperar el tren que nos llevara de vuelta a casa. Y hoy lo podría llegar a ver como algo duro. Pero en su momento, como chico y como hijo, disfrutaba de las aventuras de viajar todos los días en tren con papá. Y buscarle el lado positivo, ya que cuando estaba mamá, él estaba todo el día trabajando, y en cambio en la situación que nos tocaba, podíamos disfrutarlo muchísimo más. Y como chicos, nos fijábamos en eso. Antes trabajaba de sol a sol y lo veíamos sólo los fines de semana. En cambio, cuando mamá dejó de estar lo veíamos de una forma más humana, mucho más presente. No era el que ponía sus “Grandes Valores del Tango” los miércoles a la noche sino que era el que estaba y nos acompañaba al colegio. El que nos cuidaba. Tal vez con sus limitaciones, siendo una persona formada con el poco diálogo, nos hizo aprender que desde los gestos estaba implícito lo que era el amor de un padre. Así fue nuestra infancia. El primer año, los mellizos siempre juntos y el hermano mayor y la hermana menor en la casa de mi abuela. Y al año siguiente nuestro hermano mayor se sumó a nosotros. Y nuestra hermana se crió con la abuela. Pero otra vez mirando el vaso lleno, rescatando el haber podido disfrutar de nuestro crecimiento, los 3 varones, con papá; sin pensar tanto en la ausencia de mamá.

La familia de mi papá era toda de zona sur. Y nosotros estábamos en José C Paz. Entonces ir a visitarlos era muy de vez en cuando. Y los tiempos no daban para ir más seguido. Pero era parte de lo que teníamos que vivir para visitar a la abuela y a nuestra hermana. Hoy la abuela tiene 98 años y una lucidez privilegiada, con lo cual, la puedo visitar bastante más seguido que en esas épocas. Y siempre con el fiel recuerdo que de chicos, si bien era la mujer que había dejado a su hijo y nietos abandonados, ella nos hacía rezar por nuestra mamá. Y sin embargo nunca hubo ningún tipo de reclamo ni cuestionamiento de su parte. Y nos ayudó a nosotros a crecer entendiendo que habíamos tenido una mamá que había cometido un error y nosotros teníamos que tener el corazón abierto y ejercitar el perdón para que llegado el caso que ella volviera, fuera bien recibida. Y nos crió con ese corazón blando y sin rencor.

Y así transitó nuestra infancia. Con un papá, también, muy presente. En la adolescencia, acompañándolo y trabajando de mecánicos con él. Y aprender con él el oficio también fue algo interesante. Y si bien no era algo que me gustara, nos hacía entender que era lo que había que hacer. Convengamos que en esa época no se los cuestionaba a los padres. Se hacía lo que ellos decían. Y se ve que nos crió con una vocación de trabajo bien marcada, ya que hoy, los 4, estamos en la docencia. Los 3 varones ya somos maestros y nuestra hermana está estudiando para serlo. Y verlo a papá con sus 82 años, orgulloso de sus hijos es algo que a uno lo pone contento. Verlo grande y poder disfrutarlo. Y la historia que nos tocó vivir es la que, tal vez, nos ayudó a todos a crecer como familia.

Y así es como comienza mi vida de adulto. En la cual me pregunto en qué momentos está Dios? Y Dios está siempre, a pesar que en algunos momentos sintamos que no está presente, sí lo está. Si Dios no hubiera estado de chicos, cualquiera de los 4 podría haber caído en la delincuencia o cosas peores, ya que la calle te invita a todo.

Ya pasada la adolescencia, uno de mis hermanos tuvo la necesidad de encontrar a mamá, de conocerla. De salir a buscarla. Y ahí lo acompañamos todos. De hecho papá también estuvo al tanto de lo que necesitábamos, de cerrar parte de nuestra historia. Siempre teníamos que contestar que nuestros padres estaban separados y sin embargo esa no era la verdad. No veíamos a nuestra madre porque ella nos había abandonado.

Y al principio, esa búsqueda no nos condujo a ningún lugar. Cuando teníamos más o menos 26 años, un abogado le dijo a mi hermano que tenía que ir a La Plata, al Registro. Que ahí le iban a decir realmente si había fallecido o si estaba viva, dónde. Y por una de esas casualidades cuando mi hermano va a contar la historia, la persona que lo atiende entendió que nuestra madre era una desaparecida por los militares, ya que todas las fechas encajaban, y le dio la dirección de donde la podíamos encontrar. Algo que habíamos estado buscando durante tanto tiempo con abogados y demás yerbas, nos fue dado por una mala interpretación en una mesa de entradas. La cuestión es que fuimos a esa dirección a ver con qué nos encontrábamos en esa calle que nos habían dado anotada. Y de pronto nos encontramos que estábamos en una villa, una de las más fuertes de esa zona. Y como no conocíamos nos pusimos a caminar. Hasta que una vecina vio que no éramos de ahí y nos dijo que nos apuráramos a salir porque si se daban cuenta no íbamos a salir más de ahí. Y nos acompañó. Pero en el camino de salida, nos llevó al a casa de otra señora que tenía el listado de la gente que vivía ahí adentro, para el tema de los planes sociales, a ver si podía ayudarnos. Habíamos tenido que decir que buscábamos a una persona que había trabajado en la casa de unos amigos y que queríamos saber cómo estaba; porque sinó no nos iban a ayudar. Sin embargo esta mujer nos dice que no conocía a nadie de esas características. Y nos volvimos a casa.

Al día siguiente, mi hermano, sin decirle nada a nadie se tomó un colectivo y volvió a este lugar para hablar bien con esta señora que manejaba la lista de nombres y contarle la verdad, que a quien buscábamos era a nuestra madre. Y le dijo que no, pero que le dejara un teléfono que si sabía algo le iba a avisar. Y cuando mi hermano se va esta señora se da cuenta que efectivamente estaba nuestra madre en el listado así que decide ir a verla y decirle lo que estaba pasando. Pero mi madre, que nunca se hubiera imaginado esto, dice no conocernos y que no sabía por qué la andarían buscando. Pero cuando la hija de esta señora le dice que eran unos chicos muy parecidos, que podrían llegar a ser mellizos, ahí mi madre se da cuenta que éramos nosotros, y le dice a esta señora que nos llamara y que nos iba a recibir, pero que fuéramos solos.

Fue un reencuentro demasiado tenso. Lo que más me llamó la atención fue que no pudo reconocer cuál era yo y cuál mi hermano mellizo. Que una madre no reconozca a sus hijos es muy duro. Y ella pensó que estábamos buscando hacerle algún tipo de reclamo. Una de las primeras cosas que me dijo fue qué era lo que ella había dicho al momento de irse. Y eso era un sentimiento de culpa que yo tenía porque era algo que me había dicho a mí y que yo nunca le repetí a nadie. Porque yo había sido quien le había alcanzado el bolso con ropa pensando que ella se iba a quedar una semana con cama adentro de doméstica en la casa que estaba. Y nunca lo dije ni siquiera a mi mellizo, que cuando me escuchó decirlo en ese momento quería comerme con la mirada. Y de a poco el clima se fue ablandando, le fuimos contando nuestra historia, mostrando fotos. Poco a poco dejábamos de estar tensos. Para esta altura ya sabíamos que tenía otra hija, que era de esperar. Y de ese día tengo el primer recuerdo de ella cocinándonos algo. Porque de mis 7 años para atrás yo tengo todo absolutamente borrado. A propósito o inconscientemente pero no recuerdo nada de mi infancia. No tengo olores. No tengo sensaciones.

Y después de ese día nos vimos un par de veces más. También pudo reencontrarse con nuestro hermano mayor. Y a pesar de no vernos asiduamente, eso nos ayudó a cerrar un poco nuestra historia. Queríamos tratar de entender. Sin embargo, hoy, al día de la madre yo voy a pasarlo con mi abuela.

Y Dios también estuvo en la muerte de nuestro hijo. Habíamos hecho varios tratamientos de fertilidad hasta quedarnos embarazados. Y cuando estaba llegando la fecha del parto su corazón dejó de latir y lo perdimos. Como estaba avanzado el embarazo y estaba en riesgo mi mujer tuvimos que ir a cesárea. Y en ese momento nos sentimos muy acompañados por la familia. Dentro del gran dolor y en el silencio del último adiós, escuchar al sacerdote que al mismo tiempo que lo despedíamos lo estaba bautizando y llamándolo por su nombre fue algo celestial. Como que el corazón se me serenó. Hasta ese momento yo solo tenía la imagen de ver su cuerpito sin vida y un silencio nuevo. Ensordecedor. Que nunca había experimentado. Y ahí sentí la presencia de Dios, que nos invitaba a estar calmos. Y después de la experiencia, mala, en la clínica, poder tener un lugar para poder ir a visitarlo. Y sin la serenidad y la calma al sentirme acompañado por Dios, hubiera sido muy difícil lograr que nos dieran el cuerpito de nuestro hijo.

Y a pesar de todo esto, hoy me siento un mimado de Dios. Porque con todas las piedras que tuvimos en nuestro camino, Él siempre estuvo cuidando de mi familia.

Esto también nos llevó a tratar de ser padres adoptivos. Ya estamos encaminados. Y es un tema muy hablado. Hay que entender que uno acá también puede brindar amor. Hoy no podemos ser padres biológicos y entonces logramos entender, como pareja, que podemos brindarle a alguien nuestro amor y por eso estamos esperando que se nos den todos los papeleríos para llegar a buen puerto con eso. Y si Dios quiere, próximamente, será realidad.

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Intento transformarme en Apóstol

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 49 años …

Vengo de una familia católica. Mis padres son los 2 muy practicantes. De hecho fue mamá quien nos preparó a unos amigos y a mí para nuestra Primera Comunión. Dios siempre estuvo presente en mi familia y en mi vida. A partir de 6to grado fui a un colegio marista con lo cual su presencia era diaria. Siempre fuimos a misa. De hecho en algún momento me cuestioné si quería o no entrar al seminario. Hasta los 17 o 18 años estuvo muy presente.

Gracias a Dios, en mi vida no tuve problemas “graves”. Mis padres viven. Mis hermanos viven. Mis amigos viven. Ninguno tuvo alguna enfermedad seria. Nunca nos faltó el trabajo. Nunca nos faltó la comida. Digamos que los golpes todavía no aparecieron, y espero que tampoco lo hagan por un buen tiempo. Si bien nunca dejé de ir a misa, en la adolescencia comencé a distanciarme un poco. Aunque con más o menos fervor, siempre participaba.

Alrededor de los 30 años cambié de trabajo y me metí en una empresa familiar que conducía mi madre. Al principio fue un salto al vacío pero nos iba bien. No ganaba fortunas ni mucho menos pero estaba cómodo. La veía fácil. Estaba teniendo logros. Y tenía el foco puesto en lo económico. Con el correr de los años, mi madre se despega de lo laboral y me quedo solo al mando del barco. Y con el pasar del tiempo, empiezan los problemas propios acordes a la época que se vivía. Y los principales fueron los económicos. La plata faltaba y no podía pagarle a mis empleados. Por unos allegados conozco a unas señoras que tenían locuciones de la Virgen. Les daba mensajes para diferentes personas. Y yo, sin pedirlo, recibí algunos. Con el nacimiento de uno de mis hijos, por ejemplo. En un momento me empezó a angustiar el tema del futuro y la plata. Algo que en una época fluía tan fácilmente, dejó de fluir. Una vuelta estaba con un problema económico importante que no tenía casi ninguna posibilidad de resolverse e imprevistamente se solucionó. Mi madre me dijo que le habían dicho que se quedara tranquila porque esa plata estaba en camino y efectivamente llegó antes de lo previsto.

Y las cosas empezaron a darse de esa manera. Y empecé a cambiar un poco mi forma de vivir el hoy. Pensando en no hacerme tanta mala sangre por lo que iba a venir; sino disfrutando lo que estaba sucediendo. Y así empezar a sanar un par de cosas que habían tenido que ver con mi vida y de alguna manera me las reprochaba. Empecé a poner foco en la providencia y a no negar a Dios frente a los demás. Por ejemplo, si en casa bendecía la comida empecé a disfrutar también de hacerlo en un restaurante. No quiero decir que me paraba y hacía que todo el mundo rezara sino que en lugar de tratar de ocultarme por el famoso “qué dirán” podía perfectamente hacer la señal de la cruz sin importarme si me estaban mirando o no. Hoy en día doy gracias sin preocuparme por quién me mira. Y eso es una forma de no negar a Dios frente al prójimo.

El año pasado un grupo de amigos me invita a un viaje, que económicamente era de un costo muy bajo, pero me parecía que yo no podía irme de vacaciones sin dejarle los sueldos a la gente. Y como no podía pagarlos en tiempo y forma había decidido suspender mi viaje. Y por esas cosas de la vida, aparece uno que no era ni por asomo de mis más allegados y sabiendo la situación me ofrece prestarme la cifra que yo necesitaba para pagar, sin ningún apuro, diciendo que yo tenía que irme de vacaciones para poder seguir estando para mis empleados. YO me estaba volviendo loco para encontrar quién me podía dar la plata y la providencia hizo que me llegara por otro lado por donde jamás se me hubiera ocurrido. Lo que quiero dejar en claro acá es que uno no solo tiene que poder ayudar al prójimo sino que tiene que aprender a dejarse ayudar, que muchas veces, es lo más difícil. Dejar que un empleado lo ayude a uno. Antes hubiera pensado que era una vergüenza mostrarme vulnerable frente a mis empleados. Pero con el tiempo aprendí que ellos también pueden darme una mano si es que hace falta.

Un día yo decido llamar a una de estas señoras que recibían los mensajes. Y lo que rescato en limpio de nuestra charla es “bajate del pedestal y déjate ayudar”. No encontraba de qué manera yo podía hacerme chiquito. Me acuerdo que se acercaba Navidad y tenía que pagar los aguinaldos. Otra situación parecida a la anterior. Entonces junté a todos mis empleados y les fui totalmente sincero. Les expliqué la situación en la que estábamos todos. Les dije que si a mí me pagaban lo que me debían no habría problemas pero que con las cuentas así como estaban me iba a ser imposible cumplirles con los pagos en tiempo y forma. Sé que les tengo que pagar. Confíen en que voy a hacerlo. Pero no va a ser antes de Navidad. Y ahí sentí que ellos, a pesar de la situación, me entendían y creían. Ellos veían que me estaba desnudando frente a ellos. Me mostraba totalmente vulnerable. Cuestionándome un montón de cosas. Y tuve muy buena respuesta de ellos. Y terminada la charla, volví a mi oficina y cuando me senté en la computadora y abrí el banco para ver en qué situación real estaba me encontré con que las cuentas empezaban a pagarse y la plata empezaba a entrar. Toda. Sentí como que Dios me decía que como yo había cumplido con mi parte de sacrificarme frente a los demás y abrirles el corazón, Él me estaba devolviendo lo que yo necesitaba. Porque uno da sin pedir nada a cambio; pero cuando las cosas vuelven puede llegar a relacionarlas. Y ese mismo día, por la tarde, pude pagarle absolutamente a todos.

Y como esa tuve varias. Y sentí que después yo era llamado de varias formas. Fui Ministro de la Eucaristía. Me convocaron para algunos retiros. Nos llamaron, con mi mujer, para dar charlas para novios desde la parroquia. Yo lo único que pido es que me ayude a discernir si tiene que ver con su llamado. Porque de alguna manera, a estos llamados yo le digo que sí siempre. Porque intento transformarme en apóstol. A no callarme. A poner mi granito de arena. Trato de ver en qué maneras Dios se hace presente en mi vida cotidiana. Y siempre se hace presente en el prójimo. Vivo agradeciendo el día a día. Muchas veces me siento bastante tonto frente al resto. Pero después veo lo que tengo y lo que me ayuda, y sigo agradeciendo más aún.

Yo le hablo mucho a Jesús. Pero le hablo como si te estuviera hablando a vos. De igual a igual. Tenemos charlas asiduamente, que pueden ser muy largas. Y hablándole así me siento muy cómodo. Paso por una iglesia y antes no hubiera entrado. Hoy me siento a conversar con Él. Al menos 3 minutos. Y otras veces estoy en la cola del banco rezando el rosario y no me importa si la gente me está mirando. Y si justo vino mi turno y pude rezar solo 3, es mejor 3 Ave María que ninguno. Hoy estoy casado y tengo 4 hijos de entre 11 y 18 años y trato de transmitirles, en el día a día, que recen. Que Dios no está ahí marcándonos las cosas y retándonos, sino que está esperando ahí para abrazarnos. Afortunadamente mi mujer vive la espiritualidad de la misma manera.

Hoy siento y percibo que Dios está muy presente en mi vida. En mi familia. Y que en los últimos años me ha ayudado a ser una mejor persona. Y yo también me siento bien conmigo mismo.

Yo no tuve una conversión de un día para el otro. Sino que mi vida es un proceso de conversión constante. Trato de vincularme bien conmigo mismo. Y le pido a Dios, constantemente, que me ayude a ayudar.

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El guionista NO soy yo

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 42 años …

Tuve una infancia muy buena. Espectacular. Éramos más de 40 primos hermanos que nos reuníamos siempre. Soy el cuarto de cinco hermanos muy seguidos. Una familia muy linda de chiquito. Y a medida que iba creciendo veía los problemas que había alrededor. No había terminado la primaria cuando empiezan a verse los cortocircuitos de la casa y mis padres se separan. Al poco tiempo a papá le agarra un resfrío que se complica en una neumonía por la cual lo internan, y muere a los 5 días. Todo muy rápido. Y nos quedamos en casa con una madre que tenía problemas de pastillas y alcohol.

20 años después logré entender que todos los mandatos y presiones familiares que tenía el viejo habían hecho que explotara. Me costó mucho entenderlo. Y en casa teníamos a mamá en una cama algo así como desconectada de la realidad.

Durante mi primaria, en un colegio católico, tengo el recuerdo de vivir bajo la presión de la culpabilidad y castigo. Si no hacés esto te va a pasar tal cosa. Y si hacés tal otra te va a pasar … y así constantemente. Hoy por hoy puedo ver y comparar eso con el Año de la Misericordia. Donde la Iglesia intenta cambiar la imagen que los adultos jóvenes tenemos de Dios. No es un Dios que te castiga y te reprende sino que es un padre bueno que te espera con su abrazo y te perdona. Creo que si de chicos hubiéramos tenido esa línea las cosas serían completamente diferentes.

A los 13 años me di cuenta que no tenía padre. Que tenía una madre enferma. Que mi abuelo había sido una persona importante. Que eso me iba forzando a mí a “tener que”. Me idealizaba situaciones. Como mi padre había sido así yo tenía que ser asá. Hoy de grande puedo ver que mi padre no era ni la mitad de las cosas que yo me imaginaba. Que por su forma de ser había perdido su vida. Por estar cargándose con las culpas de los demás terminó explotando. Y a lo largo de mi adolescencia y juventud yo apuntaba exactamente a lo mismo. Hoy, gracias a Dios, soy un tipo que suelta las cosas. Vivo el presente mucho más relajado. Logro no hacerme mala sangre por todo.

Como mi padre había muerto siendo yo muy chico, me imaginaba que cuando yo llegara a esa edad tenía que ser otra cosa. Ya estaba casado, tenía hijos y no quería morirme a la edad de mi padre sin dejarle la vida resuelta a mis hijos. Sin dejarles una estructura armada como para que no se caiga al momento de yo no estar más.

Un año después de la muerte de mi padre empezaron los problemas en casa. Abríamos la heladera y lo único que había eran botellas de vino blanco. Empezaba a faltar la plata para pagar las cuentas. Y se vino el primer cambio de colegio empujado por la situación social en la que nos había dejado mi padre. Con colegio y club con un status bien posicionado. Pero todo ese castillito empezaba a desmoronarse. Y pasaba de un colegio a otro. Y de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche. Para poder recibirme porque ya había empezado a trabajar.

A los 16 ya estaba trabajando. Para poder mantener ese status que me habían impuesto. De lunes a viernes era alguien que escondía esa situación y los fines de semana trataba de ser lo que no era juntándome con mis amigos que tenían otro “nivel”.

De los 13 a los 19 viví como pude. Y los fines de semana eran un descontrol total. Al punto que no sé todavía cómo los sobreviví. Salía el viernes y volvía el lunes para poder ir a trabajar. Había muchísima libertad. O mejor dicho, una absoluta falta de límites. Toda esa época sin religión. Sin confesión. Sin Iglesia. Y toda esa libertad y responsabilidad hace que uno vaya madurando muchísimo más rápido.

A los 20 años, aproximadamente, tuvimos que agarrar a mis tíos, con uno de mis hermanos, y obligarlos a que se hicieran cargo de nuestra madre porque lo poco que nos había quedo se lo estaba “tomando”. Nos estaba llevando al tacho. Y no podíamos tener esa responsabilidad. Yo seguía siendo una máquina. Lleno de mandatos autoimpuestos. Y eso te genera una fortaleza y una coraza que no entendés. Era sentarme en casa escuchando música y tomando un whiskey que terminaba siendo la botella casi entera. Eran cumplir todas las cosas materiales.

Empecé a trabajar muy chico y a crecer muy rápido. A subir escalones en el trabajo. Y me encontraba a los 25 años en una posición para la cual necesitaba el doble de trayectoria. Decidí terminar mi carrera solamente porque ya la había empezado pero sabía que no era lo mío. Vino la crisis del 2001 y yo estaba en Uruguay. Cuanto problema y locura había, ahí iba yo a tratar de solucionarlo. “Es un caos?, dámelo a mí”. Empezaron a haber un montón de momentos violentos dada la situación del país que me hicieron perderle el respeto a la gente mayor, pero en el sentido de tener que decirles las cosas de las maneras más crudas que uno se pueda imaginar. Gente que tal vez estaba perdiendo todo. Con toda esa crisis yo me recibo de la facultad y me caso. Y decidimos con mi mujer irnos de Buenos Aires porque era todo un caos. Una adrenalina y locura galopantes. Termino, no sé muy bien cómo, administrando un campo demasiado grande. Y en esa falta de respeto de la que hablaba antes, enfrento al dueño y le digo que yo no puedo estar ahí porque no entiendo nada del tema. Pero todo el camino recorrido hacía que las metas que me proponía las fuera cumpliendo y esta persona decide que sea yo quien se ocupara de todas maneras. Y ahí fui. A solucionar un problema más. “Yo puedo” era el lema. Y siempre subiendo la apuesta. Y lográndolo. Entonces me creía que nada podía conmigo y seguí para adelante. Me divertí mucho estando en el interior. Y después decidimos volver a Capital. Y cuando voy a decirle al dueño del campo que renuncio porque ya me había aburrido de eso, me dice, de ninguna manera, tengo otro trabajo para vos en Buenos Aires. Tenía 33 años y estaba sentándome a la mesa de los grandes de los números. 8 horas por día trabajando y otras 7 escondido estudiando para poder seguir en el lugar en el que estaba. Feliz de esa vida. Pero también me empiezo a aburrir. Y busco abrir una empresa con todos los problemas nuevos. Para cuando esos problemas se solucionaban me aburría. Y ahí, en ese aburrimiento me llaman para decirme que había un problema inmenso con una empresa que necesitaba ponerse a punto en menos de 6 meses. Y como no podía ser de otra manera, dije que sí. Y también salió adelante y funcionando. Pero ese problema era un poco más grande que yo y me explotó en las manos. Todos los días sentía que hablaban de mí. Me sentía “sucio”. Qué iba a hacer con mis mandatos y mis ideales. Todo empezó a salir pésimo. En medio de todo ese caos y de empezar a volverme loco, uno de mis mejores amigos se enferma de cáncer y en muy poco tiempo se muere. Y esa fue la gota que hizo que rebalsara mi vaso e hiciera click. Y de golpe y porrazo me encontré con el juez de línea levantando el cartel luminoso con mí número. Afuera de la cancha. A no jugar más. Y mi cabeza no lo estaba tolerando. Era algo demasiado fuerte para mí. Desde muy chico estaba a diez mil revoluciones trabajando y de pronto me encontré que no solo me sacaron sin mandarme al banco, sino que me mandaron derecho al vestuario, sin siquiera poder ver cómo seguía el partido. Y me sentía la persona más inútil del planeta. Y ahí otro amigo mío me empezó a decir que escuchara un poco más a Dios. Y me invitó a un retiro. No me contó ni la mitad de las cosas que iba a vivir pero me sumé igual. Necesitaba poder parar la pelota para que me llamaran a la cancha, otra vez, en el segundo tiempo. Llegó el retiro y lo que más me acuerdo fue descubrir que yo no era el guionista de mi vida. Salí de ahí dándome cuenta que no tenía un léxico de padre de familia, un léxico sentimental. Mi mujer insistía que yo había salido convertido. Y esa palabra tampoco me gustaba, no sabía a qué se refería. Ella se reía y me decía, por ejemplo, cuando querés mucho a una persona tenés que decirle “te quiero” o “te amo“. Eran palabras que no estaban dentro de mi cerebro. Yo, por mi lado, sólo sentía PAZ y FELICIDAD. Es lo único que creía entender.

Y en toda esa revolución interior que estaba teniendo, aparece un cura a confesarnos. Y da la casualidad que era el mismo cura que había casado en su momento a mi amigo que había muerto. Señales que yo no sabía ver. Muchas situaciones en las que yo podría haber arruinado todo y sin embargo salían bien. Y que mirándolas para atrás, me doy cuenta que yo no era el guionista de mi vida.

Y me pasó de empezar a ir a misa y sentir cosas excelentes. Como salir sintiendo que tenía el tanque lleno para toda la semana. La fuerza que necesitaba para llegar al domingo siguiente.

A mí yo de años atrás no le puedo decir nada. Sino que pienso en qué lástima que no tuve un tipo grande en quien apoyarme. Un tío o un padrino que me hubiera dicho pará, tomate tu tiempo, pensá y hacé tu vida. No te cargues los problemas de los otros. Dedicate a lo tuyo. Sacate las ganas.

Y lo que le diría a la gente de mi edad hoy es; no planifiques tanto; hacé foco en lo que realmente importa. Dedicate más a tus hijos y a tu familia. Sentate frente a un amigo y decile lo que te pasa. Esto más que nada porque una vez a mí me sentó un amigo y me dijo: “lo que más me molesta de vos es que sos incondicional, estás al pie del cañón para todo el mundo pero nadie sabe quién sos vos ni qué te pasa.” Siempre fui impenetrable.

Hoy puedo ver todo esto con muchísima Paz. Sabiendo y entendiendo que Dios estuvo, está y estará siempre. Reconociéndolo en la mirada de muchos amigos.

Esto lo cuento porque asumo que está y que es Él quien escribe el guión de mi vida. Si no fuera así no te lo estaría contando. Y estaría bueno para vos, que te preguntes ¿Cómo Estás? y ¿Qué es lo que realmente te importa?; y viví en consecuencia.

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Yo volví a Dios para agradecer

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 48 años …

 

Me acerqué de vuelta a Dios sin darme cuenta. Vino un muy amigo mío que me pidió que le regalara un fin de semana y como ni me imaginaba para qué era, confié en él y le dije que sí, después de todo, nos conocemos desde que tenemos 5 años. No sabía a dónde me llevaba. Me puse en sus manos.

Resulta que terminé encontrándome a mí mismo en un retiro. Y una vez ahí, a medida que pasaban las horas, sólo pude comprobar que Dios estaba ahí. Que pasó por delante mío y pude verlo. Que pude verlo en el otro.

Ahora que ese retiro ya pasó y que lo puedo ver en retrospectiva, me doy cuenta que en realidad Dios siempre estuvo. Era que yo no sabía verlo. El retiro me sirvió para confirmar que Él está. Y también para darle forma a esa frase que todo el mundo repite muchas veces y es que el picaporte en nuestro corazón está del lado de adentro, somos nosotros los que tenemos que abrir esa puerta.

Yo llegué al retiro, a diferencia de la mayoría de la gente, siendo un tipo feliz. Estando bien conmigo mismo. Teniendo una buena familia. Sin problemas serios. No vengo de una vida complicada ni difícil que me llevara a recurrir a Dios para pedirle. No, muy por el contrario, me ví agradeciendo. Y pude comprobar que mi vida después de ese retiro fue infinitamente más feliz de lo que ya era. Me sensibilizó en un montón de cosas. Aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida que antes ni siquiera reparaba. Lo que sí es curioso es que los golpes me empezaron a venir después. Como la muerte temprana de un ser querido, por ejemplo. Y las cosas se pusieron un poco más difíciles. Pero de vuelta, Él apareció recordándome que estaba a mi lado. Apareció en el momento que tenía que aparecer y yo me aferré a él. Yo volví a Dios para agradecer, y no para pedir.

A partir de aquel retiro yo siempre me acerco para agradecerle. Laburo muchísimo pero como hago lo que me gusta se me hace muy corto el día. Se me pasa volando y con una adrenalina de la linda. Aprendí a poner en balance y a convivir con mi familia de una forma diferente. Aprendí a disfrutar momentos con mi familia distintos a los que tenía antes. Mucho más profundos y mucho más procesados. Y eso, creo, no podría haberlo hecho si no me hubiera reencontrado con Dios y conmigo mismo. Y encontrar este espacio para ir y rezar. Yo había dejado la oración de lado y reencontrarme con él fue volver a rezar.

Por ejemplo, a mí me pasaba de no llegar a entender una Adoración. No lograba enganchar. Y Monseñor Eguía me contó una historia tan simple como que una monjita decía “es muy fácil. Yo me paro delante de él. Lo miro y él me mira. Si quiero le hablo y si quiero lo escucho.” Y eso me hizo ver lo fácil que era y lo puse en práctica. Y hay miles de veces en las que yo también me paro a verlo y le hablo, le agradezco. Y otras en las que quiero escucharlo simplemente me quedo en silencio. Escucharlo es parar. Es mirar en mi interior. Es contemplar. Y también tengo la confesión. Dios es todo misericordioso y si yo estoy profundamente arrepentido me va a perdonar. Y para el futuro hay que creer en su providencia. A veces nos cuesta. Pero se puede. Todos tenemos todo para ser felices. Entonces, con todo esto sobre la mesa. Reencontrarme con Dios fue pura felicidad. Puro abrir mi corazón y sensibilizarme. Y una de las cosas que me pasa después de haber hecho aquel retiro es emocionarme cada vez que tomo la comunión. Son pocas las veces que voy a comulgar y no vuelvo con lágrimas en los ojos. Es un momento de reencuentro con Dios que a mí me marcó muy fuerte. No tengo una respuesta a esa reacción, pero es algo que me emociona profundamente. Y fue muy complicado intentar explicárselo a mis hijos. Es una emoción linda. Un llanto de alegría y de poder encontrarnos los dos en un momento único. No es algo que busco cada vez que voy a misa, sino algo que se da sistemáticamente por obra del Espíritu Santo. Y me encanta que me siga pasando. Afortunadamente es algo que no puedo controlar. Ojalá me siga pasando siempre. Con mis hijos y mi mujer compartimos la misa. Y ellos aceptan esto que me pasa pero no es que lo conversamos cotidianamente.

A mi YO de hace un par de años le diría que tonto que fuiste por no haber abierto antes el corazón. Cuántas cosas te perdiste por no haberlo hecho antes. Me reprocho el no haberme dado cuenta antes de todo esto.

Pero ahora trato de compartirlo con quien se me cruce. Y seguir participando me produce una alegría y un placer enorme, a pesar de la demanda que significa. Pero al final del día, cerrás los ojos y ves que Jesús pasó. Que todos pudimos verlo. Y a esto lo tomo como mi propio proceso de evangelización. Uno a veces se pregunta qué hacer para salir a Evangelizar y para ir a las periferias como dice el Papa Francisco. Y creo que el compartir todas estas cosas y entregárselas al prójimo es un claro ejemplo. Yo no soy el mismo, por ejemplo, con el retiro que sin el retiro. A mí me ayuda. Le agrega calidad al tiempo que después le dedico a mi familia. Siento que me hace mejor papá. Mejor marido. Mejor hijo. Mejor sobrino. Mejor amigo. Y cada vez que lo vuelvo a hacer lo vivo de una manera diferente y salgo distinto de cada uno. Podría tomarse como algo egoísta porque es algo para mí. Pero en definitiva es algo para poder compartir con los demás.

Los argentinos me han devuelto mi FE

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 51 años …

Soy español, y vivo en argentina desde 1993. El mayor de 3 hermanos. Mi padre viene de una familia humilde. A los 10 años, cuando nació su hermano y sus padres no pudieron mantenerlo más se lo confiaron a un tío que era cura militar. Ahí fue donde aprendió todas las cosas que después supo transmitirme. Él es ateo. Mi madre es creyente pero no practicante. Les tocó vivir la guerra civil y eso les marcó su historia, y la mía. Me bautizaron y tomé la Primera Comunión como todos los chicos en España y la verdad que salvo a través de mis abuelos, nunca tuve relación con la Iglesia. Estudié en España en un colegio francés laico.

Habiendo sufrido las turbulencias del matrimonio de mis padres decidí emprender mi propio camino. Primero me fui a vivir a Francia un tiempo y al volver a España participé de un start-up que me permitió después venir por temas laborales a la Argentina. Aproveché esa excusa para poner un océano de por medio.

Acá empecé a vivir mi vida y a tener contacto con gente que tenía unos valores y unos principios que si bien no eran nuevos para mí eran muy refrescantes, en lo que a religión y fe se refiere. Y luego conocí a mi mujer que era bastante practicante. Siendo divorciada nos casamos por civil en España. Hoy estoy casado y tengo 4 hijas. Pero debido a eso estoy en un conflicto con la Iglesia.

Sus padres también son bastante practicantes. Perdieron un hijo en un accidente. Mi suegro hizo la carrera de acompañante espiritual. En el año 2013, mi hermano tuvo la desgracia de perder a su hija mayor en un accidente automovilístico. Esto fue un golpe muy fuerte tanto para mi hermano como para mis padres. Es algo que viene de repente y para lo que uno no está preparado. Para mí fue algo muy duro también y me movió la estantería. No hay en castellano un término en la Real Academia Española que defina el estado vital tras la pérdida de un hijo por parte de un padre. Justo para esa época me estaban insistiendo mucho en hacer un retiro de Entretiempo y yo me venía negando y poniendo excusas. Pero ese año decido aceptar. Fue una experiencia inolvidable. Fue un momento de empezar muchas cosas nuevas. Venía de estar acompañando a mi hermano y acá me sentí acompañado yo. Algo especial que pasó dentro del retiro me hizo sentí muy querido por gente que no me lo esperaba, y de forma desinteresada me dio mucho amor. Eso me hizo pensar que esta experiencia comunitaria podría ayudarme a conocerme a mí mismo y también ayudar a otros. De los argentinos valoro 3 cosas por encima de todo:

1- El sentido de la amistad. Es muy próximo, espontáneo, con una afinidad sincera.

2- El concepto de familia. Mientras que en Europa las familias se van atomizando cada vez más, acá se va agrandando la mesa con abuelos, hermanos, primos. En realidad uno empieza a formar parte de la familia del otro. Empieza a ser familia de sus amigos. Es bienvenido a las casas de otros. La familia tiene un peso. Es importante porque es un lugar de encuentro, donde desarrollar su identidad, pedir ayuda desinteresadamente, donde se valora a la persona.

3- La FE. En España nunca fui a la Iglesia. Si llegaba a ir sólo veía algunas canas solitarias en algún banco perdido en la penumbra. Se oía el tímido murmullo del rezo, pero allí nunca escuché cantos. Era triste y una experiencia individual. Nunca un sermón que no presentara un Dios castigador. Y eso más que acercarte te alejaba de la Iglesia. Acá es todo lo contrario; te invita a participar y disfrutar, a vivir en comunidad.

Entendí que tenía un nuevo camino que recorrer, donde podía aprender y crecer en el plano espiritual, y así, ya pasados los 50 años decidí recibir el sacramento de la Confirmación.

Al tiempo me convocaron para participar activamente en un Equipo de estos retiros y además de ser una especie de necesidad; uno lo vive viendo la transformación en el otro y se alegra por ello. Es algo que me transforma, me enriquece y me hace crecer. Y siento que los argentinos me han devuelto la fe.

Mi proceso fue progresivo y llevó mucho tiempo. Estaba latente. Pero también el grupo humano del que me siento parte y activo, me ha ayudado a no descolgarme muchas veces con muchas cosas, ni perder el rumbo.

Un hombre de resultados, de números, de gestión. Toda la vida estuve persiguiendo las cosas. Siempre pensando que el futuro se labra si tenés una buena educación pero sin FE es difícil llegar. Si tenés una buena educación, tenés mejores posibilidades. Si tenés la cabeza armada podés pensar. Si pensás podés elegir. Elegir es un tema mayor que define si te realizás haciendo lo que te gusta. Pero ahora no puedo dejar de lado la FE; la busco y la vivo plenamente.

Mi vocación ha sido esencialmente la de aprender. Entender. Vivir en plenitud. Eso me ha sido posible gracias a las elecciones hechas en el camino. Y ya de más grande, con Jesús a mi lado.

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Uno no da lo que no tiene

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 45 años …

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Yo nací en una familia de clase media con educación católica desde casa y el colegio. Siempre fui un tipo creyente y digo que mi vida se divide en 4 partes. Una niñez donde Dios era un superhéroe. Una adolescencia muy triste porque cuando tenía 12 años mis viejos se separaron. Cuando tenía 13 mamá tuvo un acv y tuve que cuidarla durante mucho tiempo y se murió cuando yo tenía 16, lo que me hizo demasiado autodidacta. Me acuerdo que a esa edad yo hacía todo. Me ocupaba de todo. Era como si viviera solo. Recuerdo que a los 17 se vino a vivir conmigo mi abuela, pero más que nada para cuidarla yo a ella que ella a mí. Y estuvimos viviendo juntos hasta los 20 y pico. Esta adolescencia fue con un Cristo Amigo. Y después vino una juventud donde lo empecé a ver a Dios como un Juez. Porque yo ya era una persona más grande, andaba un poco desbarrancado y tenía mis creencias con lo cual hacía lo que quería. Después de los 30 y pico conocí a quien hoy es mi mujer, nos casamos, tuvimos nuestros hijos y yo me fui formando en el típico padre católico de familia pero empecé a sentir que me parecía mucho más a un fariseo que a un cristiano. Y manejé mi religión con muchísima soberbia. Con la idea clara que Dios estaba ahí pero nunca le pedía nada. Como yo había siempre hecho todo solo y lo arreglaba por las mías me creía omnipotente. Hasta que un día de hace un par de años, nos habían prestado una quinta, estábamos descargando las cosas del auto mi mujer me dice, fijate si podés que atrás está la pileta; para que tengamos cuidado con los chicos entonces me asomo y miro como analizando el lugar y veo algo que chapoteaba en el agua. Voy corriendo y me doy cuenta que era mi hija. Entonces voy corriendo y la última imagen que tengo y me quedó grabada es la de mi hija en el fondo de la pileta como si fuera una película. Con la boca y los ojos abiertos. Me tiro para sacarla y quedo yo abajo del agua porque era en la parte honda y levantándola a ella con un solo brazo para que quedara afuera. Tenía solo un año y medio. Creo que fueron los 2 segundos más largos de mi vida en los que recuerdo pensar para mis adentros “que no le pase nada, yo no te pido nunca más nada pero que a ella no le pase nada; me sacaste a mi vieja, me sacaste a todo el mundo pero no me saques a mis hijos.” Y cuando logro salir yo de abajo del agua la veo a mi hija totalmente blanca, con los labios morados y diciendo “agua pato, agua pato” y se reía. En ese momento yo no podía pensar en nada. Después, con el tiempo, un médico me explicó que cuando los chicos son tan chiquitos se les cierra la glotis y no les deja pasar el agua, de hecho no se ahogan por el agua sino por falta de oxígeno en muchos casos. Eso me hizo muy mal y me dejó durante muchísimo tiempo pensando en qué hubiera pasado si mi mujer no me hubiera hecho ese comentario. En si no la hubiera visto. En si hubiera pasado un minuto más. En qué hubiera pasado. Hoy no la tendría.

Llegó un momento en el que me sentí buscando respuestas a tantas dudas que yo tenía personales, en cuanto a mi vida. Sentía que todo daba vueltas alrededor mío. Que era yo el que tenía que hacer todo. Y llegué invitado a un Retiro. En el que descubrí que tenía que confiar un poco más en la providencia de Dios. Confiar más en Él. Aprender a pedirle. Y sin embargo la ficha no me cayó en ese momento. Fue algo que entendí y razoné ahí mismo pero seguía pensando y actuando como hasta ese momento. Y el año pasado, mi hijo mayor tomó la Primera Comunión. Soy un tipo cabrón pero muy sensible. Y estoy escuchando esa misa y cantan “5 panes” (http://canciones-de-misa.blogspot.com.ar/2010/09/un-nino-se-te-acerco.html). Y ahí me cayó la ficha. Porque uno escuchó esa lectura mil veces y la va a seguir escuchando pero desde la visión del adulto. Y la verdad que ver cómo le prestaban atención los chicos me cambió totalmente. Porque ellos realmente creen y están convencidos que los 5 panes fueron reales!. Y a veces eso pasa en la vida cotidiana. Uno no da lo que no tiene. Si vos, todo lo que tenés son 5 panes y los das, quiere decir que estás dando todo de vos. Es todo tu trabajo. Es romperse y dar. Y lo demás va a venir de la mano de Él. Y recién ahí empecé a confiar más en la providencia divina. Pero no esperando que me cayeran las cosas del cielo, sino que se alinearan las cosas detrás de mi trabajo y esfuerzo. Empecé a entender que aunque a veces yo piense que todo depende de mí; sería un poco ilógico y soberbio pensar que es así. Yo que era el que juzgaba, un verdadero fariseo; era en realidad, un soberbio. Esa soberbia la veía en el prójimo y no podía verla en mí. Y aún hoy me cuesta una lucha interna muy importante para tratar de erradicarla.

Y todo este cambio es lo que me hizo, a mí, ver las cosas de una manera diferente a partir de los 40 años. Empezar a confiar más y a ver qué es lo que pasa. No ver un problema con algo en sí mismo; sino ver en qué situación es que se me da dicho inconveniente. Eso no es menor. Por algo pasó cómo pasó. Seguramente algo atrás de eso hay.

Alguien me dijo una vez que la diferencia entre creer y no creer en Dios es como la historia de los dos hermanos que se van a dormir. El padre cierra la puerta y uno de los chicos se va a dormir tranquilo sabiendo que su padre está en el cuarto de al lado. Y el otro se duerme soñando que al padre lo raptaron y se fue. Que no hay nadie del otro lado de la puerta. Puede ser posible cualquiera de las dos, pero cuánto mejor duerme el que pensaba en su padre en la habitación contigua. Lo mismo es con Dios. Cuánto más tranquilo voy a caminar por la vida sabiendo que Dios está ahí. Y la Fe es algo que uno tiene o no tiene. No se le enseña a nadie. Es algo que se siente. Así como dice Saulo, yo no creo en Dios; estoy convencido de Dios. Estoy seguro de Dios. Y eso me hace estar muchísimo más tranquilo.

Durante ese Retiro logré ver cómo lo había tratado a Dios durante mi vida. Me considero católico, pero había dejado de ir a misa. Y si rezaba, era sólo durante las tormentas. Y, tal vez, nunca agradecía. Y ahí me encontré con un Dios más cercano.

Ahora está de moda la película Intensamente. Los chicos salen contentísimos después de haber ido a verla. Y entre sus personajes sobresale uno. Es clarísimo el paralelismo con el Cristiano. Es la ALEGRÍA. La alegría es el único “personaje” que tiene luz propia. Lo mismo pasa con nosotros. La persona feliz ilumina el lugar en el que está. Ilumina y contagia al resto. Es el tipo que le sirve de faro a Dios. Cuando uno cumple con todas las cosas está bien, pero a veces no es suficiente. La felicidad, en cambio, es algo mayor. Yo necesito que mis hijos me vean y se pregunten qué es lo que al viejo lo hace tan feliz que sigue apostando a tal o cual cosa. Y eso es un cambio importante que todos deberíamos lograr. Todo tiene un momento y un lugar.

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La araña negra (segunda parte)

En la entrada anterior habíamos quedado con Christine convertida en araña gigante.La araña destruía la comarca día y noche, matando a los campesinos y a su ganado.

Hasta que una noche, una mujer que había perdido a su hijo a manos de la araña la tomó con sus manos desnudas, la introdujo en un hueco de una viga que había preparado y la encerró ahí. La mujer murió por tocar la araña, pero la paz volvió a la aldea.

Ahí la historia vuelve a la narración del abuelo, con toda la familia asustada por la historia. Ninguno quiere reírse por la impresión del relato, pero tampoco quiere aparentar que se la toma demasiado en serio. Ninguno quería sentarse ahora detrás de la viga.

El abuelo, riéndose, explica que muchas veces se sentó ahí, y que no siento miedo, excepto cuando albergaba algún mal pensamiento, sentía un ronroneo detrás de él, “como un gato al que se le pasa la mano por el lomo y ronronea de bienestar”.

Uno de los primos le preguntó al abuelo si podía seguir la historia. Y el abuelo siguió contando.

Las generaciones que vinieron después vivieron vidas justas, temerosos de Dios. El tiempo hizo que se fueran olvidando de la peste que los había atacado, y poco a poco fueron olvidándose de sus deberes y empezaron a llevar vidas disolutas. Cerca de dos siglos pasaron desde que se encerró a la araña en aquel lugar.

Ahora había una nueva dueña en la casa, extranjera como Christine, orgullosa y vanidosa. Esta mujer tenía un hijo, al que no dejaba salir de su casa, siempre bajo su mirada. Cuando pensó que estaba en edad de casarse ella le consiguió una mujer de su familia, que también lo dominaba.

Las dos mujeres estaban horrorizadas con la casa: el resto de las casas de alrededor ya se habían demolido o reconstruido. Los vecinos recordaban la historia de la araña, y les aconsejaban no tocar la casa, pero ellas se terminaron convenciendo de que eran cuentos producto de la envidia.

Ellas contrataron a unos obreros para hacer las reformas. A pesar de que, al empezar a martillar las vigas, empezó a salir humo de una, siguieron trabajando. Al final la casa fue reformada, y se hizo una gran fiesta, que duró tres días, para celebrarlo.

La atmósfera era de desenfreno y lujo sin medida. Los criados de la casa organizaban fiestas fastuosas, hacían bromas pesadas, y en varias ocasiones jugaban a pinchar el tapón que tapaba el agujero de la araña en la viga.

Hasta que llegó el día de Navidad, y empezaron a organizar una fiesta parecida.

La otra semana veremos el  fin de la historia y los motivos recurrentes en ella.