Jesús me lleva de la mano

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 57 años …

Me considero una persona a la que Jesús agarró de un brazo y le dijo “vos de acá no te vas”.

De chico fui a un colegio que no era religioso. Y creía que si iba tocando la pared de la iglesia del colegio vecino, a mí ese día me iba a ir bien. Tanto en lo que me tomaran los maestros como en el resto de las cosas cotidianas. Como a los 10 o 12 años quise aprender las oraciones y la única que logré aprender fue el Padre Nuestro. Pero tenía mucha vergüenza con Dios porque al rezarlo me provocaba bostezos. Hasta que a los 14 años, decido, por mi cuenta, tomar la Primera Comunión. Nunca había tenido una práctica activa en la religión. Nunca fui a misa. En mi casa nunca se rezó ni se dio gracias por nada. La religión en mi casa no existía. De hecho un montón de familiares son ateos. Entonces decidí ir por mi cuenta a la Iglesia de donde yo vivía y ahí me encontré a la Señora Inés que me enseñó todo lo que sé de catecismo. Un día me puse el saco del colegio y una camisa, fui a misa y tomé la comunión. No hubo ni fiesta, ni invitados. Sólo Dios y yo. Después de eso volví a entrar en una meseta, sin práctica ni nada. Hasta que un día prendo la tele y me encuentro que estaba Juan Pablo II en el Obelisco. Eso me emocionó muchísimo, hasta las lágrimas, al punto tal que me levante y me fui solo a la 9 de Julio para poder estar cerca de él. Sentía que tenía que estar ahí. Cantaban canciones que yo no sabía pero que por oído empecé a aprenderlas. Y otra vez, la certeza de Jesús llevándome de la mano.

Pero todo esto lo veía una vez que pasaba y podía mirar para atrás. Ahí seguí con la práctica religiosa unos 6 años más o menos. Me casé por primera vez. Mi mujer no era practicante a pesar de haber ido a un colegio religioso. Y me volví a alejar, como siempre. A los 4 años nos divorciamos.

En el año 98 se enferma mamá y yo empiezo a escribirle cartas a Jesús. Me parecía una manera práctica de comunicarme. Yo podía mirar para atrás y verlo a Jesús en cada uno de mis momentos. Paralelamente a eso conozco a quien es hoy mi mujer. Nos embarazamos y nace mi hijo mayor. Mamá tiene la oportunidad de conocerlo y alzarlo. Después de un tratamiento muy largo, al poco tiempo de nacer mi hijo, mamá muere.

Un día ordenando las cosas encontré el diskette con esas cartas y quise ver qué había puesto. Fue realmente muy emocionante poder leer todo eso tanto tiempo después. En los momentos de ira me enojaba muchísimo, no con Él, pero me enojaba en serio. Y en los momentos de reflexión me limitaba a la frase del Padre Nuestro “que se haga tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

A Jesús uno no lo ve a futuro, yo lo veo siempre que miro para atrás. Ahora te lo cuento y se me pone la piel de gallina. Pero cada vez que miro para atrás lo veo a Jesús agarrándome de la mano.

Cuando mi hijo empieza el colegio, yo lo llevaba por las mañanas y ahí comienzo a tener un poco más de contacto con la religión. Empiezo a rezar por las mañanas. Hasta que viene la preparación para su comunión.

Una mañana, iba al trabajo, y me quedaba la Catedral de pasada. Me gustaba ir a visitarlo a José. Para mí San José es el ejemplo de lo que se debe ser. Entonces decidí llevarle a mi hijo. Y presentárselo. Y al igual que ahora, me emocioné muchísimo, lágrimas incluídas. Pero ese día entendí que tenía que dar un vuelco en un montón de cosas, con todas las renuncias que eso implicaba.

Para mí ir a la Iglesia es ir a visitar a un amigo. Pasaba por la Iglesia y rezaba pero tal vez no iba a misa. Tomó la comunión mi hijo. Y después mi mujer me pide que nos casemos. Pero como yo estaba divorciado fui a pedir una bendición sobre mi matrimonio sabiendo de antemano la respuesta y ante la negativa, mi mujer se enojó muchísimo. Yo ya sabía que esa iba a ser la respuesta que me iban a dar y, francamente, no me molestaba.

Me gustaba mucho rezar y quería rezar. Fue lo primero que busqué en el contacto con Dios de chico. Y después de dejar a los chicos en el colegio a la mañana me iba a la Iglesia de la esquina a rezar solo un rato. Conseguí en la parroquia de mi barrio un curso sobre las Cartas de San Pablo. Y ahí empecé a conocerlo a Pablo. Una vez terminado el curso me compré un Evangelio y empecé a leerlo por mi cuenta.

A mí me gustó siempre la parábola de Los Talentos. Tengo muchísimas cosas por las que agradecer. Y me imagino el día del Juicio Final. Me imagino a Jesús preguntándome qué hice con todas las cosas que me fueron dadas.

Entendí, en su momento, que era algo que tenía pendiente y comencé a charlar regularmente con un cura de la Parroquia. Y me sugirió que siguiera con los cursos que daban ahí que eran seminarios de teología. Pero yo necesitaba algo más personal, más vivencial. Tenía que correrme un poco de los libros y ver qué se sentía. Y empecé a buscar un retiro. Al tiempo, viene el director del colegio de los chicos y me dice que tiene un retiro ideal para mí. Y la verdad que fue un antes y un después. Independientemente de lo vivencial que me resultó. Yo no sabía rezar el Rosario, y vino Javier, uno de los miembros de ese equipo, que había escuchado de afuera una conversación mía y me regala un folleto diciéndome, “tomá, así se reza el Rosario”. con lo cual, siguiendo con las oraciones de la mañana en la parroquia del colegio, iba con el Rosario, el Evangelio y el folleto; había que aprender a rezarlo. Empecé así a rezarlo todos los días. Y desde ahí no paré más. Rezo constantemente. Para mí la oración es como comer. La sensación que me da al finalizar de rezar no la puedo comparar con ninguna otra cosa.

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Y Jesús estaba a mi lado.

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 49 años …

Fui un bebito demasiado esperado, deseado y mimado. Primer nieto, primer sobrino. Mis padres tenían un hermano cada uno. Y ellos son mis padrinos. Creo que ese es el primer signo visible por el cual siempre dije que soy un niño mimado de Dios. Y si bien hubo algunos golpes de chico y de joven, como la muerte de mi padre. El momento donde me sentí más mimado y querido y protegido por Dios fue a los 40. Como yo cumplo en enero y nunca hay nadie, estoy acostumbrado a festejarlo en marzo. Y ese año, quería celebrarlo. Estaba todo listo y el 5 de marzo hacemos el festejo. 3 días después, mi mujer, embarazada de nuestro 5to hijo, me dice que se va al médico a la ecografía de rutina y quise acompañarla. En el momento en que le hacen la eco, no encuentran latidos. Lloraba la médica. Lloraba mi mujer. Mi cabeza recuerda que ese día por la mañana salimos los tres rumbo al médico y a las 10 de la noche estábamos volviendo los dos solos. Estábamos en la clínica y se produjo igual el parto. La médica me ofreció verlo y entraba en la palma de mi mano. También le ofreció a mi mujer si quería verlo. Nos dijo que era un varón. Lo bautizamos mi mujer y yo y se lo llevaron. Y ese fue el momento en el que siento mi primer sacudón en la vida y siento que no soy yo quien maneja las cosas. Y a pesar de ese golpe, algo que todavía hoy me da vueltas en la cabeza y que no logro entender el porqué, es que al volver a casa, yo sentí alivio. ¿Como no mal interpretarlo?. Recuerdo haberle dicho a mi mujer, en el momento de enterarnos del embarazo, que para algo venía un hijo. Pero yo estaba obsesionado con las cuentas. Y un quinto hijo no sería cosa fácil de llevar. Y no podía dejar de pensar cómo yo sentía alivio ante semejante panorama. Recuerdo haber empezado terapia, incluso ir a hablarlo con un sacerdote porque no entraba en mi forma de vida semejante pensamiento.

A los pocos días de haber vuelto a casa mi mujer se enferma de golpe. Le da una neumonía galopante que no le permitía levantarse de la cama. Y yo tuve que atenderla a ella, los chicos, la casa, los colegios, el trabajo. Y ahí sentí nuevamente que Dios estaba ayudándome. Porque si no fuera así, jamás podría haber hecho todo lo que tuve que hacer esos días. Solo no hubiera podido nunca. Y un día nuestro hijo de 8 años le dice a mi mujer; “mamá, si vos nos transmitís la fe que cuando nos morimos vamos a estar mejor, nuestro hermanito se mudó a otra casa y no entiendo por qué llorás.” Y eso le hizo hacer un click. Empezó con terapia y con médicos y pudo salir adelante. Y entendimos que teníamos 4 hijos más por los que seguir adelante y no podíamos caernos por la pérdida de uno. Y ahí fue como empecé a transitar lo que todos conocemos como la crisis de los 40. Pero acompañado.

Pasó el tiempo y a los 45 me agarra un cólico un domingo en casa por la tarde y me voy a la clínica, como no andaba el ecógrafo me hacen volver al día siguiente. En los estudios dicen que no había nada pero que tenía sangre en la orina a lo que yo digo que no. Y el médico dice que se ve en el microscopio y no a simple vista. Me indican un par de estudios más mientras mi mujer me esperaba afuera. Yo entraba y salía de un consultorio a otro. Hasta que en uno, la médica me muestra un resultado en el que se veía todo negro y un “algo” blanco que parecía una moneda. Le digo a la médica, eso ahí no tiene que estar y ella me contesta. No, pero sos joven, así que no te preocupes que va a estar todo bien pero hay que sacarlo ya. Salí con una paz increíble y mi mujer me pregunta qué me pasa, y yo solo pude contestarle que tenía algo en la vejiga que había que sacar cuanto antes. Quedate tranquila que va a estar todo bien, y me encontré a mí mismo consolándola a ella. Porque yo seguía en paz. Fuimos a ver a un ahijado mío que es médico porque la verdad que nos había tomado de sorpresa y no entendíamos mucho y nos hizo el contacto para que nos viera urgente un colega de él, quien hoy sigue siendo mi médico. Con los estudios en mano me dijo que eso era un tumor y que el 95% de los casos era maligno, y que no tuviera muchas esperanzas de entrar en el 5% restante porque no era mi caso con seguridad. Yo al médico no lo conocía y al hospital en el que me estaba atendiendo tampoco. Pero cuando entro a su consultorio veo una imagen de la Virgen de Schoenstatt, que era muy importante en casa, y al verla yo le digo a mi mujer “mirá quién está”, y el doctor pregunta quién más había venido con nosotros pensando que yo me refería a una persona. Y cuando le dije que me refería a la imagen me dice que el jefe de servicios trabajaba en Schoenstatt. En ese momento supe que de ahí no me movía nadie. Y sin conocer al médico decidí operarme ahí. Solo confié. Y me abandoné en Dios y en la Virgen. Me acuerdo que antes de la operación vino a verme mi hermano, 5 años menor, y justo cuando se iba del cuarto me mira y me dice “te quiero mucho”. Fue la primera vez que nos lo decíamos. Eso también vino a traerme la operación. Y me acuerdo que ante su pregunta de en qué podía ayudarme yo le pedí que cuidara mucho a mis hijos. Ocupate de ellos en este tiempo.

Y entré a la operación. Y encontraron un tumor grande y muchos chiquitos. Cuando salgo del quirófano, que fue una operación larga, me llevan al cuarto y me empiezan a despertar y abro los ojos; lo primero que veo es a mi viejo al lado de la cama, a mi suegra a los pies, y a Jesús, acostado conmigo en la cama. Jesús estaba al lado mío. Yo lo miré y Él se sonreía. No era una visión. Estaba ahí y lo podía sentir. Los tres me habían estado cuidando durante la intervención y habían venido hasta el cuarto a cerciorarse que yo me despertara. Muy difícil de explicar. Increíblemente maravilloso de vivir. A partir de ahí, lo veo a Jesús casi diariamente.

A los 20 días cuando vuelvo a buscar los resultados el médico me confirma que era un cáncer. Y que él me había dicho que no iba a entrar en aquel 5%. Que por cómo estaban dadas las cosas podía empezar ya con la quimioterapia. Decidimos hacerlo así. Y ahí también me sentí muy acompañado y protegido por Dios. Porque la quimio fue localizada, no me circuló por el cuerpo, no se me cayó el pelo. En todo lo malo que estaba pasando, la estaba sacando barata. Me hizo todas las sesiones juntas que se podían, pasó el período de descanso y volvieron las sesiones finales. La posibilidad que volviera a salir era en el primer año así que los controles iban a ser periódicos. Y así fueron pasando los años hasta este momento en el que estamos hablando, que sin darme cuenta, hoy se cumplen 4 años de aquella operación. Y como transité todo con mucha paz y mucha confianza mi mujer me regaló y tengo colgado en una cerámica en casa una oración que describe cómo fueron las cosas; “Nada te turbe” (https://www.youtube.com/watch?v=VNAxkzq5qDA).

Y este año, una vez pasado mi cumpleaños 49, cuando pensamos que la quimio podría haber destruido varias cosas en su camino, mi mujer me dice que estábamos nuevamente embarazados. Algo que creíamos que nunca más iba a suceder, pasó. El embarazo vino sólo para confirmarnos que la vida continúa. Todavía podemos dar vida. Y en ese instante me hizo revivir los miedos de aquel otro embarazo. Y cuando vi el test me hizo revivir la alegría enorme que había sentido en nuestro primer embarazo. Y me hizo entender el porqué de aquel sentimiento equívoco de alivio que había sentido hacía 9 años. Era un volver a empezar en todo sentido. Sentirnos cocreadores. Y exactamente el mismo día que aquel 8 de marzo, volvía a pasar lo mismo y volvíamos a perder este nuevo embarazo. Pero a pesar del nuevo golpe siento que este nuevo embarazo que no prosperó, sirvió para hacerme entender un montón de cosas que habían quedado inconclusas en su momento. Y toda esta euforia y amor que sentía por la llegada de un nuevo hijo, quedará guardada, desde otro lugar, para la llegada de los nietos. Y sirve, además, como inyección de vida para vivir el presente. Para disfrutar, aún más, a los cuatro hijos que ya tenemos. Para aprovechar el momento y ver esas señales que, a veces, pasan de largo.

Y a pesar de todas las cosas que fueron pasando, nunca me sentí abandonado. Muy por el contario, sentí que en cada momento de flaqueza, Dios me cargaba. Y la Virgen me cubría con su manto. Porque uno no elije lo que le pasa pero si elige cómo transitarlo.

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El guionista NO soy yo

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 42 años …

Tuve una infancia muy buena. Espectacular. Éramos más de 40 primos hermanos que nos reuníamos siempre. Soy el cuarto de cinco hermanos muy seguidos. Una familia muy linda de chiquito. Y a medida que iba creciendo veía los problemas que había alrededor. No había terminado la primaria cuando empiezan a verse los cortocircuitos de la casa y mis padres se separan. Al poco tiempo a papá le agarra un resfrío que se complica en una neumonía por la cual lo internan, y muere a los 5 días. Todo muy rápido. Y nos quedamos en casa con una madre que tenía problemas de pastillas y alcohol.

20 años después logré entender que todos los mandatos y presiones familiares que tenía el viejo habían hecho que explotara. Me costó mucho entenderlo. Y en casa teníamos a mamá en una cama algo así como desconectada de la realidad.

Durante mi primaria, en un colegio católico, tengo el recuerdo de vivir bajo la presión de la culpabilidad y castigo. Si no hacés esto te va a pasar tal cosa. Y si hacés tal otra te va a pasar … y así constantemente. Hoy por hoy puedo ver y comparar eso con el Año de la Misericordia. Donde la Iglesia intenta cambiar la imagen que los adultos jóvenes tenemos de Dios. No es un Dios que te castiga y te reprende sino que es un padre bueno que te espera con su abrazo y te perdona. Creo que si de chicos hubiéramos tenido esa línea las cosas serían completamente diferentes.

A los 13 años me di cuenta que no tenía padre. Que tenía una madre enferma. Que mi abuelo había sido una persona importante. Que eso me iba forzando a mí a “tener que”. Me idealizaba situaciones. Como mi padre había sido así yo tenía que ser asá. Hoy de grande puedo ver que mi padre no era ni la mitad de las cosas que yo me imaginaba. Que por su forma de ser había perdido su vida. Por estar cargándose con las culpas de los demás terminó explotando. Y a lo largo de mi adolescencia y juventud yo apuntaba exactamente a lo mismo. Hoy, gracias a Dios, soy un tipo que suelta las cosas. Vivo el presente mucho más relajado. Logro no hacerme mala sangre por todo.

Como mi padre había muerto siendo yo muy chico, me imaginaba que cuando yo llegara a esa edad tenía que ser otra cosa. Ya estaba casado, tenía hijos y no quería morirme a la edad de mi padre sin dejarle la vida resuelta a mis hijos. Sin dejarles una estructura armada como para que no se caiga al momento de yo no estar más.

Un año después de la muerte de mi padre empezaron los problemas en casa. Abríamos la heladera y lo único que había eran botellas de vino blanco. Empezaba a faltar la plata para pagar las cuentas. Y se vino el primer cambio de colegio empujado por la situación social en la que nos había dejado mi padre. Con colegio y club con un status bien posicionado. Pero todo ese castillito empezaba a desmoronarse. Y pasaba de un colegio a otro. Y de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche. Para poder recibirme porque ya había empezado a trabajar.

A los 16 ya estaba trabajando. Para poder mantener ese status que me habían impuesto. De lunes a viernes era alguien que escondía esa situación y los fines de semana trataba de ser lo que no era juntándome con mis amigos que tenían otro “nivel”.

De los 13 a los 19 viví como pude. Y los fines de semana eran un descontrol total. Al punto que no sé todavía cómo los sobreviví. Salía el viernes y volvía el lunes para poder ir a trabajar. Había muchísima libertad. O mejor dicho, una absoluta falta de límites. Toda esa época sin religión. Sin confesión. Sin Iglesia. Y toda esa libertad y responsabilidad hace que uno vaya madurando muchísimo más rápido.

A los 20 años, aproximadamente, tuvimos que agarrar a mis tíos, con uno de mis hermanos, y obligarlos a que se hicieran cargo de nuestra madre porque lo poco que nos había quedo se lo estaba “tomando”. Nos estaba llevando al tacho. Y no podíamos tener esa responsabilidad. Yo seguía siendo una máquina. Lleno de mandatos autoimpuestos. Y eso te genera una fortaleza y una coraza que no entendés. Era sentarme en casa escuchando música y tomando un whiskey que terminaba siendo la botella casi entera. Eran cumplir todas las cosas materiales.

Empecé a trabajar muy chico y a crecer muy rápido. A subir escalones en el trabajo. Y me encontraba a los 25 años en una posición para la cual necesitaba el doble de trayectoria. Decidí terminar mi carrera solamente porque ya la había empezado pero sabía que no era lo mío. Vino la crisis del 2001 y yo estaba en Uruguay. Cuanto problema y locura había, ahí iba yo a tratar de solucionarlo. “Es un caos?, dámelo a mí”. Empezaron a haber un montón de momentos violentos dada la situación del país que me hicieron perderle el respeto a la gente mayor, pero en el sentido de tener que decirles las cosas de las maneras más crudas que uno se pueda imaginar. Gente que tal vez estaba perdiendo todo. Con toda esa crisis yo me recibo de la facultad y me caso. Y decidimos con mi mujer irnos de Buenos Aires porque era todo un caos. Una adrenalina y locura galopantes. Termino, no sé muy bien cómo, administrando un campo demasiado grande. Y en esa falta de respeto de la que hablaba antes, enfrento al dueño y le digo que yo no puedo estar ahí porque no entiendo nada del tema. Pero todo el camino recorrido hacía que las metas que me proponía las fuera cumpliendo y esta persona decide que sea yo quien se ocupara de todas maneras. Y ahí fui. A solucionar un problema más. “Yo puedo” era el lema. Y siempre subiendo la apuesta. Y lográndolo. Entonces me creía que nada podía conmigo y seguí para adelante. Me divertí mucho estando en el interior. Y después decidimos volver a Capital. Y cuando voy a decirle al dueño del campo que renuncio porque ya me había aburrido de eso, me dice, de ninguna manera, tengo otro trabajo para vos en Buenos Aires. Tenía 33 años y estaba sentándome a la mesa de los grandes de los números. 8 horas por día trabajando y otras 7 escondido estudiando para poder seguir en el lugar en el que estaba. Feliz de esa vida. Pero también me empiezo a aburrir. Y busco abrir una empresa con todos los problemas nuevos. Para cuando esos problemas se solucionaban me aburría. Y ahí, en ese aburrimiento me llaman para decirme que había un problema inmenso con una empresa que necesitaba ponerse a punto en menos de 6 meses. Y como no podía ser de otra manera, dije que sí. Y también salió adelante y funcionando. Pero ese problema era un poco más grande que yo y me explotó en las manos. Todos los días sentía que hablaban de mí. Me sentía “sucio”. Qué iba a hacer con mis mandatos y mis ideales. Todo empezó a salir pésimo. En medio de todo ese caos y de empezar a volverme loco, uno de mis mejores amigos se enferma de cáncer y en muy poco tiempo se muere. Y esa fue la gota que hizo que rebalsara mi vaso e hiciera click. Y de golpe y porrazo me encontré con el juez de línea levantando el cartel luminoso con mí número. Afuera de la cancha. A no jugar más. Y mi cabeza no lo estaba tolerando. Era algo demasiado fuerte para mí. Desde muy chico estaba a diez mil revoluciones trabajando y de pronto me encontré que no solo me sacaron sin mandarme al banco, sino que me mandaron derecho al vestuario, sin siquiera poder ver cómo seguía el partido. Y me sentía la persona más inútil del planeta. Y ahí otro amigo mío me empezó a decir que escuchara un poco más a Dios. Y me invitó a un retiro. No me contó ni la mitad de las cosas que iba a vivir pero me sumé igual. Necesitaba poder parar la pelota para que me llamaran a la cancha, otra vez, en el segundo tiempo. Llegó el retiro y lo que más me acuerdo fue descubrir que yo no era el guionista de mi vida. Salí de ahí dándome cuenta que no tenía un léxico de padre de familia, un léxico sentimental. Mi mujer insistía que yo había salido convertido. Y esa palabra tampoco me gustaba, no sabía a qué se refería. Ella se reía y me decía, por ejemplo, cuando querés mucho a una persona tenés que decirle “te quiero” o “te amo“. Eran palabras que no estaban dentro de mi cerebro. Yo, por mi lado, sólo sentía PAZ y FELICIDAD. Es lo único que creía entender.

Y en toda esa revolución interior que estaba teniendo, aparece un cura a confesarnos. Y da la casualidad que era el mismo cura que había casado en su momento a mi amigo que había muerto. Señales que yo no sabía ver. Muchas situaciones en las que yo podría haber arruinado todo y sin embargo salían bien. Y que mirándolas para atrás, me doy cuenta que yo no era el guionista de mi vida.

Y me pasó de empezar a ir a misa y sentir cosas excelentes. Como salir sintiendo que tenía el tanque lleno para toda la semana. La fuerza que necesitaba para llegar al domingo siguiente.

A mí yo de años atrás no le puedo decir nada. Sino que pienso en qué lástima que no tuve un tipo grande en quien apoyarme. Un tío o un padrino que me hubiera dicho pará, tomate tu tiempo, pensá y hacé tu vida. No te cargues los problemas de los otros. Dedicate a lo tuyo. Sacate las ganas.

Y lo que le diría a la gente de mi edad hoy es; no planifiques tanto; hacé foco en lo que realmente importa. Dedicate más a tus hijos y a tu familia. Sentate frente a un amigo y decile lo que te pasa. Esto más que nada porque una vez a mí me sentó un amigo y me dijo: “lo que más me molesta de vos es que sos incondicional, estás al pie del cañón para todo el mundo pero nadie sabe quién sos vos ni qué te pasa.” Siempre fui impenetrable.

Hoy puedo ver todo esto con muchísima Paz. Sabiendo y entendiendo que Dios estuvo, está y estará siempre. Reconociéndolo en la mirada de muchos amigos.

Esto lo cuento porque asumo que está y que es Él quien escribe el guión de mi vida. Si no fuera así no te lo estaría contando. Y estaría bueno para vos, que te preguntes ¿Cómo Estás? y ¿Qué es lo que realmente te importa?; y viví en consecuencia.

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Yo volví a Dios para agradecer

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 48 años …

 

Me acerqué de vuelta a Dios sin darme cuenta. Vino un muy amigo mío que me pidió que le regalara un fin de semana y como ni me imaginaba para qué era, confié en él y le dije que sí, después de todo, nos conocemos desde que tenemos 5 años. No sabía a dónde me llevaba. Me puse en sus manos.

Resulta que terminé encontrándome a mí mismo en un retiro. Y una vez ahí, a medida que pasaban las horas, sólo pude comprobar que Dios estaba ahí. Que pasó por delante mío y pude verlo. Que pude verlo en el otro.

Ahora que ese retiro ya pasó y que lo puedo ver en retrospectiva, me doy cuenta que en realidad Dios siempre estuvo. Era que yo no sabía verlo. El retiro me sirvió para confirmar que Él está. Y también para darle forma a esa frase que todo el mundo repite muchas veces y es que el picaporte en nuestro corazón está del lado de adentro, somos nosotros los que tenemos que abrir esa puerta.

Yo llegué al retiro, a diferencia de la mayoría de la gente, siendo un tipo feliz. Estando bien conmigo mismo. Teniendo una buena familia. Sin problemas serios. No vengo de una vida complicada ni difícil que me llevara a recurrir a Dios para pedirle. No, muy por el contrario, me ví agradeciendo. Y pude comprobar que mi vida después de ese retiro fue infinitamente más feliz de lo que ya era. Me sensibilizó en un montón de cosas. Aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida que antes ni siquiera reparaba. Lo que sí es curioso es que los golpes me empezaron a venir después. Como la muerte temprana de un ser querido, por ejemplo. Y las cosas se pusieron un poco más difíciles. Pero de vuelta, Él apareció recordándome que estaba a mi lado. Apareció en el momento que tenía que aparecer y yo me aferré a él. Yo volví a Dios para agradecer, y no para pedir.

A partir de aquel retiro yo siempre me acerco para agradecerle. Laburo muchísimo pero como hago lo que me gusta se me hace muy corto el día. Se me pasa volando y con una adrenalina de la linda. Aprendí a poner en balance y a convivir con mi familia de una forma diferente. Aprendí a disfrutar momentos con mi familia distintos a los que tenía antes. Mucho más profundos y mucho más procesados. Y eso, creo, no podría haberlo hecho si no me hubiera reencontrado con Dios y conmigo mismo. Y encontrar este espacio para ir y rezar. Yo había dejado la oración de lado y reencontrarme con él fue volver a rezar.

Por ejemplo, a mí me pasaba de no llegar a entender una Adoración. No lograba enganchar. Y Monseñor Eguía me contó una historia tan simple como que una monjita decía “es muy fácil. Yo me paro delante de él. Lo miro y él me mira. Si quiero le hablo y si quiero lo escucho.” Y eso me hizo ver lo fácil que era y lo puse en práctica. Y hay miles de veces en las que yo también me paro a verlo y le hablo, le agradezco. Y otras en las que quiero escucharlo simplemente me quedo en silencio. Escucharlo es parar. Es mirar en mi interior. Es contemplar. Y también tengo la confesión. Dios es todo misericordioso y si yo estoy profundamente arrepentido me va a perdonar. Y para el futuro hay que creer en su providencia. A veces nos cuesta. Pero se puede. Todos tenemos todo para ser felices. Entonces, con todo esto sobre la mesa. Reencontrarme con Dios fue pura felicidad. Puro abrir mi corazón y sensibilizarme. Y una de las cosas que me pasa después de haber hecho aquel retiro es emocionarme cada vez que tomo la comunión. Son pocas las veces que voy a comulgar y no vuelvo con lágrimas en los ojos. Es un momento de reencuentro con Dios que a mí me marcó muy fuerte. No tengo una respuesta a esa reacción, pero es algo que me emociona profundamente. Y fue muy complicado intentar explicárselo a mis hijos. Es una emoción linda. Un llanto de alegría y de poder encontrarnos los dos en un momento único. No es algo que busco cada vez que voy a misa, sino algo que se da sistemáticamente por obra del Espíritu Santo. Y me encanta que me siga pasando. Afortunadamente es algo que no puedo controlar. Ojalá me siga pasando siempre. Con mis hijos y mi mujer compartimos la misa. Y ellos aceptan esto que me pasa pero no es que lo conversamos cotidianamente.

A mi YO de hace un par de años le diría que tonto que fuiste por no haber abierto antes el corazón. Cuántas cosas te perdiste por no haberlo hecho antes. Me reprocho el no haberme dado cuenta antes de todo esto.

Pero ahora trato de compartirlo con quien se me cruce. Y seguir participando me produce una alegría y un placer enorme, a pesar de la demanda que significa. Pero al final del día, cerrás los ojos y ves que Jesús pasó. Que todos pudimos verlo. Y a esto lo tomo como mi propio proceso de evangelización. Uno a veces se pregunta qué hacer para salir a Evangelizar y para ir a las periferias como dice el Papa Francisco. Y creo que el compartir todas estas cosas y entregárselas al prójimo es un claro ejemplo. Yo no soy el mismo, por ejemplo, con el retiro que sin el retiro. A mí me ayuda. Le agrega calidad al tiempo que después le dedico a mi familia. Siento que me hace mejor papá. Mejor marido. Mejor hijo. Mejor sobrino. Mejor amigo. Y cada vez que lo vuelvo a hacer lo vivo de una manera diferente y salgo distinto de cada uno. Podría tomarse como algo egoísta porque es algo para mí. Pero en definitiva es algo para poder compartir con los demás.

A Dios no le puedo pedir más

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 55 años …

A Dios no le puedo pedir más. Ya estoy hecho. Cuando llegás a decir eso es porque pasás por una experiencia que te marca un antes y un después. Y eso me pasó con mi hijo. El varón. Después de dos hijas mujeres. Hoy está por cumplir 18 años.

Con mi mujer tuvimos un embarazo totalmente normal y tranquilo. Yo siempre recé. Siempre tuve fe. Siempre me sentí escuchado por Dios. Estaba viviendo mi vida normalmente. Andaba muy tranquilo. Todo fluía como “correspondía”. Sin sobresaltos.

Mi infancia no fue nada fácil. Fue feliz pero éramos muy pobres. Y me di cuenta que habíamos sido pobres de grande. Porque mis padres nos llevaban con mucha naturalidad. Siempre rezando. Siempre salí adelante.

Nació mi hijo. Con un parto normal. Se comportaba como un bebe normal. Y Pasaba el tiempo. Cuando ya tenía alrededor de un año y medio empezó a “retroceder”. Lloraba muchísimo. No dejaba que yo me acercara. Decía palabras sueltas. Y a medida que crecía empezaban los roces con mi mujer porque yo le decía que algo no estaba bien. Como ella estaba todo el día con el chiquito no veía cosas raras. En cambio yo me iba a la mañana y cuando volvía a la noche veía que el enano estaba peor. Se escondía abajo de la mesa. Venía gente y lloraba. Si lo agarraba lloraba más. El pediatra nos decía que era la edad. Que ya iba a crecer. Que algunos chicos maduran antes que otros. Hasta que un día, en la consulta, tuvo uno de los episodios y el médico ahí se alertó y nos mandó a ver a una doctora que era una eminencia en todo lo que a problemas de aprendizaje se refiere. Ella era la jefa del servicio en el hospital y nos empezó a atender. Pero había algo medio extraño desde el primer instante. Porque pretendía buscar un diagnóstico donde no lo había. Tuvimos alrededor de 8 o 10 sesiones que fueron un drama por todo el contexto que había en el consultorio. Era muy difícil ir a verla y encontrarnos con chiquitos con miles de problemas “peores” que el nuestro. Hasta que un día nos dice, y nos da por escrito, un informe (que lo tengo guardado) donde dice que nuestro hijo tenía autismo atípico. Básicamente es un chico que no se va a poder relacionar con el mundo. No va a tener contacto con los demás. Difícilmente estos chicos se sociabilizan. Ahí tuvimos que ver si lo que tenía era genético o traumático. Así que empezamos a hacer estudios a toda la familia. Fonoaudiólogas. Y así pasamos 2 años que fueron para el olvido. Tanto nosotros como las chicas. Además, fue en esos dos años la única vez que nos vieron discutir a mi mujer y a mí. Y ellas también la pasaban mal porque no les dábamos mucha bolilla porque estábamos abocados al gordito.

Hicimos todos los estudios que había que hacer y el resultado, tiempo después, fue que no había nada que dijera que fuera genético. Pero tampoco había nada que dijera que fuera traumático. Entonces dijeron que lo iban a empezar a tratar en el hospital. Pero en lugar de mejorar empeorábamos todos así que fuimos pocas veces porque estábamos en un mundo que nunca nos podríamos haber imaginado.

Cuando nos habían dado aquel informe diciendo lo del autismo, íbamos con mi mujer en un taxi y el señor iba escuchando un cassette de Marilina Ross. Me acuerdo como si fuera el día de hoy que estaba escuchando la canción Honrar la Vida (https://www.youtube.com/watch?v=381zc02YVHg) y en ese mismo momento a mí me hizo un click y ya empecé a rezar con fuerza para que pasara lo que pasase, él pudiese honrar su vida de la forma que fuera. Pero principalmente para que me diera fuerzas y vida para poder acompañarlo en su camino y cuidarlo. Y ese mismo rezo, lo intensifiqué también el día que decidimos no ir más a ese hospital. Entre tanto rezo y tiempo que pasaba, alguien nos recomendó a una psicóloga especialista en chicos con todo tipo de trastornos que atendía en el Hospital Gutierrez, y hacia allá fuimos. Conseguimos un turno para 2 meses después. Se lo empezamos a llevar a ella y le contamos todo lo que había pasado y ya habíamos hecho. Empezamos con ella, más una fonoaudióloga, más terapia de juegos. Una batería de cosas. No me olvido más, una de las sesiones, me tocaba ir a mí solo con mi hijo y tenía que jugar con él. Él estaba en una punta y yo en la otra. Y tenía que hacer lo imposible para que él me devolviera una pelotita que yo le tiraba. Ella sabía que eso no iba a pasar pero en realidad lo que quería demostrarme era que hiciera lo que yo hiciera, el tratamiento dependía de él. Era en equipo. Que yo solo no iba a poder hacer que pasara. Le tiré 30 veces la pelotita. Con alegría. Con bronca. Con optimismo. Con tristeza. Con esperanza. Y la pelotita NUNCA volvió. Y me fui a mi casa llorando con un nudo terrible en la garganta. Pero por ahí, un día, seguíamos con esta terapia de juegos y la pelotita volvió. Y ese día también lloré. Así estuvimos 2 años con las terapias hasta que llegó el momento de mandarlo al jardín. Ya tenía 5 años y teníamos que decidir el colegio para que empezara preescolar. Él ya había empezado a hilvanar algunas palabras. Se dejaba abrazar. Podía estar con más gente. Y cuando había más gente estaba un poco más sociable. Y cuando estaba con otros chicos podía hablar con algunas frases. Primero nos habían dicho que lo lleváramos a una escuela especial porque si no la iba a pasar mal. Y después, esta psicóloga nos dijo que no, que lo lleváramos a una jardín normal. Que él iba a poder adaptarse perfectamente a los otros chicos de su edad. Y que llegado el caso que pasara algo con las maestras o la psicopedagoga, que les dijéramos que se comunicaran con ella, sin dar mucho más detalles. Que tuviéramos confianza. Y pasó todo ese año sin ningún tipo de episodio fuera de lo común. Para fines de año estaba el acto de cierre de ciclo. Y él tenía que actuar. Durante el año la maestra nos había estado diciendo que le costaba un poco y que probablemente el no pudiera actuar. Y nosotros, como quien no quiere la cosa, le decíamos que todo bien, que ya se le iba a pasar. Y finalmente, llegó el día del acto y lo pudo hacer perfectamente como todos los otros chicos. Como si nada. Para entrar a primer grado también fue a un colegio normal con la misma recomendación de nuestra psicóloga, que si pasaba algo se comunicaran con ella. Y tampoco hizo falta. Desde primero a séptimo grado, nuestro hijo, de quien nos habían dicho que no iba a sociabilizarse nunca, salió siempre “mejor compañero”, elegido por los otros chicos. Y en segundo año también lo eligieron como representante del curso frente al resto.

Hoy es un chico que hace natación. Juega al fútbol. Tiene muchísimos amigos. Por mi casa no dejan de desfilar compañeros de los 3.

Acá es donde yo digo que hubo un milagro. Quien nos dio el primer diagnóstico es una eminencia en su terreno. Si se equivocó o no, nunca lo sabremos porque él era como era. Pero el pronóstico que nos habían hecho no se cumplió. Y yo me quedo con eso. Que el panorama que teníamos en un principio cambió rotundamente. Yo me sentí cerca de Dios. Lo tenía al lado mío. Podía hablar mano a mano con Él. Y Él nos escuchó. Me escuchó. Y nos regaló este milagro. Todos los miedos que teníamos y las cosas de las que nos preocupábamos no existieron. Acá hubo un milagro. Dios me volvió a escuchar. Y después de todo esto a mí me pasaron un montón de cosas, incluso en el plano laboral. Pero aprendí a no quejarme nunca de lo que me venía. Dios me puede mandar lo que sea porque sé que Él está siempre a mi lado. Por eso yo sé que a Dios no le puedo pedir nada más. Si tuviera que volver a pedir por algo en mi vida, pediría por esto nuevamente. Mi milagro, en mi vida, ya se dio.

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Los argentinos me han devuelto mi FE

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 51 años …

Soy español, y vivo en argentina desde 1993. El mayor de 3 hermanos. Mi padre viene de una familia humilde. A los 10 años, cuando nació su hermano y sus padres no pudieron mantenerlo más se lo confiaron a un tío que era cura militar. Ahí fue donde aprendió todas las cosas que después supo transmitirme. Él es ateo. Mi madre es creyente pero no practicante. Les tocó vivir la guerra civil y eso les marcó su historia, y la mía. Me bautizaron y tomé la Primera Comunión como todos los chicos en España y la verdad que salvo a través de mis abuelos, nunca tuve relación con la Iglesia. Estudié en España en un colegio francés laico.

Habiendo sufrido las turbulencias del matrimonio de mis padres decidí emprender mi propio camino. Primero me fui a vivir a Francia un tiempo y al volver a España participé de un start-up que me permitió después venir por temas laborales a la Argentina. Aproveché esa excusa para poner un océano de por medio.

Acá empecé a vivir mi vida y a tener contacto con gente que tenía unos valores y unos principios que si bien no eran nuevos para mí eran muy refrescantes, en lo que a religión y fe se refiere. Y luego conocí a mi mujer que era bastante practicante. Siendo divorciada nos casamos por civil en España. Hoy estoy casado y tengo 4 hijas. Pero debido a eso estoy en un conflicto con la Iglesia.

Sus padres también son bastante practicantes. Perdieron un hijo en un accidente. Mi suegro hizo la carrera de acompañante espiritual. En el año 2013, mi hermano tuvo la desgracia de perder a su hija mayor en un accidente automovilístico. Esto fue un golpe muy fuerte tanto para mi hermano como para mis padres. Es algo que viene de repente y para lo que uno no está preparado. Para mí fue algo muy duro también y me movió la estantería. No hay en castellano un término en la Real Academia Española que defina el estado vital tras la pérdida de un hijo por parte de un padre. Justo para esa época me estaban insistiendo mucho en hacer un retiro de Entretiempo y yo me venía negando y poniendo excusas. Pero ese año decido aceptar. Fue una experiencia inolvidable. Fue un momento de empezar muchas cosas nuevas. Venía de estar acompañando a mi hermano y acá me sentí acompañado yo. Algo especial que pasó dentro del retiro me hizo sentí muy querido por gente que no me lo esperaba, y de forma desinteresada me dio mucho amor. Eso me hizo pensar que esta experiencia comunitaria podría ayudarme a conocerme a mí mismo y también ayudar a otros. De los argentinos valoro 3 cosas por encima de todo:

1- El sentido de la amistad. Es muy próximo, espontáneo, con una afinidad sincera.

2- El concepto de familia. Mientras que en Europa las familias se van atomizando cada vez más, acá se va agrandando la mesa con abuelos, hermanos, primos. En realidad uno empieza a formar parte de la familia del otro. Empieza a ser familia de sus amigos. Es bienvenido a las casas de otros. La familia tiene un peso. Es importante porque es un lugar de encuentro, donde desarrollar su identidad, pedir ayuda desinteresadamente, donde se valora a la persona.

3- La FE. En España nunca fui a la Iglesia. Si llegaba a ir sólo veía algunas canas solitarias en algún banco perdido en la penumbra. Se oía el tímido murmullo del rezo, pero allí nunca escuché cantos. Era triste y una experiencia individual. Nunca un sermón que no presentara un Dios castigador. Y eso más que acercarte te alejaba de la Iglesia. Acá es todo lo contrario; te invita a participar y disfrutar, a vivir en comunidad.

Entendí que tenía un nuevo camino que recorrer, donde podía aprender y crecer en el plano espiritual, y así, ya pasados los 50 años decidí recibir el sacramento de la Confirmación.

Al tiempo me convocaron para participar activamente en un Equipo de estos retiros y además de ser una especie de necesidad; uno lo vive viendo la transformación en el otro y se alegra por ello. Es algo que me transforma, me enriquece y me hace crecer. Y siento que los argentinos me han devuelto la fe.

Mi proceso fue progresivo y llevó mucho tiempo. Estaba latente. Pero también el grupo humano del que me siento parte y activo, me ha ayudado a no descolgarme muchas veces con muchas cosas, ni perder el rumbo.

Un hombre de resultados, de números, de gestión. Toda la vida estuve persiguiendo las cosas. Siempre pensando que el futuro se labra si tenés una buena educación pero sin FE es difícil llegar. Si tenés una buena educación, tenés mejores posibilidades. Si tenés la cabeza armada podés pensar. Si pensás podés elegir. Elegir es un tema mayor que define si te realizás haciendo lo que te gusta. Pero ahora no puedo dejar de lado la FE; la busco y la vivo plenamente.

Mi vocación ha sido esencialmente la de aprender. Entender. Vivir en plenitud. Eso me ha sido posible gracias a las elecciones hechas en el camino. Y ya de más grande, con Jesús a mi lado.

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Uno no da lo que no tiene

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Yo nací en una familia de clase media con educación católica desde casa y el colegio. Siempre fui un tipo creyente y digo que mi vida se divide en 4 partes. Una niñez donde Dios era un superhéroe. Una adolescencia muy triste porque cuando tenía 12 años mis viejos se separaron. Cuando tenía 13 mamá tuvo un acv y tuve que cuidarla durante mucho tiempo y se murió cuando yo tenía 16, lo que me hizo demasiado autodidacta. Me acuerdo que a esa edad yo hacía todo. Me ocupaba de todo. Era como si viviera solo. Recuerdo que a los 17 se vino a vivir conmigo mi abuela, pero más que nada para cuidarla yo a ella que ella a mí. Y estuvimos viviendo juntos hasta los 20 y pico. Esta adolescencia fue con un Cristo Amigo. Y después vino una juventud donde lo empecé a ver a Dios como un Juez. Porque yo ya era una persona más grande, andaba un poco desbarrancado y tenía mis creencias con lo cual hacía lo que quería. Después de los 30 y pico conocí a quien hoy es mi mujer, nos casamos, tuvimos nuestros hijos y yo me fui formando en el típico padre católico de familia pero empecé a sentir que me parecía mucho más a un fariseo que a un cristiano. Y manejé mi religión con muchísima soberbia. Con la idea clara que Dios estaba ahí pero nunca le pedía nada. Como yo había siempre hecho todo solo y lo arreglaba por las mías me creía omnipotente. Hasta que un día de hace un par de años, nos habían prestado una quinta, estábamos descargando las cosas del auto mi mujer me dice, fijate si podés que atrás está la pileta; para que tengamos cuidado con los chicos entonces me asomo y miro como analizando el lugar y veo algo que chapoteaba en el agua. Voy corriendo y me doy cuenta que era mi hija. Entonces voy corriendo y la última imagen que tengo y me quedó grabada es la de mi hija en el fondo de la pileta como si fuera una película. Con la boca y los ojos abiertos. Me tiro para sacarla y quedo yo abajo del agua porque era en la parte honda y levantándola a ella con un solo brazo para que quedara afuera. Tenía solo un año y medio. Creo que fueron los 2 segundos más largos de mi vida en los que recuerdo pensar para mis adentros “que no le pase nada, yo no te pido nunca más nada pero que a ella no le pase nada; me sacaste a mi vieja, me sacaste a todo el mundo pero no me saques a mis hijos.” Y cuando logro salir yo de abajo del agua la veo a mi hija totalmente blanca, con los labios morados y diciendo “agua pato, agua pato” y se reía. En ese momento yo no podía pensar en nada. Después, con el tiempo, un médico me explicó que cuando los chicos son tan chiquitos se les cierra la glotis y no les deja pasar el agua, de hecho no se ahogan por el agua sino por falta de oxígeno en muchos casos. Eso me hizo muy mal y me dejó durante muchísimo tiempo pensando en qué hubiera pasado si mi mujer no me hubiera hecho ese comentario. En si no la hubiera visto. En si hubiera pasado un minuto más. En qué hubiera pasado. Hoy no la tendría.

Llegó un momento en el que me sentí buscando respuestas a tantas dudas que yo tenía personales, en cuanto a mi vida. Sentía que todo daba vueltas alrededor mío. Que era yo el que tenía que hacer todo. Y llegué invitado a un Retiro. En el que descubrí que tenía que confiar un poco más en la providencia de Dios. Confiar más en Él. Aprender a pedirle. Y sin embargo la ficha no me cayó en ese momento. Fue algo que entendí y razoné ahí mismo pero seguía pensando y actuando como hasta ese momento. Y el año pasado, mi hijo mayor tomó la Primera Comunión. Soy un tipo cabrón pero muy sensible. Y estoy escuchando esa misa y cantan “5 panes” (http://canciones-de-misa.blogspot.com.ar/2010/09/un-nino-se-te-acerco.html). Y ahí me cayó la ficha. Porque uno escuchó esa lectura mil veces y la va a seguir escuchando pero desde la visión del adulto. Y la verdad que ver cómo le prestaban atención los chicos me cambió totalmente. Porque ellos realmente creen y están convencidos que los 5 panes fueron reales!. Y a veces eso pasa en la vida cotidiana. Uno no da lo que no tiene. Si vos, todo lo que tenés son 5 panes y los das, quiere decir que estás dando todo de vos. Es todo tu trabajo. Es romperse y dar. Y lo demás va a venir de la mano de Él. Y recién ahí empecé a confiar más en la providencia divina. Pero no esperando que me cayeran las cosas del cielo, sino que se alinearan las cosas detrás de mi trabajo y esfuerzo. Empecé a entender que aunque a veces yo piense que todo depende de mí; sería un poco ilógico y soberbio pensar que es así. Yo que era el que juzgaba, un verdadero fariseo; era en realidad, un soberbio. Esa soberbia la veía en el prójimo y no podía verla en mí. Y aún hoy me cuesta una lucha interna muy importante para tratar de erradicarla.

Y todo este cambio es lo que me hizo, a mí, ver las cosas de una manera diferente a partir de los 40 años. Empezar a confiar más y a ver qué es lo que pasa. No ver un problema con algo en sí mismo; sino ver en qué situación es que se me da dicho inconveniente. Eso no es menor. Por algo pasó cómo pasó. Seguramente algo atrás de eso hay.

Alguien me dijo una vez que la diferencia entre creer y no creer en Dios es como la historia de los dos hermanos que se van a dormir. El padre cierra la puerta y uno de los chicos se va a dormir tranquilo sabiendo que su padre está en el cuarto de al lado. Y el otro se duerme soñando que al padre lo raptaron y se fue. Que no hay nadie del otro lado de la puerta. Puede ser posible cualquiera de las dos, pero cuánto mejor duerme el que pensaba en su padre en la habitación contigua. Lo mismo es con Dios. Cuánto más tranquilo voy a caminar por la vida sabiendo que Dios está ahí. Y la Fe es algo que uno tiene o no tiene. No se le enseña a nadie. Es algo que se siente. Así como dice Saulo, yo no creo en Dios; estoy convencido de Dios. Estoy seguro de Dios. Y eso me hace estar muchísimo más tranquilo.

Durante ese Retiro logré ver cómo lo había tratado a Dios durante mi vida. Me considero católico, pero había dejado de ir a misa. Y si rezaba, era sólo durante las tormentas. Y, tal vez, nunca agradecía. Y ahí me encontré con un Dios más cercano.

Ahora está de moda la película Intensamente. Los chicos salen contentísimos después de haber ido a verla. Y entre sus personajes sobresale uno. Es clarísimo el paralelismo con el Cristiano. Es la ALEGRÍA. La alegría es el único “personaje” que tiene luz propia. Lo mismo pasa con nosotros. La persona feliz ilumina el lugar en el que está. Ilumina y contagia al resto. Es el tipo que le sirve de faro a Dios. Cuando uno cumple con todas las cosas está bien, pero a veces no es suficiente. La felicidad, en cambio, es algo mayor. Yo necesito que mis hijos me vean y se pregunten qué es lo que al viejo lo hace tan feliz que sigue apostando a tal o cual cosa. Y eso es un cambio importante que todos deberíamos lograr. Todo tiene un momento y un lugar.

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Dios me dio una mano

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 45 años …

Hubo muchos años en los que tuve muchísima exposición; y eso me golpeó fuerte.

Lo que todo el mundo conoce como la crisis de los 40, a mí me agarró a los 30. Y eso produjo un punto de inflexión hacia otras cosas.

Me acuerdo que yo estaba trabajando muy bien en la empresa que estaba. Las cosas iban mejorando, y con eso logro cambiarme de empresa en el mismo rubro. Pero después vi que los de al lado mío iban progresando y yo me quedaba estancado siempre en el mismo lugar. Entonces empecé a sentirme víctima de esa realidad. Puteando contra todos. En ese momento me cansé de lo que estaba pasando acá y decidí que la mejor oportunidad para mí era irme afuera a perfeccionarme. Empiezo a averiguar, me pongo en campaña, doy los exámenes y cuando ya estaba con un pie adentro del avión me sale la posibilidad de abrir mi propia empresa acá con unos amigos en un rubro que era el auge en ese momento. Largué todo lo que estaba proyectando y nos metimos de cabeza. Sentía que estaba alineando pasión con laburo. Era algo eufórico. Estábamos de lunes a domingo a pleno con esto y tratando de levantar la empresa que teníamos en nuestras mentes. El problema es que no parábamos un minuto y sentía que las cosas se iban de control. Las horas se transformaban en días. Los días en semanas. Las semanas en meses. Y no había un solo descanso. El cuerpo se estaba preparando para pasarme factura. En ese interín terminamos lanzando el proyecto a medias y nos va mal. Fue un lindo fracaso pero fracaso al fin. En una noche se me dio vuelta todo y había muchísimas advertencias que no había visto. No podía pedir ayuda a nadie. No sabía qué hacer ni a dónde ir. Mis padres estaban separados y recuerdo que en ese momento logré juntarlos para mostrarles cuál era mi realidad. Tengo un vago recuerdo de lo que pasó después. Pero de lo que sí estoy seguro es que me internaron. Estuve entre 7 y 10 días sin saber lo que pasaba. Y es como que con la cantidad de medicación que le metían a mi cuerpo yo no recuerdo nada. Sí sé que estuve 6 meses así y tuve que volver a vivir a la casa de mi vieja.

No recuerdo ni amigos, ni familia, ni nada. Absolutamente nada. Es como si hubiera estado dormido durante esos 6 meses. Todos los días eran iguales y el tiempo no pasaba. Y ahí un poco empezó todo la búsqueda de algo distinto. Empecé con psicólogo y psiquiatra a diario. En ese entonces mi viejo me ofreció laburar con él condicionándome a que iba a vender la empresa ya que pensaba retirarse. Y fue así como me metí y me terminé quedando.

Empecé a buscar paliativos para poder seguir adelante. Yoga. Reiki. Todo lo oriental que se te ocurra. Necesitaba sacar toda esa energía que tenía adentro. Era una persona que podía estar 2 o 3 días sin siquiera dormir. Ver los límites y jugar con ellos. Tenía tanto adentro que necesitaba sacarlo y para eso forzaba esos límites. Sin embargo pasaba por delante de una Iglesia y ni pelota. Ni cerca estaba de interesarme. Pero buscaba algo que me bajara la adrenalina. Tengo un problema de ansiedad por el cual estoy medicado incluso hoy, y probablemente para siempre. Pero el tiempo seguía pasando y en aquella época no encontraba una salida.

Conocí a quien hoy es mi ex mujer. Ella, como muchísimos otros, no podía creer que una persona de 30 años tuviera que andar con un pastillero de acá para allá todo el día. Pero esa era mi realidad. Y este problema llevaba a otro. Y las piedras en el camino eran cada vez más. Y me iba hundiendo con el correr del tiempo. Intentamos hacer terapia de pareja y todo. Sin embargo, con una hija de por medio, decido irme y nos separamos. Y con esto retrocedí un montón de casilleros.

Con esto caigo en una depresión enorme. Mi hija era muy chiquita y la veía poco y nada. Y eso me entristecía aún más. Trataba de ponerme más y más cosas para poder tapar los problemas.

Un amigo me invita a vivir algo que supuestamente me iba a hacer bien. Mucho no me lo describió pero básicamente me hizo llenar un papel y me citó en un lugar. El problema estuvo que yo estaba tan a mil que fui y una vez ahí, me di cuenta que me había metido en un Retiro. A los 5 minutos de escuchar hablar a la gente agarré mis cosas y me quise ir. Con la casualidad que camino a la puerta me encuentro con otro amigo que no podía creer que yo estuviera ahí. Nos pusimos a charlar, se hizo ameno y me quedé. Y a partir de ese momento entré en una especie de tobogán emocional en el cual logré sacar todo aquello que tenía adentro. La última vez que había llorado había sido hacía más de 15 años. Nunca más había llorado para nada. Y acá salía todo. Esto me desarmó por completo. Yo no sabía lo que era rezar. Y ahí ves gente rezar. Gente que reza por vos. Golpe tras golpe. Sorpresa tras sorpresa. Venía, en ese momento, de una pésima relación con mi ex y de más está decir que a partir de ahí empezaron a cambiar las cosas.

Mi vida espiritual había estado siempre vacía. Y a partir de ese momento todo empezaba a darse vuelta. Empezaba a llenarse. Empezaba a llenarme. Empezaba a entender que yo estaba en una crisis. Y al saberse uno en crisis es que puede salir. Porque uno no puede salir de donde no cree que está.

Empecé a ponerme objetivos chicos y tratar de cumplirlos y a medida que iba cumpliendo esos objetivos, iban quedando y después venia el otro. Y así llega un momento en el que estoy ahora, en un gran agradecimiento. Siento que me están regalando cosas todo el tiempo.

Después de tanto tiempo perdido. Me di cuenta que estaba en crisis y alguien me dio una mano. Dios me dio una mano. Hubo varios amigos que fueron instrumentos para que yo lo lograra.

Hoy me siento renovado. El foco ya es otro.

Gracias a Dios, con el correr de los años, con mi ex mujer tenemos una excelente relación y eso nos ayuda muchísimo en la crianza de la enana. Compartimos muchísimas actividades del colegio. Y todo es mucho más fácil.

Después de haber estado mucho tiempo con la cabeza bajo tierra y remándola, poder estar así es algo muy lindo.

A mi yo de hace unos años atrás le diría que abra un poco los ojos. Pero no por las cagadas, sino para darse cuenta cuál era el error que no lo veía. Mi yo de ese entonces no tenía fondo. No veía dónde estaba el error. Era todo resignación y resentimiento. Todo víctima. Todo diversión. Pura banquina. Me hubiese encantado darme cuenta en ese momento. Pero Dios tiene sus tiempos y estoy segurísimo que por algo fue que yo me di cuenta de lo que me estaba pasando en el momento que lo hice.

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La araña negra (segunda parte)

En la entrada anterior habíamos quedado con Christine convertida en araña gigante.La araña destruía la comarca día y noche, matando a los campesinos y a su ganado.

Hasta que una noche, una mujer que había perdido a su hijo a manos de la araña la tomó con sus manos desnudas, la introdujo en un hueco de una viga que había preparado y la encerró ahí. La mujer murió por tocar la araña, pero la paz volvió a la aldea.

Ahí la historia vuelve a la narración del abuelo, con toda la familia asustada por la historia. Ninguno quiere reírse por la impresión del relato, pero tampoco quiere aparentar que se la toma demasiado en serio. Ninguno quería sentarse ahora detrás de la viga.

El abuelo, riéndose, explica que muchas veces se sentó ahí, y que no siento miedo, excepto cuando albergaba algún mal pensamiento, sentía un ronroneo detrás de él, “como un gato al que se le pasa la mano por el lomo y ronronea de bienestar”.

Uno de los primos le preguntó al abuelo si podía seguir la historia. Y el abuelo siguió contando.

Las generaciones que vinieron después vivieron vidas justas, temerosos de Dios. El tiempo hizo que se fueran olvidando de la peste que los había atacado, y poco a poco fueron olvidándose de sus deberes y empezaron a llevar vidas disolutas. Cerca de dos siglos pasaron desde que se encerró a la araña en aquel lugar.

Ahora había una nueva dueña en la casa, extranjera como Christine, orgullosa y vanidosa. Esta mujer tenía un hijo, al que no dejaba salir de su casa, siempre bajo su mirada. Cuando pensó que estaba en edad de casarse ella le consiguió una mujer de su familia, que también lo dominaba.

Las dos mujeres estaban horrorizadas con la casa: el resto de las casas de alrededor ya se habían demolido o reconstruido. Los vecinos recordaban la historia de la araña, y les aconsejaban no tocar la casa, pero ellas se terminaron convenciendo de que eran cuentos producto de la envidia.

Ellas contrataron a unos obreros para hacer las reformas. A pesar de que, al empezar a martillar las vigas, empezó a salir humo de una, siguieron trabajando. Al final la casa fue reformada, y se hizo una gran fiesta, que duró tres días, para celebrarlo.

La atmósfera era de desenfreno y lujo sin medida. Los criados de la casa organizaban fiestas fastuosas, hacían bromas pesadas, y en varias ocasiones jugaban a pinchar el tapón que tapaba el agujero de la araña en la viga.

Hasta que llegó el día de Navidad, y empezaron a organizar una fiesta parecida.

La otra semana veremos el  fin de la historia y los motivos recurrentes en ella.