Mi Decenario

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo.

Hoy me toca ser YO. Un padre de 40 años que vive la vida como cualquiera.

Y hoy quiero contarles la historia de MI decenario.

Este decenario que ven en la foto iba en mi bolsillo derecho del pantalón desde el 13 de agosto de 2013. Sin importar que tipo de pantalón llevara o a qué evento fuera. Siempre estaba conmigo. Y así me acompañó en cada momento en el que metía la mano y me sostenía para no caer. Cada vez que metía la mano me llevaba hasta ese momento en el que me lo habían dado y recordaba lo que me decía la persona que me lo dio.

Por esas vueltas que tiene la vida, la historia no siguió tan color de rosa en los años siguientes, y por eso tenerlo en el bolsillo me retrotraía a esas épocas felices. Y conforme pasaba el tiempo, más fuerzas me daba. Y me ayudaba a pensar que por algún motivo, las cosas no se solucionaban.

Y por qué les cuento esta historia? Porque la semana pasada ese decenario se me perdió.

Estaba en un campamento con mi hijo mayor y al darme cuenta que no lo tenía empecé a buscarlo desesperadamente. El espacio para buscarlo era demasiado grande pero pensé que podría encontrarlo. Volví a armar la carpa. Volví a desenrollar la bolsa de dormir. Volví a vaciar el bolso. Y sin embargo no estaba. Volví a recorrer la mayoría de los lugares en los que había estado ese fin de semana y nada. Pensé que habría una posibilidad que se hubiera caído en casa o en el auto y me fui angustiado, creyendo que iba a aparecer. Pero no.

Dejé pasar la semana y cada vez que metía la mano en el bolsillo sentía que me faltaba algo. Algo muy importante. Llegué a pensar que, tal vez, María, me decía que era momento de soltar todos los recuerdos que este decenario traía y buscarme otro. Tengo otros, sí, pero por algún motivo no lo había reemplazado aún. Por el mismo motivo que este fin de semana, después de 7 días, decidí mandar un mensaje en el grupo de padres que habíamos estado en ese campamento.

El mensaje decía: “Les pido un favor. Se me perdió en el campamento. Es muy importante. Si alguien lo encuentra o lo “pisa” por ahí … sé que hoy o el año que viene va a aparecer … Gracias”.

Y lo mandé. La verdad que esperaba recibir todo tipo de comentarios y posibles chistes. Lo que nunca me imaginé fue, en cambio, a los 3 minutos, recibir una foto por privado que decía “volverá a tu bolsillo que es donde debe estar”.

Lo había encontrado, la madre de otro de los chicos, semienterrado y lo levantó porque le dio “cosa” que estuviera ahí tirado. Nunca lo asoció con el campamento ni mucho menos que podría ser de un conocido. Imagínense su sorpresa cuando leyó el comentario y la mía cuando me dijo que lo tenía.

Hoy está nuevamente conmigo.

Hoy me dice que no importa cuáles son las tormentas que tenemos que atravesar, que con fe, y rezando, algún día, pueden pasar.

Hoy sigo confiando que a pesar de todo se podrán solucionar las cosas y volver a escribir la historia.

Intento transformarme en Apóstol

(Fuente de la imagen)

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Vengo de una familia católica. Mis padres son los 2 muy practicantes. De hecho fue mamá quien nos preparó a unos amigos y a mí para nuestra Primera Comunión. Dios siempre estuvo presente en mi familia y en mi vida. A partir de 6to grado fui a un colegio marista con lo cual su presencia era diaria. Siempre fuimos a misa. De hecho en algún momento me cuestioné si quería o no entrar al seminario. Hasta los 17 o 18 años estuvo muy presente.

Gracias a Dios, en mi vida no tuve problemas “graves”. Mis padres viven. Mis hermanos viven. Mis amigos viven. Ninguno tuvo alguna enfermedad seria. Nunca nos faltó el trabajo. Nunca nos faltó la comida. Digamos que los golpes todavía no aparecieron, y espero que tampoco lo hagan por un buen tiempo. Si bien nunca dejé de ir a misa, en la adolescencia comencé a distanciarme un poco. Aunque con más o menos fervor, siempre participaba.

Alrededor de los 30 años cambié de trabajo y me metí en una empresa familiar que conducía mi madre. Al principio fue un salto al vacío pero nos iba bien. No ganaba fortunas ni mucho menos pero estaba cómodo. La veía fácil. Estaba teniendo logros. Y tenía el foco puesto en lo económico. Con el correr de los años, mi madre se despega de lo laboral y me quedo solo al mando del barco. Y con el pasar del tiempo, empiezan los problemas propios acordes a la época que se vivía. Y los principales fueron los económicos. La plata faltaba y no podía pagarle a mis empleados. Por unos allegados conozco a unas señoras que tenían locuciones de la Virgen. Les daba mensajes para diferentes personas. Y yo, sin pedirlo, recibí algunos. Con el nacimiento de uno de mis hijos, por ejemplo. En un momento me empezó a angustiar el tema del futuro y la plata. Algo que en una época fluía tan fácilmente, dejó de fluir. Una vuelta estaba con un problema económico importante que no tenía casi ninguna posibilidad de resolverse e imprevistamente se solucionó. Mi madre me dijo que le habían dicho que se quedara tranquila porque esa plata estaba en camino y efectivamente llegó antes de lo previsto.

Y las cosas empezaron a darse de esa manera. Y empecé a cambiar un poco mi forma de vivir el hoy. Pensando en no hacerme tanta mala sangre por lo que iba a venir; sino disfrutando lo que estaba sucediendo. Y así empezar a sanar un par de cosas que habían tenido que ver con mi vida y de alguna manera me las reprochaba. Empecé a poner foco en la providencia y a no negar a Dios frente a los demás. Por ejemplo, si en casa bendecía la comida empecé a disfrutar también de hacerlo en un restaurante. No quiero decir que me paraba y hacía que todo el mundo rezara sino que en lugar de tratar de ocultarme por el famoso “qué dirán” podía perfectamente hacer la señal de la cruz sin importarme si me estaban mirando o no. Hoy en día doy gracias sin preocuparme por quién me mira. Y eso es una forma de no negar a Dios frente al prójimo.

El año pasado un grupo de amigos me invita a un viaje, que económicamente era de un costo muy bajo, pero me parecía que yo no podía irme de vacaciones sin dejarle los sueldos a la gente. Y como no podía pagarlos en tiempo y forma había decidido suspender mi viaje. Y por esas cosas de la vida, aparece uno que no era ni por asomo de mis más allegados y sabiendo la situación me ofrece prestarme la cifra que yo necesitaba para pagar, sin ningún apuro, diciendo que yo tenía que irme de vacaciones para poder seguir estando para mis empleados. YO me estaba volviendo loco para encontrar quién me podía dar la plata y la providencia hizo que me llegara por otro lado por donde jamás se me hubiera ocurrido. Lo que quiero dejar en claro acá es que uno no solo tiene que poder ayudar al prójimo sino que tiene que aprender a dejarse ayudar, que muchas veces, es lo más difícil. Dejar que un empleado lo ayude a uno. Antes hubiera pensado que era una vergüenza mostrarme vulnerable frente a mis empleados. Pero con el tiempo aprendí que ellos también pueden darme una mano si es que hace falta.

Un día yo decido llamar a una de estas señoras que recibían los mensajes. Y lo que rescato en limpio de nuestra charla es “bajate del pedestal y déjate ayudar”. No encontraba de qué manera yo podía hacerme chiquito. Me acuerdo que se acercaba Navidad y tenía que pagar los aguinaldos. Otra situación parecida a la anterior. Entonces junté a todos mis empleados y les fui totalmente sincero. Les expliqué la situación en la que estábamos todos. Les dije que si a mí me pagaban lo que me debían no habría problemas pero que con las cuentas así como estaban me iba a ser imposible cumplirles con los pagos en tiempo y forma. Sé que les tengo que pagar. Confíen en que voy a hacerlo. Pero no va a ser antes de Navidad. Y ahí sentí que ellos, a pesar de la situación, me entendían y creían. Ellos veían que me estaba desnudando frente a ellos. Me mostraba totalmente vulnerable. Cuestionándome un montón de cosas. Y tuve muy buena respuesta de ellos. Y terminada la charla, volví a mi oficina y cuando me senté en la computadora y abrí el banco para ver en qué situación real estaba me encontré con que las cuentas empezaban a pagarse y la plata empezaba a entrar. Toda. Sentí como que Dios me decía que como yo había cumplido con mi parte de sacrificarme frente a los demás y abrirles el corazón, Él me estaba devolviendo lo que yo necesitaba. Porque uno da sin pedir nada a cambio; pero cuando las cosas vuelven puede llegar a relacionarlas. Y ese mismo día, por la tarde, pude pagarle absolutamente a todos.

Y como esa tuve varias. Y sentí que después yo era llamado de varias formas. Fui Ministro de la Eucaristía. Me convocaron para algunos retiros. Nos llamaron, con mi mujer, para dar charlas para novios desde la parroquia. Yo lo único que pido es que me ayude a discernir si tiene que ver con su llamado. Porque de alguna manera, a estos llamados yo le digo que sí siempre. Porque intento transformarme en apóstol. A no callarme. A poner mi granito de arena. Trato de ver en qué maneras Dios se hace presente en mi vida cotidiana. Y siempre se hace presente en el prójimo. Vivo agradeciendo el día a día. Muchas veces me siento bastante tonto frente al resto. Pero después veo lo que tengo y lo que me ayuda, y sigo agradeciendo más aún.

Yo le hablo mucho a Jesús. Pero le hablo como si te estuviera hablando a vos. De igual a igual. Tenemos charlas asiduamente, que pueden ser muy largas. Y hablándole así me siento muy cómodo. Paso por una iglesia y antes no hubiera entrado. Hoy me siento a conversar con Él. Al menos 3 minutos. Y otras veces estoy en la cola del banco rezando el rosario y no me importa si la gente me está mirando. Y si justo vino mi turno y pude rezar solo 3, es mejor 3 Ave María que ninguno. Hoy estoy casado y tengo 4 hijos de entre 11 y 18 años y trato de transmitirles, en el día a día, que recen. Que Dios no está ahí marcándonos las cosas y retándonos, sino que está esperando ahí para abrazarnos. Afortunadamente mi mujer vive la espiritualidad de la misma manera.

Hoy siento y percibo que Dios está muy presente en mi vida. En mi familia. Y que en los últimos años me ha ayudado a ser una mejor persona. Y yo también me siento bien conmigo mismo.

Yo no tuve una conversión de un día para el otro. Sino que mi vida es un proceso de conversión constante. Trato de vincularme bien conmigo mismo. Y le pido a Dios, constantemente, que me ayude a ayudar.

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Y Jesús estaba a mi lado.

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 49 años …

Fui un bebito demasiado esperado, deseado y mimado. Primer nieto, primer sobrino. Mis padres tenían un hermano cada uno. Y ellos son mis padrinos. Creo que ese es el primer signo visible por el cual siempre dije que soy un niño mimado de Dios. Y si bien hubo algunos golpes de chico y de joven, como la muerte de mi padre. El momento donde me sentí más mimado y querido y protegido por Dios fue a los 40. Como yo cumplo en enero y nunca hay nadie, estoy acostumbrado a festejarlo en marzo. Y ese año, quería celebrarlo. Estaba todo listo y el 5 de marzo hacemos el festejo. 3 días después, mi mujer, embarazada de nuestro 5to hijo, me dice que se va al médico a la ecografía de rutina y quise acompañarla. En el momento en que le hacen la eco, no encuentran latidos. Lloraba la médica. Lloraba mi mujer. Mi cabeza recuerda que ese día por la mañana salimos los tres rumbo al médico y a las 10 de la noche estábamos volviendo los dos solos. Estábamos en la clínica y se produjo igual el parto. La médica me ofreció verlo y entraba en la palma de mi mano. También le ofreció a mi mujer si quería verlo. Nos dijo que era un varón. Lo bautizamos mi mujer y yo y se lo llevaron. Y ese fue el momento en el que siento mi primer sacudón en la vida y siento que no soy yo quien maneja las cosas. Y a pesar de ese golpe, algo que todavía hoy me da vueltas en la cabeza y que no logro entender el porqué, es que al volver a casa, yo sentí alivio. ¿Como no mal interpretarlo?. Recuerdo haberle dicho a mi mujer, en el momento de enterarnos del embarazo, que para algo venía un hijo. Pero yo estaba obsesionado con las cuentas. Y un quinto hijo no sería cosa fácil de llevar. Y no podía dejar de pensar cómo yo sentía alivio ante semejante panorama. Recuerdo haber empezado terapia, incluso ir a hablarlo con un sacerdote porque no entraba en mi forma de vida semejante pensamiento.

A los pocos días de haber vuelto a casa mi mujer se enferma de golpe. Le da una neumonía galopante que no le permitía levantarse de la cama. Y yo tuve que atenderla a ella, los chicos, la casa, los colegios, el trabajo. Y ahí sentí nuevamente que Dios estaba ayudándome. Porque si no fuera así, jamás podría haber hecho todo lo que tuve que hacer esos días. Solo no hubiera podido nunca. Y un día nuestro hijo de 8 años le dice a mi mujer; “mamá, si vos nos transmitís la fe que cuando nos morimos vamos a estar mejor, nuestro hermanito se mudó a otra casa y no entiendo por qué llorás.” Y eso le hizo hacer un click. Empezó con terapia y con médicos y pudo salir adelante. Y entendimos que teníamos 4 hijos más por los que seguir adelante y no podíamos caernos por la pérdida de uno. Y ahí fue como empecé a transitar lo que todos conocemos como la crisis de los 40. Pero acompañado.

Pasó el tiempo y a los 45 me agarra un cólico un domingo en casa por la tarde y me voy a la clínica, como no andaba el ecógrafo me hacen volver al día siguiente. En los estudios dicen que no había nada pero que tenía sangre en la orina a lo que yo digo que no. Y el médico dice que se ve en el microscopio y no a simple vista. Me indican un par de estudios más mientras mi mujer me esperaba afuera. Yo entraba y salía de un consultorio a otro. Hasta que en uno, la médica me muestra un resultado en el que se veía todo negro y un “algo” blanco que parecía una moneda. Le digo a la médica, eso ahí no tiene que estar y ella me contesta. No, pero sos joven, así que no te preocupes que va a estar todo bien pero hay que sacarlo ya. Salí con una paz increíble y mi mujer me pregunta qué me pasa, y yo solo pude contestarle que tenía algo en la vejiga que había que sacar cuanto antes. Quedate tranquila que va a estar todo bien, y me encontré a mí mismo consolándola a ella. Porque yo seguía en paz. Fuimos a ver a un ahijado mío que es médico porque la verdad que nos había tomado de sorpresa y no entendíamos mucho y nos hizo el contacto para que nos viera urgente un colega de él, quien hoy sigue siendo mi médico. Con los estudios en mano me dijo que eso era un tumor y que el 95% de los casos era maligno, y que no tuviera muchas esperanzas de entrar en el 5% restante porque no era mi caso con seguridad. Yo al médico no lo conocía y al hospital en el que me estaba atendiendo tampoco. Pero cuando entro a su consultorio veo una imagen de la Virgen de Schoenstatt, que era muy importante en casa, y al verla yo le digo a mi mujer “mirá quién está”, y el doctor pregunta quién más había venido con nosotros pensando que yo me refería a una persona. Y cuando le dije que me refería a la imagen me dice que el jefe de servicios trabajaba en Schoenstatt. En ese momento supe que de ahí no me movía nadie. Y sin conocer al médico decidí operarme ahí. Solo confié. Y me abandoné en Dios y en la Virgen. Me acuerdo que antes de la operación vino a verme mi hermano, 5 años menor, y justo cuando se iba del cuarto me mira y me dice “te quiero mucho”. Fue la primera vez que nos lo decíamos. Eso también vino a traerme la operación. Y me acuerdo que ante su pregunta de en qué podía ayudarme yo le pedí que cuidara mucho a mis hijos. Ocupate de ellos en este tiempo.

Y entré a la operación. Y encontraron un tumor grande y muchos chiquitos. Cuando salgo del quirófano, que fue una operación larga, me llevan al cuarto y me empiezan a despertar y abro los ojos; lo primero que veo es a mi viejo al lado de la cama, a mi suegra a los pies, y a Jesús, acostado conmigo en la cama. Jesús estaba al lado mío. Yo lo miré y Él se sonreía. No era una visión. Estaba ahí y lo podía sentir. Los tres me habían estado cuidando durante la intervención y habían venido hasta el cuarto a cerciorarse que yo me despertara. Muy difícil de explicar. Increíblemente maravilloso de vivir. A partir de ahí, lo veo a Jesús casi diariamente.

A los 20 días cuando vuelvo a buscar los resultados el médico me confirma que era un cáncer. Y que él me había dicho que no iba a entrar en aquel 5%. Que por cómo estaban dadas las cosas podía empezar ya con la quimioterapia. Decidimos hacerlo así. Y ahí también me sentí muy acompañado y protegido por Dios. Porque la quimio fue localizada, no me circuló por el cuerpo, no se me cayó el pelo. En todo lo malo que estaba pasando, la estaba sacando barata. Me hizo todas las sesiones juntas que se podían, pasó el período de descanso y volvieron las sesiones finales. La posibilidad que volviera a salir era en el primer año así que los controles iban a ser periódicos. Y así fueron pasando los años hasta este momento en el que estamos hablando, que sin darme cuenta, hoy se cumplen 4 años de aquella operación. Y como transité todo con mucha paz y mucha confianza mi mujer me regaló y tengo colgado en una cerámica en casa una oración que describe cómo fueron las cosas; “Nada te turbe” (https://www.youtube.com/watch?v=VNAxkzq5qDA).

Y este año, una vez pasado mi cumpleaños 49, cuando pensamos que la quimio podría haber destruido varias cosas en su camino, mi mujer me dice que estábamos nuevamente embarazados. Algo que creíamos que nunca más iba a suceder, pasó. El embarazo vino sólo para confirmarnos que la vida continúa. Todavía podemos dar vida. Y en ese instante me hizo revivir los miedos de aquel otro embarazo. Y cuando vi el test me hizo revivir la alegría enorme que había sentido en nuestro primer embarazo. Y me hizo entender el porqué de aquel sentimiento equívoco de alivio que había sentido hacía 9 años. Era un volver a empezar en todo sentido. Sentirnos cocreadores. Y exactamente el mismo día que aquel 8 de marzo, volvía a pasar lo mismo y volvíamos a perder este nuevo embarazo. Pero a pesar del nuevo golpe siento que este nuevo embarazo que no prosperó, sirvió para hacerme entender un montón de cosas que habían quedado inconclusas en su momento. Y toda esta euforia y amor que sentía por la llegada de un nuevo hijo, quedará guardada, desde otro lugar, para la llegada de los nietos. Y sirve, además, como inyección de vida para vivir el presente. Para disfrutar, aún más, a los cuatro hijos que ya tenemos. Para aprovechar el momento y ver esas señales que, a veces, pasan de largo.

Y a pesar de todas las cosas que fueron pasando, nunca me sentí abandonado. Muy por el contario, sentí que en cada momento de flaqueza, Dios me cargaba. Y la Virgen me cubría con su manto. Porque uno no elije lo que le pasa pero si elige cómo transitarlo.

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Yo volví a Dios para agradecer

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Me acerqué de vuelta a Dios sin darme cuenta. Vino un muy amigo mío que me pidió que le regalara un fin de semana y como ni me imaginaba para qué era, confié en él y le dije que sí, después de todo, nos conocemos desde que tenemos 5 años. No sabía a dónde me llevaba. Me puse en sus manos.

Resulta que terminé encontrándome a mí mismo en un retiro. Y una vez ahí, a medida que pasaban las horas, sólo pude comprobar que Dios estaba ahí. Que pasó por delante mío y pude verlo. Que pude verlo en el otro.

Ahora que ese retiro ya pasó y que lo puedo ver en retrospectiva, me doy cuenta que en realidad Dios siempre estuvo. Era que yo no sabía verlo. El retiro me sirvió para confirmar que Él está. Y también para darle forma a esa frase que todo el mundo repite muchas veces y es que el picaporte en nuestro corazón está del lado de adentro, somos nosotros los que tenemos que abrir esa puerta.

Yo llegué al retiro, a diferencia de la mayoría de la gente, siendo un tipo feliz. Estando bien conmigo mismo. Teniendo una buena familia. Sin problemas serios. No vengo de una vida complicada ni difícil que me llevara a recurrir a Dios para pedirle. No, muy por el contrario, me ví agradeciendo. Y pude comprobar que mi vida después de ese retiro fue infinitamente más feliz de lo que ya era. Me sensibilizó en un montón de cosas. Aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida que antes ni siquiera reparaba. Lo que sí es curioso es que los golpes me empezaron a venir después. Como la muerte temprana de un ser querido, por ejemplo. Y las cosas se pusieron un poco más difíciles. Pero de vuelta, Él apareció recordándome que estaba a mi lado. Apareció en el momento que tenía que aparecer y yo me aferré a él. Yo volví a Dios para agradecer, y no para pedir.

A partir de aquel retiro yo siempre me acerco para agradecerle. Laburo muchísimo pero como hago lo que me gusta se me hace muy corto el día. Se me pasa volando y con una adrenalina de la linda. Aprendí a poner en balance y a convivir con mi familia de una forma diferente. Aprendí a disfrutar momentos con mi familia distintos a los que tenía antes. Mucho más profundos y mucho más procesados. Y eso, creo, no podría haberlo hecho si no me hubiera reencontrado con Dios y conmigo mismo. Y encontrar este espacio para ir y rezar. Yo había dejado la oración de lado y reencontrarme con él fue volver a rezar.

Por ejemplo, a mí me pasaba de no llegar a entender una Adoración. No lograba enganchar. Y Monseñor Eguía me contó una historia tan simple como que una monjita decía “es muy fácil. Yo me paro delante de él. Lo miro y él me mira. Si quiero le hablo y si quiero lo escucho.” Y eso me hizo ver lo fácil que era y lo puse en práctica. Y hay miles de veces en las que yo también me paro a verlo y le hablo, le agradezco. Y otras en las que quiero escucharlo simplemente me quedo en silencio. Escucharlo es parar. Es mirar en mi interior. Es contemplar. Y también tengo la confesión. Dios es todo misericordioso y si yo estoy profundamente arrepentido me va a perdonar. Y para el futuro hay que creer en su providencia. A veces nos cuesta. Pero se puede. Todos tenemos todo para ser felices. Entonces, con todo esto sobre la mesa. Reencontrarme con Dios fue pura felicidad. Puro abrir mi corazón y sensibilizarme. Y una de las cosas que me pasa después de haber hecho aquel retiro es emocionarme cada vez que tomo la comunión. Son pocas las veces que voy a comulgar y no vuelvo con lágrimas en los ojos. Es un momento de reencuentro con Dios que a mí me marcó muy fuerte. No tengo una respuesta a esa reacción, pero es algo que me emociona profundamente. Y fue muy complicado intentar explicárselo a mis hijos. Es una emoción linda. Un llanto de alegría y de poder encontrarnos los dos en un momento único. No es algo que busco cada vez que voy a misa, sino algo que se da sistemáticamente por obra del Espíritu Santo. Y me encanta que me siga pasando. Afortunadamente es algo que no puedo controlar. Ojalá me siga pasando siempre. Con mis hijos y mi mujer compartimos la misa. Y ellos aceptan esto que me pasa pero no es que lo conversamos cotidianamente.

A mi YO de hace un par de años le diría que tonto que fuiste por no haber abierto antes el corazón. Cuántas cosas te perdiste por no haberlo hecho antes. Me reprocho el no haberme dado cuenta antes de todo esto.

Pero ahora trato de compartirlo con quien se me cruce. Y seguir participando me produce una alegría y un placer enorme, a pesar de la demanda que significa. Pero al final del día, cerrás los ojos y ves que Jesús pasó. Que todos pudimos verlo. Y a esto lo tomo como mi propio proceso de evangelización. Uno a veces se pregunta qué hacer para salir a Evangelizar y para ir a las periferias como dice el Papa Francisco. Y creo que el compartir todas estas cosas y entregárselas al prójimo es un claro ejemplo. Yo no soy el mismo, por ejemplo, con el retiro que sin el retiro. A mí me ayuda. Le agrega calidad al tiempo que después le dedico a mi familia. Siento que me hace mejor papá. Mejor marido. Mejor hijo. Mejor sobrino. Mejor amigo. Y cada vez que lo vuelvo a hacer lo vivo de una manera diferente y salgo distinto de cada uno. Podría tomarse como algo egoísta porque es algo para mí. Pero en definitiva es algo para poder compartir con los demás.

¿Dónde estás Señor?

Cuantas veces nos ha pasado de sentirnos solos, sin nadie con quien hablar que realmente quiera escucharnos o que pensemos que realmente pueda comprendernos. Vivimos momentos de soledad tan profunda o de dolor tan hondo que hasta experimentamos el abandono de Dios. Y pensamos … ¿Dónde está Dios… ? ¿Me escucha…. ? ¿Por qué no me habla…. ?

Esa experiencia por la que también pasó el mismo Jesús , cuando exclamaba en la cruz ” Dios mío, Dios mío,  porque me has abandonado ? ” Mt. 27,56

Y en esos momentos de tanto desconcierto no atinamos a ver que Jesús está presente en nuestra vida de muchas maneras : y una de ellas es en el Sagrario, esa casita que es nuestro Belén perenne, porque ” Belen ” significa : “casa de pan “.

Allí dentro Jesús está presente con su Cuerpo y Sangre ; en la Eucaristía.

Y se ha quedado allí para permanecer a nuestro lado, cunado nos sentimos solos…..

Para sostenernos cuando nos fallan las fuerzas para seguir andando…

Para guiarnos cuando todo es oscuro y no vemos por donde continúa nuestro camino…

Para que nos acerquemos con nuestros pesares y poder consolarnos….

Para que  pongamos frente a Él  nuestro agobio, y cansancio,  y poder fortalecernos y aliviar el peso que llevamos ..

Para confiarle nuestros pecados y errores y  sentir que a pesar de todo  Él nos sigue amando y se alegra de que vayamos a refugiarnos en Sus Brazos, porque sabe que nadie nos amará tanto como Él !

Para compartir con nosotros nuestros logros y alegrías, y escuchar nuestro ” Gracias ” emocionado !

Su Amor nos alimenta, nos fortalece, nos da esperanza, nos ayuda a levantarnos y seguir caminando. Por eso busquemos compartir todo con Él : corazón, pensamientos, afanes, trabajo, penas, alegrías , esperanzas, logros,  ilusiones, amores.. Depositemos a sus pies todas nuestras preocupaciones y afanes y marchémonos tranquilos sabiendo que quedan en Sus Manos….

Que el Sagrario sea ese espacio de encuentro, ese lugar de sosiego donde se ama de veras a Jesús con confianza, con admiración, con respeto, con amor y donde Jesús, en elocuente silencio, escucha. Y donde también podemos escucharlo…

Como esa viejita a la cual se la veía todos los días en profunda oración , sentada varias hora en el banco del templo parroquial. Algunas veces leía un libro muy desgastado, casi siempre miraba al Cristo. Un nieto en broma le decía : ” Abuelita : el Señor ya se sabe de memoria todas tus largas oraciones “. Ella sólo contestaba con una sonrisa. Y un día con curiosidad le preguntó : ” Abuelita : ¿Dónde sacas tantas cosas que le dices al Señor ?” Ella lo miró y le respondió : ” Yo tengo muy pocas cosas para decirle al Señor . Es Él quien siempre me dice un montón de cosas hermosas ” Y siguió orando.

Recordemos cada vez que nos sentimos solos , que Él no nos ha dejado, nunca nos deja. Somos nosotros los que a veces vivimos alejados de su Presencia….

“Estás ahí cada madrugada dándome fuerzas 
para comenzar un nuevo día.
Estás ahi cada mañana para guiarme en cada paso 
que tendré que dar.
Estás ahi cada mediodia para sostenerme 
cuando me estoy por caer.
Estás ahi cada tarde para perdonar el no estar ahí.
 Estás ahi cada noche para que Te lo entregue todo, 
porque todo lo has custodiado Vos. 
¡¡Estás siempre porque me amas!!”