Mi Decenario

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo.

Hoy me toca ser YO. Un padre de 40 años que vive la vida como cualquiera.

Y hoy quiero contarles la historia de MI decenario.

Este decenario que ven en la foto iba en mi bolsillo derecho del pantalón desde el 13 de agosto de 2013. Sin importar que tipo de pantalón llevara o a qué evento fuera. Siempre estaba conmigo. Y así me acompañó en cada momento en el que metía la mano y me sostenía para no caer. Cada vez que metía la mano me llevaba hasta ese momento en el que me lo habían dado y recordaba lo que me decía la persona que me lo dio.

Por esas vueltas que tiene la vida, la historia no siguió tan color de rosa en los años siguientes, y por eso tenerlo en el bolsillo me retrotraía a esas épocas felices. Y conforme pasaba el tiempo, más fuerzas me daba. Y me ayudaba a pensar que por algún motivo, las cosas no se solucionaban.

Y por qué les cuento esta historia? Porque la semana pasada ese decenario se me perdió.

Estaba en un campamento con mi hijo mayor y al darme cuenta que no lo tenía empecé a buscarlo desesperadamente. El espacio para buscarlo era demasiado grande pero pensé que podría encontrarlo. Volví a armar la carpa. Volví a desenrollar la bolsa de dormir. Volví a vaciar el bolso. Y sin embargo no estaba. Volví a recorrer la mayoría de los lugares en los que había estado ese fin de semana y nada. Pensé que habría una posibilidad que se hubiera caído en casa o en el auto y me fui angustiado, creyendo que iba a aparecer. Pero no.

Dejé pasar la semana y cada vez que metía la mano en el bolsillo sentía que me faltaba algo. Algo muy importante. Llegué a pensar que, tal vez, María, me decía que era momento de soltar todos los recuerdos que este decenario traía y buscarme otro. Tengo otros, sí, pero por algún motivo no lo había reemplazado aún. Por el mismo motivo que este fin de semana, después de 7 días, decidí mandar un mensaje en el grupo de padres que habíamos estado en ese campamento.

El mensaje decía: “Les pido un favor. Se me perdió en el campamento. Es muy importante. Si alguien lo encuentra o lo “pisa” por ahí … sé que hoy o el año que viene va a aparecer … Gracias”.

Y lo mandé. La verdad que esperaba recibir todo tipo de comentarios y posibles chistes. Lo que nunca me imaginé fue, en cambio, a los 3 minutos, recibir una foto por privado que decía “volverá a tu bolsillo que es donde debe estar”.

Lo había encontrado, la madre de otro de los chicos, semienterrado y lo levantó porque le dio “cosa” que estuviera ahí tirado. Nunca lo asoció con el campamento ni mucho menos que podría ser de un conocido. Imagínense su sorpresa cuando leyó el comentario y la mía cuando me dijo que lo tenía.

Hoy está nuevamente conmigo.

Hoy me dice que no importa cuáles son las tormentas que tenemos que atravesar, que con fe, y rezando, algún día, pueden pasar.

Hoy sigo confiando que a pesar de todo se podrán solucionar las cosas y volver a escribir la historia.

Eucaristía endovenosa

(fuente de la imagen)

Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 46 años …

Tuve la suerte de nacer en un hogar muy lindo donde mamá y papá se llevaban muy bien. Con una infancia tierna y feliz. Donde papá era abogado y mamá era escribana. Me mandaron a hacer la primaria en un colegio Salesiano del interior. Y Gracias a esa instrucción religiosa pude relacionarme con el “momento” que les voy a contar después. Hice toda mi carrera y me recibí de lo que me recibí por seguirle los pasos al hermano menor de mi papá. Un tío al que quiero mucho y fue de una gran ayuda para mí durante mi adolescencia, para no desbarrancarme. Mis padres eran muy creyentes pero mi madre ya rozaba el perfil de lo que uno llamaría “chupa cirios”. Eso hizo que mi adolescencia, por mi personalidad, fuera bastante virulenta. Y yo atacaba a mi madre en las partes más sensibles que ella tenía y veía que la Iglesia era una de ellas. Entonces podía llegar a hacerle un comentario como por ejemplo, en el silencio de un almuerzo familiar preguntar en voz alta “porqué la Iglesia está llena de boludos”. Mi padre, a quien yo admiraba intelectualmente me decía, qué podés esperar de un lugar que no hace falta que te inviten, y una vez que estás adentro nadie te puede echar. Y me sentía orgulloso de ver a mi madre bajar la cabeza, con cara de dolor, para pasar el momento. Y hoy, más de 30 años después, pienso que lo que ella debería haber estado haciendo en esos momentos era rezar. Ya que esas oraciones fueron las que a mí me ayudaron a sobrevivir a lo que yo llamo la caída de mis Torres de Ego.

Mi primera experiencia profesional fue ganar un proceso de selección entre más de 3000 postulantes, para poder venir a trabajar a una empresa en Capital. Y al año de estar trabajando ahí me contacta una multinacional y también entro a través de un proceso selectivo multitudinario que lo único que hacía era ir agrandando en mí esa idea, que hoy veo equivocada, de que todo lo conseguía porque yo era brillante y el mejor en lo mío. A los 4 años de estar ahí, logro mi primer objetivo profesional que era convertirme en un ejecutivo de primera línea y una vez en ese puesto mi empresa compra otra similar que había en el país y al terminarse la competencia local, me envían a otro país para abrir una subsidiaria.

A los 3 años de eso la compañía me invita a radicarme en Oriente. Pero la realidad es que como yo quería convertirme en empresario, no quería irme sino avanzar solo. Sumado a eso, el hecho de irme lejos no me tentaba. Mi papá había muerto mientras yo estaba en otro país y como él era mi mejor amigo y yo no estaba presente, eso me afectó muchísimo el no poder acompañar el proceso. Mis hijos conocían el himno de aquel país y no conocían el nuestro. Muchas cosas. Entonces dije que no y me fui a empezar la vida de los negocios propios. Pero sin un plan preconcebido. Donde comienzo un período de prueba y error y termino enfrentando más fracasos que éxitos. Donde un negocio me sale mal y el siguiente me sale peor. Y por algo que ocurrió paso a estar en bancarrota y sin ninguna actividad que me generase ingresos para vivir. Y esa situación límite me provocó una angustia tremenda, muy, muy fea, y que no estaba en condiciones humanas de resistir sin apelar a medidas extremas muy feas y la primera que se me ocurrió fue quitarme la vida. En cuanto empecé a tramar la forma de hacerlo, rápidamente me vinieron a la mente todas las ideas de la cultura católica en la que uno fue criado. Porque uno puede estar enfermo de soberbia, como era mi caso, una soberbia interior que me dificultaba la relación con Dios porque pensaba que lo bueno me pasaba era porque yo era bueno y que cuando iba a misa Dios tenía que ponerse contento porque le subía el promedio de la gente que asistía. Y esta experiencia de quebrar y tener que morder el polvo, me provoca esta angustia que cuando empiezo a tramar el plan de cómo matarme me acuerdo de estas ideas en las que si fuese cierto lo que la Iglesia Católica enseña sobre que Dios mandó a Jesús, su hijo, a la tierra por amor y así nos abrió las puertas del cielo; en realidad nosotros no somos dueños de nuestras vidas sino simplemente administradores y por lo tanto no tenemos la potestad de decidir cuándo termina. Y en el caso de hacerlo, es una decisión tan grave que implica no poder disfrutar del placer de la vida eterna. Que para el caso, tampoco creía demasiado en ella. Pero se me manifestó la posibilidad de pensar “y si fuese verdad, huevón, vos te matás y quedás inhabilitado”. Y ahí me puse a pensar qué juego tan macabro este el de la vida, quién lo habrá inventado así. Y me vino el nombre de Dios a mi mente. Entonces busqué la iglesia más cercana a donde yo estaba en ese momento. Caminé un par de cuadras y entré. Estaba enajenado. Fui derecho al Santísimo. Pasó muchísimo tiempo. No sé muy bien cuánto habré estado ahí ni qué fue lo que hice. Sí recuerdo haberme parado frente al Santísimo y con total franqueza decirle “vengo a buscar al dueño de este juego de mierda y ya que sos vos, en el hipotético caso que sea verdad que existís, yo me quiero matar. Pero como si me mato y es verdad que existís, me pierdo el pase a la vida eterna, que de existir, sería el mayor tesoro, te pido que te hagas cargo de mi vida porque yo no quiero vivir más.” No sé si pasaron 3, 4 o 5 horas ahí adentro. Vuelvo a tomar conciencia cuando ya la Iglesia estaba vacía y yo estaba desparramado en el piso boca abajo. Habiendo estado ahí tirado, llorando, sólo me llama la atención que no se me hubiera acercado nadie. Aunque es mejor que así haya sido. Pero es raro, porque había gente cuando yo llegué.

Evidentemente no me quité la vida, ni me morí. Con lo cual yo interpreto que fue la manifestación de la misericordia porque realmente el Señor se hizo cargo de mi vida. Ahí empieza el proceso, durísimo, de mucha incomodidad y mucha insatisfacción, sobre todo para una persona que estaba enferma de soberbia. Pasar por 3 o 4 situaciones de tener que caer hasta morder el polvo no es fácil. Recuerdo la primer noche en la que le confieso a mi mujer lo que había pasado y le digo, llorando desconsoladamente, que no tenía plata ni para ir a comprar la comida. En otro momento, cuando tuve que ir a la obra social para darme de baja por no tener más plata para pagar. Y uno que otro episodio más de esa índole.

Y el proceso tuvo distintos hitos que voy rescatando. El primero de ellos fue a los 4 o 5 meses. Yo nunca dejé de ir a misa los domingos. Y en la parroquia a la cual asistía después de volver a Buenos Aires en el 2011 el párroco, que poco nos conocía, me dice que nos acercáramos con mi mujer al finalizar la misa que quería hablar con nosotros. Y nos ofrece, nada más y nada menos, que ser Ministros de la Comunión. Mi primera reacción fue decirle que era un inconsciente, cómo podía nombrar a alguien a quien poco conocía, que podía ser un delincuente, para semejante misión. Pero aceptamos. Y mi mujer feliz de la vida porque si yo no me hubiera acercado así a Dios, hubiera sido un obstáculo para ella en su vida cristiana. De todas formas, yo no podía abrirme completamente a la Gracia que Dios estaba queriendo derramar sobre mí para sanar mis heridas, de las cuales todavía ni siquiera era del todo consciente. Y unos 8 o 9 meses después de esto, el día de mi cumpleaños, salgo al balcón de mi casa y me encuentro hablando con Dios diciéndole “Señor, yo nunca te pedí un regalo de cumpleaños y con lo necesitado que estoy que bien me vendría que me hagas uno porque vos sabés bien lo que me está doliendo todo esto. Entonces, te pido, por qué no me hacés un buen regalo, un lindo regalo. Yo te voy a facilitar las cosas y voy a ir a misa.” (para mí, ir a misa entre semana era algo de locos, por eso era un gran sacrificio de mi parte). Me fui a la misa y me encontré con que el cura que estaba celebrando era nuevo en la parroquia pero sabía que era mi cumpleaños porque alguien se lo habrá dicho entonces como sabía que yo era Ministro me invita a comulgar bajo las dos especies. Y me saluda frente a los pocos fieles que estaban en la misa semanal. Y cuando termina la misa, me estoy retirando por la puerta del costado y me tocan la espalda, me doy vuelta y el cura que había celebrado me dice, “hoy es tu cumpleaños, te quiero hacer un regalo, te invito a un retiro.” En esas milésimas de segundo que uno no sabe para dónde escaparse, mientras que mi mente pensaba, por un lado, cómo decirle que no educadamente, y por el otro lado miraba el cielo diciéndole si era un chiste que el regalo que me iba a mandar era ese; se me vino una frase de mi padre que siempre nos enseñaba que a caballo regalado no se le miran los dientes. En lugar de decirle que NO de una, me salió preguntarle con una voz aflautada, “un retiro?”. Y él me explica, luego de saber que yo cumplía 43 años, que era un retiro para gente que estaba en la mitad de la vida, que él creía que me iba a gustar mucho y me iba a hacer mucho bien. Entonces encontré la excusa ideal para esquivar la bocha que fue confesarle que estaba pasando por una crisis de generación de ingresos terrible y la verdad que no tenía ni 5 de ganas de hacer ningún retiro de nada porque no podía pagarlo. Y me cierra la boca diciéndome que me olvidara que eso no era un problema, que él me invitaba. Y bueh, ahí ya no tuve mucha opción ni escapatoria y ahí nomás ya me pidió mi mail a donde me mandó la ficha para que me inscribiese y ese fue el regalo que me mandaba Dios para mi cumpleaños. Que se convierte en un hito porque cuando hago ese retiro, lo que más me impactó fue el estilo de quienes lo daban. Porque en ese fin de semana me di cuenta que no entraban en el típico perfil de la gente que pertenecía, para mí, a la iglesia. Eran pares míos. Yo ya no era el mejor de todos. Y ahí vi que si ellos eran Iglesia, yo no tenía más un problema en pertenecer a la misma. Y me abrió los ojos de una manera impresionante. Ahí sentí que las paredes que yo mismo había levantado para contra la iglesia misma se derrumbaban y sentí que la Gracia me inundaba por completo. Empecé a ir a misa entre semana. Fui un día y me gustó. Fui al día siguiente y me encantó. Incluso llegué a ir a 2 misas diarias porque la autonomía de paz me duraba sólo 3 o 4 horas. Ahí es donde yo me invento el concepto de la eucaristía endovenosa. Porque sentía que venir a comulgar me daba paz. Y era una paz que recorría todo mi cuerpo.

Gracias a Dios, ese proceso, hoy, ya terminó. Desde hace casi 2 años que intento ir a misa diariamente. Me encanta ir a misa. Algo que consideraba de locos y casi paranoico que era ir a misa entre semana, es algo que a mi hoy me fascina. Veo y entiendo que la intervención de Dios fue muy clara en aquel momento, permitiéndome caer desde las Torres del Ego para poder vaciarme, abandonarme y confiar en la Providencia.

“Hola, te estábamos esperando”

(Fuente de la foto)

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Una de las experiencias donde sentí que Dios estaba presente fue a raíz de una separación que yo tuve con mi mujer. Ella pedía un tiempo y nos distanciamos. Estando yo en el departamento me veía con 1 colchón. 1 banquito. 1 mesita. 1 lámpara. 1 tostador. Mucho individualismo. Mi madrina, a quien quiero mucho me muestra una nota que había salido en el diario La Nación que hablaba de un Monasterio que estaba en Los Toldos a donde la gente podía ir a hacer un retiro. Y me dice que tal vez era una oportunidad para mí. Ella creía que esto me iba a hacer bien para reencontrarme un poco conmigo mismo. Estaba pasando unos días muy complicados. Bastante mal. Esto fue unos cuantos años atrás con lo cual la tecnología no es lo que conocemos hoy. Había que llamar por teléfono y esperar una respuesta. Y no habían celulares, sino que era un aparato fijo que estaba en un lugar específico y había que tener la suerte de llamar justo en el momento en el que alguno de los monjes estaba en ese lugar y dependía mucho del clima y de la antena.

Siento curiosidad por esto. Quería ver qué era. Habíamos estado ocho años de novios. Un año y medio de casados. Y de pronto ahora estaba separado hacía como 6 meses y como que no me veía muy bien. Estaba constantemente atrás de respuestas. Logro contactarme con el Monasterio y como venía Semana Santa quería aprovechar ese fin de semana para ir. Pero justo hay una tormenta y un rayo deja sin teléfono al Monasterio así que me quedé sin la confirmación de si tenía o no lugar.

Era tal la tristeza, angustia y soledad que sentía en esos días que el jueves a la mañana, decidí agarrar el auto e ir de todas formas. A lo sumo, lo peor que podía pasar era que me dijeran que no había lugar, con lo cual pegaba la vuelta y listo. Agarré el mapa de las rutas, me fijé dónde quedaba y emprendí la marcha. Aclaremos que el gps no era algo usual en aquella época tampoco. 6.30 am ya estaba en viaje. En silencio. Tranquilo. Después de recorrer los 310 km que separan a la ciudad de Buenos Aires de la de Los Toldos, llego al Monasterio Benedictino Santa María de los Toldos. Entro y me quedo en el jardín tratando de ver si había algún tipo de movimiento ya que no me animaba a entrar directamente a la Capilla de movida. Quería encontrar alguna puerta amigable que me invitará a entrar. Golpeo y no contesta nadie. Al rato aparece un monje y me pregunta si necesitaba algo o qué estaba haciendo ahí. Me presento, le digo quién soy y que había llamado para poder estar en Semana Santa con ellos pero debido a la tormenta y el corte de las comunicaciones me había quedado sin la confirmación y había decidido acercarme igual a ver qué pasaba. Y tal era mi desesperación que en ese mismo instante le dije, que estaba separado y pasándola muy mal con lo cual necesitaba estar ahí. Y de una forma muy tranquila Daniel (ese era su nombre, Daniel Menapache, el hospedero de esos días), me mira a los ojos y llamándome por mi nombre me dice “te estábamos esperando”. Ante semejante declaración se me aflojó todo. Jamás me hubiera esperado una respuesta de esa índole. Llamarme por mi nombre e invitarme a pasar era muchísimo más de lo que me podía haber imaginado.

Me acompaña hasta el lugar a donde yo iba a dormir, y en esa época, tuve la gracia de poder convivir con ellos, en el claustro de los monjes. Cruzármelos por los pasillos. Comer con ellos. Vivir con ellos. Si bien la hospedería queda en otro lugar compartías con ellos una infinidad de cosas. Incluso, el lugar donde se cambian y se ponen esos hábitos marrones con los que estamos acostumbrados a verlos para entrar a la Capilla. Así arranqué mi Jueves Santo en la celda que me asignaron que era la de San Marcos. Cama, escritorio, Biblia y nada más. Pude conocer en persona a Mamerto Menapache de quien ya había leído varias historias. Y pude confesarme con los monjes a través de una charla muy sincera. Incluso hablando con uno de ellos en un momento me dice “por más que vos sigas rezando y pidiendo, si tu mujer no quiere volver con vos, no va a hacerlo”. Y eso no me lo estaba diciendo un amigo y que yo ya lo sabía. Me lo estaba diciendo un monje. Aquel a quien yo había ido a pedirle la solución mágica a mi problema. Un pensamiento más profundo con la solución a la situación por la que estaba pasando para recuperar a mi mujer. Y encima, como en toda Pascua, ellos tienen la Ceremonia del Lavado de los Pies. Y me invitaron si quería ser uno de los que les lavaran los pies y no fue sino el Abad quien vino a hacerlo. Eso me impresionó muchísimo. Y me permitió tocar fondo y empezar a disfrutar de las miradas. Las sonrisas. Los actos. Esa fue la primera vez que yo hice un Vía Crucis completo. Empecé a sentir regalos.

Uno de ellos fue de un hermano consagrado que estaba estudiando ahí, se me acerca y me pregunta si lo podía ayudar a limpiar el Cristo. Cuando lo bajaban en esa fecha se aprovechaba, como es de madera, para pasarle cera. Y la verdad que uno no está acostumbrado a tocar esas imágenes. Son enormes. Imponentes. Y recuerdo estar pasándole la cera y sentir como si estuviera tocándolo a Jesús. Sintiendo su cuerpo. Sus brazos. La forma de sus músculos. Y yo estaba limpiando uno de los brazos. El hermano limpiaba el otro. Y el Abad estaba parado en los pies. Mientras que charlábamos. Y le conté toda mi historia. Y ellos quedaron muy conmovidos porque si hay algo que ellos tienen es un poder de escucha increíble. Y un sinfín de historias dolorosas de gente que va allá. Y en ese momento sentí que se producía una unión impresionante porque encima estaba Jesús en medio de nuestra charla literalmente. Y ya sentía que el estar ahí no estaba pasando de casualidad. Pude disfrutar muchísimo de una Misa de Resurrección diferente y ver como el silencio que había reinado en esos días se transformaba en una fiesta donde venía a compartir con ellos la gente del lugar. A celebrar.

Me acuerdo muchísimo de todas las actividades en las que participé. Y una de las cosas que más me quedó grabadas fue otra acción de uno de los hermanos. Ellos tienen como algo muy importante las siestas. Porque es su momento para descansar. Se levantan muy temprano. Y sin embargo, uno de ellos me dijo que como él veía que yo necesitaba hablar, que fuera con él a su claustro y ahí íbamos a poder charlar tranquilos. Él estaba ofreciéndome a mí su momento de descanso. Y cuando terminamos de charlar mira para todos lados y me dice: “no tengo nada para darte para que te lleves, pero si puedo darte este cuadrito.” Y me dio una imagen de San Benito que él tenía. Y yo pensaba, que no sólo ellos dejan todo para entrar ahí, sino que de lo poco que tenía estaba buscando algo para darme a mí. Era el que menos tenía el que más daba. Él no tenía por qué hacerlo, simplemente quería demostrarme que estaba dispuesto a acompañarme a llevar mi cruz.

Termina la misa y después del mediodía me vuelvo para Buenos Aires. Y yo volvía pensando que si realmente las cosas se podían llegar a solucionar tenían muchísimo que ver con todo lo que yo había vivido en ese fin de semana. Muy especial. Había logrado ver desde otro lugar todo lo que yo estaba viviendo.

Voy directo a la casa de mis padres, porque como era Pascua íbamos a juntarnos a comer en familia. Y además estaban todos muy expectantes a cómo me había ido ya que estaban todos movilizados por todo lo que a mí me estaba pasando. Y cuando estábamos comiendo suena el teléfono, y antes que atiendan yo les dijo, “esa es ella”. Mi ex sabía que yo iba a ir al Monasterio. Y efectivamente era ella que sólo quería saber, al igual que el resto, cómo me había ido. Era el primer gesto que ella tenía para conmigo. Hablamos un ratito y combinamos para encontrarnos. A partir de ahí empezó todo un proceso de recuperación, de unos 6 o 7 meses, que unos días atrás era casi inviable. Y de hecho, hoy, mi ex es mi mujer con la que tuvimos 3 hijos y estamos juntos.

Y como forma de agradecer todo esto, la invité a mi “novia” a que me acompañara a ver dónde yo había encontrado esas respuestas que buscaba y así fue como llegó Pentecostés y fuimos a visitar el Monasterio. Y los hermanos que ahí estaban, al verme venir y que se las presento, no podían creerlo. Había un gran avance. De la nada misma donde el matrimonio estaba perdido. En la resurrección de la Pascua, nacía un resurgir de nuestro matrimonio y se nos presentaba una nueva oportunidad que dura, incluso, hoy en día.

Este fue el primer momento donde yo encuentro que Dios estuvo muy presente en mi vida. Sigo yendo a Los Toldos cada tanto. Saben quién soy. Saben que está mi mujer. Saben de mis hijos. Se alegraron y lloraron con nosotros.

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Las mayorías [cristianas de Europa] que aún existen parecen cansadas y faltas de atractivo

Hace poco, chusmeando acerca de los libros que escribió el papá emérito Benedicto XVI, encontré una obra suya coescrita con el filósofo y político italiano Marcello Pera, que se llama Sin Raíces: Europa, Relativismo, Cristianismo e Islam. Intrigado por el título, lo busqué y lo leí.

Parece ser que en la época en que se quiso aprobar la Constitución Europa, hubo un debate bastante fuerte respecto a si incluir o no en el preámbulo la importancia de la religión cristiana y las raíces culturales griegas y romanas de Europa. Marcello Pera dio una conferencia respecto a ese tema, y encontró muchas similitudes con el pensamiento del entonces papá Benedicto XVI. Este libro incluye la conferencia de Pera, otra conferencia de Benedicto respecto al mismo tema, una carta del primero al segundo y la carta de respuesta.

La parte de Pera expone, más que nada, sobre el relativismo que caracteriza a Europa en esta época, y cómo él ve en ello un síntoma de que Europa “ha dejado de amarse a sí misma“. El relativismo le parece una excusa para no defender aquellos aspectos de nuestra cultura en común que sí valoran.

En cambio, la parte de Benedicto habla de la profunda crisis que vive la fe hoy en Europa, y por consiguiente, en gran parte del mundo occidental. Dice, textualmente, ” Está claro que su modelo de vida no convence. Parece como si limitara al hombre en todo, le echara a perder el gozo de vivir,  le coartara su preciosa libertad y lo condujera no al ensanchamiento, como dicen los Salmos, sino a la angustia y a la estrechura.” Todos aquellos que intentamos vivir una vida cristiana en el presente nos resuena esta cita.¿Cuántas veces habremos oído burlas, incredulidad o simplemente incomprensión cuando uno explica que va a un retiro espiritual? O cuando decide no participar de todos los placeres que ofrece esta sociedad, por motivos morales y religiosos. ¿Nunca sintieron que los miraban con lástima, como si se perdieran lo mejor de la vida?

Estos reclamos y críticas ya se las hacían a los primeros cristianos en el imperio romano, acusándolos de tener una religión triste y de renuncia, frente a las fiestas y francachelas del paganismo. Dice Benedicto: “Hoy en día es sumamente urgente mostrar un modelo de vida cristiano que ofrezca una alternativa válida a las diversiones cada vez más vácuas de la sociedad del tiempo libre, que cada vez recurre más a la droga,pues está harta de los mezquinos placeres habituales. [...] El modelo de vida cristiano debe manifestarse como una  vida en toda su “amplitud” y libertad, que no experimente el  vínculo del amor como una dependencia y una limitación sino como una apertura a la grandeza de la vida También aquí vuelvo a la idea de las minorías creativas que arriesgan por este modelo de vida, lo presentan de manera convincente e infunden así el valor suficiente para vivirlo.”

Benedicto aboga por lo que él llama minorías creativas, una pequeña parte de los fieles que, convencidos de haber encontrado en Cristo aquello que da valor a toda su vida, y que los elevan hacia lo alto, viven de manera convincente su fe cristiana,y despiertan a la razón, mostrando la racionalidad de la fe.

Son minorías, porque aunque nominalmente los cristianos sigan siendo mayoría en el mundo occidental, estas mayorías “parecen cansadas y carecen de atractivo”. Las estadístisticas muestran que, cuanto más se adaptan las iglesias a los patrones de secularización, tanto más seguidores pierden, y por el otro, que se vuelven más atractivas cuando ofrecen un punto de vista sólido y una orientación igualmente clara.”

Estas minorías no son un equipo de expertos, ni ninguna comisión ni reunión, porque estas cosas no pueden crear una ética mundial. Las cosas vivas sólo pueden surgir de otra cosa viva. Estas minorías nacen en el seno del amplio árbol de la Iglesia, y protegidas por la vida de la fe.

El libro, como verán, es muy interesante y tiene más cosas para hablar. Los espero en la próxima.

 

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