Siempre hubo una mujer que me volvió a Dios.

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 57 años…

Desde chico, siempre fui a escuela del estado y mis padres eran católicos pero no practicantes. Puedo decir, además, que en casa éramos más “hinchas” de María que de Jesús. Siempre recuerdo que cuando comprábamos un auto, lo primero que hacíamos era subirnos para ir a Luján y recibir la bendición de la Virgen.

Nunca me impusieron la religión y como en la escuela no había catecismo, yo prefería usar ese tiempo para irme a jugar a la pelota con amigos. Toda esta historia me llevó a tomar la Primera Comunión recién a los 22 años, de la mano de la que por entonces era mi novia. Ella me empezó a llevar a Misa en la iglesia Nuestra Señora de Lourdes de Flores. Allí conocí a un sacerdote maravilloso, el padre Jorge Herrera Gallo, que comenzó a despertar mi amor hacia un Dios totalmente distinto del que yo imaginaba. De una manera bien desacartonada, ese gran cura me presentó al Jesús que me acompaña desde aquellos tiempos, el del amor infinito y la alegría de poder contarlo siempre con uno.

Así fue como empecé a ir con más frecuencia a Misa y el padre Jorge me  preparó para tener mi primer encuentro fuerte con Jesús. Entonces me regaló la posibilidad de hacer mi Primera Comunión en la Misa de Navidad de 1982. Estoy convencido de que fue Dios el que eligió esa fecha y me hizo compartir “su fiesta de cumpleaños”, algo que nunca olvidaré.

Mi fe renació en una Navidad, en Nuestra Señora de Lourdes y con el protagonismo de María en esa fecha fundamental.

Al poco tiempo, con todo el entusiasmo del mundo, ya estaba metido en retiros y hasta pasé a formar parte de las organizaciones de los mismos en el Movimiento de Jornadas.

De no tener nada que ver con la Iglesia, de pronto, me encontraba haciendo de todo un poco y, encima, como instrumento de Dios para llegar a mucha más gente. Todo era una fiesta.

Años más tarde conozco a quien es la mujer de mi vida, la que me regaló tres hijas divinas, la que camina a mi lado desde hace veinticinco años.

Cuando nos casamos, nos iba bien en todos los sentidos y, como pasa muchas veces, estuvimos un tiempo algo alejados de Dios. Sabíamos que Él estaba siempre a nuestro lado pero pensábamos que no lo necesitábamos.

Es bastante común que cuando las cosas van bien en la vida y en lo material, a pesar de que no debiera ser así, uno se aleja de la Iglesia. Y cuando la situación se revierte y las papas queman, vuelve por necesidad.

Por suerte, no tuvimos que esperar ese momento de papas quemadas para sentir la necesidad de volver. Ese momento llegó con el nacimiento de nuestras hijas. Allí, la decisión casi exclusiva de mi mujer fue fundamental para la elección del colegio al que iban a ir, priorizando una educación con valores cristianos, por sobre todas las cosas. Comenzamos a regresar.

Otra vez, unas manos femeninas, (ahora un “cuarteto de mujeres”) organizaba mi regreso al amor de Jesús.

Suele decirse que uno de los caminos más seguros para llegar a Dios es a través de María.

A lo largo de mi vida, siempre hubo una mujer alentando mis reencuentros. Y a todas las asocio con la figura de esa María que siempre te da una mano para llegar a su hijo.

Cuando se acercaba la Comunión de las chicas, me daba cuenta de que tenía que acompañarlas en su formación. Al principio lo hacés casi por obligación y enseguida entendés que está muy bueno. Que también a uno le sirve. Y cómo!

Sin embargo, para ser fiel a mis “malas costumbres”, al tiempo me volví a alejar, en coincidencia con la muerte de mi padre, en 2001. Ahí me enojé, no entendí nada y estuve bastante mal por mucho tiempo.

La muerte de mi viejo coincidió con un bajón laboral y graves problemas económicos. Tuve que buscar una nueva forma de subsistir y comencé a manejar un transporte escolar. Este trabajo me daba el ingreso que necesitábamos en casa pero no me hacía muy feliz porque no era lo que había buscado toda mi vida. Por suerte, me permitía seguir con algunos clientes de mi otra actividad pero todo fue decreciendo por falta de tiempo. No le podía decir a un cliente, “esperame que hago el pool del mediodía y vuelvo”. Todo eso me llevó a caer en una fuerte depresión, enfermedad que ven todos los que te rodean menos vos.

Pasé bastante tiempo en esa situación hasta que un cuñado me invitó a un retiro de Entretiempo en el que participaba como uno de los organizadores. La historia se completa porque al año siguiente me convocaron a la apertura de una nueva zona para ese tipo de encuentros con Jesús y allí cambió mi vida, sin lugar a dudas.

Pasados los cuarenta, comencé a conocer amigos que nunca hubiera imaginado ni en los sueños más optimistas.

Hasta ese momento estaba convencido de que las amistades de fierro eran aquellas forjadas en la infancia, el colegio y la facultad. Después de determinada edad es como que el ser humano ya no busca más amigos, se conforma con los que tiene y ya ni le interesa sumar nuevos.

Con la presencia de Dios, uno conoce tipos que son verdaderos hermanos. Y eso te ayuda a salir adelante de cualquier cosa que te pase.

Con estos nuevos amigos compartí el dolor de perder a mamá y sentir todo el amor de Dios en esa Comunidad que me dio su incondicional apoyo y me ayudó a seguir adelante.

Si vuelvo unos años atrás hasta la muerte de mi viejo, la diferencia es notable.

Cerca de Dios, todo es más fácil. La paz que te da, en las buenas y en las malas, es increíble.

Si hoy pudiera volver a los espejos que fui dejando a lo largo de mi historia personal, entre claros y oscuros, les preguntaría cuáles fueron las causas de los alejamientos y acercamientos que tuve, sabiendo de qué se trataba la cosa, sabiendo que había algo mucho mejor.

No tengo respuestas pero sí enseñanzas que son ni más ni menos que el producto de la experiencia.

Algo fundamental que aprendí (no sé si para quitarme algo de culpa) es que los tiempos de Dios sólo los maneja Él. Lo que nosotros tenemos que aprender es a manejar nuestros tiempos “para” Dios.

Y como Él está en cada uno de los que nos rodean, si uno sabe ver a ese Jesús en el otro y ese otro lo puede ver en vos, todo se hace mucho más fácil.

Además, con mi historia, si se me cruza por la cabeza alejarme de nuevo, estoy seguro de que siempre voy a tener una mano femenina (me rodean) para hacerme volver de inmediato.

Hoy comparto con mi mujer, como pocas veces antes, este camino. Juntos nos regalamos a Dios en cada paso y eso no lo cambio por nada. Además, tenemos a María que nos tiende su mano siempre.

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Y Jesús estaba a mi lado.

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Fui un bebito demasiado esperado, deseado y mimado. Primer nieto, primer sobrino. Mis padres tenían un hermano cada uno. Y ellos son mis padrinos. Creo que ese es el primer signo visible por el cual siempre dije que soy un niño mimado de Dios. Y si bien hubo algunos golpes de chico y de joven, como la muerte de mi padre. El momento donde me sentí más mimado y querido y protegido por Dios fue a los 40. Como yo cumplo en enero y nunca hay nadie, estoy acostumbrado a festejarlo en marzo. Y ese año, quería celebrarlo. Estaba todo listo y el 5 de marzo hacemos el festejo. 3 días después, mi mujer, embarazada de nuestro 5to hijo, me dice que se va al médico a la ecografía de rutina y quise acompañarla. En el momento en que le hacen la eco, no encuentran latidos. Lloraba la médica. Lloraba mi mujer. Mi cabeza recuerda que ese día por la mañana salimos los tres rumbo al médico y a las 10 de la noche estábamos volviendo los dos solos. Estábamos en la clínica y se produjo igual el parto. La médica me ofreció verlo y entraba en la palma de mi mano. También le ofreció a mi mujer si quería verlo. Nos dijo que era un varón. Lo bautizamos mi mujer y yo y se lo llevaron. Y ese fue el momento en el que siento mi primer sacudón en la vida y siento que no soy yo quien maneja las cosas. Y a pesar de ese golpe, algo que todavía hoy me da vueltas en la cabeza y que no logro entender el porqué, es que al volver a casa, yo sentí alivio. ¿Como no mal interpretarlo?. Recuerdo haberle dicho a mi mujer, en el momento de enterarnos del embarazo, que para algo venía un hijo. Pero yo estaba obsesionado con las cuentas. Y un quinto hijo no sería cosa fácil de llevar. Y no podía dejar de pensar cómo yo sentía alivio ante semejante panorama. Recuerdo haber empezado terapia, incluso ir a hablarlo con un sacerdote porque no entraba en mi forma de vida semejante pensamiento.

A los pocos días de haber vuelto a casa mi mujer se enferma de golpe. Le da una neumonía galopante que no le permitía levantarse de la cama. Y yo tuve que atenderla a ella, los chicos, la casa, los colegios, el trabajo. Y ahí sentí nuevamente que Dios estaba ayudándome. Porque si no fuera así, jamás podría haber hecho todo lo que tuve que hacer esos días. Solo no hubiera podido nunca. Y un día nuestro hijo de 8 años le dice a mi mujer; “mamá, si vos nos transmitís la fe que cuando nos morimos vamos a estar mejor, nuestro hermanito se mudó a otra casa y no entiendo por qué llorás.” Y eso le hizo hacer un click. Empezó con terapia y con médicos y pudo salir adelante. Y entendimos que teníamos 4 hijos más por los que seguir adelante y no podíamos caernos por la pérdida de uno. Y ahí fue como empecé a transitar lo que todos conocemos como la crisis de los 40. Pero acompañado.

Pasó el tiempo y a los 45 me agarra un cólico un domingo en casa por la tarde y me voy a la clínica, como no andaba el ecógrafo me hacen volver al día siguiente. En los estudios dicen que no había nada pero que tenía sangre en la orina a lo que yo digo que no. Y el médico dice que se ve en el microscopio y no a simple vista. Me indican un par de estudios más mientras mi mujer me esperaba afuera. Yo entraba y salía de un consultorio a otro. Hasta que en uno, la médica me muestra un resultado en el que se veía todo negro y un “algo” blanco que parecía una moneda. Le digo a la médica, eso ahí no tiene que estar y ella me contesta. No, pero sos joven, así que no te preocupes que va a estar todo bien pero hay que sacarlo ya. Salí con una paz increíble y mi mujer me pregunta qué me pasa, y yo solo pude contestarle que tenía algo en la vejiga que había que sacar cuanto antes. Quedate tranquila que va a estar todo bien, y me encontré a mí mismo consolándola a ella. Porque yo seguía en paz. Fuimos a ver a un ahijado mío que es médico porque la verdad que nos había tomado de sorpresa y no entendíamos mucho y nos hizo el contacto para que nos viera urgente un colega de él, quien hoy sigue siendo mi médico. Con los estudios en mano me dijo que eso era un tumor y que el 95% de los casos era maligno, y que no tuviera muchas esperanzas de entrar en el 5% restante porque no era mi caso con seguridad. Yo al médico no lo conocía y al hospital en el que me estaba atendiendo tampoco. Pero cuando entro a su consultorio veo una imagen de la Virgen de Schoenstatt, que era muy importante en casa, y al verla yo le digo a mi mujer “mirá quién está”, y el doctor pregunta quién más había venido con nosotros pensando que yo me refería a una persona. Y cuando le dije que me refería a la imagen me dice que el jefe de servicios trabajaba en Schoenstatt. En ese momento supe que de ahí no me movía nadie. Y sin conocer al médico decidí operarme ahí. Solo confié. Y me abandoné en Dios y en la Virgen. Me acuerdo que antes de la operación vino a verme mi hermano, 5 años menor, y justo cuando se iba del cuarto me mira y me dice “te quiero mucho”. Fue la primera vez que nos lo decíamos. Eso también vino a traerme la operación. Y me acuerdo que ante su pregunta de en qué podía ayudarme yo le pedí que cuidara mucho a mis hijos. Ocupate de ellos en este tiempo.

Y entré a la operación. Y encontraron un tumor grande y muchos chiquitos. Cuando salgo del quirófano, que fue una operación larga, me llevan al cuarto y me empiezan a despertar y abro los ojos; lo primero que veo es a mi viejo al lado de la cama, a mi suegra a los pies, y a Jesús, acostado conmigo en la cama. Jesús estaba al lado mío. Yo lo miré y Él se sonreía. No era una visión. Estaba ahí y lo podía sentir. Los tres me habían estado cuidando durante la intervención y habían venido hasta el cuarto a cerciorarse que yo me despertara. Muy difícil de explicar. Increíblemente maravilloso de vivir. A partir de ahí, lo veo a Jesús casi diariamente.

A los 20 días cuando vuelvo a buscar los resultados el médico me confirma que era un cáncer. Y que él me había dicho que no iba a entrar en aquel 5%. Que por cómo estaban dadas las cosas podía empezar ya con la quimioterapia. Decidimos hacerlo así. Y ahí también me sentí muy acompañado y protegido por Dios. Porque la quimio fue localizada, no me circuló por el cuerpo, no se me cayó el pelo. En todo lo malo que estaba pasando, la estaba sacando barata. Me hizo todas las sesiones juntas que se podían, pasó el período de descanso y volvieron las sesiones finales. La posibilidad que volviera a salir era en el primer año así que los controles iban a ser periódicos. Y así fueron pasando los años hasta este momento en el que estamos hablando, que sin darme cuenta, hoy se cumplen 4 años de aquella operación. Y como transité todo con mucha paz y mucha confianza mi mujer me regaló y tengo colgado en una cerámica en casa una oración que describe cómo fueron las cosas; “Nada te turbe” (https://www.youtube.com/watch?v=VNAxkzq5qDA).

Y este año, una vez pasado mi cumpleaños 49, cuando pensamos que la quimio podría haber destruido varias cosas en su camino, mi mujer me dice que estábamos nuevamente embarazados. Algo que creíamos que nunca más iba a suceder, pasó. El embarazo vino sólo para confirmarnos que la vida continúa. Todavía podemos dar vida. Y en ese instante me hizo revivir los miedos de aquel otro embarazo. Y cuando vi el test me hizo revivir la alegría enorme que había sentido en nuestro primer embarazo. Y me hizo entender el porqué de aquel sentimiento equívoco de alivio que había sentido hacía 9 años. Era un volver a empezar en todo sentido. Sentirnos cocreadores. Y exactamente el mismo día que aquel 8 de marzo, volvía a pasar lo mismo y volvíamos a perder este nuevo embarazo. Pero a pesar del nuevo golpe siento que este nuevo embarazo que no prosperó, sirvió para hacerme entender un montón de cosas que habían quedado inconclusas en su momento. Y toda esta euforia y amor que sentía por la llegada de un nuevo hijo, quedará guardada, desde otro lugar, para la llegada de los nietos. Y sirve, además, como inyección de vida para vivir el presente. Para disfrutar, aún más, a los cuatro hijos que ya tenemos. Para aprovechar el momento y ver esas señales que, a veces, pasan de largo.

Y a pesar de todas las cosas que fueron pasando, nunca me sentí abandonado. Muy por el contario, sentí que en cada momento de flaqueza, Dios me cargaba. Y la Virgen me cubría con su manto. Porque uno no elije lo que le pasa pero si elige cómo transitarlo.

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A Dios no le puedo pedir más

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A Dios no le puedo pedir más. Ya estoy hecho. Cuando llegás a decir eso es porque pasás por una experiencia que te marca un antes y un después. Y eso me pasó con mi hijo. El varón. Después de dos hijas mujeres. Hoy está por cumplir 18 años.

Con mi mujer tuvimos un embarazo totalmente normal y tranquilo. Yo siempre recé. Siempre tuve fe. Siempre me sentí escuchado por Dios. Estaba viviendo mi vida normalmente. Andaba muy tranquilo. Todo fluía como “correspondía”. Sin sobresaltos.

Mi infancia no fue nada fácil. Fue feliz pero éramos muy pobres. Y me di cuenta que habíamos sido pobres de grande. Porque mis padres nos llevaban con mucha naturalidad. Siempre rezando. Siempre salí adelante.

Nació mi hijo. Con un parto normal. Se comportaba como un bebe normal. Y Pasaba el tiempo. Cuando ya tenía alrededor de un año y medio empezó a “retroceder”. Lloraba muchísimo. No dejaba que yo me acercara. Decía palabras sueltas. Y a medida que crecía empezaban los roces con mi mujer porque yo le decía que algo no estaba bien. Como ella estaba todo el día con el chiquito no veía cosas raras. En cambio yo me iba a la mañana y cuando volvía a la noche veía que el enano estaba peor. Se escondía abajo de la mesa. Venía gente y lloraba. Si lo agarraba lloraba más. El pediatra nos decía que era la edad. Que ya iba a crecer. Que algunos chicos maduran antes que otros. Hasta que un día, en la consulta, tuvo uno de los episodios y el médico ahí se alertó y nos mandó a ver a una doctora que era una eminencia en todo lo que a problemas de aprendizaje se refiere. Ella era la jefa del servicio en el hospital y nos empezó a atender. Pero había algo medio extraño desde el primer instante. Porque pretendía buscar un diagnóstico donde no lo había. Tuvimos alrededor de 8 o 10 sesiones que fueron un drama por todo el contexto que había en el consultorio. Era muy difícil ir a verla y encontrarnos con chiquitos con miles de problemas “peores” que el nuestro. Hasta que un día nos dice, y nos da por escrito, un informe (que lo tengo guardado) donde dice que nuestro hijo tenía autismo atípico. Básicamente es un chico que no se va a poder relacionar con el mundo. No va a tener contacto con los demás. Difícilmente estos chicos se sociabilizan. Ahí tuvimos que ver si lo que tenía era genético o traumático. Así que empezamos a hacer estudios a toda la familia. Fonoaudiólogas. Y así pasamos 2 años que fueron para el olvido. Tanto nosotros como las chicas. Además, fue en esos dos años la única vez que nos vieron discutir a mi mujer y a mí. Y ellas también la pasaban mal porque no les dábamos mucha bolilla porque estábamos abocados al gordito.

Hicimos todos los estudios que había que hacer y el resultado, tiempo después, fue que no había nada que dijera que fuera genético. Pero tampoco había nada que dijera que fuera traumático. Entonces dijeron que lo iban a empezar a tratar en el hospital. Pero en lugar de mejorar empeorábamos todos así que fuimos pocas veces porque estábamos en un mundo que nunca nos podríamos haber imaginado.

Cuando nos habían dado aquel informe diciendo lo del autismo, íbamos con mi mujer en un taxi y el señor iba escuchando un cassette de Marilina Ross. Me acuerdo como si fuera el día de hoy que estaba escuchando la canción Honrar la Vida (https://www.youtube.com/watch?v=381zc02YVHg) y en ese mismo momento a mí me hizo un click y ya empecé a rezar con fuerza para que pasara lo que pasase, él pudiese honrar su vida de la forma que fuera. Pero principalmente para que me diera fuerzas y vida para poder acompañarlo en su camino y cuidarlo. Y ese mismo rezo, lo intensifiqué también el día que decidimos no ir más a ese hospital. Entre tanto rezo y tiempo que pasaba, alguien nos recomendó a una psicóloga especialista en chicos con todo tipo de trastornos que atendía en el Hospital Gutierrez, y hacia allá fuimos. Conseguimos un turno para 2 meses después. Se lo empezamos a llevar a ella y le contamos todo lo que había pasado y ya habíamos hecho. Empezamos con ella, más una fonoaudióloga, más terapia de juegos. Una batería de cosas. No me olvido más, una de las sesiones, me tocaba ir a mí solo con mi hijo y tenía que jugar con él. Él estaba en una punta y yo en la otra. Y tenía que hacer lo imposible para que él me devolviera una pelotita que yo le tiraba. Ella sabía que eso no iba a pasar pero en realidad lo que quería demostrarme era que hiciera lo que yo hiciera, el tratamiento dependía de él. Era en equipo. Que yo solo no iba a poder hacer que pasara. Le tiré 30 veces la pelotita. Con alegría. Con bronca. Con optimismo. Con tristeza. Con esperanza. Y la pelotita NUNCA volvió. Y me fui a mi casa llorando con un nudo terrible en la garganta. Pero por ahí, un día, seguíamos con esta terapia de juegos y la pelotita volvió. Y ese día también lloré. Así estuvimos 2 años con las terapias hasta que llegó el momento de mandarlo al jardín. Ya tenía 5 años y teníamos que decidir el colegio para que empezara preescolar. Él ya había empezado a hilvanar algunas palabras. Se dejaba abrazar. Podía estar con más gente. Y cuando había más gente estaba un poco más sociable. Y cuando estaba con otros chicos podía hablar con algunas frases. Primero nos habían dicho que lo lleváramos a una escuela especial porque si no la iba a pasar mal. Y después, esta psicóloga nos dijo que no, que lo lleváramos a una jardín normal. Que él iba a poder adaptarse perfectamente a los otros chicos de su edad. Y que llegado el caso que pasara algo con las maestras o la psicopedagoga, que les dijéramos que se comunicaran con ella, sin dar mucho más detalles. Que tuviéramos confianza. Y pasó todo ese año sin ningún tipo de episodio fuera de lo común. Para fines de año estaba el acto de cierre de ciclo. Y él tenía que actuar. Durante el año la maestra nos había estado diciendo que le costaba un poco y que probablemente el no pudiera actuar. Y nosotros, como quien no quiere la cosa, le decíamos que todo bien, que ya se le iba a pasar. Y finalmente, llegó el día del acto y lo pudo hacer perfectamente como todos los otros chicos. Como si nada. Para entrar a primer grado también fue a un colegio normal con la misma recomendación de nuestra psicóloga, que si pasaba algo se comunicaran con ella. Y tampoco hizo falta. Desde primero a séptimo grado, nuestro hijo, de quien nos habían dicho que no iba a sociabilizarse nunca, salió siempre “mejor compañero”, elegido por los otros chicos. Y en segundo año también lo eligieron como representante del curso frente al resto.

Hoy es un chico que hace natación. Juega al fútbol. Tiene muchísimos amigos. Por mi casa no dejan de desfilar compañeros de los 3.

Acá es donde yo digo que hubo un milagro. Quien nos dio el primer diagnóstico es una eminencia en su terreno. Si se equivocó o no, nunca lo sabremos porque él era como era. Pero el pronóstico que nos habían hecho no se cumplió. Y yo me quedo con eso. Que el panorama que teníamos en un principio cambió rotundamente. Yo me sentí cerca de Dios. Lo tenía al lado mío. Podía hablar mano a mano con Él. Y Él nos escuchó. Me escuchó. Y nos regaló este milagro. Todos los miedos que teníamos y las cosas de las que nos preocupábamos no existieron. Acá hubo un milagro. Dios me volvió a escuchar. Y después de todo esto a mí me pasaron un montón de cosas, incluso en el plano laboral. Pero aprendí a no quejarme nunca de lo que me venía. Dios me puede mandar lo que sea porque sé que Él está siempre a mi lado. Por eso yo sé que a Dios no le puedo pedir nada más. Si tuviera que volver a pedir por algo en mi vida, pediría por esto nuevamente. Mi milagro, en mi vida, ya se dio.

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Uno no da lo que no tiene

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Yo nací en una familia de clase media con educación católica desde casa y el colegio. Siempre fui un tipo creyente y digo que mi vida se divide en 4 partes. Una niñez donde Dios era un superhéroe. Una adolescencia muy triste porque cuando tenía 12 años mis viejos se separaron. Cuando tenía 13 mamá tuvo un acv y tuve que cuidarla durante mucho tiempo y se murió cuando yo tenía 16, lo que me hizo demasiado autodidacta. Me acuerdo que a esa edad yo hacía todo. Me ocupaba de todo. Era como si viviera solo. Recuerdo que a los 17 se vino a vivir conmigo mi abuela, pero más que nada para cuidarla yo a ella que ella a mí. Y estuvimos viviendo juntos hasta los 20 y pico. Esta adolescencia fue con un Cristo Amigo. Y después vino una juventud donde lo empecé a ver a Dios como un Juez. Porque yo ya era una persona más grande, andaba un poco desbarrancado y tenía mis creencias con lo cual hacía lo que quería. Después de los 30 y pico conocí a quien hoy es mi mujer, nos casamos, tuvimos nuestros hijos y yo me fui formando en el típico padre católico de familia pero empecé a sentir que me parecía mucho más a un fariseo que a un cristiano. Y manejé mi religión con muchísima soberbia. Con la idea clara que Dios estaba ahí pero nunca le pedía nada. Como yo había siempre hecho todo solo y lo arreglaba por las mías me creía omnipotente. Hasta que un día de hace un par de años, nos habían prestado una quinta, estábamos descargando las cosas del auto mi mujer me dice, fijate si podés que atrás está la pileta; para que tengamos cuidado con los chicos entonces me asomo y miro como analizando el lugar y veo algo que chapoteaba en el agua. Voy corriendo y me doy cuenta que era mi hija. Entonces voy corriendo y la última imagen que tengo y me quedó grabada es la de mi hija en el fondo de la pileta como si fuera una película. Con la boca y los ojos abiertos. Me tiro para sacarla y quedo yo abajo del agua porque era en la parte honda y levantándola a ella con un solo brazo para que quedara afuera. Tenía solo un año y medio. Creo que fueron los 2 segundos más largos de mi vida en los que recuerdo pensar para mis adentros “que no le pase nada, yo no te pido nunca más nada pero que a ella no le pase nada; me sacaste a mi vieja, me sacaste a todo el mundo pero no me saques a mis hijos.” Y cuando logro salir yo de abajo del agua la veo a mi hija totalmente blanca, con los labios morados y diciendo “agua pato, agua pato” y se reía. En ese momento yo no podía pensar en nada. Después, con el tiempo, un médico me explicó que cuando los chicos son tan chiquitos se les cierra la glotis y no les deja pasar el agua, de hecho no se ahogan por el agua sino por falta de oxígeno en muchos casos. Eso me hizo muy mal y me dejó durante muchísimo tiempo pensando en qué hubiera pasado si mi mujer no me hubiera hecho ese comentario. En si no la hubiera visto. En si hubiera pasado un minuto más. En qué hubiera pasado. Hoy no la tendría.

Llegó un momento en el que me sentí buscando respuestas a tantas dudas que yo tenía personales, en cuanto a mi vida. Sentía que todo daba vueltas alrededor mío. Que era yo el que tenía que hacer todo. Y llegué invitado a un Retiro. En el que descubrí que tenía que confiar un poco más en la providencia de Dios. Confiar más en Él. Aprender a pedirle. Y sin embargo la ficha no me cayó en ese momento. Fue algo que entendí y razoné ahí mismo pero seguía pensando y actuando como hasta ese momento. Y el año pasado, mi hijo mayor tomó la Primera Comunión. Soy un tipo cabrón pero muy sensible. Y estoy escuchando esa misa y cantan “5 panes” (http://canciones-de-misa.blogspot.com.ar/2010/09/un-nino-se-te-acerco.html). Y ahí me cayó la ficha. Porque uno escuchó esa lectura mil veces y la va a seguir escuchando pero desde la visión del adulto. Y la verdad que ver cómo le prestaban atención los chicos me cambió totalmente. Porque ellos realmente creen y están convencidos que los 5 panes fueron reales!. Y a veces eso pasa en la vida cotidiana. Uno no da lo que no tiene. Si vos, todo lo que tenés son 5 panes y los das, quiere decir que estás dando todo de vos. Es todo tu trabajo. Es romperse y dar. Y lo demás va a venir de la mano de Él. Y recién ahí empecé a confiar más en la providencia divina. Pero no esperando que me cayeran las cosas del cielo, sino que se alinearan las cosas detrás de mi trabajo y esfuerzo. Empecé a entender que aunque a veces yo piense que todo depende de mí; sería un poco ilógico y soberbio pensar que es así. Yo que era el que juzgaba, un verdadero fariseo; era en realidad, un soberbio. Esa soberbia la veía en el prójimo y no podía verla en mí. Y aún hoy me cuesta una lucha interna muy importante para tratar de erradicarla.

Y todo este cambio es lo que me hizo, a mí, ver las cosas de una manera diferente a partir de los 40 años. Empezar a confiar más y a ver qué es lo que pasa. No ver un problema con algo en sí mismo; sino ver en qué situación es que se me da dicho inconveniente. Eso no es menor. Por algo pasó cómo pasó. Seguramente algo atrás de eso hay.

Alguien me dijo una vez que la diferencia entre creer y no creer en Dios es como la historia de los dos hermanos que se van a dormir. El padre cierra la puerta y uno de los chicos se va a dormir tranquilo sabiendo que su padre está en el cuarto de al lado. Y el otro se duerme soñando que al padre lo raptaron y se fue. Que no hay nadie del otro lado de la puerta. Puede ser posible cualquiera de las dos, pero cuánto mejor duerme el que pensaba en su padre en la habitación contigua. Lo mismo es con Dios. Cuánto más tranquilo voy a caminar por la vida sabiendo que Dios está ahí. Y la Fe es algo que uno tiene o no tiene. No se le enseña a nadie. Es algo que se siente. Así como dice Saulo, yo no creo en Dios; estoy convencido de Dios. Estoy seguro de Dios. Y eso me hace estar muchísimo más tranquilo.

Durante ese Retiro logré ver cómo lo había tratado a Dios durante mi vida. Me considero católico, pero había dejado de ir a misa. Y si rezaba, era sólo durante las tormentas. Y, tal vez, nunca agradecía. Y ahí me encontré con un Dios más cercano.

Ahora está de moda la película Intensamente. Los chicos salen contentísimos después de haber ido a verla. Y entre sus personajes sobresale uno. Es clarísimo el paralelismo con el Cristiano. Es la ALEGRÍA. La alegría es el único “personaje” que tiene luz propia. Lo mismo pasa con nosotros. La persona feliz ilumina el lugar en el que está. Ilumina y contagia al resto. Es el tipo que le sirve de faro a Dios. Cuando uno cumple con todas las cosas está bien, pero a veces no es suficiente. La felicidad, en cambio, es algo mayor. Yo necesito que mis hijos me vean y se pregunten qué es lo que al viejo lo hace tan feliz que sigue apostando a tal o cual cosa. Y eso es un cambio importante que todos deberíamos lograr. Todo tiene un momento y un lugar.

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Mi Génesis

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Todo este proceso comenzó con una invitación que me hicieron a un retiro. Me habían estado invitando durante 4 o 5 años. Cada vez que esta persona, un primo de mi mujer, me veía, me invitaba. Y recuerdo perfectamente como si fuera una foto, estar sentado en el living de su casa, con mi mujer al lado, me volvió a mirar y me dijo, vas a venir o no, mirá que está bueno, y además, en este, soy parte del Equipo. Le dije “bueno voy” y en ese momento sentí una cosa en el pecho medio extraña. Una mezcla de angustia con sorpresa y con qué estoy diciendo. E instantáneamente la miro a mi mujer y lo primero que ella me dijo, llena de sorpresa, fue “vas a ir?”. Sí, sí, anotame que voy. y ahí quedó. Esto fue en mayo, y el 13 de septiembre siguiente estaba entrando al retiro. Yo antes de todo esto era otra persona. Era un agnóstico. Un descreído. Despreciaba a la Iglesia. Incluso hasta cruzaba de vereda cuando veía un cura. Despreciaba a Dios. Blasfemé muchísimo. Yo pensaba que era un signo de debilidad. Que la Biblia era un libro para los débiles. Para aquellos que necesitaban justificarse o lavar sus culpas.

Yo me casé por Iglesia porque me lo pidió mi mujer. Pero para mí fue como ir a hacer un trámite ordinario. Estoy bautizado. Pero al momento de la primera comunión, mi papá le dijo a mi mamá que era una decisión mía. Y yo dije que no.

Me perdí montón de comuniones, confirmaciones, casamientos de amigos, casamientos de hijos de amigos. Era algo que me molestaba. Me irritaba tener que ir. Y siempre me quedaba afuera. Era una molestia muy particular, incluso, la alegría de la gente al salir. Y sin embargo, todo este rechazo y alejamiento nunca me produjo cuestionamiento alguno. Nunca me planteé porqué podría ser. Fue por todo esto que había dicho que no tantas veces a ir al retiro. Y fue por todo esto, también, que me sorprendió a mí mismo haber dicho que sí.

Siempre digo que lo bueno de esto es que no se puede explicar. No hay palabras. En mi caso no fue algo normal. Yo sentí una presencia viva. Latente. Cálida. De Dios al lado mío. Si yo me dejaba, Él me iba a guiar por donde Él sabía que yo quería ir.

Y también sentí la presencia muy cercana de una tía de mi mujer y la presencia increíble de una tía mía que fue como mi segunda mamá. Y estas dos personas ya no estaban entre nosotros. Todo esto fue de noche, con mi compañero de cuarto durmiendo. Y yo estaba llorando en el baño de la casa de retiros. Cuando se me pasó esto, lo primero que pensé al salir de ese “lapsus” fue que había despertado a esta persona y me sentí como un tarado. Yo estaba en el baño, con la luz apagada, llorando y no entendía. Y me fui a acostar con una sensación de haber estado soñando. Algo extraño. Y al llegar a mi cama agarré el celular y me grabé a mí mismo contándome esto para ver al día siguiente si era verdad. Eran un montón de cosas que yo no estaba acostumbrado a sentir.

Hoy soy otro. Soy otra persona. En ese retiro pasaron muchísimas cosas. Tuve muchísimos cambios. Yo tomé la comunión por primera vez en el retiro ese. Había tenido una charla muy profunda e intensa con el padre y pasó algo muy particular. Al momento de la misa, al final del retiro, yo miré a los animadores como preguntándoles si podía comulgar y ellos miraron al Padre quien asintió con su cabeza. Por supuesto que podés. Y esa fue mi Primera Comunión. Fue algo muy parecido a lo que nos cuentan en Hechos 8:36-38:

“36 Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?

37 Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.

38 Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó.”

Fue algo extraordinario. Es una de esas bondades de Dios. Salí del retiro como NUEVO.

Después de todos estos cambios sentí la necesidad de escribirle una carta al Papa Francisco. Y al cabo de unos días recibí la respuesta y realmente ahí me di cuenta, por todo lo que decía, que mi carta la había leído de principio a fin. Y es muy loco ver que el Papa te responde a vos. Te habla a vos. Me puso un par de cosas muy lindas.

Al poco tiempo se presentó la oportunidad de poder prepararme en la Parroquia para la Confirmación. Y la recibí un año después rodeado de muchísima gente querida.

Yo hoy siento que soy mejor. Siento que soy mi mejor versión. Siento que me tomó de los hombros y me ayudó a encarrilarme … y eso no me lo puedo sacar de la cabeza. Y cada cosa que hago es pensando en qué haría Jesús en mi lugar. Trato de imitar un poquito lo que el haría ante cada situación.

Yo hoy voy a misa todos los domingos y la disfruto. Disfruto de verdad el milagro de la misa y la presencia de Cristo en la Eucaristía. A veces trato de ir primero o último a comulgar para poder ver las caras de la gente que va a recibir el Cuerpo de Cristo. Disfruto mucho, también, los momentos de soledad con Cristo. Yo trabajo en Belgrano y muchas veces me voy a La Redonda, al mediodía, cuando solamente están los chicos que limpian y alguna que otra señora mayor rezando el rosario; y disfruto mucho ese momento.

Y en lo terrenal hoy yo creo que soy mejor marido. Mejor padre. Mejor hijo.

Y a partir de todo esto, con mi mujer, que supo esperarme, que rezó todo esto y que nunca me presionó para que fuera a misa ni mucho menos; surgió la posibilidad de ir a un retiro similar a este pero para matrimonios. Donde yo le pedí que nos anotáramos y fuéramos juntos. Y al año siguiente nos llamaron a formar parte del equipo que da charlas a otros matrimonios. Como los retiros de varones, este también termina con una misa. Y yo ya había tenido la Gracia en la Parroquia a la que voy y el padre conocía mi historia y un día me preguntó si yo quería dar la Eucaristía y así de la nada me convirtió en Ministro y entonces a partir de ese momento también ayudo de tanto en tanto. Pero la frutilla del postre fue que me pidió ayuda en esta misa del retiro y cuando la gente empezó a venir a comulgar, terminé dándole la Comunión a mi mujer y ahí sentí que había ganado el mundial. Fue algo muy emocionante. No sólo para mí sino para todo el Equipo. Por suerte están las fotos de ese día. Y cada tanto las vuelvo a ver y me llevan a ese momento y es algo que no puedo parar de agradecer.

Hoy por hoy, cada vez que entro a la Iglesia tengo diferentes sensaciones. Hoy a Dios lo siento como un amigo. Un buen amigo. El mejor amigo. Un amigo que me plantea preguntas y al mismo tiempo me da las respuestas.

Yo siempre digo que hoy soy un tipo que va a cumplir 2 años. Antes era una persona totalmente diferente. Nunca le hice mal a nadie ni nada. Pero siento que hoy soy mejor. Dios me hizo mejor.

Pero al YO del 2012 no le reprocho nada. Al contrario, le preguntaría, qué estabas haciendo que no te diste cuenta antes. Pero también le diría que está bien, porque los tiempos de Dios no son los mismos que los nuestros. Y si pasó lo que pasó cuando pasó fue porque era el momento exacto. Tal vez si todo pasaba antes no hubiera tenido las mismas consecuencias que tiene hoy.

Hasta el 2012, Genesis, para mí, era un grupo de música y hoy puedo llamarla a mi mujer al mediodía para comentarle lo bueno del evangelio del día!! Y yo hoy estoy convencido que todos estos cambios son por y gracias al Espíritu Santo.