La Fe y la FIFA

 

La expectativa por la inauguración de la Copa del Mundo me recuerda la pasión sin igual que el futbol despierta en millones de personas alrededor del planeta. Gente de todos los géneros, nacionalidades, creencias y etnias conviven y disfrutan en armonía de un encuentro único y de la compañía de muchos.

El fútbol genera un interés común y tiene un gran poder de convocatoria y aceptación en la mayoría de nosotros, especialmente cada cuatro años. En el cierre de la Conferencia de la FIFA para la Igualdad y la Inclusión, Fatma Samoura, Secretaria General de la FIFA, concluyó: “sería irresponsable pasar por alto ese poder. Es humano que pensemos en maneras de poner el fútbol al servicio de un bienestar mayor“. El lema de esa conferencia fue: “Pásala: la esperanza a través del fútbol”. Por eso hoy recibo ese “pase” y “detengo la pelota” para reflexionar sobre dos valores admirables y necesarios que el fútbol internacional nos inspira: el respeto y la tolerancia. Y me pregunto: ¿Qué pasaría si miráramos a las diferentes religiones como miramos a los diferentes equipos de la FIFA?

Deferencia ante la Diferencia

Nadie en el mundo duda que los equipos que llegan al Mundial, aunque son distintos, son buenos. Porque hacen cosas buenas, dentro y fuera de la cancha. Juegan con buena preparación y exaltan en sus fans sentimientos positivos de pertenencia, admiración y apoyo. En la Copa del Mundo conviven grupos de distintas banderas y estilos de juego y los respetamos tanto que hasta somos capaces de ponderar, admirar y querer imitar su técnica y ejecución. Pero en el mundo de la fe parece que no tenemos la misma apertura para con religiones diferentes a la propia. Tendemos a dudar de su preparación, menospreciar sus convicciones o criticar sus acciones. Juzgamos con dureza a quienes profesan otra fe porque caemos en la arrogancia de creernos el “equipo ganador”. Y hay quienes además quieren imponer su religión a todos.

Pues la pregunta ya cayó “en el área chica”: ¿Por qué no podemos tener el mismo espíritu abierto para entender y apreciar a las diversas religiones? Quizás porque no comprendemos que la fe bien entendida y bien inculcada exige el respeto de los demás. Un respeto sincero que acepte sus modos de obrar y de vivir y entienda que, aunque sus preceptos y doctrinas discrepen de lo que uno profesa, “no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (Concilio Vaticano II)

Las diferencias en cuestiones de fe exigen de nuestra deferencia. Todas las religiones tienen su parte de verdad y otras partes que admiten errores, fallas humanas y desaciertos. Ninguna puede declararse como la única absoluta y verdadera. Por eso la Nostra aetate (en latín: Nuestro tiempo) del Concilio Vaticano II, que habla sobre las relaciones de la Iglesia Católica con los no cristianos, no rechaza nada de lo que sus religiones declaran como verdadero y santo. Porque las religiones son una necesidad antropológica y una respuesta libre y colectiva para explicar el mundo y cuestiones que inquietan al corazón común de todo hombre. Cada una tiene sus instituciones que la formalizan y preservan en el tiempo como también sus rituales de experiencia sagrada. Sin embargo, aunque todos estos son importantes de respetar y practicar, no definen la fe. Y justamente éste es el punto más valioso de toda religión, para el cual también me valdré de la analogía mundialista.

En la cancha se ven los jugadores

Sabemos que todos los equipos que clasificaron para el Mundial cumplen con los requisitos, formalidades y entrenamientos necesarios. Además, todos creen que merecen la Copa FIFA. Así de fuerte es su convicción para jugar y su intención de ganar. Pero el entrenamiento y la convicción no garantizan la victoria. De hecho, los jugadores, técnicos y fans pueden tener mucha fe en su equipo y excelente preparación, pero saben que con eso no alcanza. Lo importante es que toda la teoría y técnica se pongan en juego y a prueba en la acción para lograr buenos resultados. Con la fe pasa lo mismo. Los dogmas y doctrinas, los rituales y plegarias son y serán siempre importantes. Pero no son ni serán suficientes para la salvación. La carta del Apóstol Santiago es clara y contundente al respecto:

¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.
(Santiago 2, 14-17)

En una de sus primeras homilías, el Papa Francisco comentó esta carta de Santiago: “…una fe que no da fruto en las obras, no es fe (…) Vosotros podéis conocer todos los mandamientos, todas las profecías, todas las verdades de la fe, pero si esto no va a la práctica, no va a las obras, no sirve”.

Siendo muy conocida la afición de nuestro Papa por el futbol, me atrevo a concluir y alentar diciendo que en cuestiones de fe también debemos “transpirar la camiseta” por nuestras propias convicciones religiosas. Pero siempre reconociendo, respetando y celebrando que todas las religiones quieren hacer y lograr lo mismo. Eso sí, cada una con su propia “jugada de pizarra”.

 Fin o Minuto 90.

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