Me siento un mimado de Dios

 

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Cada historia va cambiando. Cada crónica va apareciendo. Cada Milagro Personal sigue pasando. Y Parroqui@ Online está ahí para contártelo. Hoy me toca ser un padre de 48 años …

Vengo de una familia donde tuve una infancia con ausencias. Una ausencia de mi madre y una presencia muy activa de mi padre. Papá tuvo 3 varones y una mujer. Criándonos en la década del 70. Con lo que eso significa en este país. Y de un día para el otro se quedó solo. Sufriendo el abandono de su mujer. Nuestra mamá. Y sin saber qué había pasado tuvo que decidir sobre la marcha qué hacer. No había ningún tipo de conflicto o idea de algo que hubiera pasado como para sospechar porqué ella, de un día para el otro, había decidido irse, sin aviso. Y dejándolo a cargo de esa situación y con la desorientación propia del momento. Tratar de ubicarnos para que no sufriéramos. Con la ayuda de su familia. Que le dieron una mano con la crianza y la ubicación nuestra. Yo tengo un hermano gemelo y después tenemos un hermano más grande y una hermana más chica.

Mi papá era mecánico y trabajaba en un taller en Pilar. Nosotros vivíamos en José C Paz. Y cuando teníamos 8 años consiguió una guardería en Pilar que le quedaba cerca del trabajo. Entonces todos los días nos íbamos con él en tren, nos dejaba en la escuela, al mediodía nos cruzaba a la guardería y a la tarde emprendíamos el regreso juntos, caminando hasta la estación y a esperar el tren que nos llevara de vuelta a casa. Y hoy lo podría llegar a ver como algo duro. Pero en su momento, como chico y como hijo, disfrutaba de las aventuras de viajar todos los días en tren con papá. Y buscarle el lado positivo, ya que cuando estaba mamá, él estaba todo el día trabajando, y en cambio en la situación que nos tocaba, podíamos disfrutarlo muchísimo más. Y como chicos, nos fijábamos en eso. Antes trabajaba de sol a sol y lo veíamos sólo los fines de semana. En cambio, cuando mamá dejó de estar lo veíamos de una forma más humana, mucho más presente. No era el que ponía sus “Grandes Valores del Tango” los miércoles a la noche sino que era el que estaba y nos acompañaba al colegio. El que nos cuidaba. Tal vez con sus limitaciones, siendo una persona formada con el poco diálogo, nos hizo aprender que desde los gestos estaba implícito lo que era el amor de un padre. Así fue nuestra infancia. El primer año, los mellizos siempre juntos y el hermano mayor y la hermana menor en la casa de mi abuela. Y al año siguiente nuestro hermano mayor se sumó a nosotros. Y nuestra hermana se crió con la abuela. Pero otra vez mirando el vaso lleno, rescatando el haber podido disfrutar de nuestro crecimiento, los 3 varones, con papá; sin pensar tanto en la ausencia de mamá.

La familia de mi papá era toda de zona sur. Y nosotros estábamos en José C Paz. Entonces ir a visitarlos era muy de vez en cuando. Y los tiempos no daban para ir más seguido. Pero era parte de lo que teníamos que vivir para visitar a la abuela y a nuestra hermana. Hoy la abuela tiene 98 años y una lucidez privilegiada, con lo cual, la puedo visitar bastante más seguido que en esas épocas. Y siempre con el fiel recuerdo que de chicos, si bien era la mujer que había dejado a su hijo y nietos abandonados, ella nos hacía rezar por nuestra mamá. Y sin embargo nunca hubo ningún tipo de reclamo ni cuestionamiento de su parte. Y nos ayudó a nosotros a crecer entendiendo que habíamos tenido una mamá que había cometido un error y nosotros teníamos que tener el corazón abierto y ejercitar el perdón para que llegado el caso que ella volviera, fuera bien recibida. Y nos crió con ese corazón blando y sin rencor.

Y así transitó nuestra infancia. Con un papá, también, muy presente. En la adolescencia, acompañándolo y trabajando de mecánicos con él. Y aprender con él el oficio también fue algo interesante. Y si bien no era algo que me gustara, nos hacía entender que era lo que había que hacer. Convengamos que en esa época no se los cuestionaba a los padres. Se hacía lo que ellos decían. Y se ve que nos crió con una vocación de trabajo bien marcada, ya que hoy, los 4, estamos en la docencia. Los 3 varones ya somos maestros y nuestra hermana está estudiando para serlo. Y verlo a papá con sus 82 años, orgulloso de sus hijos es algo que a uno lo pone contento. Verlo grande y poder disfrutarlo. Y la historia que nos tocó vivir es la que, tal vez, nos ayudó a todos a crecer como familia.

Y así es como comienza mi vida de adulto. En la cual me pregunto en qué momentos está Dios? Y Dios está siempre, a pesar que en algunos momentos sintamos que no está presente, sí lo está. Si Dios no hubiera estado de chicos, cualquiera de los 4 podría haber caído en la delincuencia o cosas peores, ya que la calle te invita a todo.

Ya pasada la adolescencia, uno de mis hermanos tuvo la necesidad de encontrar a mamá, de conocerla. De salir a buscarla. Y ahí lo acompañamos todos. De hecho papá también estuvo al tanto de lo que necesitábamos, de cerrar parte de nuestra historia. Siempre teníamos que contestar que nuestros padres estaban separados y sin embargo esa no era la verdad. No veíamos a nuestra madre porque ella nos había abandonado.

Y al principio, esa búsqueda no nos condujo a ningún lugar. Cuando teníamos más o menos 26 años, un abogado le dijo a mi hermano que tenía que ir a La Plata, al Registro. Que ahí le iban a decir realmente si había fallecido o si estaba viva, dónde. Y por una de esas casualidades cuando mi hermano va a contar la historia, la persona que lo atiende entendió que nuestra madre era una desaparecida por los militares, ya que todas las fechas encajaban, y le dio la dirección de donde la podíamos encontrar. Algo que habíamos estado buscando durante tanto tiempo con abogados y demás yerbas, nos fue dado por una mala interpretación en una mesa de entradas. La cuestión es que fuimos a esa dirección a ver con qué nos encontrábamos en esa calle que nos habían dado anotada. Y de pronto nos encontramos que estábamos en una villa, una de las más fuertes de esa zona. Y como no conocíamos nos pusimos a caminar. Hasta que una vecina vio que no éramos de ahí y nos dijo que nos apuráramos a salir porque si se daban cuenta no íbamos a salir más de ahí. Y nos acompañó. Pero en el camino de salida, nos llevó al a casa de otra señora que tenía el listado de la gente que vivía ahí adentro, para el tema de los planes sociales, a ver si podía ayudarnos. Habíamos tenido que decir que buscábamos a una persona que había trabajado en la casa de unos amigos y que queríamos saber cómo estaba; porque sinó no nos iban a ayudar. Sin embargo esta mujer nos dice que no conocía a nadie de esas características. Y nos volvimos a casa.

Al día siguiente, mi hermano, sin decirle nada a nadie se tomó un colectivo y volvió a este lugar para hablar bien con esta señora que manejaba la lista de nombres y contarle la verdad, que a quien buscábamos era a nuestra madre. Y le dijo que no, pero que le dejara un teléfono que si sabía algo le iba a avisar. Y cuando mi hermano se va esta señora se da cuenta que efectivamente estaba nuestra madre en el listado así que decide ir a verla y decirle lo que estaba pasando. Pero mi madre, que nunca se hubiera imaginado esto, dice no conocernos y que no sabía por qué la andarían buscando. Pero cuando la hija de esta señora le dice que eran unos chicos muy parecidos, que podrían llegar a ser mellizos, ahí mi madre se da cuenta que éramos nosotros, y le dice a esta señora que nos llamara y que nos iba a recibir, pero que fuéramos solos.

Fue un reencuentro demasiado tenso. Lo que más me llamó la atención fue que no pudo reconocer cuál era yo y cuál mi hermano mellizo. Que una madre no reconozca a sus hijos es muy duro. Y ella pensó que estábamos buscando hacerle algún tipo de reclamo. Una de las primeras cosas que me dijo fue qué era lo que ella había dicho al momento de irse. Y eso era un sentimiento de culpa que yo tenía porque era algo que me había dicho a mí y que yo nunca le repetí a nadie. Porque yo había sido quien le había alcanzado el bolso con ropa pensando que ella se iba a quedar una semana con cama adentro de doméstica en la casa que estaba. Y nunca lo dije ni siquiera a mi mellizo, que cuando me escuchó decirlo en ese momento quería comerme con la mirada. Y de a poco el clima se fue ablandando, le fuimos contando nuestra historia, mostrando fotos. Poco a poco dejábamos de estar tensos. Para esta altura ya sabíamos que tenía otra hija, que era de esperar. Y de ese día tengo el primer recuerdo de ella cocinándonos algo. Porque de mis 7 años para atrás yo tengo todo absolutamente borrado. A propósito o inconscientemente pero no recuerdo nada de mi infancia. No tengo olores. No tengo sensaciones.

Y después de ese día nos vimos un par de veces más. También pudo reencontrarse con nuestro hermano mayor. Y a pesar de no vernos asiduamente, eso nos ayudó a cerrar un poco nuestra historia. Queríamos tratar de entender. Sin embargo, hoy, al día de la madre yo voy a pasarlo con mi abuela.

Y Dios también estuvo en la muerte de nuestro hijo. Habíamos hecho varios tratamientos de fertilidad hasta quedarnos embarazados. Y cuando estaba llegando la fecha del parto su corazón dejó de latir y lo perdimos. Como estaba avanzado el embarazo y estaba en riesgo mi mujer tuvimos que ir a cesárea. Y en ese momento nos sentimos muy acompañados por la familia. Dentro del gran dolor y en el silencio del último adiós, escuchar al sacerdote que al mismo tiempo que lo despedíamos lo estaba bautizando y llamándolo por su nombre fue algo celestial. Como que el corazón se me serenó. Hasta ese momento yo solo tenía la imagen de ver su cuerpito sin vida y un silencio nuevo. Ensordecedor. Que nunca había experimentado. Y ahí sentí la presencia de Dios, que nos invitaba a estar calmos. Y después de la experiencia, mala, en la clínica, poder tener un lugar para poder ir a visitarlo. Y sin la serenidad y la calma al sentirme acompañado por Dios, hubiera sido muy difícil lograr que nos dieran el cuerpito de nuestro hijo.

Y a pesar de todo esto, hoy me siento un mimado de Dios. Porque con todas las piedras que tuvimos en nuestro camino, Él siempre estuvo cuidando de mi familia.

Esto también nos llevó a tratar de ser padres adoptivos. Ya estamos encaminados. Y es un tema muy hablado. Hay que entender que uno acá también puede brindar amor. Hoy no podemos ser padres biológicos y entonces logramos entender, como pareja, que podemos brindarle a alguien nuestro amor y por eso estamos esperando que se nos den todos los papeleríos para llegar a buen puerto con eso. Y si Dios quiere, próximamente, será realidad.