Dios, eres tú

 

Desde que tengo memoria supe su nombre y su entrega total a Dios. Conocía – o mejor dicho creía conocer – la ayuda que había dado a los más necesitados, a esos que muchas veces tenemos olvidados.  Al leer sobre su historia de vida y adentrarme más en mi fe, comencé a admirar y tratar de asemejarme a una mujer que actualmente es Santa y hasta varios no creyentes respetan su contribución a la sociedad. La llevo conmigo a todos lados, en una estampita en mi billetera para que me cuide y proteja y por supuesto también, para tenerla presente en todo momento.

En el mes de enero me embarque en un viaje esperado hace tiempo Agradezco a Dios la oportunidad de haber visitado las tierras donde la vocación de esta GRAN mujer se potenció y en dónde la ayuda “a los más pobres de los pobres” hizo que hoy muchas personas queramos ser como ella. Vi mucho, pero no todo. Vi pobreza, tristeza, pies descalzos sobre la tierra, manos abiertas pidiendo comida o dinero, sonrisas, plegarias, ofrendas. Vi a mis hermanos. Vi a Jesús en ellos.

En una de las ciudades más sagradas de este país, recorriendo sus callecitas como una turista más, levanto la vista luego de subir una inmensa escalera y la veo a ella. El primer lugar católico que veía desde hace veinte días, era una sede de las “Misioneras de la Caridad”. Madre Teresa de Calcuta fundó la congregación en 1950 y fue en 1965 que el Papa Pablo VI colocó a las Misioneras bajo el control del Papado y autorizó a la Madre Teresa a expandir la Orden religiosa en otros países.

Al entrar, sentí paz. Fue un respiro, una alegría, estaba feliz por encontrar un pedacito de mi fe tan lejos de casa. Nos dio la bienvenida una de las hermanitas que con una sonrisa y tranquilidad nos invitó a pasar. Nos hizo un breve recorrido explicándonos que eran seis las hermanas que estaban allí, en la ciudad de Varanasi, ayudando a quien pudieran: hombres, mujeres, niños y enfermos. Saludamos a las personas que estaban en ese momento y ver sus rostros me hizo sentir muy culpable. Culpable por quejarme de cuestiones insignificantes, cuando no me falta nada. Detenidamente miré la cara de un hombre que no llevaba consigo nada más que su ropa y no tenía calzado. Me avergonzaba  quejarme del frío cuando vestía más de un abrigo y unas zapatillas cómodas.

En ese mismo momento recordé que por la vorágine de mi aventura en India, Dios no estaba tan presente en mis días. No vi ni una sola Iglesia desde que había pisado la nación de Gandhi, pero como es costumbre profesar entre nosotros, los seguidores de Jesús “Él nunca nos abandona”. Ahora, era mi turno no abandonarlo, sino continuar mi camino con los ojos más abiertos, con el corazón más blando y con inmensas ganas de dar mis manos en donde Jesús las necesite.