Bendita sea tu pureza…

 

De chica mi abuela le rezaba mucho y la visitaba también. En varias ocasiones la acompañé al lugar donde se encontraba: un hermoso santuario con un parque y una pequeña capillita en la que uno podía entrar a rezar el tiempo que necesite.

Tanto mi abuela como mi mamá son devotas de ella, la Virgen de Schoenstatt. Y por alguna razón, yo también. Nos acompañó tanto en los buenos como malos momentos. No lo digo únicamente debido a nuestros rezos, sino que de alguna manera se hizo presente en alguna ocasión donde la tristeza abundaba en nosotros. Desde siempre, nos demuestra que en la vida el amor es necesario.

Hace poco la fuimos a visitar el Santuario de la Virgen de Schoenstatt en San Isidro, el primero en la Argentina, bendecido por el Padre José Kentenich en 1952, y considerado el Santuario central del Movimiento  en nuestro país. Allí se siente paz. Esa paz y tranquilidad que uno necesita, anhela y busca en medio de la vida rutinaria, que incluye otras situaciones que uno debe afrontar. 

Realmente puedo decir que este es uno de mis sitios en donde me puedo sentir con serenidad y calma. Es difícil de explicarlo, pero se parece a cuando uno llega a casa después de un día totalmente agobiado y quiere dejar todo para relajarse y despreocuparse de todo.

Te animo a que busques tu lugar de fe en tu vida. A que acudas a él cuando lo necesites, pero también para dar las gracias en el momento en que buenas cosas se dan en tu vida. Vivimos adentrados en tanta rutina que nos olvidamos de nuestro interior y de cómo estamos. Simplemente abandonate en tu fe, así en este momento sea fuerte y segura o quizás débil y dubitativa. Si creés, no es tarde para acercarte.