Nadie es una isla

 

“No man is an island, entire of itself; every man is a piece of the continent, a part of the main. If a clod be washed away by the sea, Europe is the less, as well as if a promontory were, as well as if a manor of thy friend’s or of thine own were: any man’s death diminishes me, because I am involved in mankind, and therefore never send to know for whom the bell tolls; it tolls for thee.” John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions, “Meditation XVII”.

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte del todo. Si una porción de tierra es borrada por el mar, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, como si fuera la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque formo parte de la humanidad; por lo tanto nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.” John Donne, Devociones para ocasiones emergentes, “Meditación XVII”.

Fuente: http://barry-overstreet.com/sometimes-leadership-leaves-you-on-an-island/

Esta reflexión de John Donne, poeta inglés del siglo XVII, me dejó pensando últimamente. La humanidad es un todo por todas las partes que lo forman: por pequeña que sea el aporte o el impacto de la vida de una persona, si no estuviera todo el conjunto sería distinto, no como una mayoría donde sólo importa lo que predomina, sino como un cuerpo humano, donde existen materiales que lo componen en porcentajes minúsculos (en el cual 0,05 es la mitad de la tabla, chequeénlo) y que sin embargo son absolutamente necesarios para que seamos lo que somos.

Hasta la persona más humilde e insignificante existe por una razón. Este hecho, que se nos revela por la fe (Dios pensó, creó y ama a cada persona), nos pasa tan de costado muchas veces. Esas personas que nos caen mal, a los que no soportamos, y peor todavía, aquellas que no llaman nuestra atención, que parecen invisibles y a las cuales no vemos, o no prestamos atención, nunca los invitaríamos a una fiesta o juntarnos con ellos. Y si embargo, los necesitamos.

También me hicieron pensar acerca del individualismo de nuestra cultura. A pesar de que cada vez más vivimos en ciudades más grandes, en las cuales dependemos físicamente de los demás en mayor medida (o imaginate tener que plantar vos mismo todas las frutas y verduras y manejar el ganado necesario para comer todos los días), cada vez nos creemos más autosuficientes, como si viviéramos en una burbuja y los demás no nos afectaran ni importaran.

Una pequeña parte de tierra disminuye a un continente entero. Imaginen unos granos de arena frente a todo un continente. Es una imagen muy poderosa, nos llama y nos sobrecoge: cada partecita achica al conjunto.

Pero el texto habla también de la muerte, las campanas se refieren a la costumbre de tocar las campanas de las iglesias cuando se celebraban funerales. Si cada partecita de hombre, cada pérdida me afecta, no debo preguntar por quién se llora, se llora también por mí, porque yo quedé reducido, porque perdí algo irreparable, alguien que nunca va estar de la misma manera en este mundo, y que de una manera imperceptible estaba relacionado conmigo. Cada pérdida de uno es una pérdida de todos.

Si yo estoy mal, afectaré a los que están alrededor mío también. Cómo nos cuesta ver las consecuencias de nuestros actos, incluso las que podemos llegar a ver. Y la muerte es la suma final de todos nuestros actos.

Por último, traigo una cita del Génesis (4, 8-10) para reflexionar:

Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos afuera». Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre su hermano y lo mató.Entonces el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?».Pero el Señor le replicó: «¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano grita hacia mí desde el suelo.Dios le preguntó a Caín dónde estaba su hermano. Caín le respondió: “No lo sé, ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”