Ángel fieramente humano

 

“Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!”

Blas de Otero, “Hombre”, Ángel fieramente humano.

¿Cuántas historias de fe comienzan con un ¡Basta!? Un mundo sin Dios, sin causas últimas, sin eso que da sentido a nuestra vida o que se la dio a nuestra cultura por muchos siglos parece, al principio, liberador. Ponemos nuestro sentido a la vida, queremos cambiar las partes de la realidad que no nos satisfacen, queremos cambiar incluso la naturaleza humana.

Pero este impulso no dura mucho: nuestro sentido está unido a nuestra visión de la vida (si esta se tambalea, cae todo), las cosas que cambiamos nos salen torcidas y la naturaleza humana se resiste al cambio, por violento que sea y nos deja cansados de ese trabajo vano.

El poema “Hombre” refleja de una manera muy bella (y no por bella, menos terrible) esa experiencia de soledad absoluta, de sentirse abandonado por Dios “¿Por qué me has abandonado?

¿Cuántos a los que la vida golpeó perdieron la fe?

Es el grito de Job, uno de los lamentos más antiguos de la Humanidad: Si soy justo, ¿Por qué sufro el mal? ¿Y por qué los que no son justos a veces no lo sufren?

Y ustedes, ¿Se sintieron alguna vez así? ¿Lo superaron, fortalecieron su fe? ¿O se sienten alejados, sin saber cómo volver? ¿O quizá nunca sintieron nostalgia de Dios?

  • Maru Di Marco de Grossi

    Creo que la clave para entender este estado del alma, la noche espiritual, es pensarlo como una prueba que, una vez que se supera, lleva a una conversión más profunda, a un encuentro más íntimo con Dios. Y también ayuda, para superarlo, pensar que Cristo cargó antes con todas nuestras dolencias, y que Él mismo, siendo Dios, experimentó la verdadera noche, para luego resucitar en la gloria. Muchos santos lo han vivido así, y saben que, si Dios retira de nuestra devoción esa “vibración emocional” que solo Él puede conceder plenamente (más allá de cómo la belleza material de la liturgia pueda colaborar para ello), si nos hace pasar por ese momento de aridez, es para nuestro bien. Ante ese momento, como ante un fuerte viento, no hay que desesperar: hay que cerrar los ojos, respirar profundo, y adentrarse a AMAR con más convicción. Este tipo de cosas me hacen pensar en que no es óptimo considerar que la fe SOLO va por el lado de los sentimientos, de las emociones, de las necesidades o de las intuiciones: todo ello, desde ya, es fundamental, pero para Dios hay que entregarse íntegramente, en toda nuestra humanidad, y por eso necesitamos comprometer también nuestra Razón.

    En fin, eso pienso yo… :) Gracias por compartir el poema y por tu reflexión, querido Fran!

    • http://blogs.lanacion.com.ar/parroquia-online/ Francisco Videla

      Al contrario, Maru, ¡Muchas gracias por tu comentario! Tenés mucha razón. ¿Cuánto cuesta confiar y dejarse llevar, no? Incluso en las manos de Dios.