La araña negra (segunda parte)

En la entrada anterior habíamos quedado con Christine convertida en araña gigante.La araña destruía la comarca día y noche, matando a los campesinos y a su ganado.

Hasta que una noche, una mujer que había perdido a su hijo a manos de la araña la tomó con sus manos desnudas, la introdujo en un hueco de una viga que había preparado y la encerró ahí. La mujer murió por tocar la araña, pero la paz volvió a la aldea.

Ahí la historia vuelve a la narración del abuelo, con toda la familia asustada por la historia. Ninguno quiere reírse por la impresión del relato, pero tampoco quiere aparentar que se la toma demasiado en serio. Ninguno quería sentarse ahora detrás de la viga.

El abuelo, riéndose, explica que muchas veces se sentó ahí, y que no siento miedo, excepto cuando albergaba algún mal pensamiento, sentía un ronroneo detrás de él, “como un gato al que se le pasa la mano por el lomo y ronronea de bienestar”.

Uno de los primos le preguntó al abuelo si podía seguir la historia. Y el abuelo siguió contando.

Las generaciones que vinieron después vivieron vidas justas, temerosos de Dios. El tiempo hizo que se fueran olvidando de la peste que los había atacado, y poco a poco fueron olvidándose de sus deberes y empezaron a llevar vidas disolutas. Cerca de dos siglos pasaron desde que se encerró a la araña en aquel lugar.

Ahora había una nueva dueña en la casa, extranjera como Christine, orgullosa y vanidosa. Esta mujer tenía un hijo, al que no dejaba salir de su casa, siempre bajo su mirada. Cuando pensó que estaba en edad de casarse ella le consiguió una mujer de su familia, que también lo dominaba.

Las dos mujeres estaban horrorizadas con la casa: el resto de las casas de alrededor ya se habían demolido o reconstruido. Los vecinos recordaban la historia de la araña, y les aconsejaban no tocar la casa, pero ellas se terminaron convenciendo de que eran cuentos producto de la envidia.

Ellas contrataron a unos obreros para hacer las reformas. A pesar de que, al empezar a martillar las vigas, empezó a salir humo de una, siguieron trabajando. Al final la casa fue reformada, y se hizo una gran fiesta, que duró tres días, para celebrarlo.

La atmósfera era de desenfreno y lujo sin medida. Los criados de la casa organizaban fiestas fastuosas, hacían bromas pesadas, y en varias ocasiones jugaban a pinchar el tapón que tapaba el agujero de la araña en la viga.

Hasta que llegó el día de Navidad, y empezaron a organizar una fiesta parecida.

La otra semana veremos el  fin de la historia y los motivos recurrentes en ella.