Las falsas alternativas

Es A o B“, “Soy blanco o negro“, “no tengo punto medio“, y tantas frases cliché que contraponen dos alternativas. Nuestro día a día se va entretejiendo de estas dicotomías, donde no se percibe escapatoria.

Nos imaginamos viviendo entre la espada y la pared. La espada de hacer lo que creemos que debemos hacer y la pared de sentir que no sabemos hacer otra cosa. ¿Qué harías si no tuvieras miedo de fracasar? ¿Qué harías si no tuvieras miedo de equivocarte? ¿Qué cambiarías si no persiguieras a toda costa la seguridad?

Es cierto que el principio de no contradicción tal como lo enunció Aristóteles:

es imposible que, al mismo tiempo y bajo una misma relación, se dé y no se dé en un mismo sujeto, un mismo atributo

En otras palabras, algo no puede ser y no ser a la vez al mismo tiempo. O se hace o no se hace. Por ejemplo, no se puede estar parado y sentado a la vez. Se está parado o se está sentado. No se puede hablar y callar a la vez. Se habla o se calla.

Sin embargo, muchas veces abusamos o falseamos este principio. A lo que apunto es que en momentos, se está en frente de dos opciones opuestas y en otros momentos, maniatamos esas opciones y las formulamos de manera tal que fueran opuestas. En el primer caso, serían verdaderas contraposiciones o alternativas contrapuestas.

El problema viene cuando vemos nada más dos opciones sobre el universo de posibilidades. Cuando es “seguir así porque no se puede cambiar”, “elijo esto porque no me queda otra opción”. Por ejemplo, continuar en un trabajo que no me gusta porque lo sé hacer o “es lo único que sé hacer”, seguir con tal persona por miedo a estar solos o no irme al gran viaje que quiero hacer por miedo a abandonar mis seguridades.

Fuente: http://www.hotel-r.net/im/hotel/gb/two-ways-2.jpg

El mundo se encarga de situar todo a un nivel de falsa alternativa. De que permanentemente creamos que no existe más opción que la que estoy tomando. Y dejáme decirte: si estás viendo dos alternativas como contrapuestas; tal vez estás errando el enfoque.

Tal vez, mejor ir a caminar y pensar: ¿qué harías si no tuvieras que tomar esa primera opción?

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Diferencia, no te tenemos miedo.

Las diferencias que muchas veces asustan, son las que enriquecen y las que hacen al universo un poco como es y lo que es.

Permanentemente escucho historias de personas que realizan elecciones distintas a las que tomo yo o que incluso tomaría dadas las mismas circunstancias. Es una verdad universal: existen los que viven su vida de la manera en que quieren y yo, en efecto, pienso que también así lo hago. Sin embargo, ¿cómo es que cada uno toma diferentes rumbos?

El otro día tenía una conversación con una amiga diciendo: cómo nos parecemos ya la vez cuán distintas somos. Eso, me hizo reflexionar sobre aquello que nos unía: qué opiniones compartíamos o si en efecto, era el desacuerdo o los desencuentros de argumentos en variados temas lo que nos mantenía juntas. Aún hoy, no lo puedo definir. Porque siempre me motiva crecer al lado de personas que opinen y viven diferente. Pero ¿es sostenible en el tiempo? Me sorprende cómo el mundo tiene miedo de lo distinto y de lo desconocido. Por favor, ¡cuánta tolerancia y respeto por las decisiones de cada uno nos falta! (me incluyo claramente en esto).

Imagen obtenida de: http://corazontransicional.blogspot.com.ar/2010/09/caminos-diferentes.html

Somos únicos. En consecuencia, todo debería por definición ser diferente. Si no, ¿cuál es el punto de vivir? Nuestro lugar es único en el mundo, nadie repite nuestros mismos vínculos, relaciones, trabajo o incluso aunque tuviéramos la vida parecida a alguien ya sea por haber estudiado lo mismo y trabajar en el mismo lugar. La cruda realidad es que no existe otro como yo y – agárrense bien– no va a existir nunca. Al principio, puede generar pánico. Luego de amasar la verdad, de digerirla nos invita a lanzarnos a vivir un poco más intensamente. No hay tiempos para arrepentimientos por aquello que no hicimos. No existe el botón de volver atrás el tiempo. No hay un “contrl+z”. Entonces, si dejamos un espacio ocioso o calentamos una silla; en otras palabras, si sobrevivimos más que vivir o respiramos por inercia, es ahí mismo donde me animo a decir que estamos dejando algo vacante. No estamos saldando nuestra deuda con nosotros mismos, aquella de fidelidad a lo que somos y lo que podemos ser.  No estamos transformando nuestro pedazo de tierra, ni cultivando nuestros talentos o incluso, tampoco estamos mejorando. Simplemente, nos encontramos pagando al mundo el tributo por existir: un intercambio de dióxido de carbono y oxígeno.

Lejos de llamar a la soberbia, quiero que tengamos los cojones para plantear un poco la unicidad de cada uno. Visto desde esa perspectiva, casi por inercia terminemos por hacer algún aporte. Desde ese punto nace mi compromiso y mi responsabilidad por hacer de este mundo, un mundo mejor.

Cada uno es una persona única y en la medida en que nos hagamos conscientes de esa verdad, vamos a arrancar a vivir con los pies en la tierra. A embarcarnos, arriesgarnos, cambiar, romper, intentar y a volver a elegir. Volver a empezar. A no dejar de vivir. Básicamente, a dejarlo todo. Y a disfrutar la vida intentando dejar huella en el mundo.

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Lo que nos dejó esta Semana Santa

Terminando la Semana Santa del 2016, que no va a volver a repetirse, quería compartirles un poco el aprendizaje (o mejor dicho, los dos grandes aprendizajes) que tuve.

  1. Semana Santa es una oportunidad tremenda para crecer en comunidad.

Si uno se sumerge en el mensaje de Jesús, quien va viviendo cada paso hacia la muerte de Cruz y Resurrección, ve que en casi todo momento está acompañando. Elige estar con los demás. Pero lo más lindo de Jesús es que realiza esa opción misericordiosamente por sus amigos sin importarle que uno lo traiciona, otro lo niega y casi ninguno llega al momento culmine de su sufrimiento.

La Pasión de Jesús nos resalta la importancia que le da a la comunidad. Es más, me animo a decir que en estos relatos se encuentra la miseria de la Iglesia. Gente que no vela por Él cuando lo pide, gente que lo latiga, gente que le clava una espada en su costado. Pero Él sigue eligiendo vivirlo en comunidad. Porque el Amor por definición, necesita salir afuera de uno mismo.

Si vemos, Jesús comienza entrando en Jerusalén donde es recibido por una multitud, en la noche que va a ser atrapado celebra la Última Cena dejando en claro que el servicio a los demás es una de las claves para la vida, parte y comparte el Pan y el Vino, sienta en su mesa al enemigo, ora en el Huerto de los Olivos preocupándose por la Salvación de los que se quedan dormidos, durante el camino al Gólgota necesita a Simón de Cirene para cargar su Cruz, en el final trágico les habla a María y Juan, pide perdón por los que lo condenaron y salva al Buen Ladrón.

Básicamente, en todo momento, Jesús nos quiere decir que lo más importante que vino a hacer en esta Tierra necesita vivirlo con la gente. Ahí mismo, ya está presente el germen de una iglesia, iglesia humana que se equivoca, pero iglesia que acompaña.

fuente: forosdelavirgen.org

         Fuente de la imagen: forosdelavirgen.org

             2.Vivir mi vida como lo vivieron los apóstoles al Sábado Santo.

Me desperté el Sábado Santo preguntándome: ¿Qué habrán sentido los apóstoles ese Sábado Santo? Porque Jesús les había dicho que resucitaría pero bueno, “del dicho al hecho hay un largo trecho”. Supongo que se habrán  despertado más alegres pero expectantes, más tranquilos que el viernes pero con una pequeña duda. Sin embargo, ellos fueron al Sepulcro, rezaron y esperaron.

Lo que me llevé de esta Semana Santa fue que quiero encarar mi vida con ese sentir de los Apóstoles. Nadie sabe cuándo vendrá, cómo vendrá, ni cómo reaccionaremos en la Segunda Venida. Pero sí sé que quiero que mi vida sea una eterna vigilia esperando a Jesús, esperando el momento donde se cumplan las promesas. Pero para eso, tengo que vivir trabajando en la Tierra como si a cada segundo pudiera venir. Quiero entregarme por Amor en todo momento, crecer en oración y creer fervorosamente que mi vida vale la pena si me despierto cada día como aquellos apóstoles y corro al otro lado de la piedra del Sepulcro con sus ánimos y su fe. Porque al fin y al cabo, se trata de eso, de la fuerza de mantener una duda. Nadie sabe 100% ni tiene el pájaro en la mano, pero creemos sin ver y esperamos con fe.

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Propuesta para la Cuaresma

Esta vez, me agarró la Cuaresma muy desprevenida, como recién aterrizando del verano. También, preparando la última materia y con cambios laborales. Una verdadera tempestad. Y como todo lo que no puedo preparar con anticipación, apurada. Entonces, no quise que dejar pasar estos cuarenta días sin proponerme algo. No solamente por costumbre sino más bien porque es un tiempo de oportunidad de cambio. Me resulta muy difícil imaginarme el Viernes Santo sin elegir algo en lo que quiera morir y a mi Domingo de Pascua, le faltaría la conversión típica de la Pascua. El “paso”.

La gran pregunta que me surgió fue: ¿hacia dónde? O, ¿en qué ámbito podía ser para mí este paso en 2016? ¿Qué, de todo lo que tengo que mejorar, podía ser especialmente ofrecido para trabajar este tiempo de preparación? En rigor de verdad, sentía que carecía del tiempo para elegirlo pero a su vez, seguían pasando los días sin hacer nada distinto.

Como quien no quiere la cosa, debatiendo un poco contra mí misma y lo fácil que me resultaba encontrar actitudes o defectos para mejorar; se hizo la luz. Recordé aquel 8 de diciembre en que se inició el año de la Misericordia propuesto por el Papa Francisco. De repente, todo cobró sentido. No tenía tiempo para reflexionar y todo lo que elegía no me terminaba de convencer, pero estaba en frente mío.

“Sean Misericordiosos como el Padre”. Entonces ya la pregunta era distinta: ¿con quién? ¿A quién tengo que perdonar? ¿A quién tengo que abrazar? ¿A quién tengo que darle la liberación de saberse perdonado? ¿A quién tengo que empezar a tratar distinto? ¿A quién quiero hacer propia su miseria?  ¿A quién que no me haya pedido perdón, debería perdonar como gesto? Bueno y ahí, es cuando se complica el tema. Cuando como se le presenta Jesús el diablo en el desierto, a nosotros nos surgen nuestras cadenas. Las cadenas del porqué yo tengo que hacer esto o porqué tengo que ser quien dé un paso o quien perdone; porqué tengo que ser el que abrace.  Todas preguntas que tienen su respuesta en el paso que quiero dar esta Cuaresma: amar más misericordiosamente. Amar de verdad como Jesús nos amó a nosotros, amar a los demás.

Por eso, la propuesta para esta Cuaresma, si quieren sumarse, es preguntarse: ¿cómo se puede amar más misercordiosamente?, ¿con quién?, ¿en dónde? y  ¿en qué actitudes?

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