ORO en tiempos dolOROsos

 

No hay tiempo más doloroso en el calendario litúrgico que el Viernes Santo. La pasión de Jesús, vista estrictamente desde el sufrimiento humano, conmueve, duele y hasta enoja: ¿Cómo pueden los hombres infligir tanto dolor en otro hombre? La flagelación del látigo, la coronación burlesca y punzante, el peso exagerado de una cruz… En fin, una muerte lenta y dolorosa que Jesús vivió en carne propia y la Virgen María, sus discípulos y amigos acompañaron y sostuvieron como pudieron padeciendo la impotencia de no poder cambiar su suerte.

No hay tiempo más doloroso en una familia que cuando la muerte asoma con un diagnóstico irreversible o irrumpe y nos arrebata a un ser querido. Me tocó vivir la primera. La enfermedad de mi Madre me conmovió, me dolió profundamente y también me enojó: ¿Cómo que los médicos no pueden hacer nada para salvarla? La resignación ante los estudios, el avance de los síntomas, el peso de la cruz de su enfermedad… En fin, su muerte lenta y la impotencia del caso, que también duele, pusieron a prueba el amor y la fe de toda la familia.

Rezábamos mucho, por supuesto. “Si puedes, Señor, aparta de nosotros este cáliz”. Y, al menos yo, con mi oración también pretendía EL milagro. Confieso que imaginaba, soñaba y esperaba un “Levántate y anda” para mi Mamá. ¿Mucho pedir? No creo. Corazón de hija que temía la orfandad. ¿Tuvieron efecto los rezos? Sí, por supuesto, pero desde un lugar que no supe ver inmediatamente.

Oramos mucho. Muchísimo. Solos, en familia, con amigos. Mi Mamá, aún en su máxima debilidad, rezó. Y, hasta donde su físico le permitió, comulgó a diario. Y entonces la mano milagrosa de Dios nos alcanzó, tocó y transformó nuestro dolor. Morir en paz y en plena gracia, transmitirnos la certeza de que su hora había llegado, despedirse con amor de cada uno, partir con la tranquilidad de haber hecho las cosas bien, fortalecernos a través de su propia cruz, dejar un legado de amor y un ejemplo de Fe y sentirla aún entre nosotros, esos fueron nuestros milagros y la respuesta a nuestras oraciones. No me quedan dudas. Y me sobra admiración y agradecimiento. Pero ¿cómo hizo mi Madre para lograrlo?, mi condición humana muchas veces aún lo cuestiona. Pero, una vez más, mi Fe me hace reaccionar y me responde.

Jesús en la cruz derramó sangre, para el ojo estrictamente humano. Y alcanzó a despedirse con algunas palabras para su limitada visión y comprensión. Pero para la mirada de la Fe Jesús derrotó a la muerte y al pecado y pronunció las 7 palabras más valiosas para nuestra propia salvación. Jesús en su máximo sufrimiento:

1. abogó por quienes no entendían lo que él padecía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)
2. inspiró a alcanzar la salvación a quien compartió su dolor: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43)
3. legó su familia: “He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26)
4. Se asustó y se quejó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)
5. porque sintió la limitación humana: “Tengo sed” (Jn 19, 28)
6. Pero aceptó su suerte: “Todo está consumado” (Jn19,30)
7. Y entregó su alma al Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46)

A esta vida no venimos a salvar nuestro cuerpo. Si así fuera, ante el llanto de sus seres queridos y el calvario de su propia carne, Jesús hubiera cicatrizado en el acto y levantado la cruz con el pulgar como si fuera una pluma y se hubiera vuelto invencible en esta tierra. Pero ese no fue el recorrido ni el sentido de la cruz de Jesús. El tramo final de su vida terrenal dejó en claro que el cuerpo es finito y solo un medio para alcanzar lo infinito. Jesús no murió súbitamente y sin dolor. Tampoco ocultó su padecimiento humano ni le ahorró el sufrimiento a quienes lo vieron morir. De esta manera, Jesús, su madre y sus amigos, cada uno desde su lugar, nos enseñaron a no desesperar y, menos aún, a no dejar de orar en momentos de fragilidad física. Para mí ese es el sentido del dolor de un Viernes Santo.

Es probable, si es que ya no te ha sucedido como a mí, que tu familia viva en algún momento un Viernes de Pasión. No te niego que sufrirás. Sentirás también impotencia y frustración, negación y desolación, desperación y desasociego. Pero también te puedo asegurar que hay un sentido. Hay un tesORO escondido durante ese tiempo dolOROso. La llave para encontrarlo es la oración. Y las 7 palabras de Jesús en la cruz son una guía para poder transitar el límite y fin de nuestra humanidad sanando lo que la ciencia no puede pero la FE supera para toda la eternidad.

Fuente foto: Charging lfe