Robert Frank. Diario de un encuentro 02

 

Miércoles 25 de julio de 2007. Son las tres de la tarde y llego caminando por Bleecker Street desde el oeste. Estoy frente a la puerta verde cuya única inscripción es el número 7.

A mi izquierda, garabateado con marcador sobre el portero eléctrico dice: “Correo: toque el timbre y pase la correspondencia por debajo de la puerta, o golpee fuerte en el medio de la puerta”. Lo hago, tres veces. Nadie contesta. De repente, se abre una cortina metálica del sótano a mi izquierda y reconozco la cara de June (artista plástica y esposa de Frank desde 1975) que me invita a pasar. Bajo dos escalones y puedo ver que Robert Frank está acostado en una cama junto a la ventana que da a la calle. Hace calor. Frank trata de incorporarse pero lo logra apenas. Entro al cuarto y lo veo por primera vez de cuerpo entero: se ha sentado en la cama y tiene frente suyo una vieja máquina de escribir sobre una mesita.

La cama está llena de libros, revistas, una cartera de mujer, las sábanas revueltas. Está vestido con camisa y pantalón, el cinturón desabrochado. Su desaliño coincide con el resto del ambiente. Es cierto que nunca le ha interesado ni la pulcritud personal ni el orden o la limpieza en los lugares donde vive. Pero no puedo observar mucho más por la cantidad inmensa de objetos que me rodean. Me concentro en su cara cansada y agobiada por el calor de la tarde. Lo veo triste, un poco desorientado. Tiene ahora 83 años. Estoy frente a la última leyenda viviente de la fotografía mundial.

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