Vuele bajo. Por Facundo Cabral
27.08.11
No crezca mi niño,
No crezca jamás,
Los grandes al mundo,
Le hacen mucho mal.
No crezca mi niño,
No crezca jamás,
Los grandes al mundo,
Le hacen mucho mal.
Y fue creciendo y cada vez le gustó menos salir: ir a tomar algo, ir a bailar o salir sin saber, ya no le gustaba. Una noche, un sábado, la invitaron a una gran fiesta. “¿Por qué?”, sus conocidos le preguntaron por qué no iría. “No me dan ganas”, había dicho. Que tenés que ir igual, que dale, que qué otra cosa tenés que hacer. Si respondía como le salía, ellos no iban a comprender. Tampoco ella comprendía ese argumento que al final no dijo:… no sé, tal vez leer. Tal vez pensar. Tal vez sólo estar. “¿Por qué no vas a ir?” Y en cambio hizo un chiste no tan chiste que tampoco se entendió ni para ella: “Es que no tengo tiempo para ser feliz”. Mejor que esa respuesta la dejaran pasar, ella y sus conocidos, mejor que ante esa respuesta se sonría. Decir sus razones serias ocultas bajo chiste la hizo algo débil y entonces ya no pudo seguir tomándose muy en serio y aceptó ir a la fiesta.
Pipi, mi primita de 3 años y medio jugaba con unas tazas de plástico. A un costado yo estaba copiando un cd de Tango. Tuve ganas de escuchar música y –para adaptarme un poco a su pequeña edad– puse algo instrumental (un Tango de Morgado). Vi con entusiasmo que mi primita, libre como si estuviese sola, comenzó a seguir el ritmo de la milonga con sus pies.
Cuando vio que la miraba, se acercó hasta mí.
– La Pipi no conoce esa música – me dijo. Se refería a ella en tercera persona.
– Esta música se llama Tango.
Silencio. Se me dio por repetir y separar sílabas, como si eso aclarara el asunto:
– Taaan-gooo.
Silencio.
– ¿Te gusta? – pregunté.
– Sí – pensó unos segundos –. ¿Tenés música de las Princesas?
Su nombre era Eugenia pero para mí era la niña grandota del jardín, de mi salita de 4 o 5 años. No sé bien a causa de qué, pero con Eugenia no nos aceptábamos. Sí puedo decir, sin embargo, que me molestaba especialmente una valijita rosa en la que llevaba su merienda, a diferencia de las demás, que lo hacíamos en las bolsas de telas a cuadros que eran también nuestras mochilas. Tampoco me gustaba, para nada, que no compartiese su copiosa comida, aún cuando alguien le pidiese. Pero mi antipatía hacia ella no se debía a eso.
Poco me importaban sus sándwiches –con una manzana en la mano yo andaba siempre con el estómago lleno de juegos. Mi hostilidad hacia la niña grandota vagaba en la ignorancia y de la ignorancia se alimentaba: sin hallar exactamente hacia qué dirigirse, mi hostilidad crecía más y sin los límites que impone un enemigo preciso. Tal vez hubo entre nosotras, alguna vez, por curiosidad y sin querer, una mirada que se extendió más de lo aceptable y eso levantó nuestras sospechas. Vaya a saber por qué, la cuestión es que –sin razón aparente– comenzamos a controlarnos.
Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que llegó del desierto a la ciudad, a vivir del espectáculo de su velocidad. Ver correr aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable. Corría con la crin al viento y el viento en sus dilatadas narices. Corría, se estiraba; y se estiraba más aún, y el redoble de sus cascos en la tierra no se podía medir. Corría sin regla ni medida, en cualquier dirección del desierto y a cualquier hora del día. No existían pistas para la libertad de su carrera, ni normas para el despliegue de su energía. Poseía extraordinaria velocidad y un ardiente deseo de correr. De modo que se daba todo entero en sus disparadas salvajes, y ésta era la fuerza de aquel caballo.
Cuando era adolescente tuve una amiga con la que conversaba mucho. Ella me llamó una tarde, dijo que tenía un problema, que necesitaba un consejo. La esperé en casa preguntándome si esa vez nos pasaría lo mismo que en los últimos encuentros, eso que yo aún no sabía precisar pero que en forma de presentimiento ya temía. Me había propuesto estar distraída de mis temores para poder prestarle atención. La recibí e incluso olvidé mis inquietudes, pero el encuentro que debía durar hasta despedirnos, no duró demasiado. Ella comenzó a hablar, a hacer suposiciones sobre lo que podría hacer y sobre lo que no, a recordar en voz alta una situación similar a la que ahora vivía.
La escuché y sentí la urgencia de señalarle que –me parecía– actuaría de manera equivocada. Algo impaciente esperé un silencio, el espacio para decirle cómo veía su situación. Pero sus pausas eran demasiado breves. Mis ojos abiertos aguardaron, mis cejas levantadas y ansiosas pedían la palabra. Pero mi amiga siguió hablando y percibí que su mirada estaba vuelta hacia su interior y que a pesar de mirarme ya no me veía. Tuve la extraña sensación de que mi amiga interrumpía mi silencio, y sentí confusión hasta comprender: no hacía falta estar hablando en voz alta para ser interrumpida, bastaba con que mi lenguaje corporal sea ignorado. Mi cuerpo que hablaba era interrumpido, mi cuerpo que le pedía, a los gritos, que dejara hablar a mi boca.
Y en un instante casi imperceptible que nunca podía captar en su totalidad, su mirada se hundía y sus ojos me observaban hundidos en su alma, desde esa profundidad. El cambio era tan notable, tan violento, que yo sentía que la persona con la que estaba hablando había huido sin avisarme y en su lugar había quedado otra con igual fisonomía, pero otra. Y a pesar de que la transformación ocurría tan sólo en un instante en el tiempo del reloj –menos de un segundo–, para mi propio tiempo la transformación ocurría en una eternidad, porque yo necesitaba de la eternidad para asimilar ese instante de reloj.
Nunca más intenté agarrar el ramo que arrojó la novia ni tuve la ilusión de sacar el anillo de las cintas de la torta. Nunca más participé porque esas cosas, con los años, fueron perdiendo el sentido o más bien con los años supe que para mí nunca lo habían tenido. No estoy segura pero creo recordar que siendo una nena mis padres me llevaban de la manito a participar activamente de esas tradiciones, y cuando ya era más grande y no necesitaba de la compañía de un adulto para ser –o parecer–, me inducían a los empujoncitos para que vaya a mezclarme yo sola entre las costumbres de la fiesta. Con ese impulso perdía la timidez e iba. Iba sin resistirme y hasta creo que llegaba a experimentar cierta alegría.
Pero con el tiempo esa alegría festiva se fue convirtiendo en mirada desconfiada y en actitud despectiva. No recuerdo cómo fue el proceso de cambio, pero si sé que en un casamiento me vi sentada a un costado de la pista de baile, observando con recelo una coreografía feliz que un animador feliz dirigía mientras todos intentaban imitarlo. Miré a un joven que cada dos por tres se tapaba la cara como avergonzado de no haber seguido a tiempo el pasito enseñado y luego miraba a sus costados con sonrisitas ansiosas, buscando los ojos ajenos. Su felicidad me impacientó y aunque no lo conocía terminé enojándome con él. Me sentí profundamente incapaz de divertirme con esa actividad de la coreografía y los pasitos.
Seguí con la mirada cada paso que dio hasta llegar al escenario. Días atrás me habían dicho que era una de las mejores cantantes de tango y –aunque disimulé– eso me había generado expectativa. El guitarrista, su compañero de show, la presentó y le hizo un comentario buscando intercambiar unas palabras. Pero ella siguió mirándolo sin decir nada. Yo me inquieté un poco y pregunté con mis ojos, moviéndolos de un lado a otro como quién busca cómplices, qué pasaba que ella no respondía. Me pareció que él también sintió la tensión y entonces se apresuró en hacerle una pregunta. Ella tardó en responder “Sí” y a mí me dio la sensación de que no sabía que le habían preguntado.
Comenzó a cantar “Malena” y tenía una voz hermosa. En eso, en lo suyo, se la veía muy segura. Entre tango y tango él le hacía algunos comentarios y si bien ahora ella respondía con más soltura lo hacía sin demasiado interés, con cierta ansiedad en su boca. Cada vez que volvía a cantar volvía, por así decirlo, a terreno firme. Pero hubo un momento, un instante que no recuerdo si fue durante el tango “Naranjo en flor”, en que percibí algo, algo prácticamente imperceptiblemente que ella –sin querer– comenzó a transmitir. Y fue justamente por lo imperceptible, por lo sutil, que mayor impresión me causó. En ese momento no pude definir qué era. Pero si sé que me dejó hundida en la silla, confundida y algo turbada.
Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento…
El domingo se quedó solo en casa. A causa de una sensación –una inquietud, una molestia– que él no podría precisar por ser a nivel inconsciente; a causa de esa sensación responde mecánicamente con un impulso: prende la televisión. Como la persona que involuntariamente mira el reloj y a los segundos se da cuenta de que no vio las agujas. Esto es porque aunque así lo haya creído, no miró el reloj para saber la hora. Tampoco él prendió la televisión, como sería lógico, luego de pensar que tenía ganas de verla. Él no lo sabe pero de otra manera –sin televisión y en silencio– se hubiese sentido triste.
Al minuto –sin haber prestado atención al programa que había en la pantalla– comienza distraídamente a cambiar de canal. Y lo que hace con esos pequeños actos que parecen no tener importancia ni significado, es esquivar el silencio. Por momentos lo esquiva con ruido; en otros casos lo hace con actos silenciosos que son también ruido: la ausencia de sonidos no siempre significa silencio. Por momentos se detiene en un programa, lo mira unos segundos y luego vuelve a cambiar de canal.
