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	<title>¡A mamá NO!</title>
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	<description>No hay peor verdad que descubrir una mentira</description>
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	<item>
		<title>Pausa para mi alma</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Mar 2012 12:32:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Los niños y los locos]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace dos meses me di cuenta que yo era una porquería de tipo. Las razones que me llevaron a admitir esta verdad son muchas y variadas y ciertamente no estoy de buen ánimo como para repasarlas. Voy a decir, únicamente, que me había convertido en una especie de máquina. Era insensible y oportunista; vestía un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace dos meses me di cuenta que yo era una porquería de tipo. Las razones que me llevaron a admitir esta verdad son muchas y variadas y ciertamente no estoy de buen ánimo como para repasarlas. Voy a decir, únicamente, que me había convertido en una especie de máquina. Era insensible y oportunista; vestía un traje gris y tenía el rostro igual de gris y la expresión petrificada de olvido. Mi mirada se había vuelto hacia afuera en lugar de volverse hacia adentro y luego hacia afuera y así terminó por convertirse en una mirada sin fondo, siempre fija y ciega en una carrera inútil. Sí. Yo era un tipo inútilmente exitoso; corriendo detrás de una felicidad que es falsa y está siempre adelante. Un tipo que nunca se reía sin olvidar el motivo.</p>
<p>Hace dos meses me di cuenta de todo eso y decidí cambiar. Y decidí, también, que mi cambio sería desde las raíces. Fui a ver a un viejo amigo, Roberto, porque creí recordar que él tenía dos chicos, una nena de tres y un nene de cuatro. Mi amigo se sorprendió de verme; en resumen: me interesé falsamente en su vida y luego le pedí sin más vueltas que me preste a sus hijos. Él se puso serio y preguntó qué quería decir exactamente con eso de que me preste a sus hijos. Me puse nervioso y comencé a decir pensamientos precipitados y sueltos, todos cortos; cada nuevo pensamiento nació interrumpiendo al pensamiento anterior y murió siendo interrumpido también. Fue de esa manera bastante torpe que intenté explicarle a Roberto. De eso que dije tan sólo llego a recordar fragmentos aislados, como <em>“tío que tus hijos no tienen”, “ser triste y opaco”</em> –refiriéndome a mí mismo–, <em>“estoy desesperado”, “por favor”, “dale Roberto” </em>y nuevamente<em> “estoy desesperado”.</em></p>
<p style="text-align: center"><em><a href="http://www.flickr.com/photos/alele/2587158059/in/photostream"><img class="aligncenter size-full wp-image-2345" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2012/03/2587158059_0453997e38_z.jpg" alt="" width="512" height="342" /></a><br />
</em></p>
<p><span id="more-2342"></span>Tuvimos una larga charla. Mi amigo terminó diciendo que él no tenía problema en que pase tiempo con sus hijos. Pregunté ansioso si podía verlos. Respondió que estaban durmiendo. Propuse despertarlos y él dijo que no. <em>“En ese caso –</em>dije<em>– espero”.</em> Después de más de una hora de espera Roberto vino a informarme que los chicos se habían despertado y jugaban en una de las habitaciones. Me acompañó hasta allí. Yo estaba de mal humor porque me habían hecho esperar y además tenía sueño. Entramos al cuarto, cuando los niños me vieron me observaron descaradamente y seguidamente miraron al padre. Roberto me presentó; les dijo que yo era su tío y que todas las tardes iría a jugar con ellos. Después nos dejó solos.</p>
<p>Ese primer día no fue para nada bueno. Los niños no colaboraron en integrarme y en general me dejaron bastante solo. Como no tenía nada que hacer y estaba horriblemente aburrido me puse a jugar con mi celular; también respondí algunos mails del trabajo. Durante ese tiempo miré de vez en cuando a los chicos, cada vez los miré de reojo y con indiferencia terminé concluyendo que eran unos mezquinos. Tenían un montón de juguetes, algunos repetidos, y no habían querido prestarme ninguno. Aquel día también llegué a pensar que era mi aspecto físico el que los hacía tener esa actitud reservada. Soy un hombre deforme, de un metro noventa encorvado, y tengo una figura que se parece bastante a la de un rombo. Cuarenta y seis años pesando en la espalda.</p>
<p>El segundo día llegué a jugar una hora más tarde de lo convenido. Roberto me abrió la puerta y lo noté algo serio. Con tono grave me dijo que el nene no quería verme; había dicho que yo no era su tío y que le había robado un autito. Le juré a Roberto que no y acusé a sus hijos de egoístas; lo cierto es que yo ya había decidido no decir nada pero dadas las cosas terminé por contarle todo lo que me habían hecho. Roberto sonrió con ternura, me tomó de un brazo y me llevó hasta el cuarto de los niños. Allí me dejó, solo con ellos.</p>
<p>Jugaban y ni siquiera levantaron la vista para mirarme. Por mi parte hice lo mismo; no los miré y fui a sentarme en un rincón. Estaba ofendido. Lo del autito robado era cierto pero en definitiva –pensé– era culpa del nene. Se lo había pedido, por las buenas, un montón de veces. El no había cedido y terminé por quitárselo –delante de sus ojos– en una distracción que yo mismo provoqué. Eso había sido el día anterior y aún seguían echándomelo en cara con su indiferencia. No me importó; jugué con mi celular y pensé <em>“allá ellos con sus juguetes”.</em> Sin embargo me aburrí rápido, dejé el celular a un lado y comencé a apilar unos bloques de plástico –había visto que ellos estaban haciendo lo mismo–; poco a poco fui levantando una torre, pronto tuvo mi altura y desde mi altura la contemplé satisfecho; cuando bajé la vista vi que los dos niños me observaban desde allí abajo. Estaban como enajenados. Pensé que no era para menos pues su torre tenía no más de cuatro bloques.</p>
<p>Ese fue nuestro primer acercamiento. Los días que siguieron fueron mejores y podría decir que a la semana ya me habían aceptado. Sin embargo había una realidad: yo seguía siendo esencialmente una porquería y siempre intentaba ventajearlos. En los juegos hacía trampa haciendo uso de mi inteligencia superior y mi tamaño y en general siempre terminaba por ganarles. Si iba perdiendo en los dados, me las ingeniaba para distraer su atención con otra cosa y daba por finalizada la partida –por su abandono–. Y así con todo. Entrada la tarde Roberto nos traía la chocolatada y esas galletitas que traen variedad. Cuando él abandonaba el cuarto, yo tomaba el paquete y me separaba todas las galletitas que tenían relleno. Un día la niña encontró una y me la ofreció con candor. La tomé y la comí. Pero, también, sentí algo que hasta entonces no había sentido: culpa. Fue desde ese momento que comencé a ver expuestas mis miserias en su estado más primitivo. Pues, a la luz de la inocencia infantil, mi egoísmo y mis bajezas eran de color bien negro. Ese día de la galletita la piedra que cubría mi alma se resquebrajó. Dejé de estafar a los niños y ya no los manipulé para quedarme con el mejor juguete. Porque, en verdad, de alguna manera para mí dejó de existir el “mejor” juguete. Ahora tan sólo hay juego.</p>
<p>Todo eso no quita que en mí sigan existiendo restos de ruindad. Ayer, por ejemplo, volví a hacerles trampa en la escondida. Los espié mientras se escondían y apenas terminé de contar fui directo a su escondite –se habían metido dentro de unas cajas en donde jamás se me hubiese ocurrido buscar–, fui directo a las cajas y las abrí con violencia. Allí estaban, acurrucados, sus ojos abiertos y alucinados. Comencé a reír de una manera grotesca y hueca, innecesariamente fuerte me reí en sus pequeños rostros y los señalé con el índice. Después salí corriendo como un loco, gritando <em>“Pica, pica” </em>y levantando las manos en señal de triunfo. Llegué a la piedra, grité otra vez <em>“Pica” </em>seguido de sus nombres y desde allí me burlé de ellos. La niña comenzó a llorar e intenté extorsionarla para que pare. Cuando se calmó la mandé a contar y fui derecho a meterme dentro de las cajas. Pero no entré y terminé abandonando el juego –ningún escondite me parecía mejor que ese–; los niños se enojaron, yo me enojé, y terminamos yéndonos a las manos. Roberto vino a separarnos; eso ya había pasado otras veces. Sinceramente no sé por qué ayer me comporté de esa forma.</p>
<p>No lo sé, serán sólo eso, restos de ruindad. Únicamente restos porque estos últimos días me estoy sintiendo distinto. Incluso por momentos y casi sin darme cuenta, jugando con los chicos pasé a ser uno más de ellos; y no los miré desde arriba porque llegué a comprender que en los juegos no hay alturas. Mi rostro ya no es gris y en mi expresión tan sólo quedan cicatrices de una dureza pasada. Últimamente estoy más callado; es que ya no necesito andar diciendo lo que hago para confirmar que soy. Parece, también, que existe una felicidad que es y no intenta alcanzarse; ya no corro tanto y en el camino a veces me detengo. Me detengo y miro. Los niños: ya casi olvidé que dos meses atrás me acerqué a ellos para usarlos; ahora me dicen tío.</p>
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		<title>Despertar</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Mar 2012 19:25:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy a las seis sonó el despertador y como todos los días lo apagué inmediatamente. Pero a diferencia de siempre hoy no me levanté; me quedé boca arriba, tapado hasta la nariz y observando con ojos de piedra las sombras que se dibujaban en el techo. No pensaba en nada o más bien pensaba en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy a las seis sonó el despertador y como todos los días lo apagué inmediatamente. Pero a diferencia de siempre hoy no me levanté; me quedé boca arriba, tapado hasta la nariz y observando con ojos de piedra las sombras que se dibujaban en el techo. No pensaba en nada o más bien pensaba en todo de una manera confusa; pensaba más que nada –tampoco tenía otra cosa en qué pensar– en las cosas que tenía que hacer durante el día. Cosas del trabajo.</p>
<p>Repentinamente me di cuenta: estaba asustado y no sabía bien por qué. Lo intuía pero no sabía y es que tenía la consciencia cercada por todos los costados; por cualquier costado de mi pensamiento se levantaban muros y mandatos sociales sin dueño que mi intuición no podía atravesar. Entonces sólo llegaba a ser sensación que yo no alcanzaba a nombrar. Me quedé así, asustado sin saber; pasaron quince minutos, el despertador sonó otra vez y cuando sonó me puse a llorar. Lloré silenciosamente para no despertar a mi mujer; lloré como un nene y con las sábanas me cubrí toda la cara. Durante un momento tuve un sentimiento extraño: quise quedarme así, tirado en la cama; arrojado sobre el colchón en la posición que estuviese y sin acomodarme. Así eternamente sin hacer otra cosa más que observar el techo con mis ojos de piedra.</p>
<p style="text-align: center"><a href="http://www.flickr.com/photos/alele/2801036514/in/photostream/"><img class="aligncenter size-full wp-image-2328" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2012/03/1.jpg" alt="" width="512" height="342" /></a><strong><br />
Días de extraños</strong></p>
<p><span id="more-2324"></span>Después no lloré más y me quedé con la vista fija en el despertador. Aún sonaba y cada vez sonaba más fuerte como si hubiese enloquecido. Lo miré con enojo porque me pareció que eso era muy agresivo y finalmente lo apagué. Intenté levantarme –ya se me hacía tarde– pero no pude; casi pude sentir como un peso blanco me cayó sobre todo el cuerpo, cayó y se alimentó de mi desgana para luego volver a caer. El peso caía y se vaciaba de peso sobre mí una y otra vez; entonces comprendí que esa mañana no podría levantarme. A las siete sonó el despertador de mi mujer. Yo tenía los ojos abiertos y ciegos; la mirada inmóvil y perdida detrás de una tiniebla pesada.</p>
<p><em>–¿Te quedaste dormido Ernesto?</em><br />
<em>–No.</em><br />
<em>–Ya son las siete.</em><br />
<em>–Sí.</em><br />
Hubo un silencio. Luego ella habló otra vez.<br />
<em>–¿Te sentís mal?</em><br />
<em>–No.</em><br />
Pensé un poco. Dije:<br />
<em>–Bueno, sí.</em><br />
<em>–No entiendo, ¿qué pasa Ernesto?</em><br />
Nuevamente un silencio. Después mi voz surgiendo calma y de pronto, inesperadamente hasta para mí y sin que yo tuviera pensado decir lo que dije.<br />
<em>–No sé. Tal vez no quiera ser más abogado.</em><br />
Silencio. Yo estaba muy sorprendido de lo que había dicho y mi mujer había quedado bastante afectada.<br />
<em>–¿Qué decís Ernesto? ¿Cómo que “tal vez”?</em><br />
<em>–No sé ¿Sabés?, hay algo raro&#8230; necesito pensar. Nunca tengo tiempo para pensar.</em></p>
<p>Parece que en este punto mi mujer se sintió sobrepasada porque se levantó de la cama y ya no dijo más. A las ocho salió para el trabajo y yo quedé solo en casa, acostado boca arriba hasta que sentí hambre y me levanté. Comí algo; después y a fuerza de costumbre me puse a revisar unos legajos y terminé por sentirme aburrido muy rápido. Pensé que a esa hora y cualquier otro día yo hubiese estado haciendo algún trámite legal y también eso me pareció aburrido.</p>
<p>Quizás fue ese mismo aburrimiento el que a eso de las once me arrastró hacia el sótano. Inesperadamente y sin aparente razón me encontré revolviendo unas cajas con cosas de mi infancia. Primero saqué a los muñecos a los que alguna vez les di vida, después saqué autitos y figuritas; todo lo saqué de la caja con la misma monótona indiferencia. Por último saqué un pianito con el que de chico pasaba bastante tiempo y sin lógica y también con indiferencia me puse a tocar sus teclas. Pero pronto pasó lo que no esperaba: mis manos, como si supieran –en verdad sabían–, comenzaron a recorrer el piano y a interpretar la canción que en la infancia siempre me gustaba tocar. Una melodía suave que yo creía olvidada; de pronto nacía de mí, de mis manos, y sin que yo tuviese que pensar. Se me sacudió el alma. Y después de mucho tiempo de olvido de mí, sencillamente y por primera vez me pregunté quién quería ser.</p>
<p style="text-align: center"><a href="http://www.flickr.com/photos/alele/2847855600/in/photostream/"><img class="aligncenter size-full wp-image-2329" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2012/03/2.jpg" alt="" width="512" height="342" /></a><strong><br />
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí&#8230;</strong><br />
(Oliverio Girondo)</p>
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		<title>Una revelación hecha de nada</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 17:47:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Tuve, en mi vida, momentos de absoluta claridad. En total fueron tres y uno fue ayer mientras hacía nada. Él llegó tarde del trabajo y nada más que por costumbre le pregunté cómo le había ido. Hasta acá todo como siempre y sin embargo cuando él dijo “Bien” y seguidamente justificó su demora yo sentí [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left">Tuve, en mi vida, momentos de absoluta claridad. En total fueron tres y uno fue ayer mientras hacía nada. Él llegó tarde del trabajo y nada más que por costumbre le pregunté cómo le había ido. Hasta acá todo como siempre y sin embargo cuando él dijo “Bien” y seguidamente justificó su demora yo sentí algo extraño. Impulsivamente lo miré a los ojos y entonces sucedió. Sucedió cuando vi su mirada fija en mí y lejana en algún otro punto. En ese instante –fugaz fracción de segundo– yo caí sin voluntad en un estado de revelación donde lo vi todo y todo junto.</p>
<p style="text-align: center"><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/332985675/in/photostream"><img class="aligncenter size-full wp-image-2317" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2012/02/Revelación1.jpg" alt="" width="450" height="338" /></a></p>
<p style="text-align: left">Vi aquella vez que me miró con tristeza y la tarde en que le hablaba y él asentía sin escucharme. La flor que me regaló con la frialdad de un negocio. Su mano desmayada sobre la mía y las sonrisas rígidas de deber. La televisión cortando nuestros puentes y también las palabras ya sabidas que nos dijimos. Vi momentos vividos por accidente y que yo creía compartidos. Vi todo lo que antes no quería ver. O, más bien, lo que teñido por el miedo veía de una manera borrosa, tan sólo como una intuición que yo ya era hábil en esquivar.</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-2315"></span>Sé que en ese instante vi mucho más y sin embargo no puedo saber qué fue. Todo lo vi sin verlo, en una claridad que me cegaba. Y, a pesar de eso, estoy segura de algo: lo que vi eran momentos que yo había vivido para un después; vividos para ser vistos justamente en ese instante de revelación en que los vi. Porque, cuando vi su mirada, sentí un choque y como todos esos momentos que estaban esperando de pronto se desencadenaron, se soltaron del inconsciente y cayeron en un orden y con un sentido inmaterial.</p>
<p>Instantáneamente todo el caos que como un barro me bloqueaba el pensamiento se removió y cayó hasta dejarme frente a los ojos sólo lo que era necesario ver. Sé, tengo la certeza, que todo eso sucedió y sin embargo hay algo curioso: es como si en el instante en que sucedió yo no hubiese existido. Tal vez no existí en serio. Mientras tanto el mundo a mi alrededor quedó suspendido esperándome. Y, cuando finalmente regresé en mí, pude poner en pensamiento lo que la revelación me estaba mostrando. Y supe, ahora sé para siempre –el instante de revelación es eterno– que él me estaba mintiendo.</p>
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		<title>El futuro que no va a llegar</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 16:45:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Estoy buscando el camino. Aunque a veces lo olvide y entonces parezca –incluso para mí mismo– que estoy bien y no busco nada. Aunque pase eso sé que necesito de otra cosa que me haga creer. Porque, en el último tiempo, trágicamente y a una velocidad que ni siquiera me da tiempo a acostumbrarme para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estoy buscando el camino. Aunque a veces lo olvide y entonces parezca –incluso para mí mismo– que estoy bien y no busco nada. Aunque pase eso sé que necesito de otra cosa que me haga creer. Porque, en el último tiempo, trágicamente y a una velocidad que ni siquiera me da tiempo a acostumbrarme para que la mentira se haga verdad; en el último tiempo voy desechando posibilidades de existencia. Casi siempre sucede así: imagino una posibilidad, una manera de vivir que sea nueva y noble y quedo bastante entusiasmado. Trazo planes para mí y curiosamente incluyo al resto de las personas convencido de que todos deberían vivir así, como yo me estoy imaginando.</p>
<p>Trazo planes, durante días enteros e incluso durante meses, voy dibujando una línea en el pensamiento que corre y se ensancha. Pero después viene esa sensación que no sé nombrar; viene así, repentinamente y sin avisar, me asalta y la línea de mi posible futura existencia se detiene por un instante –en lo hondo yo siento que se corta sin posibilidad de continuar… pero disimulo. Es en ese instante que la vida se me vacía de sentido y estoy terriblemente solo, esté con quién este y esté haciendo lo que esté haciendo. Cuando sucede todo esto me apresuro en seguir. Ignoro la sensación que fue fugaz, casi imperceptible, y sigo.</p>
<p style="text-align: center"><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/2278412444/in/photostream"><img class="aligncenter size-full wp-image-2298" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2012/01/2278412444_fac764c5e0_z.jpg" alt="" width="385" height="576" /></a></p>
<p><span id="more-2297"></span>Excepto aquella vez en el trabajo que no seguí y me detuve. Ya durante gran parte de la mañana me había sentido bastante infeliz. A media tarde trabajaba sobre una planilla, absolutamente llena de números, y vino a mí la sensación. Esta vez me quedé en ella y dejé que ella se quede en mí. Entonces, no sé por qué, con la imaginación me hice viejo de repente y desde ese tiempo miré con ojos sabios pero ya inútiles mi vida pasada. Y dentro de ese total –del total de una vida, más precisamente del total de mi propia vida– pude comprender rápidamente que aquel mi pequeño acto de trabajo, de analizar números y cosas así, era mucho menos que pobre y olvidable. Lo comprendí pero tampoco hice nada.<a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/539415355/in/photostream"><br />
</a><br />
En mí existe una cobardía estúpida que no comprendo, una atadura que me amarra  y contra la que no puedo luchar porque es invisible. Entonces permanezco. Voy, miro y descubro verdades muchas veces dolorosas… y tengo los ojos abiertos pero las manos quietas. El alma espiando detrás de un muro y yo espiándola a su vez sin hacer nada. Soy un inútil que no hace absolutamente nada. En realidad, sí hago algo: me avergüenzo mucho de ser así… incluso peor que un inútil –porque quién ya sabe y no hace es peor que eso. Esos días de vergüenza me atormento y prometo cambiar. Incluso vienen a mí ráfagas de inspiración y entonces trazo grandes planes para el mundo, para que el mundo sea mejor. Pero tan sólo eso. Así existo: persiguiendo un futuro que nunca llega porque siempre es ahora.</p>
<p style="text-align: center"><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/539415355/in/photostream"><br />
</a><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/539415355/in/photostream"><img class="aligncenter size-full wp-image-2311" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2012/01/2-539415355_a13729e7d92.jpg" alt="" width="500" height="334" /></a></p>
]]></content:encoded>
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		<title>No te salves. Por Mario Benedetti</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Dec 2011 14:29:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[No te quedes inmóvil al borde del camino no congeles el júbilo no quieras con desgana no te salves ahora ni nunca no te salves no te llenes de calma no reserves del mundo sólo un rincón tranquilo no dejes caer los párpados pesados como juicios no te quedes sin labios no te duermas sin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><iframe width="560" height="315" src="http://www.youtube.com/embed/rwivEVwkyXw" frameborder="0" allowfullscreen></iframe></p>
<p>No te quedes inmóvil al borde del camino<br />
no congeles el júbilo<br />
no quieras con desgana<br />
no te salves ahora ni nunca<br />
no te salves<br />
no te llenes de calma<br />
no reserves del mundo<br />
sólo un rincón tranquilo<br />
no dejes caer los párpados<br />
pesados como juicios</p>
<p><span id="more-2268"></span>no te quedes sin labios<br />
no te duermas sin sueño<br />
no te pienses sin sangre<br />
no te juzgues sin tiempo.</p>
<p>Pero si pese a todo<br />
no puedes evitarlo<br />
y congelas el júbilo<br />
y quieres con desgana<br />
y te salvas ahora<br />
y te llenas de calma<br />
y reservas del mundo<br />
sólo un rincón tranquilo<br />
y dejas caer los párpados<br />
pesados como juicios<br />
y te secas sin labios<br />
y te duermes sin sueño<br />
y te piensas sin sangre<br />
y te juzgas sin tiempo<br />
y te quedas inmóvil<br />
al borde del camino<br />
y te salvas<br />
entonces<br />
no te quedes conmigo.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Diálogo</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Nov 2011 16:51:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Máscaras sociales]]></category>

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		<description><![CDATA[–No, Fernando descree de todo… –me contaba– no cree en las instituciones, no cree en el sistema, no cree en la política, no cree en las religiones. No cree en la medicina… no tiene obra social porque dice que si uno está en paz no se enferma… –Eso es cierto. –Sí, pero no sé… ¿qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>–No, Fernando descree de todo… </em>–me contaba– <em>no cree en las instituciones, no cree en el sistema, no cree en la política, no cree en las religiones. No cree en la medicina… no tiene obra social porque dice que si uno está en paz no se enferma…</em></p>
<p><em>–Eso es cierto.</em></p>
<p><em>–Sí, pero no sé… ¿qué querés que te diga? A mí me preocupa…</em></p>
<p><em>–¿Por qué?</em></p>
<p><em>–Y porque qué va a hacer después… ¿de qué va a vivir?</em></p>
<p><em>–¿Y de qué vive ahora?</em></p>
<p><em>–Trabaja un par de horas, junta plata y con eso come… después no gasta nada, no tiene otros gastos. Nunca le pidió nada a nadie.</em></p>
<p><em>–Y bueno, después vivirá de eso también…</em></p>
<p>Ella se quedó en silencio. Pregunté:</p>
<p><em>–¿Por qué eligió esto? Quiero decir, esa forma de vida…</em></p>
<p><em>–Él dice que no necesita otra cosa.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>–Tiene razón ¿Y antes que hacía?</em></p>
<p style="text-align: center"><em><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/2566511862/in/photostream"></a><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/2566511862/in/photostream"><img class="aligncenter size-full wp-image-2223" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2011/11/2566511862_b7834562fb1.jpg" alt="" width="500" height="357" /></a><br />
</em></p>
<p style="text-align: center"><strong>Ratas con billeteras curiosas</strong></p>
<p><em><span id="more-2216"></span>–Estudió, trabajó un tiempo en un estudio… creo que nunca más podría trabajar así, estando encerrado. Pero ahora él está equivocado, la vida tampoco es así…</em></p>
<p><em>–¿Y cómo es?&#8230; ¿Sabés lo que pasa? Yo veo a la gente, de no sé, cuarenta, cincuenta años… me refiero a los que llevan una vida estándar, y nadie es feliz realmente… nadie. Salvo alguna excepción se viven quejando, mejor dicho, se quejan y no viven… y pienso: “si sigo ese mismo modelo de vida soy una boluda… si tengo evidencias claras de que hay algo que falla”; a menos que profundamente desee ese estilo de vida, que no es mi caso para nada, ni el de nadie creo… me fui por las ramas, perdón, ¿vos creés que la gente en general es feliz?</em></p>
<p><em>–No.</em></p>
<p><em>–¿Y entonces por qué te preocupás tanto si Fernando eligió un camino justamente distinto al de esa gente que no es feliz?</em></p>
<p><em>–Porque Fernando no tiene nada… ninguna seguridad. </em></p>
<p><em>–¿Y el resto si? ¿No son falsas seguridades las que tienen? ¿De qué les sirven? Un buen trabajo, el auto, el celular. Y después: un trabajo mejor, un auto mejor, un celular mejor… y así infinitamente ¿Para qué? ¿De qué les sirven si para todo eso hipotecan la vida y no tienen tiempo? Fernando no tendrá seguridad porque entendió que no necesita ese tipo de seguridad.</em></p>
<p>Se quedó pensativa. Pregunté:</p>
<p><em>–¿Fernando es feliz?</em></p>
<p>No dudó un segundo. Con una sonrisa me dijo:</p>
<p><em>–Siii… Fernando está en paz. Él sí que es feliz.</em></p>
<p><em>–¿Y entonces?</em></p>
<p><em>–No es tan simple.</em></p>
<p><em>–Quizás sí es simple: se es feliz o no…</em></p>
<p>Un día Diógenes vio como un niño bebía agua con las manos en una fuente. <em>“Este muchacho –</em>dijo–<em> me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas”</em>, y tiró su recipiente. Se dice que una mañana, mientras Diógenes se hallaba absorto en sus pensamientos, Alejandro Magno, interesado en conocer al famoso filósofo, se le acercó y le preguntó si podía hacer algo por él. Diógenes le respondió: <em>“Sí, tan sólo que te apartes porque me tapás el sol”</em>.</p>
<p style="text-align: center"><iframe width="420" height="315" src="http://www.youtube.com/embed/Emtm6H2RyfA" frameborder="0" allowfullscreen></iframe>
</p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Que te salves de estar salvado</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Nov 2011 16:07:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Ese domingo se levantó vergonzosamente tarde. Se sirvió un vaso de agua y se sentó en la cocina. Miró por la ventana; así estuvo quién sabe cuánto tiempo. Después deambuló por la casa, arrastrando los pies y arrastrando el tiempo… tapando huecos de tiempo con mentiras. No pasó mucho tiempo, tal vez unos quince minutos; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ese domingo se levantó vergonzosamente tarde. Se sirvió un vaso de agua y se sentó en la cocina. Miró por la ventana; así estuvo quién sabe cuánto tiempo. Después deambuló por la casa, arrastrando los pies y arrastrando el tiempo… tapando huecos de tiempo con mentiras. No pasó mucho tiempo, tal vez unos quince minutos; vi que con paso vencido caminaba hasta el living. Se dejó caer en el sillón. Me acerqué y me senté al lado.</p>
<p><em>–¿Cómo va?– </em>le pregunté.</p>
<p>Sonreímos los dos. Sabíamos los dos que la pregunta no era casual.</p>
<p><em>–Aaah</em>–suspiró–<em> estoy cansado.</em></p>
<p><em>–Cansado.</em></p>
<p><em>–Sí.</em></p>
<p><em>–Para mí es mentira… no quiero decir que vos estés mintiendo, pero… no debe ser cansancio.</em></p>
<p><em>–No entiendo.</em></p>
<p><em>–¿No viste?… todo el mundo está cansado. A cada uno que le pregunto está cansado, ¿de qué? Vos, por ejemplo, ¿de qué estás cansado? Es domingo y son las dos de la tarde.</em></p>
<p><em>–Sí… es cierto…</em></p>
<p><em>–¿Qué es cierto?</em></p>
<p><em>–Que todos están cansados. Y si no están cansados están con ganas de mandar todo a la mierda…</em></p>
<p><em>–Y bueno, ¿y en definitiva no es lo mismo?&#8230; están cansados de todo.</em></p>
<p>Nos quedamos en silencio. Él parecía pensar, finalmente habló.</p>
<p><em>–Estoy harto.</em></p>
<p><em>–¿De qué? Seguro que no sabés.</em></p>
<p><em>–No, no sé en realidad. Harto de este todo que es nada.</em></p>
<p><em>–Uh.</em></p>
<p><em>–Tendría que pasar algo.</em></p>
<p><em>–¿Algo como qué?</em></p>
<p>Se desperezó.</p>
<p><em>–No sé, algo… algo como algo, cualquier cosa, no sé…</em></p>
<p>Supe a qué se refería y le dije:</p>
<p><em>–Pero tendría que ser algo que no puedas predecir.</em></p>
<p><em>–Sí, creo que sí…</em></p>
<p style="text-align: center"><iframe title="YouTube video player" width="480" height="390" src="http://www.youtube.com/embed/I3y2OvvuhDI" frameborder="0" allowfullscreen></iframe><em><br />
</em></p>
<p style="text-align: center"><strong>Charlie</strong> [Chris O'Donnell]: <em>derecho, derecho. Manténgalo derecho</em>.<strong><br />
<strong>Frank</strong></strong> [Al Pacino]: <em>ir siempre derecho no es divertido, Charlie</em>.</p>
<p><em><span id="more-2195"></span>–¿No sería algo que te salve de estar salvado?</em></p>
<p>Me miró con ansiedad.</p>
<p><em>–¿Cómo?</em></p>
<p><em>–Sí, no sé… por ejemplo: vos ahora sabés, o podés imaginar, más o menos, como va a ser tu vida de acá hasta que te mueras… ¿qué es lo más emocionante que puede llegar a pasarte si las cosas siguen como están?</em></p>
<p>Pensó un momento. Después sonrió con ironía.</p>
<p><em>–Que me asciendan– </em>respondió.</p>
<p><em>–Dije “emocionante”.</em></p>
<p>Sonreímos.</p>
<p><em>–A lo que voy</em><em> </em>–dije–<em> es que vos no estás cansado… vos ni todo el mundo, ¿no? </em></p>
<p>Hice una pausa y seguí:</p>
<p><em>–O estás cansado de hacer nada. Hacer todo lo que ya sabemos que vamos a hacer, ¿no sería como no hacer nada? ¿Qué sería? ¿Aburrimiento? ¿Estás aburrido? Aburrimiento de ya saber… por eso, estás esperando algo que te salve de saber…</em></p>
<p><em>–¿Y vos cómo sabés?</em></p>
<p>Me lo preguntó sonriendo. Comprendí a dónde quería llegar y lo miré a los ojos. Dije despacio:</p>
<p><em>–Yo también estoy esperando.</em></p>
<p><em>–Acá tirados en el sillón no creo que vaya a pasar nada…</em></p>
<p><em>–Vamos a dar una vuelta. Es más, vamos a hablar con la gente, ¿te imaginás? “Hola señora, quería saber si usted también está esperando&#8230;&#8221;.</em></p>
<p>Y salimos.</p>
<p><em> </em></p>
<p style="text-align: center"><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/2823816840/in/photostream"><img class="aligncenter size-full wp-image-2196" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2011/11/2823816840_aa4ab0ae6f.jpg" alt="" width="343" height="500" /></a><strong><br />
Ni idea</strong></p>
<p style="text-align: left">“Salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas   nobles, a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos   ahorrado, a luchar por amores imposibles. A que nos peguen, a que nos   derroten, a que nos traicionen. Cualquier cosa es preferible a esa   mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman   madurez”. Alejandro Dolina, El libro del Fantasma.</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Creernos eternos: la mentira mortal III</title>
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		<pubDate>Wed, 19 Oct 2011 15:10:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Estaban en el patio de su casa, cada uno leyendo su libro. Ella comprendió que en ese momento eso era justo, que el silencio los unía más. Hacía tiempo que ella estaba mal. Como si él la adivinara, giró y se quedó mirándola. Al fin ella también lo miró y sintió que venía algo importante. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estaban en el patio de su casa, cada uno leyendo su libro. Ella comprendió que en ese momento eso era justo, que el silencio los unía más. Hacía tiempo que ella estaba mal. Como si él la adivinara, giró y se quedó mirándola. Al fin ella también lo miró y sintió que venía algo importante.</p>
<p>– <em>¿Tu vida es una mierda?</em> – preguntó él.</p>
<p>– <em>Sí… </em>– ella quiso agregar algo más, tal vez una justificación. Pero lo cierto es que tampoco quería justificarse, ella lo sentía así.</p>
<p>Se miraron y él le sonrió pidiendo explicaciones. Entonces ella se acercó como si fuese a contarle un secreto.</p>
<p>–<em> Sí, es una mierda </em>– reafirmó para sí misma – <em>pero… tenemos que hablar de esto en algún momento. Es grave.</em></p>
<p>–<em> Y hablemos.</em></p>
<p>Sonrieron y hubo un silencio. El silencio necesario que antecede a los temas importantes. Ella le explicó lo que él probablemente ya sabía:</p>
<p>–<em> ¿Sabés lo que pasa? No puede ser que yo esté, todos los días, desde las 9 hasta las 18 esclavizada en la empresa. Es más, con el viaje sería de 8 a 20.</em></p>
<p>–<em> ¿Y entonces?</em> – preguntó con sutil sarcasmo su hermano.</p>
<p>–<em> Y bueno, estoy pensando la manera de liberarme. Yo tengo que estar haciendo lo que me apasiona todo el día, todo el día.</em></p>
<p>–<em> ¿Y entonces?</em></p>
<p>–<em> Bueno, ya va, ya va. Opciones: consigo un trabajo de, no sé, 4, 5 horas y el resto del tiempo me dedico al arte o dejo todo ya y veo la forma de vivir del arte. Planto un par de tomates acá en el fondo… porque, ¿sabés qué? Estuve pensando, ¿quién dijo que primero tengo que “liberarme” económicamente para empezar a hacer lo que quiero?, esa idea me la metiste vos.</em></p>
<p>–<em> La sigo sosteniendo.</em></p>
<p>–<em> Bueno, está bien, yo empiezo a dudar ¿Por qué no empezar ya a hacer lo que me gusta? ¿esa no es la verdadera liberación, más allá de la económica? Además, leí las biografías de todos estos tipos</em> – tocó el libro de Fiódor Dostoievski – <em>y escribían y…</em></p>
<p>–<em> Sí, eran todos pobres, ¿no?</em> – interrumpió su hermano.</p>
<p>–<em> Sí, Fiódor estaba endeudado y escribía para pagar deudas ¿Y Sabato? Se fue a un rancho en medio de la sierra… sin agua corriente, sin nada. Dejó todo para saber lo que realmente quería hacer en su vida.</em></p>
<p style="text-align: center"><iframe width="420" height="315" src="http://www.youtube.com/embed/Emtm6H2RyfA" frameborder="0" allowfullscreen></iframe>

<em> </em></p>
<p><span id="more-2181"></span>– <em>Claro, porque si estás ahí, en el rancho, te plantás un par de hortalizas y no necesitás más nada. Escuchá</em> – dijo él con tono grave al levantar el libro que leía: “Cartas morales a Lucilio”, de Séneca.</p>
<p>Ella lo miró fuerte porque nunca se sintió cómoda con esa costumbre de él, de interrumpir la conversación para leer un párrafo de un libro. Siempre terminó por comprender que esos párrafos no interrumpen la conversación… son la conversación.</p>
<p>–<em> Es importante</em> – se justificó su hermano ante la mirada de reclamo.</p>
<p>Ella concedió con un gesto y él comenzó a leer:</p>
<p>– Caída su patria, perdidos los ojos y la esposa, habiendo salido del trance en vida, sólo él, y a pesar de todo contento, del incendio general, le preguntó Demetrio, por el número de ciudades que había destruido, si había perdido algo; y el filósofo contestó: <em>“Todos los bienes están en mi”</em>. He aquí el varón fuerte y valeroso, que supo hacer suya la victoria del enemigo. <em>“Nada he perdido”</em>, haciendo dudar de su victoria al vencedor. <strong><em>“Todos los bienes están en mí: la justicia, la firmeza, la prudencia, y aquel mismo sentir como bienes sólo aquellas cosas que no pueden sernos arrebatadas…”</em></strong></p>
<p><em>“&#8230; si alguien cree que lo que posee no es bastante, será un miserable aunque sea el dueño del mundo”</em>. Verás que tales sentencias toman un aire vulgar, es decir, son dictadas por la Naturaleza, cuando las encontramos en un poeta cómico: <em>“No puede ser venturoso quien no cree serlo”</em> ¿Qué te importa cuál sea en realidad tu situación, si a ti te parece mala? <em>“Pues qué”,</em> me dices: <em>“si aquel hombre acaudalado, enriquecido vergonzosamente, y aquel dueño de muchos esclavos, pero esclavo de muchos más dueños, se proclama feliz, ¿esta sentencia contribuirá a que lo sea?”</em> No es lo que dice, sino lo que siente, la cosa que importa.</p>
<p>Una y otra vez, ella repitió en silencio <em>“Todos los bienes están en mi, y aquel mismo sentir como bienes sólo aquellas cosas que no pueden sernos arrebatadas…” </em> y sintió un escalofrío. Dijo:</p>
<p>–<em> Bueno, ¿ves? Séneca también me da la razón. Escuchá, estuve pensando lo siguiente…  voy a hablar con Gustavo, que es el gerente de la empresa, y le digo: “Quiero una rebaja de sueldo”.</em></p>
<p>Su hermano empezó a reírse. Ella continuó:</p>
<p>–<em> Bueno, entonces voy y le digo: “Quiero una rebaja de sueldo, en función de que a partir de ahora empezaría a trabajar 6 horas por día. Pero no temas Gustavo… voy a seguir haciendo el mismo trabajo que hasta ahora. Y reducir mi sueldo es un ahorro para la empresa”.</em></p>
<p>–<em> Todo cierra</em> – confirmó su hermano.</p>
<p>–<em> ¡Y si, y si!</em> – comenzó a exaltarse al ver que él validaba la idea – <em>yo ya venía pensando en esto, pero me van a mandar a la mierda, sin fundamento, pero me van a decir “que hacer eso no se puede”.</em></p>
<p>Se quedaron pensativos. Él parecía elaborar algo. Finalmente dijo:</p>
<p>–<em> Para que te digan que sí, tenés que darles una muy buena razón, una razón que los convenza a todos.</em></p>
<p>–<em> Y lo del ahorro, ¿qué más quieren? Es más, deberían hacerlo con toda la empresa, no sólo conmigo, porque todos podrían hacer el mismo trabajo en la mitad de tiempo…  si se la pasan tomando café y en el facebook.</em></p>
<p>–<em> No, eso no lo van a hacer. Olvidate. Tiene que ser otra razón, que te incluya sólo a vos, ¿por qué deberían dejar que empieces a trabajar 6 horas? Una razón… que no te puedan decir que no.</em></p>
<p>Ella pensó. Y en forma de broma y ya poniéndose en escena con el gerente, dijo cuál sería su razón, la única razón que halló irrebatible:</p>
<p>–<em> “Me estoy muriendo Gustavo”</em></p>
<p>Su hermano se agarró la cabeza y con tono grave repitió: <em>“esa es la razón, esa es la razón”</em>. Empezaron a reírse con ganas y él siguió:</p>
<p>–<em> “Gustavo, me estoy muriendo… y, y </em>– rió –…<em> todavía tengo mucho que hacer”</em>.</p>
<p>–<em> “Gustavo, Gustavo…” y le agarro la mano… “me queda menos tiempo de vida” </em>– ensayó ella con picardía.</p>
<p>–<em> “Me queda menos tiempo de vida” </em>– sonrió su hermano comprendiendo el trasfondo.</p>
<p>–<em> ¡Es que es verdad! ¡lo peor es que es verdad! Cada instante me muero un poco… no es que le estoy mintiendo…</em></p>
<p style="text-align: center"><iframe width="420" height="315" src="http://www.youtube.com/embed/SQgS1QtvdUo" frameborder="0" allowfullscreen></iframe><em><br />
</em></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><strong>Posts relacionados</strong>:<a title="Link permanente para: Creernos eternos: la mentira mortal II" href="../../../../../mascaras-sociales/creernos-eternos-la-mentira-mortal-ii/"><br />
Creernos eternos: la mentira mortal I<br />
Creernos eternos: la mentira mortal II</a></p>
<p><em> </em></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Que nos sacudan los hombros. Por Antoine de Saint-Exupery</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Sep 2011 14:42:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Conoces lo que tu vocación pesa en ti. Y si la traicionas, es a ti a quien desfiguras; pero sabes que tu verdad se hará lentamente, porque es nacimiento de árbol y no hallazgo de una fórmula&#8221;. “&#8230;Viejo burócrata, mi camarada aquí presente, nadie te ha permitido evadirte y de ello no eres responsable. Has [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;Conoces lo que tu vocación pesa en ti. Y si la  traicionas, es a ti a  quien desfiguras; pero sabes que tu verdad se hará  lentamente, porque  es nacimiento de árbol y no hallazgo de una fórmula&#8221;.</p>
<p>“&#8230;Viejo burócrata, mi camarada aquí presente, nadie te ha permitido  evadirte y de ello no eres responsable. Has construido tu paz a fuerza  de bloquear con cemento, como lo hacen las termitas, todas las salidas  hacia la luz. Has rodado como una bola en la seguridad burguesa; en tus  rutinas, en los ritos asfixiantes de tu vida provinciana, has alzado esa  humilde muralla contra los vientos y las mareas y las estrellas. No  quieres inquietarte con los graves problemas, bastante trabajo has  tenido con olvidar tu condición de hombre. No eres el habitante de un  planeta errante, no planteas preguntas sin respuesta, eres un pequeño  burgués de Toulouse. Nadie te ha sacudido los hombros cuando aún era  tiempo. Ahora, la arcilla con la cual estás hecho se ha secado y  endurecido y nada en tí podría despertar al músico dormido, o al poeta, o  al astrónomo que quizá te habitaban al principio”&#8230;</p>
<p style="text-align: center"><iframe width="420" height="315" src="http://www.youtube.com/embed/6OkKRf4HrUA" frameborder="0" allowfullscreen></iframe></p>
<p><span id="more-2147"></span>“&#8230;nosotros queremos ser liberados. El que da un golpe de azadón  quiere conocer el sentido de su golpe de azadón. Y el golpe de azadón  del presidiario, que humilla al presidiario, no es el mismo que el del  explorador, que engrandece al explorador. El presidio no reside allí  donde se dan golpes de azadón. No se trata de horror material. El  presidio reside allí donde se dan golpes de azadón que carecen de  sentido, que no vinculan a quienes los dan con la comunidad de los  hombres. Y queremos evadirnos del presidio.</p>
<p>Existen doscientos millones de  hombres en Europa que carecen de sentido y que quisieran nacer. La  industria los ha arrancado al lenguaje de los linajes campesinos y los  ha encerrado en esos ghettos enormes que se parecen a estaciones de  clasificación, llenas de ruinas de vagones negros. Del fondo de las  ciudades obreras quisieran ser despertados.</p>
<p>Hay otros, presos en el engranaje de todos los oficios, para los que  están vedadas las alegrías del “pionnier” (tr: explorador, pionero), las alegrías religiosas, las alegrías del sabio. Se ha  creído que para engrandecerlos era suficiente vestirlos, alimentarlos,  subvenir a todas sus necesidades. Y poco a poco se ha fundado en ellos  el pequeño burgués de Courteline, el político de aldea, el técnico  cerrado a la vida interior. Si se les instruye bien, no por eso se les  cultiva más. Tiene de la cultura una pobre opinión quien cree que ella  consiste en la memorización de las fórmulas. Un mal alumno del curso de  Especiales sabe más sobre la naturaleza y sobre las leyes que Descartes y  Pascal. Pero, ¿es capaz de las mismas andanzas de espíritu?”&#8230;</p>
<p style="text-align: center"><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/2566596570/in/photostream"><a href="http://www.flickr.com/photos/el_perseguidor/2566596570/in/photostream"><img class="aligncenter size-full wp-image-2155" src="http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/files/2011/09/2566596570_d95802dc7e1.jpg" alt="" width="357" height="500" /></a><br />
</a><strong>Durante seis días trabajarás</strong></p>
<p>“&#8230;Sólo cuando tengamos consciencia de nuestro papel, aún el más  borroso, solamente entonces seremos felices. Sólo entonces podremos  vivir en paz y morir en paz, pues lo que da sentido a la vida da un  sentido a la muerte. Ella es tan dulce cuando se halla en el orden de  las cosas, cuando el viejo campesino de Provenza, al término de su  reino, entrega en depósito a sus hijos su lote de cabras y de olivos, a  fin de que los transmitan, a su vez, a los hijos de sus hijos. Solo se  muere a medias en un linaje campesino. Cada existencia se abre a su vez  como una vaina y entrega sus granos”.</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Tirar una piedra al cielo</title>
		<link>http://blogs.lanacion.com.ar/mentira/mascaras-sociales/tirar-una-piedra-al-cielo/</link>
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		<pubDate>Tue, 20 Sep 2011 19:06:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mguerrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Máscaras sociales]]></category>

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		<description><![CDATA[“Decía Donne que nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel a la horca, y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura; o no estamos enteramente despiertos”. Ernesto Sabato, La resistencia. Yo tendría unos 12 años, más o menos, cuando fui a pasar unos días al campo de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“Decía Donne que nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel a la horca, y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura; o no estamos enteramente despiertos”. </em><strong>Ernesto Sabato, La resistencia.</strong></p>
<p>Yo tendría unos 12 años, más o menos, cuando fui a pasar unos días al campo de un tío. En el campo había muchas gallinas. Día tras día las observaba un buen rato, esperando con los brazos a un costado y con paciencia, esperando algo indefinido y siempre sin que pasara nada. En menos de una semana me había contestado a mí misma que no podía ser que las gallinas siempre –toda su vida– fuesen a estar así. Pregunté a los adultos. No recuerdo exactamente qué, tal vez algo como <em>“¿En qué momento es que las gallinas hacen otra cosa?”</em> pero sí recuerdo que mi pregunta no se entendió y que entonces intenté explicarme y fue peor: no pude hacer caber mi sensación vaga respecto de las gallinas tan sólo en una pregunta. Terminé confusa, enredada, no sabiendo siquiera qué es lo que quería preguntar.</p>
<p>Al otro día fui –no sin ilusión– a ver a las gallinas para ver qué estaban haciendo. Las controlé desde lejos. Estaban ahí, siendo gallinas. Comportándose de igual modo que toda la última semana y eso no podía menos que enojarme. Esperé con ansiedad y nada. Pisando cada vez para hacerme notar, me fui acercando a ellas con aire resuelto, pero las gallinas seguían con su actitud indiferente, ellas me ignoraban y a mis 12 años –exigentes de atención– eso me dolía. Una inquietud confusa me fue deteniendo el paso. No lo pensé, lo cierto es que sin mirar a los costados, como si nada yo agarré una piedrita y se las tiré. Apenas si alguna se dio cuenta. Seguí mirando, ya casi sin esperar, sin ánimo para la desilusión y sin ganas de construir un tiempo falso haciéndome la ofendida. Las gallinas me tenían tremendamente aburrida, casi harta, y entonces empecé a caminar, para alejarme. Pero no pude seguir.</p>
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<p>Detenida un instante en la tierra y una eternidad en la comprensión: es que yo me negaba a aceptar, sin más, el existir doméstico y repetido de esas aves, que fuera así y nada más que así y para siempre era para mí inaceptable y terrible. Entonces me sentí en el deber, en el compromiso, de darles algún tipo de emoción. Abandonando mi partida, giré bruscamente y rápido corrí hacia ellas. Estorbaría su transcurrir, su vida en su continuidad incesante. Yo era la persona que viendo correr el agua de un río arroja –automáticamente– una rama o algo y observa luego como la rama desvía el curso esperado. La persona que viendo la fila negra, infinita, de las hormigas, no puede evitarlo y en una especie de capricho les pone una piedra para interrumpir, para evitar que pase lo que se sabía que iba a pasar.</p>
<p>Con las pupilas fijas, con los brazos abiertos para anunciarles más vistosamente mi llegada, corrí lo más rápido que pude al encuentro de esas aves sin saber qué hacer con ese encuentro que sería. Y como es cierto que cuando no se tiene claro qué hacer o qué decir frente a alguien, en vez de esperar y callar como sería lo justo, en vez de eso uno, todo confuso, empieza a hacer o a decir en exceso; así yo también, en vez de aclararme primero, sin saber qué hacer con las gallinas comencé a correr detrás de ellas como una inconsciente.</p>
<p>Es cierto que se habían alborotado un poco y corrían como podían, torpemente, chocándose entre ellas, con las limitaciones de su cuerpo intentaban escapar de mí que medía mi velocidad para no pisarlas. Pero no reaccionaban, su reacción era tímida y cobarde: yo hubiese deseado que se subleven y me enfrenten, que se armen de valor y me echen a picotazos, que me hieran porque entonces mi herida hubiese sido la medida de la herida provocada por mí en ellas: herida en el sentido de un despertar. Cruel e incansable –porfiada como a veces sólo un chico puede serlo–, en mi correr iba pensando nuevas alternativas para hacer reaccionar a las gallinas, hasta que mi carrera comenzó a detenerse, yo no sabía por qué pero me iba deteniendo, cada vez más, sin pausa, hasta quedar totalmente inmóvil, mirando a las gallinas y a través de ellas –a través de esas gallinas concretas del campo de mi tío yo estaba viendo a toda la especie gallinas; totalmente inmóvil sentía piedad, infinita piedad. Y, también, miedo de mí, de lo que yo estaba haciendo con esas aves: irreflexiva, casi inconsciente yo había hecho atendiendo más a mis impulsos que a otra cosa y eso era –o podía ser– cruel.</p>
<p>Ya no quise molestarlas, quise que se queden tranquilas y sin mí. Entre las gallinas me fui caminando, sumisa y silenciosa como quién siente culpa y pide perdón a través de una actitud suave y poco ruidosa. Estaba siendo invadida por una sensación de humildad y aceptación que a esa edad no podía explicar. Hoy intuyo que esa sensación tenía que ver con esto: quién era yo para querer cambiar a las gallinas. Tal vez, su vida así como era, para ellas estuviese bien.</p>
<p>No puedo diferenciar, en parte, eso que entonces hice con las gallinas de lo que hoy hago con algunas personas. Son vidas mansas y obedientes que llegan a desesperarme. Como con las gallinas, voy y corro a esas personas, las miro desconfiada preguntándome si en verdad creen en todo lo que dicen y sobre todo en todo lo que hacen. Hago preguntas que podrían herir –son preguntas que también en su momento me hirieron y me curaron, a veces necesitamos llegar a extremos y sangrar para darnos cuenta que estamos vivos. A veces, como con las gallinas, me detengo, llena de piedad y compasión y culpa, y me digo a mí misma que qué derecho tengo, y me pregunto por qué mi verdad habría de ser más válida que cualquier otra. Trato de aceptar sus verdades y no puedo. No puedo aceptar que haya verdades que en vez de hacernos arder nos anestesien.</p>
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<p>No sé, por momentos, qué decirles ni qué hacer con esas personas ni tampoco exactamente qué espero que hagan. Es una sensación vaga como la que tenía con las gallinas, porque al menos esa tarde, yo nada claro tenía para decirles o para hacer con ellas: entonces sólo pude darles mi correr libre y espontáneo. Y sobre todo verdadero. Les estaba gritando, a mi modo, que así como estaban, no las aceptaba, que no podía aceptarlas. Tirar una piedra al cielo para que al menos alguien deje de mirar al piso.</p>
<p><em>“Pero era como si, sola con un alpinista paralizado por el terror del precipicio, yo, por más inhábil que fuera, no pudiera sino intentar ayudarlo a bajar. El profesor había tenido la mala suerte de que fuera tan luego la más imprudente la que quedara sola con él en sus yermos. Por arriesgado que fuera mi lado, me veía obligada a arrastrarlo hacia mi lado, pues el de él era mortal. Era lo que yo hacía, como una criatura molesta que tira de un grande por el ruedo de una chaqueta. Él no miraba hacia atrás, no preguntaba lo que yo quería, y se libraba de mí con un empujón. Yo seguía tironeando de su chaqueta, mi único instrumento era la insistencia. Y de todo eso él sólo veía que yo le desgarraba los bolsillos. Es verdad que ni yo misma sabía exactamente qué estaba haciendo, mi vida con el profesor era invisible”.</em> <strong>Clarice Lispector, Travesuras de una niña.<br />
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