Tuve, en mi vida, momentos de absoluta claridad. En total fueron tres y uno fue ayer mientras hacía nada. Él llegó tarde del trabajo y nada más que por costumbre le pregunté cómo le había ido. Hasta acá todo como siempre y sin embargo cuando él dijo “Bien” y seguidamente justificó su demora yo sentí algo extraño. Impulsivamente lo miré a los ojos y entonces sucedió. Sucedió cuando vi su mirada fija en mí y lejana en algún otro punto. En ese instante –fugaz fracción de segundo– yo caí sin voluntad en un estado de revelación donde lo vi todo y todo junto.
Vi aquella vez que me miró con tristeza y la tarde en que le hablaba y él asentía sin escucharme. La flor que me regaló con la frialdad de un negocio. Su mano desmayada sobre la mía y las sonrisas rígidas de deber. La televisión cortando nuestros puentes y también las palabras ya sabidas que nos dijimos. Vi momentos vividos por accidente y que yo creía compartidos. Vi todo lo que antes no quería ver. O, más bien, lo que teñido por el miedo veía de una manera borrosa, tan sólo como una intuición que yo ya era hábil en esquivar.
Estoy buscando el camino. Aunque a veces lo olvide y entonces parezca –incluso para mí mismo– que estoy bien y no busco nada. Aunque pase eso sé que necesito de otra cosa que me haga creer. Porque, en el último tiempo, trágicamente y a una velocidad que ni siquiera me da tiempo a acostumbrarme para que la mentira se haga verdad; en el último tiempo voy desechando posibilidades de existencia. Casi siempre sucede así: imagino una posibilidad, una manera de vivir que sea nueva y noble y quedo bastante entusiasmado. Trazo planes para mí y curiosamente incluyo al resto de las personas convencido de que todos deberían vivir así, como yo me estoy imaginando.
Trazo planes, durante días enteros e incluso durante meses, voy dibujando una línea en el pensamiento que corre y se ensancha. Pero después viene esa sensación que no sé nombrar; viene así, repentinamente y sin avisar, me asalta y la línea de mi posible futura existencia se detiene por un instante –en lo hondo yo siento que se corta sin posibilidad de continuar… pero disimulo. Es en ese instante que la vida se me vacía de sentido y estoy terriblemente solo, esté con quién este y esté haciendo lo que esté haciendo. Cuando sucede todo esto me apresuro en seguir. Ignoro la sensación que fue fugaz, casi imperceptible, y sigo.
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
Sé que si confesara todo como lo pienso, sin matices ni medias tintas, se diría de mí que soy un tipo insensible. Andaría entonces por las calles muy solo conmigo mismo mientras un gran índice colectivo me señala y me va empujando el paso… me empuja el paso y me lo cerca con una acusación que no es genuina porque se contagia: “Ahí va Ernesto, el tipo insensible”. Por eso es que prefiero no decirlo. Mi verdad que callo es esta: últimamente nada me interesa. Casi nada.
Pareciera que así, como de golpe, mi voz interior se hubiera desprendido de viejas telarañas en que la tenía amordazada –telarañas que tejí casi sin saber, ajeno a mí y con hilos de inercia– y ahora que esa voz pudo soltarse va escalando sin tropezar por los estratos de olvido que me habitan. Entonces puedo escucharla, la escucho cada vez más alta y clara; ella me interrumpe en mitad de lo que digo o hago y me dice que lo que estoy diciendo o haciendo en verdad no me interesa.
–No, Fernando descree de todo… –me contaba– no cree en las instituciones, no cree en el sistema, no cree en la política, no cree en las religiones. No cree en la medicina… no tiene obra social porque dice que si uno está en paz no se enferma…
–Eso es cierto.
–Sí, pero no sé… ¿qué querés que te diga? A mí me preocupa…
–¿Por qué?
–Y porque qué va a hacer después… ¿de qué va a vivir?
–¿Y de qué vive ahora?
–Trabaja un par de horas, junta plata y con eso come… después no gasta nada, no tiene otros gastos. Nunca le pidió nada a nadie.
–Y bueno, después vivirá de eso también…
Ella se quedó en silencio. Pregunté:
–¿Por qué eligió esto? Quiero decir, esa forma de vida…
Ese domingo se levantó vergonzosamente tarde. Se sirvió un vaso de agua y se sentó en la cocina. Miró por la ventana; así estuvo quién sabe cuánto tiempo. Después deambuló por la casa, arrastrando los pies y arrastrando el tiempo… tapando huecos de tiempo con mentiras. No pasó mucho tiempo, tal vez unos quince minutos; vi que con paso vencido caminaba hasta el living. Se dejó caer en el sillón. Me acerqué y me senté al lado.
–¿Cómo va?– le pregunté.
Sonreímos los dos. Sabíamos los dos que la pregunta no era casual.
–Aaah–suspiró– estoy cansado.
–Cansado.
–Sí.
–Para mí es mentira… no quiero decir que vos estés mintiendo, pero… no debe ser cansancio.
–No entiendo.
–¿No viste?… todo el mundo está cansado. A cada uno que le pregunto está cansado, ¿de qué? Vos, por ejemplo, ¿de qué estás cansado? Es domingo y son las dos de la tarde.
–Sí… es cierto…
–¿Qué es cierto?
–Que todos están cansados. Y si no están cansados están con ganas de mandar todo a la mierda…
–Y bueno, ¿y en definitiva no es lo mismo?… están cansados de todo.
Nos quedamos en silencio. Él parecía pensar, finalmente habló.
–Estoy harto.
–¿De qué? Seguro que no sabés.
–No, no sé en realidad. Harto de este todo que es nada.
–Uh.
–Tendría que pasar algo.
–¿Algo como qué?
Se desperezó.
–No sé, algo… algo como algo, cualquier cosa, no sé…
Supe a qué se refería y le dije:
–Pero tendría que ser algo que no puedas predecir.
–Sí, creo que sí…
Charlie [Chris O'Donnell]: derecho, derecho. Manténgalo derecho. Frank [Al Pacino]: ir siempre derecho no es divertido, Charlie.
Estaban en el patio de su casa, cada uno leyendo su libro. Ella comprendió que en ese momento eso era justo, que el silencio los unía más. Hacía tiempo que ella estaba mal. Como si él la adivinara, giró y se quedó mirándola. Al fin ella también lo miró y sintió que venía algo importante.
– ¿Tu vida es una mierda? – preguntó él.
– Sí… – ella quiso agregar algo más, tal vez una justificación. Pero lo cierto es que tampoco quería justificarse, ella lo sentía así.
Se miraron y él le sonrió pidiendo explicaciones. Entonces ella se acercó como si fuese a contarle un secreto.
– Sí, es una mierda – reafirmó para sí misma – pero… tenemos que hablar de esto en algún momento. Es grave.
– Y hablemos.
Sonrieron y hubo un silencio. El silencio necesario que antecede a los temas importantes. Ella le explicó lo que él probablemente ya sabía:
– ¿Sabés lo que pasa? No puede ser que yo esté, todos los días, desde las 9 hasta las 18 esclavizada en la empresa. Es más, con el viaje sería de 8 a 20.
– ¿Y entonces? – preguntó con sutil sarcasmo su hermano.
– Y bueno, estoy pensando la manera de liberarme. Yo tengo que estar haciendo lo que me apasiona todo el día, todo el día.
– ¿Y entonces?
– Bueno, ya va, ya va. Opciones: consigo un trabajo de, no sé, 4, 5 horas y el resto del tiempo me dedico al arte o dejo todo ya y veo la forma de vivir del arte. Planto un par de tomates acá en el fondo… porque, ¿sabés qué? Estuve pensando, ¿quién dijo que primero tengo que “liberarme” económicamente para empezar a hacer lo que quiero?, esa idea me la metiste vos.
– La sigo sosteniendo.
– Bueno, está bien, yo empiezo a dudar ¿Por qué no empezar ya a hacer lo que me gusta? ¿esa no es la verdadera liberación, más allá de la económica? Además, leí las biografías de todos estos tipos – tocó el libro de Fiódor Dostoievski – y escribían y…
– Sí, eran todos pobres, ¿no? – interrumpió su hermano.
– Sí, Fiódor estaba endeudado y escribía para pagar deudas ¿Y Sabato? Se fue a un rancho en medio de la sierra… sin agua corriente, sin nada. Dejó todo para saber lo que realmente quería hacer en su vida.
“Conoces lo que tu vocación pesa en ti. Y si la traicionas, es a ti a quien desfiguras; pero sabes que tu verdad se hará lentamente, porque es nacimiento de árbol y no hallazgo de una fórmula”.
“…Viejo burócrata, mi camarada aquí presente, nadie te ha permitido evadirte y de ello no eres responsable. Has construido tu paz a fuerza de bloquear con cemento, como lo hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Has rodado como una bola en la seguridad burguesa; en tus rutinas, en los ritos asfixiantes de tu vida provinciana, has alzado esa humilde muralla contra los vientos y las mareas y las estrellas. No quieres inquietarte con los graves problemas, bastante trabajo has tenido con olvidar tu condición de hombre. No eres el habitante de un planeta errante, no planteas preguntas sin respuesta, eres un pequeño burgués de Toulouse. Nadie te ha sacudido los hombros cuando aún era tiempo. Ahora, la arcilla con la cual estás hecho se ha secado y endurecido y nada en tí podría despertar al músico dormido, o al poeta, o al astrónomo que quizá te habitaban al principio”…
“Decía Donne que nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel a la horca, y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura; o no estamos enteramente despiertos”. Ernesto Sabato, La resistencia.
Yo tendría unos 12 años, más o menos, cuando fui a pasar unos días al campo de un tío. En el campo había muchas gallinas. Día tras día las observaba un buen rato, esperando con los brazos a un costado y con paciencia, esperando algo indefinido y siempre sin que pasara nada. En menos de una semana me había contestado a mí misma que no podía ser que las gallinas siempre –toda su vida– fuesen a estar así. Pregunté a los adultos. No recuerdo exactamente qué, tal vez algo como “¿En qué momento es que las gallinas hacen otra cosa?” pero sí recuerdo que mi pregunta no se entendió y que entonces intenté explicarme y fue peor: no pude hacer caber mi sensación vaga respecto de las gallinas tan sólo en una pregunta. Terminé confusa, enredada, no sabiendo siquiera qué es lo que quería preguntar.
Al otro día fui –no sin ilusión– a ver a las gallinas para ver qué estaban haciendo. Las controlé desde lejos. Estaban ahí, siendo gallinas. Comportándose de igual modo que toda la última semana y eso no podía menos que enojarme. Esperé con ansiedad y nada. Pisando cada vez para hacerme notar, me fui acercando a ellas con aire resuelto, pero las gallinas seguían con su actitud indiferente, ellas me ignoraban y a mis 12 años –exigentes de atención– eso me dolía. Una inquietud confusa me fue deteniendo el paso. No lo pensé, lo cierto es que sin mirar a los costados, como si nada yo agarré una piedrita y se las tiré. Apenas si alguna se dio cuenta. Seguí mirando, ya casi sin esperar, sin ánimo para la desilusión y sin ganas de construir un tiempo falso haciéndome la ofendida. Las gallinas me tenían tremendamente aburrida, casi harta, y entonces empecé a caminar, para alejarme. Pero no pude seguir.
Desde la tierna edad de 2 años supe detectar la mentira. Para pasar inadvertida, me recibí de Contadora Pública en la UBA. Mis pasiones, a las que entrego mi vida: escribir, leer, tango y natación.