La insoportable fascinación de los truchos

 

Los truchos nos acosan. Cuando nos terminamos de olvidar de una idea apócrifa en su origen que nos cautivó por un par de días y estábamos a punto de enamorarnos de otra enteramente genuina, ahí vuelve la mentira a conquistarnos con sus fascinantes falsedades y su encantadora versimilitud.

Vi esta pieza de prankvertising (publicidad + sorpresa, tendencia sobre la que escribí unas líneas explicativas el año pasado) que activó la agencia coreana Innored en un local de The North Face y no pude resistirme a compartirla, pese a sus inocultables signos de ser trucha:

Es que como explicó bien el publicitario Roberto Patxot en Roast Brief (valía la pena volver a citarlo), las campañas de perfil “festivalero” que fueron desarrolladas con la venia de un cliente pero sin su pedido ya están institucionalizadas. No vendría mal, sin embargo, debatir su rol, su alcance, su condición frente a ideas (llamémoslas) verdaderas.

Si todos reconocen cuando un trucho hace su aparición, quizá sea conveniente un blanqueo formal de la situación y admitir sin ocultamientos que la función de entretenimiento de la publicidad ha tenido efectos secundarios y que la industria de las ideas necesita nutrirse de la ficción incluso cuando viene con disfraz de realidad.

Mientras tanto, seguiremos entregándonos a estas mentiras con espíritu lúdico. Eso sí, más vale que haya un aporte creativo original al universo de la marca. Porque si no, volveremos a la tanda legítima, sin adulteraciones, hasta que otro postizo nos vuele la cabeza.