La insoportable fascinación de los truchos, segunda parte

 

Escribí sobre, textual, “la insoportable fascinación” de las campañas truchas, hace poco más de un año. Definitivamente institucionalizados en la industria publicitaria, los trabajos en los que los objetivos primarios están más alineados con las necesidades de las agencias que con las de sus clientes no han dejado de poblar los espacios digitales que escapan al tradicional corte comercial televisivo. Que la idea preceda a la búsqueda de una marca que la vehiculice no hace más que probar que los vínculos con las audiencias se han diversificado de tal modo que la empatía se construye en términos mucho más complejos.

Y si aquel posteo incluía una acción de la agencia Innored para The North Face en Corea, esta vez repito la dupla para graficar la intención de continuidad que tienen muchos de estas activaciones. Prefabricada hasta en el último detalle, esta nueva idea vuelve a apropiarse del lugar de compra con una original puesta en escena:

Una vez más, la veracidad pasa a segundo plano para que la creatividad edifique el universo de marca, impulsado en este caso por el aditivo de la realidad virtual, aportada por la gente de Oculus. De la experiencia inicial de anclaje tecnológico, el “sorprendido” cliente pasa a una fase real con un paseo en trineo por el shopping, inmejorable escena para que los atributos de la marca cobren vida.

A medida de que crezca el consumo de piezas publicitarias en otras pantallas y plataformas, y en momentos elegidos por el usuario, la creatividad irá adquiriendo cada vez más importancia en el negocio de las ideas. Las campañas truchas, agradecidas.