Conciertos gratuitos hoy en recuerdo de Aníbal Troilo

A comienzos de los años sesenta el poeta Julián Centeya bautizó a Aníbal Troilo como el “Bandoneón mayor de Buenos Aires”, algo que desde entonces los argentinos  asumimos como un dogma.

Hoy 11 de julio, a 102 años de su nacimiento, y a propósito del reciente Dia de la Independencia, hasta Google lo recuerda con un doodle obra del dibujante Liniers. Para muchos tangueros la figura de Pichuco encarna la esencia de esta ciudad y sus habitantes, es un símbolo que trasciende el tiempo, y cualquier explicación, algo que en términos borgeanos diríase que lo juzgamos tan eterno como el agua y como el aire…

Así lo describía Horacio Salas, hace unos años, en un párrafo de su libro El Tango:“Quienes alguna vez lo escucharon, quienes lo vieron, especialmente cuando la orquesta lo dejaba en la penumbra a solas con el fuelle, acaso digan, si pueden traducir aquellas sensaciones, que Troilo quedaba instalado en el misterio. En ese instante, cuando parecía que Pichuco soñaba mientras sus dedos regordetes se deslizaban por el teclado del doble A, se producía una corriente profunda que conjuraba un aleph. Allí convivían las historias ajenas con los propios recuerdos, las calles y los seres anónimos de la ciudad. Durante los tres o cuatro minutos que duraba esa magia estaban a su lado los protagonistas de los tangos. Acaso por ello Troilo no miraba a su público, o lo hacía con los ojos desmesuradamente abiertos, como en trance, sin ver a los fanáticos que lo rodeaban silenciosos, expectantes. “Ocurre que cuando toco el bandoneón estoy solo, o con todos, que viene a ser lo mismo” explicó alguna vez…

Hoy a las 20 hay un concierto en su homenaje en el Bar Los 36 Billares (Av. de Mayo 1265) donde se presenta el grupo Sciamarellla Tango y también a las 21 en Clásica y Moderna (Av. Callao 892) donde toca el Sexteto Maceira Esquina Escalada, todo con entrada gratuita. 

Salú, maestro!

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Borges y el tango, una milonga perfecta

Hoy a tres décadas de su fallecimiento, el año de Borges arranca con actividades y homenajes para recordar a este escritor notable y su legado, eternizado en ámbitos tan cercanos como ajenos a su obra, en este caso, el tango, con el que siempre tuvo una relación despareja. Dicen que nunca le gustó demasiado y que mucho menos simpatizada con Gardel, sin embargo hace unos años salieron a la luz una serie de charlas grabadas en las que abunda en el tema y que hoy tomaron forma de texto, literatura indispensable creo yo para los lectores con fervor tanguero.

El tango, recién llegado a las librerías y editado por Sudamericana, reúne esas cuatro conferencias que dictó en 1965 y que permanecían inéditas. En su momento se adelantaron párrafos de las charlas (acá publicamos pasajes de algunas), en las que se aprecian conceptos fundamentales que alcanzan a describir la gravitación del género en el imaginario de los argentinos.

 los guapos de Borges Archivo General de la Nación 

A propósito del lanzamiento el gran poeta Horacio Salas en una preciosa nota escrita por Jorge Boccanera, que publicó días atrás la agencia Télam, (comparto el link) recordó que en realidad sí le gustaba el 2×4, y más de lo que creían sus detractores, pese a alguna vez dijo, con total acierto, que el tango tiene un origen infame, y se nota.

Autor de Borges. Una biografía, Salas destaca que en realidad le disgustaban las letras quejosas y lloronas de piezas de las décadas del ‘20 y el ‘30. “El llanto por el abandono le parecía impropio de los primeros guapos. Pero le gustaban los temas picaditos de la guardia vieja, el tango primitivo, alegre y compadrito. El tango con letra es el de la inmigración, de los recién llegados que iban desalojando a los criollos y cuyos versos eran el reflejo de esa clase media y media baja que se lamentaba de su destino. Borges admiraba a los guapos que no se quejaban, porque los hombres, dijo alguna vez, no se lamentan en público, ni lloran, ni cantan sus desdichas. Era contradictorio y acaso a su pesar dedica uno de sus mayores poemas, El tango, a la música marginal” dijo Salas, que es autor de otros libros sobre el género. “Se ha dicho que Borges detestaba al tango, en general basándose en boutades para desubicar al interlocutor, método al que era propenso. Cuando lo interrogaban sobre Gardel, respondía que siempre lo había detestado porque tenía la misma sonrisa de Perón”.

A su criterio, dice la nota de Telam, Borges siempre destacó la identidad del género, ya que “fue el primero en sostener en los años 20 desde las páginas de la revista Martín Fierro que ‘el tango es la realización argentina más divulgada, la que con insolencia ha prodigado el nombre argentino sobre el haz de la tierra’”, expresó Salas en la entrevista,  Borges también lo dejó sentado en el Evaristo Carriego, una pieza que para mi está enteramente inspirada en los orígenes del tango. Va el poema, al que Piazzolla le puso música. Monumm

El tango*
Jorge Luis Borges

¿Dónde estarán?, pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer pudiera
ser el Hoy, el Aún y el Todavía.

¿Dónde estará (repito) el malevaje
que fundó, en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones,
la secta del cuchillo y del coraje?

¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio,
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?

Los busco en su leyenda, en la postrera
brasa que, a modo de una vaga rosa,
guarda algo de esa chusma valerosa
de los Corrales y de Balvanera.

¿Qué oscuros callejones o qué yermo
del otro mundo habitará la dura
sombra de aquel que era una sombra oscura,
Muraña, ese cuchillo de Palermo?

¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
mató a su hermano el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualó los tantos?

Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
una canción de gesta se ha perdido
en sórdidas noticias policiales.

Hay otra brasa, otra candente rosa
de la ceniza que los guarda enteros;
ahí están los soberbios cuchilleros
y el peso de la daga silenciosa.

Aunque la daga hostil o esa otra daga,
el tiempo, los perdieron en el fango,
hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
muerte, esos muertos viven en el tango.

En la música están, en el cordaje
de la terca guitarra trabajosa,
que trama en la milonga venturosa
la fiesta y la inocencia del coraje.

Gira en el hueco la amarilla rueda
de caballos y leones, y oigo el eco
de esos tangos de Arolas y de Greco
que yo he visto bailar en la vereda,

en un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y lo recuperado.

En los acordes hay antiguas cosas:
el otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
el Sur guarda un puñal y una guitarra.)

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
menos que la liviana melodía,
que sólo es tiempo. El tango crea un turbio
pasado irreal que de algún modo es cierto,
un recuerdo imposible de haber muerto
peleando, en una esquina del suburbio.

*Borges, J. L. (1964). El Otro, El Mismo. Emecé Editores

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