La vigencia del Código de Convivencia en la milonga

Hace muchos años en el Club Español, cuando yo recién daba mis primeros pasos y era virgen de reglas de convivencia milonguera, tuve la desgracia de padecer a un bailarín al que, en plena tanda de Di Sarli, empezó a sonarle el celular desde el bolsillo delantero del pantalón. Lo peor es que el tipo atendió la llamada, disculpándose con un argumento que reveló el colmo de su imbecilidad: “soy médico y estoy de guardia, tengo que atender, perdonáme, eh, dáme un minuto y ya la seguimos…”

(el dibujo más adecuado, de H Catalán)

Nunca supe si era médico de verdad, y si así hubiese sido me hubiera gustado saber dónde trabajaba para no caer jamás en su consulta. Por eso, las reglas en la milonga no son caprichosas, cumplen con una misión fundamental, tratándose de un espacio donde la gente va a socializar. Esas normas tácitas, tan viejas como el tango de salón y que hoy todos los que frecuentamos la milonga las conocemos, son vitales para evitar que la pista se vuelva un ring, y contrariamente a lo que algunos creen, ninguna perdió vigencia, aunque es cierto que deberían actualizarse. En el siglo XXI los malos modales también son hijos de la tecnología (entre otros vicios, hay quienes sacan el celular y como si nada te filman o toman fotos en las te etiquetan sin pedir permiso, causal luego de sendos divorcios).

En FB encontré unas bellas ilustraciones que con humor intentan recordarle a los bailarines esas normas básicas para interactuar durante el abrazo, como el cuidado de la higiene (elemental, hay mucha pestilencia), el uso del espacio propio en la pista de baile (nunca faltan los Baryshnikov) etc. Me gusta especialmente el grupo que hace Les Pas Parfaits, un blog de Montreal que incluye la publicación de caricaturas que destacan situaciones indeseables, e ideales, en las milongas de todo el mundo. Van ejemplos y el link al blog, por si alguien olvidó cómo subsistir en este ambiente:

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No te bailaré, nunca más

Llegaron las chicas de la Siberia y la milonga cambió de color. No hay caso: los turistas son la sal. Sin ellos, a este guiso le falta sabor.

Como cada año, las bellas foráneas vinieron en contigente, todas mujeres de buen porte y piel de porcelana. Pero algunas se han puesto algo exquisitas. Como ahora las sacan los mejores bailarines locales, ya ni miran a los que las cabeceaban cuando eran apenas unas esforzadas alumnas intermedias. Claro, qué importa el pasado. Sin embargo, esas ingratitudes y desprecios en la milonga se pagan caro. Ya hay quienes se las tienen jurada: no las bailarán, NUNCA más.

 

milonga viejo correo (1)

Me mirás pero no me sacás…. Foto gentileza Carlos Furman

Este absurdo sistema de castigos que impera en el ambiente de las milongas jóvenes y no tanto, es democrático (corre para todos por igual, salvo para las celebrities del circuito) y responde a una lógica 100% hormonal. Pero si uno quiere sobrevivir en la familia, debe asimilar que de un día para el otro, aquel buen amigo que nos hacía volar en la tanda de Di Sarli, hoy puede ponernos en ”penitencia”, y sin motivo aparente.

No solo no nos sacará a bailar: quizá tampoco nos salude…¿y vos qué le pasa?, ¿quién te creés que sos?…

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