El blues es un sentimiento (de felicidad)

 

 

El jazz se ama por el talento de los músicos para un estándar o una improvisación; el blues se siente en el alma, aunque suene redundante. Lugar común, posiblemente, pero así sentí el gran show brindado esta noche en La Trastienda por los 14 años de la Escuela de Blues que dirige Gabriel Gratzer y que convocó a 3 bandas. En la primera, el propio Gratzer dirigió a una banda y a un coro de gospel, que, cerrando los ojos, podía transportarnos a una Iglesia en Harlem y que contaba entre sus integrantes a Greta Kohan, quien se lució como solista. Gratzer casi se disculpó por festejar los 14 años y no un número redondo, como el del video que se observa aquí de hace 4 años, pero no necesitó demasiado para entusiasmar al público que llenó el boliche de San Telmo, incluyendo profesores -como Sol Cabrera y Florencia Andrada-, alumnos, amigos y público en general. Del primer acto que pasó del gospel al blues, directamente se pasó al blues puro con Easy Babies y Nasta Súper con blues en castellano. Claro está, a diferencia del jazz, el blues suena muy bien cantando en nuestro idioma. Pero sonó mejor por la combinación de buenas voces y de músicos talentosos, que incluyeron a Adrián Jimenez en la armónica. La noche terminó con alguna gente bailando al lado de las mesas y hasta algunas “groupies” enloquecidas cerca del escenario. Una noche de alegría y buena música. Es difícil que el blues no te lleve a esas sensaciones extremas, de desgarro o de profunda felicidad. Anoche tocó la última.