El huerto en casa

Hoy vamos a arrancar con tips para aquellos que quieran tener una huertita en su balcón o terraza, es decir, apelando al uso de macetas. Más adelante, sobre todo teniendo en cuenta la mayor complejidad y diversidad de siembras que posibilita, nos abocaremos a la huerta planificada en el  jardín.

Si vas a cultivar hortalizas en maceta tenés que saber de antemano que no vas a poder obtener una gran producción y que los tamaños de los frutos tampoco van a ser especialmente destacables. No obstante, hay un montón de plantas que se desarrollan más que bien en espacios reducidos: el romero, la albahaca, el tomate, el pepino, la salvia, el orégano, la menta (que es muy invasora, y se controla mejor cuando la confinamos a un espacio pequeñito), el cebollín, el perejil, las frutillas (sólo en zonas frías) y muchas especies más, pero sobre todo las aromáticas que nos ayudan a condimentar nuestras comidas con solo estirar una mano o hacer unos cuantos pasos. Nada de tener que ir a la verdulería (¡Qué placer! ¡Alimentos frescos y recién sacados de la planta!).

A todo esto tenés que sumarle que cuidar de tu propio huertito te puede hacer ahorrar unos cuantos pesos. Ni siquiera hace falta que inviertas una fortuna, sólo tenés que recolectar las semillitas de las verduras y frutas que comés y después plantarlas. Para eso no te olvides que es importantísimo seleccionar siempre los mejores frutos, es decir los que tengan menos irregularidades y sean más sabrosos, así aprovechás su genética saludable.

En mi caso particular, suelo almacenar las semillas en sobres de papel, con su respectiva etiqueta para no confundirme. Eso lo aprendí de una compañera en un curso de jardinería. ¡Es muy práctico! Y te ayuda a aprovechar mejor el espacio.

Semillitas ensobradas, para más prolijidad

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Amor generacional por las plantas y el jardín

Mi primer contacto con las plantas vino de la mano de mis dos abuelas. La jardinería es sin lugar a dudas un arte que se practicaba y atesoraba más en su época, quizás porque junto con la cocina y otros pequeños y grandes placeres, había más momentos para ocuparse, para valorar los detalles y para dedicar tiempo cualitativo a la casa, la familia y los amigos.

La prisa y la ansiedad son dos estados que se llevan mal con la jardinería. Los procesos de la naturaleza no pueden apurarse y si osamos usar nuestros ávidos dedos para abrir los capullos, estos encima tienen el tupé de morirse.

No, definitivamente esta época de microondas, cursos exprés, y dietas milagrosas que prometen bajar 10 kilos en cinco días no es propicia para las técnicas milenarias de la jardinería, más adecuadas para los que se deleitan con los vericuetos del camino que para los apresurados que no hacen más que sufrir pensando en la meta. Yo no soy menos cuando de ansiedad hablamos, y si hay algo que puedo agradecerle a mis queridas plantitas es el haberme enseñado que hay un momento para cada cosa, y que eventualmente todo llega… a veces, varios intentos mediante.

 

Mi abuela Oti

Ahora sí, mis abuelas. De mi abuela Oti, que ya hace años se fue con El tata Dios, tengo el recuerdo de una tarde de verano caminando con ella, mi mamá y varias tías y primas por el jardín del campo. Debo haber tenido ocho años, no más. Y así, de sopetón, me sorprendo escuchando que la azalea estaba especialmente florida, que a las hortensias las habían regado al mediodía y se les habían quemado todas las hojas y que las flores del jazmín de leche estaban perfumando toda la galería. Qué bárbaro pensaba yo… todos esos nombres, todos esos conocimientos sobre las plantas. Me parecía inabarcable y fascinante a la vez. “Algún día yo voy a aprender sobre plantas, y me voy a memorizar todos sus nombres”. Bueno, es el día de hoy que no sé todo sobre plantas y menos que menos sé todos sus nombres, pero sé que todos los días aprendo un poco, y que paulatinamente voy a agregando sus nombres a mi biblioteca mental.

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