Sarmiento y el carnaval

Los juegos de agua eran habituales en días de carnaval. Por lo general, se usaba la cáscara sin romper de huevos vaciados previamente, a los que se agregaba agua. También se empleaban baldes de donde se tomaba agua en un recipiente más chico, por ejemplo un vaso, para lanzar su contenido a gente desprevenida.

En una carreta algo deteriorada, un hombre corpulento, envuelto en un poncho de vicuña y con un sombrero chambergo que cubría parte de su rostro, se dirigió al sitio de los festejos. Como todo aquel que pasaba, fue recibido con agua. Pero el hombre respondió con entusiasmo y se sumó al juego: era el presidente Domingo Faustino Sarmiento.

La historia de la intervención presidencial en los juegos se esparció por la ciudad y llegó a oídos de Los Habitantes de la Luna, la comparsa más famosa de los carnavales de la década de 1870. Presidida por Eduardo Benavente, contaba con la participación de prestigiosos hombres de la sociedad porteña, con ganas de sacarse la careta de la seriedad anual y divertirse a pura fiesta popular, como Emilio Mitre, Delfín Huergo, Alberto Casares, Ireneo Portela y Anacarsis Lanús, entre tantos otros.

Los disfraces más recordados de esta comparsa eran El Gordo, El Fraile y El Baby. Llegaban hasta los bailes de máscaras y mientras se agitaban, saltaban y reían, se escuchaban los discursos de Benavente y Carlos Monnet, precursores del stand up actual. Aclaremos que Monnet tenía la habilidad de imitar al presidente Sarmiento.

En el carnaval de 1873, la mencionada murga, tal vez como reconocimiento al sanjuanino por aquel enfrentamiento con agua, le regaló una medalla de estaño que tenía grabada su cara con una corona y la leyenda “Emperador de las máscaras”. Al año siguiente, el mandatario les envió una tarjeta invitándolos a tomar el té en su casa para que tuvieran, según anunciaba la esquela, “el gusto de conocer al loco Sarmiento”.

La reunión tuvo lugar en la casa del sanjuanino, en Maipú entre Tucumán y la actual Lavalle. Luego de escuchar a su imitador, Sarmiento lo interrumpió alegremente y le pidió que tratase de copiar al ministro Dalmacio Vélez Sarsfield, presente en la bien provista tertulia. Julio Costa, uno de los Habitantes de la Luna, se acercó al célebre jurista, autor del Código Civil argentino, y le preguntó qué opinaba de la imitación. Este le respondió con su característica tonada cordobesa: “¡Si están todos mamaos!”.

Carnavales de hace casi un siglo y medio en una ciudad de Buenos Aires con apenas 187.000 habitantes, según el primer censo nacional, de 1869, también promovido por Sarmiento. Entre esos habitantes, algunos también lo eran “de la Luna”.

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El perro guardián de Urquiza

El bravo perro de Justo José de Urquiza se llamaba Purvis, tenía pelaje bayo y no pasó desapercibido. El artista Juan Manuel Blanes lo incorporó en escenas bélicas que pintó para decorar el Palacio San José, vecino a la ciudad de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos. También Domingo F. Sarmiento se ocupó del perro. Se refirió a él como: “la batería que defiende la puerta puerta principal de la línea de defensa”, lo que demuestra que tenía aptitudes de guardián. Aquí, la descripción de Sarmiento:

“Ei general Urquiza tiene a su lado un enorme perro, a quien dado ha dado el nombre del almirante inglés que simpatizó con la defensa de Montevideo en los principios del sitio, y contribuyó a su sostén contra Oribe. En honor del anciano y simpático almirante, la batería que defiende la puerta principal de la línea de defensa se llama Purvis. El perro Purvis, pues, muerde a todo el que se acerca a su amo. Esta es la consigna. Si no recibe orden en contrario, el perro muerde. Un gruñido de tigre anuncia su presencia al que se aproxima, y un ‘¡Purvis!’ del general, en que se le intima a estarse quieto, es la primera señal de bienvenida”.

Continúa Sarmiento: “Han sido mordidos [Ángel] Elías, su secretario, el barón de Grati, cuatro veces, el comandante de uno de sus cuerpos, Teófilo [Urquiza] su hijo y ciento más. El general Paz, al verme de regreso de Buenos Aires [acotamos que se reunieron en Río de Janeiro], su primera pregunta confidencial fue:

- ¿No lo ha mordido el perro Purvis?
- Porque no ha podido morderme, general, es que me ve usted aquí. Siempre tenía la punta de la espada entre él y yo.

En cierta oportunidad en que debía reunirse con Urquiza (antes de la batalla de Caseros), estaba tan obsesionado con el perro, que escribió en un papel: “El perro Purvis va a morderme hoy” y lo mostró a cuatro testigos, antes de guardarlo en el bolsillo de su abrigo. La premonición del sanjuanino no se cumplió.

¿Quién fue Purvis, el marino que inspiró el nombre del perro? John Brett Purvis fue un almirante de la escuadra inglesa que participó en el bloqueo naval que llevó adelante la escuadra anglo-francesa al puerto de Montevideo, durante el enfrentamiento de blancos (aliados de los federales) y colorados (asociados a los unitarios). Por cuestiones políticas, el almirante tuve seguidores y detractores.

Precisamente, en tierras del Uruguay, Urquiza advirtió que la mascota del coronel Miguel Galarza lo seguía a todas partes, demostrando un interés por cambiar de dueño. El caudillo entrerriano adoptó al cachorro y se sorprendió cuando, en el campo de batalla, Purvis no huía como los otros perros, espantado por los estruendos y el griterío. Fue su compañero inseparable y lo acompañó incluso en Caseros (en el cuadro vemos al amo y al perro en acción) y en su estadía en Buenos Aires, en el caserón de Palermo.

Cuando Urquiza partió de Buenos Aires, rumbo a Entre Ríos, no olvidó a su mascota. Ambos, subidos a un bote, alcanzaron la embarcación que los transportaría. Urquiza habló con el capitán para solicitarle que le permitiera abordar con su animal.

El perro murió antes de 1870. Esto privó a Urquiza de un fiel guardián, la fatídica tarde del 11 de abril, cuando un grupo de hombres invadió su residencia para asesinarlo. Bien hubiera querido estar Purvis ahí para defender a su amo.

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Sarmiento no se llamaba Domingo

Paula Zoila Albarracín visitaba a una amiga en las afueras de San Juan, cuando sintió las contracciones. José Clemente Cecilio Quiroga Sarmiento corrió a buscarla, la subió en las ancas y galopó de regreso a la ciudad. Apenas tuvieron tiempo de llegar a su casa (debieron detenerse más de una vez porque la madre sentía que estaba a punto de parir), donde Paula dio a luz al varoncito, antes de que llegara la partera. Era la tarde del jueves 14 de febrero de 1811.

Al día siguiente lo bautizaron. Por haber nacido el 14, día de San Valentín (patrono de los enamorados), y ser bautizado el 15, día de San Faustino (patrono de los solteros), recibió los nombres de Faustino Valentín.

Aquí, la partida de bautismo donde se ve al comienzo del quinto renglón el nombre que le dieron:

Esta es la transcripción de la partida asentada: “En el año del Señor de mil ochocientos once, en quince días del mes de Febrero, en esta Iglesia Matriz de San Juan de la Frontera, y parroquia de San José, yo el teniente de cura, puse óleo y crisma a Faustino Valentín, de un día, legítimo de don José Clemente Sarmiento, y doña Paula Albarracín. Bautizolo el otro teniente, fray Francisco Albarracín. Padrinos don José Tomás Albarracín y doña Paula Oro, a quienes advertí el parentesco espiritual y para que conste lo firmamos – José María de Castro”.

Aquí, un acercamiento del texto, en donde subrayamos el nombre del recién nacido:

Esos fueron sus nombres. Sin embargo, era habitual que en su casa lo llamaran Domingo, debido a que doña Paula era devota de Santo Domingo.

Domingo Fidel -el hijo del prócer-, más conocido como Dominguito (que moriría muy joven en la Guerra del Paraguay), también tiene una historia relacionada con su nombre. Nunca existieron dudas respecto de quién era su madre: Benita Martínez Pastoriza. Pero la paternidad es discutible. Cuando el niño nació en Chile, Benita estaba casada con Domingo Castro. Luego ella enviudó y se unió a Sarmiento, a quien ya conocía demasiado.

¿Dominguito habrá sido hijo del marido Castro o del amante Sarmiento? Según las hermanas del sanjuanino, era un calco de Sarmiento, tanto en su niñez como durante la adolescencia. Pero lo que queríamos resaltar es que al nacer, llevó el apellido del marido de Benita. Por lo tanto, Domingo Fidel Sarmiento se llamó, en un principio, Domingo Fidel Castro.

Conflictos protocolares (1870)

Antes de que se creara la Capital Federal, en 1880, la superficie de la actual ciudad de Buenos Aires pertenecía a la provincia. Por lo tanto, el presidente administraba los destinos de la Nación desde Buenos Aires, una provincia que tenía un gobernador con poder supremo sobre su territorio. En ese escenario, el primer mandatario del país pasaba a ser un huésped del gobernador bonaerense.

Esta situación generó algunos inconvenientes. Por ejemplo, en el transcurso del mandato de Sarmiento hubo cruces con el gobernador bonaerense Emilio Castro. Uno de los conflictos tuvo lugar en medio de un acto al que tanto Sarmiento como el gobernador Castro concurrieron con sus respectivos carruajes y los dos ordenaban a sus cocheros pasarse para tomar la delantera. Cada uno consideraba que el protocolo le daba prioridad. Y así fue cómo un simple acto se convirtió en una carrera de carrozas.

Otro de los enfrentamientos se dio el 2 de enero de 1870, con motivo del desfile de las tropas que habían combatido en la Guerra del Paraguay. Durante los últimos días de diciembre de 1869 se habían organizado los detalles de la bienvenida. Los veteranos desembarcados se formarían en el largo muelle de Viamonte y la Alameda (actual, Alem). Iban a desfilar por:

1) Alameda hacia la Plaza de Mayo. 2) Rivadavia, pasando por la puerta de la Catedral, hasta Florida. 3) Florida rumbo a Retiro, donde estaban los cuarteles (en la zona de Plaza San Martín).

Para Sarmiento era una complicación porque necesitaba estar en un lugar en el cual sobresaliera para que se le rindieran honores. El edificio del gobierno bonaerense, que se hallaba junto al Cabildo en el espacio que ahora ocupa la Avenida de Mayo, tenía una ubicación privilegiada.

Castro invitó a Sarmiento a presenciar el desfile desde los balcones de la gobernación. El sanjuanino respondió que era un acto nacional, que él mismo debía presidirlo y no podía ser huésped de nadie. Incluso le pidió al gobernador que le cediera el edificio a la Nación para que Sarmiento invitara a quien quisiera. El gobierno provincial se excusó alegando que ya había cursado las participaciones a los vecinos ilustres.

El 1 de enero de 1870, una numerosa cuadrilla construyó un estrado de madera junto a la Recova (que cortaba a la actual Plaza en dos). Ese sería el placo oficial. Las tropas llegaron ese día, por la noche. Se resolvió que aguardaran en los barcos hasta el amanecer. Al día siguiente, pocos minutos antes de que se iniciara el apoteótico desfile –Buenos Aires era celeste y blanca, nunca se habían visto tantas banderas argentinas adornando la ciudad–, Sarmiento ordenó un cambio de ruta. Las tropas, entonces, ingresaban a la Plaza de la Victoria y no bien cruzaban el arco principal de la Recova, viraban hacia la derecha, abandonaba la Plaza y tomaban por Reconquista hacia Retiro. Esto hizo que el balcón del gobernador Castro, plagado de invitados, quedara fuera del recorrido. Tuvieron que contentarse con ver a los veteranos a cien metros de distancia.

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Sarmiento y el espejo asesino

Hubo tres Isidoros en la vida de Leonor Suárez. El primero, su padre: Isidoro Suárez (el célebre coronel Suárez). El segundo, su marido: Isidoro Acevedo Laprida. Y el tercero, su nieto: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (el aún más célebre escritor). Pero nosotros vamos a ocuparnos del menos conocido, Acevedo Laprida.

Había nacido en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1828 y si bien no tuvo formación militar, fue soldado en los conflictos internos, como en Cepeda y Pavón. Por ser considerado un vecino respetable, fue ungido como comisario en el importante Mercado de Frutos de la Plaza Once.

Más adelante, en 1880, cuando se creó la Capital Federal, surgió la nueva Policía, y Acevedo fue nombrado a cargo de la Comisaría 3ra., una de las más importantes de la ciudad de Buenos Aires. Había sido alsinista, pero también había estado cerca de Sarmiento. Y le salvó la vida.

En sus diarios, Adolfo Bioy Casares escribió que Borges le contó la siguiente anécdota:

“En una reunión, un negro quiso voltear un espejo sobre Sarmiento para matarlo. Acevedo se interpuso y evitó el hecho. Años después, cuando en una reunión Sarmiento refería estas cosas, Acevedo le confesó: “Yo fui el que lo salvó”. “Entonces usted es un jodido -respondió Sarmiento con su provinciana voz de boca abierta-. ¿Por qué no me lo dijo?“.

Así fue como Isidro Acevedo le salvó la vida a Sarmiento y se ligó un reto del temperamental sanjuanino.

El Palacio del Correo

Aquí, un video con audio que cuenta una breve historia de la construcción del edificio que funcionó hasta septiembre de 2002.

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Castigos a los estudiantes

La educación de nuestros próceres tuvo un condimento brutal: el castigo corporal. Es necesario aclarar que solía tomarse como algo natural. Sin embargo, para el tiempo de la Revolución de Mayo comenzaron a levantarse voces aisladas que manifestaban su rechazo a la violencia física en los casos en que el alumno cometía actos de indisciplina, respondía mal una pregunta o se evidenciaba que no había estudiado.

Se conoce el caso de Guadalupe Cuenca, viuda de Mariano moreno, quien cambió a su hijo de colegio (iba al San Carlos, donde había estudiado su padre) porque un profesor le pegó al niño. Sin duda, los integrantes la Asamblea General de 1813 conocieron las penurias del castigo en su época de estudiantes. Ellos establecieron, el 9 de octubre, la abolición de los azotes en las escuelas. Alegaron que era “absurdo e impropio que los niños que se educan para ser ciudadanos libres sean en sus primeros años abatidos, vejados y oprimidos por imposición de una pena corporal tan odiosa y humillante”.

Determinaron que tanto el Cabildo como la policía debían controlar que no se cometieron excesos. La norma tuvo corta vida. El estatuto provisional de 1815 derogó el decreto de la Asamblea. Los castigos volvieron a ser práctica habitual en las instituciones educativas y también en circunstancias más personales: el profesor particular podía pegarle a su alumno sin que nadie se horrorizase.

La Declaración de Independencia trajo varios cambios, entre ellos, la prohibición de “presidio, azotes y destierro”, sin la autorización de un tribunal superior. Esta medida se hizo extensiva a las escuelas. De todas maneras, la norma no se cumplía, aunque si se atenuó mediante las amonestaciones, que entonces se denominaban “notas de policía”. En Recuerdos de provincia, Domingo Faustino Sarmiento (señalemos que nació en 1811, lo que nos permite determinar su época de estudiante) contó que por su mala conducta, recibió varias “notas de policía”.

Recién en 1884, la ley 1420 de Educación impulsada por Julio A. Roca, retomó el asunto y estableció la prohibición a los directores, subdirectores y ayudante de las escuelas públicas –entre otras medidas–, de “imponer a los alumnos castigos corporales o afrentosos”.

La peluca de Sarmiento

La nada disimulable calvicie de Sarmiento fue motivo de cientos de caricaturas. Cuesta imaginarlo con pelo. Sin embargo, un retrato nos lo muestra de una manera distinta. La historia de aquella pintura es la siguiente:

En 1845, Sarmiento tenía 34 años y vivía en Chile. Ese año nació Dominguito, hijo de Benita Martínez Pastoriza y Domingo Castro. Es necesario aclarar que, luego de enviudar, Benita se casaría con Sarmiento (en 1848) y Dominguito se convertiría en hijo adoptivo del sanjuanino. Sin embargo, parece que fue más que eso. Porque la tradición familiar sostiene que el hijo de Benita era un calco de Sarmiento cuando era chico.

De regreso a 1845, Domingo Faustino concurrió al atelier de su amigo, el joven pintor Benjamín Franklin Rawson. Sarmiento quería ser retratado para la posteridad. La fotografía, más precisamente el daguerrotipo, recién desembarcaba en el Río de la Plata. En 1845, la forma de perpetuarse en imágenes, en Santiago de Chile, era a través del retrato (como el que vemos, que pertenece a la colección del Museo Sarmiento, ubicado en el barrio de Belgrano).

Pero hubo un problema. En esos días, Sarmiento había padecido una fiebre que lo tuvo a maltraer, al punto de que deliraba. Y perdió el pelo. La calvicie no se contaba entre los atributos que deseaba exhibir. Por lo tanto, se puso una peluca. Y el resultado está a la vista.

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Los restos de San Martín

Pocas semanas después de la muerte de José de San Martín en la casa de Boulogne sur Mer que vemos en la imagen (agosto de 1850), las autoridades de la Confederación Argentina dieron instrucciones para que se llevara a cabo la repatriación de sus restos. Esa fue la voluntad póstuma del militar que en su testamento había expresado que quería que su corazón descansara en el de Buenos Aires. Sin embargo, todo fue demorándose. Durante once años, el cuerpo embalsamado del Libertador de América descansó en una de las capillas de Notre-Dame de Boulogne (Nuestra Señora de Boloña).

El primer traslado fue a Brunoy, en las afueras de París. Tuvo lugar en 1861, luego de que la familia Balcarce San Martín se mudara a dicha ciudad y resolviera llevar el cuerpo para que fuera ubicado en la bóveda de la familia, junto a su nieta María Mercedes que había muerto en 1860.

En la Argentina, el tema se reavivó en 1864 –durante la presidencia de Mitre– cuando los diputados nacionales Martín Ruiz Moreno y Adolfo Alsina presentaron un proyecto de Ley para autorizar al Poder Ejecutivo a llevar adelante la repatriación.

Manuel Guerrico gestionó la cesión de un terreno en el cementerio de la Recoleta en 1870, pero seis años después la comisión encargada del traslado se entrevistó con el arzobispo Federico Aneiros con el fin de solicitar un espacio en alguna de las capillas de la Catedral para que se colocara allí un mausoleo. Detrás de toda la empresa se encontraba el presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda.

¿Se estaba cumpliendo la voluntad del Libertador al llevarlo a la Catedral? Cuando San Martín dijo: “Desearía que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”, ¿se refería a que deseaba ser llevado al cementerio, a la Catedral? Aquí cada uno puede tener su propia interpretación. Considero que si nuestro prócer hubiera querido referirse al cementerio de la Recoleta, habría mencionado la tumba de su “esposa y amiga”, Remedios de Escalada. Además, el corazón de Buenos Aires bien puede referirse al centro de la ciudad.

En estos días, un proyecto de traslado de los restos a Yapeyú, a cargo del diputado Adán Gaya, sostiene que, al mencionar Buenos Aires, se refería a la Patria y “sin lugar a dudas”, a Yapeyú. Regresemos a la historia:

El 25 de febrero de 1878, centenario del nacimiento del prócer, se realizó un tedeum en la Catedral que concluyó con la colocación de la piedra fundamental del mausoleo. Avellaneda, Mitre, Quintana y Aneiros, entre otros, participaron en el acto simbólico colocando mezcla en la obra con una cuchara de plata.

El escultor francés Auguste Carrier Belleuse fue el encargado de moldear el mausoleo que envió en partes desde Europa. En Inglaterra había concluido la construcción del buque de guerra Villarino, que había sido encargado por el gobierno argentino. Fue enviado al puerto de El Havre, donde cargaría el féretro. Este fue su derrotero:

-El 21 de abril de 1880, el ataúd fue transportado de Brunoy a París (35 kilómetros), donde se lo cargó en un tren especial rumbo a El Havre. Una vez en la ciudad portuaria, se lo depositó en su Catedral. Luego del acto religioso que incluyo la bendición del féretro, se lo embarcó en el Villarino. El buque soltó amarras el 22 de abril.

-Arribó a Montevideo el 20 de mayo, donde fue recibido con una salva de 21 cañonazos. La recepción fue imponente. Siete barcos argentinos acudieron a recibir al Villarino. Una carroza tirada por seis elegantes caballos llevó el féretro (cubierto por las banderas de Uruguay, Chile, Perú y la Argentina) a la Catedral. Una multitud acompañó los restos, lanzando flores desde la acera y los balcones. La bienvenida de los hermanos uruguayos –asistieron el presidente Francisco Antonio Vidal Silva y todos sus ministros– ha sido considerada uno de los actos más emocionantes que se hayan hecho al Libertador. Cuando partió por la tarde, la banda militar uruguaya ejecutó el Himno Nacional Argentino. Por su parte, desde el barco, la banda argentina interpretó la canción patria de Uruguay.

-Durante una semana, el Villarino se mantuvo en la costa de Catalinas (en esa época, la playa llegaba hasta lo que es hoy la plaza Fuera Aérea, vecina de la estación Retiro), escoltado por decenas de buques de la Armada.

El 28 de mayo tuvo lugar la ceremonia principal. Los integrantes de la Comisión de Repatriación colocaron la bandera del Ejército de los Andes sobre el ataúd, más dos coronas: una con palmas de Yapeyú (ciudad natal del prócer) y otra con gajos de pino de San Lorenzo (bautismo de fuego de los Granaderos a Caballo). El cajón fue depositado en un bote fúnebre que fue remolcado por el Talita, la lancha presidencial.

Se lo desembarcó en las costas de Retiro (durante años se llamó a ese sector vecino a la Plaza San Martín, Playa San Martín). Fue colocado junto al palco oficial, donde el ex presidente Sarmiento dio un discurso de recepción.

Cargado de flores que le lanzaban los argentinos a su Padre de la Patria, el féretro fue escoltado hasta el monumento del Libertador, en la plaza. Un emocionante discurso del presidente Avellaneda complementó las palabras de Sarmiento. El cajón fue colocado en una carroza fúnebre (réplica de la que transportó el cuerpo de Wellington a la Catedral de Londres en 1852). El cortejo marchó por la calle Florida hasta la Plaza de Mayo.

El ataúd fue depositado en la nave central de la Catedral Metropolitana. Durante veinticuatro horas desfiló el pueblo para rendirle tributo. Al día siguiente, a las dos de la tarde, se lo ubicó en el mausoleo. Suele decirse que los restos de San Martín yacen fuera del perímetro de la Catedral, en una capilla construida afuera de la nave central, porque era masón; dando a entender que la Iglesia no aceptaba que descansara bajo su custodia. Raro comentario, si se tiene en cuenta que los despojos del Libertador estuvieron en Notre-Dame de Boulogne, la iglesia parroquial de Brunoy y las catedrales de El Havre, Montevideo y Buenos Aires. Sí, en cambio, resulta curioso la forma en que ha quedado dispuesto el ataúd.

El tamaño del cajón no era el adecuado. Mejor dicho, el del mausoleo. Por ese motivo, el féretro que contiene el cuerpo embalsamado del prócer fue colocado en forma inclinada (la cruz en la lámina publicada por el Instituto Nacional Sanmartiniano marca el lugar exacto). Así permanece desde el 29 de mayo de 1880.

El bastón presidencial

La tradición del uso del bastón de mando proviene de la Antigüedad. En los pueblos más remotos era el símbolo de liderazgo. A nuestra tierra llegó por ser una costumbre del ceremonial español. En América era símbolo del poder militar. Por eso lo portaban los gobernadores y también los virreyes. La Revolución de Mayo puso fin a la práctica, pero se retomó cuatro años más adelante, cuando volvió a usarlo el primer Director Supremo, Gervasio Antonio de Posadas. Lo imitaron los siguientes directores supremos y los presidentes.

Incluso hubo algunos que se pasaron entre mandatarios. En 1910, Roque Sáenz Peña usó el mismo que había tenido su padre, Luis Sáenz Peña, entre 1892 y 1895; quien, a su vez, lo heredó de su padre, Roque Julián Sáenz Peña, ministro de Rosas.

Como obsequio por la asunción del mando, Urquiza le envió a Sarmiento el bastón que el sanjuanino usó en su presidencia. A su vez, Mitre le obsequió su bastón de gobernador de Buenos Aires a Urquiza, durante su visita al Palacio San José, de Entre Ríos. Otro caso curioso se dio entre los presidentes Julio Argentino Roca y Federico Errázuriz. El argentino y el chileno intercambiaron sus bastones cuando se firmó el tratado de paz entre las dos naciones, en 1899. Por último, Carlos Pellegrini celebró sus bodas de plata con Carolina Lagos mientras era presidente. Su hermano Ernesto le regaló una miniatura de marfil, donde se ve una imagen de la infancia de Carlos, pero con el bastón y la banda. Sí, lo que llamamos photoshop ya existía.

A partir de 1932 se establecieron normas para la confección del bastón presidencial. La madera debía ser preferente de caña de Malaka y tenía que barnizarse. La empuñadura, de 8 centímetros de largo, debía ser de oro macizo (18 quilates) y contener el escudo nacional esmaltado. El regatón (que recubre el extremo inferior del bastón), también tenía que ser de oro. En cuanto a la longitud, depende de la altura del mandatario.

No siempre se han cumplido estas normas. Es, por ejemplo, el caso del presidente Arturo Illia, quien prefirió usar el mismo que portaron los Sáenz Peña.

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