Las Heras: “Traigan vino”

En enero de 1817, el Ejército de los Andes cruzó la cordillera por seis pasos. Las dos columnas principales fueron las que condujeron el coronel Juan Gregorio de Las Heras (por el de Uspallata) y el general Miguel Estanislao Soler (por el de Los Patos), acompañado por San Martín, quien marchaba a retaguardia.

Antes de alcanzar el territorio chileno, los libertadores sostuvieron un par de enfrentamientos con los realistas. El 24 de enero, en Picheuta (Mendoza), los valientes de Las Heras vencieron a una avanzada enemiga. Al día siguiente, el mismo grupo atacó con éxito a enemigos que se habían situado en Potrerillos. Los hombres de Las Heras volvieron a entrar en acción el 4 de febrero en Guardia Vieja. Pero, a diferencia de los sucesos anteriores, en esta nueva contienda ya habían atravesado las altas cumbres y se encontraban en territorio chileno.

Guardia Vieja, el primer puesto custodiado en el camino a Chile, fue tomado por asalto. Los patriotas, encabezados por el teniente Román Deheza y el mayor Enrique Martínez  atacaron la guardia con 150 fusileros y treinta granaderos. Veinticinco de los cien realistas murieron, mientras que 43 fueron hechos prisioneros. El resto huyó (según la versión patriota) o logró escapar (de acuerdo con el parte de los realistas). Los patriotas no tuvieron bajas.

Enterado del éxito de su avanzada, Las Heras le escribió a fray Luis Beltrán, quien esperaba al borde de la cordillera mendocina para iniciar el trayecto. Esta fue, entonces, la primera comunicación que cruzó los Andes con información bélica. Era un parte militar acompañado de una esquela que decía: “Lea usted, carajo, emborráchese y escriba a [la ciudad de] Mendoza. Mándeme víveres, siquiera 10 o 12 cargas de charqui y alguna harina, que necesito para los prisioneros. Estoy sin mulas porque con el trabajo se caen flacas. Y si hay vino, también quiere. Heras”.

Esta pequeña pero sentida esquela fue leída con emoción patriótica y celebrada en la plaza de la ciudad de Mendoza. No era para menos: los logros del Ejército que comandó San Martin se debieron, en gran medida, al esfuerzo descomunal de los gloriosos pueblos cuyanos.

Los músicos del cruce de los Andes

Tres semanas después de que en Tucumán declararan la Independencia, se daba la denominación de Ejército de los Andes a los escuadrones que adiestraba San Martín en Mendoza. Hasta ese momento, se había llamado Ejército de Cuyo. En poco tiempo, uno de los batallones, el glorioso número 11, se convirtió en el primero que tuvo banda musical.

Fue gracias al aporte del hacendado mendocino Rafael Vargas, quien a veces llamaba algo la atención con sus excentricidades. Fue quien introdujo el primer coche de lujo en Mendoza (en realidad fueron dos) y se distinguía por su refinado gusto para adornar su casa.

En 1810 se encargó de importar instrumentos de viento de Bélgica y envió a dieciséis de sus esclavos a Buenos Aires, donde tomaron clases en la Academia de Música Instrumental del maestro español Víctor de la Prada. Después de cuatro años, cuando ya tenían una base suficiente, regresaron a la ciudad de Mendoza con su amo, quien los llevaba a tocar a la iglesia y otros actos públicos.

Una vez que se formó el Ejército de los Andes, Rafael Vargas mandó a hacerles uniformes y donó la banda musical al Batallón 11 que marchó en la columna de Las Heras, por el paso de Uspallata. Con su talento natural, los dieciséis músicos negros le pusieron ritmo marcial a la epopeya de los Andes.

Los sesenta granaderos

La genial estrategia militar de José de San Martín consistía en asentar al Ejército Libertador en Chile y desde allí navegar al Perú. Luego del triunfo de abril de 1818 en los campos de Maipo –o Maipú– logró consolidarse la primera etapa. Sin embargo, los graves acontecimientos políticos que sucedían en ambos lados de la cordillera ponían en riesgo la campaña a Lima. Más aun, el gobierno de las Provincias Unidas ordenaba el regreso de los hombres que habían partido de Mendoza en 1817.

Con gran esfuerzo debido a su salud seriamente quebrantada, San Martín repasó los Andes el 14 de febrero y se instaló en Mendoza el 23. Su intención era destrabar el conflicto generado con su ejército por quienes se disputaban el poder.

En octubre, San Martín partió rumbo a Buenos Aires con el objetivo de entrevistarse con el flamante Director Supremo, José Rondeau. Sin embargo, las noticias recibidas en el trayecto –referidas a levantamientos insurgentes en Tucumán y Córdoba– lo hicieron volver sobre sus pasos. Regresó a Mendoza donde sufrió un serio desmejoramiento de su salud. Envió una carta a Rondeau manifestándole que estaba muy enfermo para seguir al mando del Ejército. Le recomendó que encontrara un sustituto de inmediato y le anunció que pasaría a Chile, para tomar baños termales.

Estaba dispuesto a cruzar la cordillera, pero apenas podía mantenerse en pie. El general Rudecindo Alvarado le ordenó a fray Luis Beltrán que construyera una camilla, lo más cómoda posible, para trasladar al general a través de los Andes. El fraile la terminó en un par de días y se abocó a reunir víveres y abrigos. Alvarado dispuso que sesenta granaderos acompañaran al jefe, turnándose para cargar en sus hombros la camilla con el ilustre enfermo.

La travesía se inició el 28 de diciembre. A la cabeza marchó el fraile, junto al médico personal de San Martín, el doctor estadounidense Guillermo Colesberry. Además de los sesenta granaderos, dos sargentos estaban encargados de velar el sueño del comandante. Se turnaban por la noche para atender como enfermeros cualquier necesidad del convaleciente.

El viaje demandó 17 días, ocho más de los que había empleado San Martín cuando pasó a Mendoza en febrero de ese mismo año. Tres semanas en aguas termales lo repusieron. Se instaló en Santiago e inició los preparativos para llevar adelante la segunda etapa de su magnífico plan libertador.

El pintor Fidel Roig Matons reflejó en su obra aquella escena. La célebre cueca “Sesenta granaderos”, del poeta mendocino Hilario Cuadros, evoca a la escolta que acompañó a San Martín en ese cruce.

Sin comentarios

Por qué San Martín es nuestro prócer

Porque introdujo conceptos militares modernos para afrontar la Guerra de la Independencia.

Porque demostró que la disciplina es un recurso fundamental para alcanzar objetivos.

Porque convirtió a patriotas que apenas podían aportar su juventud y entusiasmo, en profesionales que descollaron en los campos de batalla.

Porque fue tan severo como magnánimo.

Porque se puso al frente de sus soldados. San Martín no los empujaba, los guiaba.

Porque les inculcó que una victoria no se logra únicamente en el campo de batalla, sino que comienza con una buena instrucción sumada a la capacidad para obtener recursos.

Porque nunca fue demagogo. Al contrario, reclamaba sacrificios, aun sabiendo que podía ganarse enojos y odios.

Porque fue ejemplo de austeridad y de conducta, aun habiendo organizado la más atrevida campaña para sostener las ideas de libertad que pregonaron los Hombres de Mayo.

Porque tuvo enorme influencia política en el desarrollo del Congreso que declaró la Independencia de nuestra Patria en Tucumán.

Porque jamás pretendió algún tipo de reconocimiento de sus contemporáneos. Frente a las críticas intencionadas, el general San Martín respondia que “los hombres juzgan lo pasado según la verdadera justicia; y lo presente, según sus intereses”.

Porque consideraba una falta muy grave el hecho de que alguno de sus hombres le levantara la mano a una mujer, aún cuando hubiera sido insultado por ella.

Porque siempre se mantuvo por encima del tironeo político que desembocó en el cruento enfrentamiento de unitarios y federales.

Porque nunca concibió los privilegioss: en cada espacio ubicó a los más aptos, sin detenerse a evaluar su nacionalidad, condición social o relación de amistad.

Porque padeció enfermedades y desajustes, con graves dolores físicos. Sin embargo, desatendió el cuidado de su salud y partió al frente de campañas extensas y agotadoras.

Porque en el célebre encuentro de Guayaquil, supo dar un paso al costado y no generar un conflicto con Bolívar que pudo haber puesto en peligro los logros que venían acumulándose.

Porque luego de diez años, desde su austero arribo a Buenos Aires hasta el encuentro con Bolívar en Guayaquil, sin dejarse llevar por la veneración de los pueblos que había liberado, sostenía: “mi alma es la misma con que empecé la Revolución”.

Porque el enfrentamiento político no lo enceguecía. Cierta vez escribió a Tomás Guido: “Usted sabe que Rivadavia no es un amigo mío. A pesar de esto sólo pícaros consumados no serán capaces de estar satisfechos de su administración, la mejor que se ha conocido en América”.

Porque a pesar de que en la provincia de Mendoza había encontrado su lugar en el mundo, optó por exiliarse en Europa para no ser utilizado en disputas políticas internas.

Porque con su acción aseguró la libertad de tres naciones, como así también de las demás que se vieron beneficiadas con la campaña que ideó, preparó y comandó con notable éxito.

Porque a pesar de que su grandeza fue usada de manera sesgada por ciertos gobiernos, se mantiene por encima del manoseo partidario.

Austero, riguroso, valiente, capaz, noble, paciente, dedicado, buen patriota y magnífico líder. El Padre de la Patria, José Francisco de San Martín, merece el reconocimiento de todas las generaciones de argentinos.

 

El Congreso de Tucumán en 3 minutos

Cada uno de los diputados que concurrieron a Tucumán para participar del Congreso cargó con el peso de una enorme responsabilidad. Esos hombres no solo eran las caras visibles de la rebelión ante las naciones del mundo, sino que también se exponían a las críticas de los propios pueblos que los habían elegido.

El panorama en 1816, tristemente desalentador, tampoco ayudaba: 1) La economía de las Provincias Unidas estaba a punto de tocar fondo. 2) Fernando VII había recuperado el trono de España y se había propuesto enviar al Río de la Plata unos 15.000 a 20.000 veteranos profesionales (los que habían vencido nada menos que a Napoleón) para recuperar el territorio americano. 3) Para colmo, el ejército del Norte, al mando de Rondeau, había sido derrotado en Sipe Sipe. Por ese motivo, el territorio quedó partido en tres:

- Una fracción en manos de los realistas (Alto Perú y Norte de Jujuy).

- El Litoral bajo la órbita de Artigas, quien estaba enfrentado a Buenos Aires.

- Y el grupo restante, conformado por las provincias que se sumarían al Congreso.

Con dos tercios de los diputados presentes, el Congreso inició sus sesiones el 24 de Marzo de 1816, en un contexto de gran escepticismo, debido al fracaso de la Asamblea del año XIII, que no había logrado declarar la Independencia y redactar una Constitución.

El grupo de los diputados era muy heterogéneo. Más allá de las diferencias generacionales (el menor, Godoy Cruz, tenía 25 años; mientras que Uriarte ya había cumplido los 63), contrastaban las posiciones políticas. Los de Buenos Aires no se llevaban bien con los del Norte que, por su parte, tenían muchas diferencias entre ellos mismos. Los de Córdoba tampoco mantenían buena relación con los porteños. En cambio los de Cuyo, que actuaban siguiendo instrucciones de San Martín, sostenían un buen diálogo con casi todos los grupos.

El desarrollo del Congreso debe mucho a cuatro personalidades de nuestra historia: Martín Miguel de Güemes -quien aún luego de la caída de Rondeau en Sipe Sipe, no dio un solo paso hacia atrás-, Juan Martín de Pueyrredon -fue diputado por la provincia de San Luis hasta que el Congreso lo designó Director Supremo-, José de San Martín, quien alistaba el Ejército para el Cruce de los Andes; y Manuel Belgrano, quien había regresado de una misión diplomática en Europa y viajó a Tucumán para hablarles a los integrantes del Congreso.

Belgrano arribó -atención a la fecha- el viernes 5 de julio de 1816. Era muy valorado por los distintos sectores que participaban de la asamblea y todos querían conocer su opinión. Se reunió en sesión secreta con los congresistas el sábado 6 de julio y ofreció un panorama claro y concreto

Entusiasmados con la exposición de Belgrano, y conscientes de que la única manera de dar un paso hacía adelante sería dejando las abismales diferencias en un segundo plano, el lunes 8 los diputados trabajaron en los preparativos de la ansiada declaración. El martes 9 de julio, la histórica sesión comenzó a las 8 de la mañana y se extendió hasta las 17. Ante el general Belgrano y el Director Supremo Pueyrredon se consolidó la identidad de nuestra Patria con la Declaración de la independencia.

A doscientos años, rendimos homenaje a los veintinueve diputados que firmaron el acta y a los hombres que gravitaron en el Congreso, guiándolo y protegiéndolo: San Martín, Belgrano, Pueyrredon y Güemes. ¡Viva la Patria!

 

Sin comentarios

San Martín y su manual de conducta

En un nuevo aniversario del nacimiento del general José Francisco de San Martín (que tuvo lugar en el pueblo de Yapeyú, ubicada en el actual territorio de Corrientes, el 25 de febrero de 1778), rescatamos los códigos de conducta que le impuso a sus hombres, al crear el Cuerpo de Granaderos.

El Libertador estableció normas de disciplina a través de una nómina de “delitos por los cuales deben ser arrojados los oficiales”, es decir, expulsados del Regimiento. San Martín consideraba delitos las siguientes conductas:

1 – Por cobardía en acción de guerra, en la que aun agachar la cabeza será reputado por tal.

2 – Por no admitir un desafío, sea justo o injusto.

3 – Por no exigir satisfacción cuando se halle insultado.

4 – Por no defender a todo trance el honor del cuerpo cuando lo ultrajen a su presencia o sepa, ha sido ultrajado en otra parte.

5 – Por trampas infames como de artesanos [se refiere a las estafas].

6 – Por falta de integridad en el manejo de intereses, como no pagar a la tropa el dinero que se haya suministrado para ella.

7 – Por hablar mal de otro compañero con personas u oficiales de otros cuerpos.

8 – Por hacer públicas las disposiciones internas de la oficialidad en sus juntas secretas.

9 – Por familiarizarse en grado vergonzoso con los sargentos, cabos y soldados.

10 – Por poner la mano a cualquier mujer aunque haya sido insultado por ella.

11 – Por no socorrer en acción de guerra a un compañero suyo que se halle en peligro, pudiendo verificarlo [realizarlo].

12 – Por presentarse en público con mujeres conocidamente prostituidas.

13 – Por concurrir a casas de juego que no sea pertenecientes a la clase de oficiales, es decir, a jugar con personas bajas e indecentes.

14 – Por hacer uso inmoderado de la bebida en términos de hacerse notable con perjuicio del honor de cuerpo.

El primer domingo del mes se reunían los oficiales en la casa de San Martín para discutir los actos de indisciplina. El acusado debía retirarse para permitir que se hablara con libertad de su causa. Luego de que una comisión investigara, se resolvía en reunión extraordinaria si era culpable del delito o no. Mediante este sistema, hubo oficiales que fueron expulsados del Cuerpo de Granaderos.

San Martín fue el más obstinado promotor de la férrea disciplina, consciente de su vital importancia en el campo de batalla.

El día que Olazábal y Melián se pelearon

En 1812, el capitán José de San Martín esperaba que los hijos de las principales familias de Buenos Aires dieran el ejemplo y se incorporaran al Cuerpo de Granaderos a Caballo que formaba junto con sus compañeros de armas, José Zapiola y Carlos de Alvear.

Entre los muchos jóvenes que se sumaron, mencionamos a los cuñados del jefe, Manuel y Mariano de Escalada, también a Juan Galo de Lavalle, Mariano Necochea y a Manuel de Olazábal (a la derecha, su retrato), quien ingresó como cadete el 7 de enero de 1813, una semana después de haber cumplido los 13 años.

En diciembre, Olazábal participó de la campaña a la Banda Oriental. El joven fue nombrado jefe de la escolta de Alvear y tuvo acciones destacadas, sobre todo, cuando en una retirada del campo de batalla, Zapiola rodó y surgieron cuatro enemigos para capturarlo. Olazábal y dos hombres se lanzaron de sus caballos para pelear cuerpo a cuerpo y rescatar con éxito a su comandante. A comienzos de 1815, con flamantes 15 años, regresó a Buenos Aires ascendido a teniente.

Luego partió a incorporarse al Ejército Libertador que San Martín organizaba en Mendoza. La relación entre el jefe y el subordinado trascendió los límites del campamento de Plumerillo. San Martín cuidaba a Olazábal como a un hijo.

Un día el joven teniente chocó con la arrogancia del capitán José Melián, quien ya sumaba una buena cantidad de años de experiencia militar y venía destacándose por su valentía desde la invasión inglesa de 1806, cuando Olazábal tenía apenas cinco años.

En medio de una discusión, Melián insultó a Olazábal y el joven lo retó a duelo. San Martín se enteró lo que estaba por ocurrir y mandó llamar al joven teniente. En su tienda de campaña le preguntó si conocía cuál era el castigo que recibiría aquel que se enfrentara a duelo con un camarada. El oficial, lejos de ponerse a la defensiva, respondió: “El teniente Olazábal sabrá cumplir la pena que su General le imponga. Pero nadie ha de faltarle al honor de un soldado del General San Martín”. El Libertador se puso de pie y despidió al teniente, evitando mostrar la satisfacción que le había provocado la respuesta.

¿Hubo duelo? Sí. El bravo Melián asestó un sablazo en la rodilla de Olazábal, quien tuvo que pasar días en cama.

En cierta oportunidad, San Martín llegó cabalgando al campamento y vio a Olázabal caminando con una muleta y le preguntó qué le había pasado. El joven respondió que apenas había sido una rodada. San Martín lo miró fijo y en tono paternal le advirtió: “Tenga usted muchos cuidado con las rodadas”.

Esa noche, junto con la comida, el convaleciente recibió una onza de oro, sin remitente. Podía ser anónima, sin embargo, todos sabían que la había enviado su orgulloso jefe.

Sin comentarios

Himno chileno, música argentina

El patriótico cruce de los Andes, realizado en 1817 fue la oportunidad para que muchos chilenos –exiliados en Mendoza luego de la derrota de Rancagua en 1814– volvieran a su tierra. Entre los repatriados se hallaba Bernardo de Vera y Pintado, primo de la mujer de Bernardino Rivadavia y secretario de José de San Martín. Vera y Pintado (a quien vemos en el retrato) retornaba a su residencia en Chile, pero en realidad era santafesino.

Después de Cancha Rayada, cuando se pensó que toda la campaña libertadora estaba a punto de fracasar, O’Higgins ordenó que lo deportaran a Mendoza. Sospechaba que tramaba algo en contra del gobierno patrio. “Vera no debe volver a Chile de ningún modo –le escribió O’Higgins a San Martín el 27 de mayo de 1818–; porque, sobre tener la peor opinión de mala conducta, es el enemigo más decidido de usted, de mí, y de todo lo que no sea anarquía”.

Sin embargo, algo le habrá hecho cambiar de opinión, ya que Vera no sólo regresó, sino que en julio de 1819 el propio O’Higgins le encargó al santafesino que escribiera un himno para su nación. Hasta ese momento, en Chile el que se cantaba era el argentino e incluso se tiene registro de una fiesta en la cual lo interpretó San Martín a capela, con su voz de barítono.

Vera y Pintado creó un himno para los chilenos que contenía algunas frases ríspidas, como por ejemplo:

“El cadalso o la antigua cadena
os presenta el soberbio español:
arrancad el puñal al tirano,
quebrantad ese cuello feroz.

Ciudadanos, mirad en el campo
el cadáver del vil invasor;
que perezca ese cruel que el sepulcro
tan lejano a su cuna buscó”.

El himno chileno se entonó por primera vez el 18 de septiembre de 1819, día de su fiesta nacional. No tenía música, pero eso no fue un escollo. Para cantarlo se empleó la que compuso el catalán Blas Parera para el Himno Nacional Argentino. Durante casi un año, hasta que Manuel Robles le dio una melodía original, el himno chileno tuvo la misma música que el argentino. La letra se mantuvo hasta 1844, cuando fue cambiada por completo.

El abrazo de San Martín y O’Higgins

O’Higgins murió en 1842. San Martín, en 1850. Sin embargo, Pedro Subercaseaux Errázuriz, nacido en 1880, sentía que los había conocido personalmente. Fue lo que aseguró en 1908 cuando pintaba este cuadro denominado El abrazo de Maipú. El mismo recrea la tarde del 5 de abril de 1818, en el instante en que O’Higgins, con un cabrestillo en su brazo derecho por la herida sufrida en Cancha Rayada, acudió al campo de batalla para saludar a San Martín, una vez que la victoria estaba definida.

¿Qué ocurrió aquella tarde? El libertador chileno abrazó al argentino mientras le decía: “¡Glorias al salvador de Chile!”. San Martín le respondió: “General: Chile no olvidará jamás el nombre del ilustre inválido que el día de hoy se presentó herido en el campo de batalla”. Esa fue la escena que coronó la jornada de la liberación definitiva de la nación trasandina.

Por gestión del embajador chileno en la Argentina, El abrazo de Maipú fue expuesto en la sede del Jockey Club porteño, en noviembre de 1908. de inmediato lo adquirió el gobierno argentino, junto con La batalla de Chacabuco y La batalla de Maipú (un óleo que había realizado en 1904). Para completar la venta, Subercasseaux viajó a Buenos Aires y, durante su estadía, Adolfo P. Carranza, el director del Museo Nacional (el mismo que gestionó en 1897 el regreso del sable corvo de San Martín) lo contrató para que realizara otras pinturas, aprovechando la generosa ola evocativa del Centenario.

Con fondos disponibles para celebrar la fecha emblemática de la historia argentina, le encargó tres cuadros: el Cabildo Abierto del 22 de Mayo, la Reunión en casa de Mariquita Sánchez de Thompson cuando se cantó por primera vez el Himno Nacional y también un retrato de Mariano Moreno. Se sabe que por el del Cabildo Abierto se pagaron quince mil pesos, un monto similar por el de la casa de Mariquita y tres mil pesos por el de Moreno.

Todos esos cuadros, incluidos La batalla de Maipú, La batalla de Chacabuco y El abrazo de Maipú, forman parte del patrimonio del Museo Histórica Nacional, ubicado en Parque Lezama.

Alvear, Holmberg y San Martín

Al crearse el Escuadrón de Granaderos a Caballo en marzo de 1812, el Primer Triunvirato estableció cargos y otorgó los correspondientes sueldos. De inmediato, Carlos María de Alvear (cuyo retrato vemos a la izquierda), envió una carta al Ejecutivo, renunciando a percibir sus ingresos:

Exmo. Señor:
Cuando ofrecí mis servicios á V. E. para que me destinase en lo que considerase podría ser de alguna utilidad á nuestra justa causa, cumplía con los deberes de un ciudadano honrado, que miraba como un crimen el permanecer en el ocio, cuando la patria exige de sus hijos el servicio que por la naturaleza le es debido y ahora que V. E. se ha dignado honrarme con el empleo de Sargento Mayor del Escuadrón de Granaderos á Caballo que se ha de formar, creo de mi deber y obligación, supuesto que la Providencia me ha dado con que subsistir, ceder á beneficio del Estado todo el sueldo que me pertenece por mi empleo, sirviendo en un todo á mi costa, cuya pequeña gracia espero de la justicia de V. E. se sirva admitir como la mas mínima parte del interés que me tomo por el bien de la Patria.
Dios guarde á V. E. muchos años.
Buenos Aires, 24 de Marzo de 1812.

La renuncia de Alvear fue publicada en la Gaceta del 3 de abril de 1812, junto con el siguiente decreto:

El Gobierno admite y reconoce esta patriótica oferta, que se publicará en la Gaceta para que sirva de satisfacción á los buenos ciudadanos, y de confusión á los egoístas.
Exmo. Gobierno Superior de las Provincias Unidas del Rio de la Plata.

Asimismo, acompañaba los textos de la Gaceta la siguiente nota:

No es menos digna de la consideración de la patria y del aprecio de los buenos ciudadanos la generosa oferta de 50 pesos mensuales que ha hecho don José de San Martín comandante del escuadrón de ganaderos ha de formar, y la sesión que hace de una tercera parte de su sueldo don Eduardo Kaillitz, barón de Holmberg, que marcha a incorporarse al ejército del interior. El gobierno ha mirado con distinción los sentimientos nobles de estos ciudadanos, ha ordenado que se les dé las más expresivas gracias a nombre de la patria y que se publique en gaceta para que aparezca un testimonio público que los honre y los haga merecer el afecto de los hombres virtuosos.

Recordemos que Alvear, Holmberg y San Martín habían arribado a Buenos Aires, provenientes de Europa, el 12 de marzo de 1812. Al ceder parte de su sueldo o la totalidad, estos hombres estaban dando una clara señal de que no perseguían un fin económico, sino claros valores que estaban por encima de ciertas comodidades.