La cordillera en auto

En 1817, San Martín realizó la hazaña del cruce de los Andes. En 1918 fue el turno de los intrépidos Davenport Brown Richardson y William Paul Rhoads, quienes –guiados por objetivos muy distintos, pero también loables– condujeron un automóvil a través de 5.800 complicados kilómetros. Aun podríamos agregar otra enorme distancia: la que los separaba de los avances tecnológicos actuales. Pero estos dos estadounidenses disponían de un combustible fundamental: estaban convencidos de que contaban con el auto más adecuado, un Studebaker, para llevar adelante esta poco conocida travesía.

La firma llegó a Buenos Aires en 1915. Su presentación fue en el marco de la Exposición Rural de Palermo. En un sencillo stand sobre la avenida Sarmiento, pegado a la entrada, el mismísimo Richardson, gerente de The Studebaker Corporation of America en Argentina, recibía a los interesados y les explicaba, con notable entusiasmo, las cualidades del auto. Ese mismo año inauguró el local de ventas en la distinguida Avenida de Mayo, a metros de la calle Salta. Allí tomó conocimiento de que un competidor, el Buick, había traspasado la cordillera en 1914. Mientras abría el taller de la compañía en Pacheco de Melo y Pueyrredon, comenzó a gestar la idea de la travesía.

El punto de partida fue la Capital Federal. Acompañado por su familia, el 13 de enero de 1918, Richardson inició la marcha en la puerta del local de Avenida de Mayo. Primer destino: Bahía Blanca. Luego pasaron por Patagones cruzando a Viedma en balsa, ya que el puente sobre el río Negro recién se construyó en 1931. Tocaron el puerto de San Antonio y, desde ahí, siguiendo la línea del Ferrocarril del Estado, arribaron a Bariloche. A esa altura, su acompañante era William Paul Rhoads, responsable de la sección técnica de la automotriz. Llegaron a Neuquén y cruzaron los Andes por el paso de Pino Hachado, que conecta las ciudades de Zapala y Curacantín. Ya en Chile recorrieron Mulchen, Los Ángeles, Concepción, Santiago y Valparaíso, para luego repasar los Andes por el célebre paso de Uspallata, donde se encuentra el Cristo Redentor, retornando al punto de partida.

La revista Caras y Caretas –Studebaker era anunciante (vemos un aviso de ese año, registrado en Plaza San Martín, de Retiro)– publicó esta historia en abril. Una de las imágenes de aquella nota presenta el automóvil al pie del Cristo Redentor. Se destaca la leyenda “Valparaíso”, punto final del viaje de ida.

Rhoads ya sumaba algunos galardones (salvo que no fuera él y justo tuviera un homónimo). Había corrido algunas carreras a bordo de un Studebaker. Por ejemplo, fue el ganador de la competencia Castelar-Campana-Castelar, en fuerza libre (es decir, sin reglamento de velocidad máxima), organizada por el Automóvil Club Argentino, en 1916, el mismo año que ganó la competencia “Fiesta del motor”.

Merecen nuestra admiración aquellos que trabajan para cumplir sus sueños. Por eso, ofrecemos nuestro merecido aplauso para estos precursores.

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