El paracaidista de 1807

 

José Antonio Leiva, oriundo de Luján y subteniente de los Húsares de Pueyrredon, fue protagonista del primer descenso en paracaídas, que tuvo lugar en la Buenos Aires de 1807. Ocurrió el 5 de julio, durante la Defensa de la ciudad ante la segunda Invasión inglesa. El perímetro más sangriento del combate es el que delimitan las actuales calles Perú, Belgrano, Balcarce y Venezuela.

En las primeras horas de la mañana un centenar de ingleses se pertrechó en la Basílica de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, que nosotros conocemos como convento de Santo Domingo. Al ingresar tirando abajo un portón trasero descubrieron en los techos el estandarte del Regimiento 71 Highlanders que habían perdido en la primera invasión más dos banderas de la Marina Real británica, de 1,62 metros por 1,65. Todos trofeos de guerra que habían sido ofrendados por Santiago de Liniers a la Virgen del Rosario.

El entusiasmo por el hallazgo contagió a los hombres y su comandante, el coronel Denis Pack, ordenó que se exhibieran en la torre de la iglesia. La orden fue fatal para el soldado que trepó al cielorraso, ya que cayó desde la altura y murió. El segundo en intentarlo, más ágil, logró descolgarlas. De inmediato las llevaron al campanario.

Desde el patio de la casa de Francisco de Tellechea (en las actuales Defensa y Moreno), a pocos metros del convento, se disparaba contra la torre -en aquella época tenía una sola- para derribarla con bandera e ingleses incluidos, pero antes de lograr su objetivo los invasores se rindieron. Eran pasadas las tres de la tarde. Agotados, los oficiales pidieron una sábana blanca y la colgaron en la torre, en señal de parlamento, junto al estandarte inglés. Mientras tanto arribaba al galope el joven subteniente de Húsares José Antonio Leiva.

Enterado de que Denis Pack (a quien vemos en el retrato) se hallaba en el interior del convento, se apresuró para tener el honor de ser su captor. Porque no se trataba de un prisionero más. Su cabeza tenía precio: 4.000 pesos (equivalía al sueldo regular de un año) porque había sido capturado en 1806 y había juramentado que nunca más empuñaría las armas contra España y sus colonias. Pack era perjuro y Leiva sería su justiciero.

En cuanto traspasó la puerta, el húsar fue interceptado por el prior, quien le pidió que retirara la bandera que flameaba en la torre y recuperara la sábana blanca. En realidad intentaba distraerlo porque él mismo se había encargado de esconder a Pack. Leiva subió salteando escalones, alcanzó la torre, arrancó la sábana y tomó la bandera inglesa. La maniobra ocasionó un tropiezo en el más estricto sentido de la palabra. Sus botas embarradas lo traicionaron y lo depositaron en el vacío.

Desde lo más alto de la torre, Leiva planeó rozando el muro con el improvisado paracaídas que formaron el pabellón inglés y la sábana. No fue un vuelo elegante. Mejor dicho, no fue un vuelo. Apenas logró amortizar el impacto del golpe que nunca desmintió la teoría de Newton. Lo recibió un colchón de barro. De la nariz, la boca y las orejas le brotaba sangre. Lo introdujeron en el convento y mientras era atendido, se acercó el coronel Pack, quien quiso conocer a su frustrado cazador.

Por su acción, Leiva fue ascendido a teniente el 1 de enero de 1809. No obtuvo la recompensa, ya que no consiguió atrapar al oficial británico, y quedó sordo de por vida. El relato de su vuelo fue desdibujándose y otros hechos de la historia cotidiana sepultaron aquella instantánea de la invasiones inglesas.

En abril de 1859, José Manuel Luparte presentó una carta en la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires solicitando una pensión para el anciano Leiva, quien vivía en el partido de Quilmes. En la nota informaba acerca de su actuación en 1807 y brindaba detalles del episodio que lo había convertido en el primer aeronauta de nuestra historia. Pocas semanas después, el 25 de mayo, la Municipalidad le otorgó una pensión de dos mil pesos anuales “por su valor y heroísmo” y le entregó una condecoración. Habían pasado 52 años de su vuelo con el pabellón británico.

  • Edgardo Maffía

    ¡Excelente historia Daniel! En la torre de la iglesia de Av. Belgrano y Defensa, se pueden ver las bombas incrustadas en la torre. No quedaron clavadas ahí, sinó que un amigo mio, el escritor y poeta chileno Raimundo Chaineau se ofreció para instalarlas en los cráteres.
    Ahí esta el sepulcro del Gral. Belgrano, cuya condición de Francmasón le impide, al igual que San Martín, compartir el atrio. Saludos. Edgardo