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El sábado 16 de noviembre de 1901 se llevó a cabo la primera competencia automovilística del país. Fue en el Hipódromo Argentino situado en el pueblo de Belgrano (en las actuales Libertador y Monroe), a pocos kilómetros del centro de la ciudad de Buenos Aires. Se trataba de una actividad de beneficencia organizada por la Sociedad Damas de Caridad. Parte de lo recaudado iría a parar a las necesitadas arcas del Instituto Siglo XIX, que sostenía un asilo de ancianos.
Los competidores fueron siete: cinco Locomobile, un Rochester y un auto construido en la Argentina por el español Celestino Salgado, mecánico y piloto de su prototipo. ¿Cómo eran aquellos autos? Muy parecidos a las breaks de tracción animal, salvo que sin los caballos. Ni siquiera tenían volante, sino un timón con el que torcían el rumbo de las ruedas.

Los pilotos de los Locomobiles fueron Aarón Anchorena, Juan Abella, Alcorta, Gismondi y un futuro presidente, Marcelo Torcuato de Alvear. Juan Cassoulet (a quien vemos en la foto) condujo el Rochester. Para ser identificados, los corredores llevaban un brazalete con un número en el brazo derecho, el que se veía desde la tribuna. No usaban casco, pero sí llevaban puestos bombines, esos sombreros chaplinescos.
Desde el arranque, Cassoulet y Alvear se distanciaron del resto. El futuro presidente logró establecer una diferencia, pero se le salió una cadena del engranaje. La cigarrera de premio fue para Cassoulet, quien alcanzó los 73 kilómetros por hora promedio para cubrir los mil cien metros y ganar la competencia, ante el aplauso de la tribuna –mucho público femenino– que celebraba el acontecimiento. El victorioso automóvil comenzó a incendiarse en cuanto su piloto lo detuvo. Cassoulet apagó la llave de paso del combustible, retiró los inflamables almohadones de los asientos y procedió a apagar el fuego. “Me ensucié un poco la ropa, pero salvé la galera”, diría después el competidor. La cigarrera se exhibe en el Museo Juan Manuel Fangio, en Balcarce. Fue donada por Federico Kirbus, uno de los principales investigadores de esta historia.
Alvear sintió el rigor de la única curva donde había roto la cadena y llegó tercero y furioso, detrás de Juan Abella y delante de Gismondi. Todos felicitaron al vencedor. Pero los verdaderos ganadores fueron los abuelos de asilo.
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Una de las mujeres más atractivas del siglo XIX fue Florentina Ituarte, sobrina del general Juan Martín de Pueyrredon, nacida en 1802.
Cuando cumplió 18 años, contrajo matrimonio con Braulio Costa, hombre apuesto, de vida acomodada y codiciado por las mujeres. Vivieron en el centro, en una casona ubicada en Defensa 465. Allí nacieron Eduardo, Luis, Magdalena y Alberto Costa.
Los asuntos de la política en tiempos de Rosas alejaron a Braulio Costa de Buenos Aires, quien se recluyó en el Uruguay. Florentina Ituarte se mudó a la quinta de la familia, en la costa de San Isidro.
Se encerró en la casa sobre las barrancas y solo aceptaba la visita de sus hijos. Pasados los cincuenta años, hizo tapar con géneros negros todos los espejos de la casa. Esta mujer que fue considerada una de las bellezas de Buenos Aires no quiso ver cómo el paso del tiempo iba cambiando Apenas se conservan algunas imágenes de la última década del siglo en el que ella vivió casi en forma completa.


Murió en 1905, cuando ya había cumplido los 103 años.
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Dos chicos que fueron rescatados eran los protagonistas de una historia policial. Además, el más pequeño, fue el último de todos los sobrevivientes del Titanic en morir. La historia, en un breve video:
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Aquí, la historia de Benjamin Guggenheim y Leóntine Pauline “Ninette” Aubart, pasajeros del trágico viaje del Titanic, en abril de 1912:
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En 1886 y en 1892, William T. Stead publicó dos narraciones de ficción que en cierta medida adelantaban lo que ocurriría en 1912. Aquí, la historia:
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El 26 de febrero de 1912, una locomotora no alcanzó a detenerse cuando ingresó a la estación Constitución y chocó contra los frenos hidráulicos del andén número 1.
El hecho ocurrió a las 5:24 de la mañana. El tren proveniente de Remedios de Escalada estaba compuesto por siete vagones, además de la locomotora. Los dos de adelante pertenecían a la primera clase y transportaban unos 35 usuarios. Los cinco restantes a la segunda clase, llevaban alrededor de 450 pasajeros. Uno de ellos contó que cuando faltaban unos doscientos metros para el frenado final, se oyeron gritos. Eran el motorman (Guillermo Bowles) y el fogonero (Carlos del Molino) tratando de advertir al pasaje que el choque era inevitable. Se estima que viajaban a más de 20 km/h. Antes del impacto, el maquinista y el fogonero saltaron fuera de la formación.

En el primer vagón se incrustó el siguiente.
Dice la crónica de La Nación: “Es difícil describir el pánico que produjo entre los quinientos pasajeros que conducía el tren y los centenares de personas que presenciaron el choque. Un ruido estremecedor, ayes, gritos en todos los tonos, protestas de toda naturaleza, demandas de auxilio, todo se oía en medio de la confusión reinante”. La peor parte la llevó el segundo vagón: se incrustó dos metros y medio en el primero.
La nómina de heridos alcanzaba a una treintena de pasajeros, entre los que sufrieron fracturas y, en algunos casos, amputaciones. Seis partieron al hospital Rawson con heridas de gravedad. Un numeroso grupo se acercó a la redacción de la revista Caras y caretas para “protestar contra la empresa Ferrocarril del Sud, a quien señalan como culpable del suceso”.

El segundo vagón.
La responsabilidad recayó sobre el maquinista quien, por su poca experiencia, no calculó debidamente la distancia de frenado. ¿Por qué conducía un tren un inexperto? Porque La Fraternidad -el sindicato de conductores de trenes- llevaba adelante un paro. Por ese mismo motivo, el día anterior (25 de febrero) chocaron dos trenes del Sarmiento en estación Moreno, y pocos días atrás, el 10 de febrero, una formación embistió a una locomotora al ingresar a la terminal de Retiro. En ambos casos, con víctimas en el pasaje.
Fotos: Archivo La Nación.
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Abandonó una brillante carrera de economista y el alto cargo en el Consulado de Buenos Aires para dirigir ejércitos como un improvisado militar. Aun con un estado de salud deplorable se mantuvo al frente de las responsabilidades asumidas.
En 1813 recibió un premio de 40.000 pesos (un sueldo alto en ese tiempo equivalía a 8.000 pesos anuales) y lo donó para la dotación de cuatro escuelas. A él le debemos la escarapela, la bandera, los dos triunfos más importantes (Tucumán y Salta) en el actual territorio argentino durante la Guerra de la Independencia y su devoción por la Patria y por su gente.
Aquí reunimos quince ideas del magnífico prócer, Manuel Belgrano:
1. “El miedo sólo sirve para perderlo todo”.
2. “Ni la virtud ni los talentos tienen precio, ni pueden compensarse con dinero sin degradarlos”.
3. “Nuestros patriotas están revestidos de pasiones, y en particular, la de la venganza; es preciso contenerla y pedir a Dios que la destierre, porque de no, esto es de nunca acabar y jamás veremos la tranquilidad”.
4. “El modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente”.
5. “El camino seguro de la libertad es la lucha por la libertad social”.
6. “Fundar escuelas es sembrar en las almas”.
7. “Trabajé siempre para mi patria poniendo voluntad, no incertidumbre; método, no desorden; disciplina, no caos; constancia, no improvisación; firmeza, no blandura; magnanimidad, no condescendencia”.
8. “No es lo mismo vestir el uniforme militar, que serlo”.
9. “La vida es nada si la libertad se pierde”.
10. “No busco el concepto de nadie, sino el de mi propia conciencia, que al fin es con la que vivo en todos los instantes y no quiero que me remuerda”.
11. “Mucho me falta para ser un verdadero padre de la patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella”.
12. “Lo que creyere justo lo he de hacer, sin consideraciones ni respetos a nadie”.
13. “Parece que la injusticia tiene en nosotros más abrigo que la justicia. Pero yo me río, y sigo mi camino”.
14. “Renuncio a mi sueldo de vocal de la Primera Junta de Gobierno por que mis principios así me lo exigen”.
15. “Un pueblo culto nunca puede ser esclavizado”.
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El 3 de abril de 1835, José Santamarina y Varela, capitán general de la Guardia de Corps de Fernando VII, le pidió a su hijo Ramón Joaquín Manuel Cesáreo, de ocho años, que lo acompañara a los fosos del Puerto de Arriba (en la Coruña, España). Una vez allí, le comentó ciertos pecados –incluso algunos que el niño no alcanzaba a entender– y se disparó en la sien.
Apenas algunos días después de la tragedia, moría de pena la madre de Ramón, Manuela Valcarcel. Él y sus hermanos Dolores y Francisco aterrizaron en casa de parientes que los consideraban más estorbo que familia. De allí pasaron a un asilo.
Ramón Santamarina se hizo monaguillo y el sacerdote descubrió que el chico tenía muchísimas cualidades. Creyó que lo mejor que podría hacer por él era alejarlo de España y enviarlo a América en el barco de un capitán amigo. En 1840, con nada más que una moneda de 5 duros y trece años, desembarcó siendo nadie en la ciudad de Buenos Aires.
Se las ingenió para conseguir trabajo. Obtenía una recompensa miserable por guiar a nado las carretas de bueyes que cruzaban el Riachuelo a la altura de Barracas. También daba clases a sus humildes amigos del barrio. Sumó un modesto dinero que envió a su hermana Dolores. Lo tomaron como empleado en el Café de las Cuatro Naciones, donde se dieron el gusto de explotarlo hasta que explotara.
Cumplía tareas de lunes a lunes y tenía tres horas de descanso por día. Las otras veintiuna debía trabajarlas. Lo hizo un par de meses hasta que su físico se lo permitió. Tuvo que renunciar porque no daba más. Los primeros ocho días luego de abandonar ese trabajo los durmió por completo, salvo en el rato que se despertaba para comer.
Había llegado al país en el momento de mayor violencia durante el gobierno de Rosas y prefirió alejarse de Buenos Aires. Se trasladó al pueblo de Tandil, donde consiguió trabajo como peón. La capacidad de trabajo del gallego Santamarina, sumada a su honestidad y corrección en el trato, lo convirtieron en el joven mimado del pueblo. Luego de cinco años al servicio de todos y de cada uno, Ramón (19 años) compró una carreta con ruedas inmensas de lapacho y cambió su historia.
Cada viaje Tandil-Buenos Aires-Tandil demandaba tres meses y acarreaba peligros por los ataques de la indiada, de los gauchos rebeldes, los ladrones o las inclemencias del tiempo. En cuanto pudo, sumó otra carreta y otra y otra. Llegó a mantener dos docenas y comenzó a forjar su fortuna. Aprovechando la existencia de ganado cimarrón, incursionó en el negocio de los cueros. Mediante convenientes compras de quintas, chacras, campos y estancias, ingresó al club de los terratenientes.
Llegó a poseer 300.000 hectáreas en veinticinco estancias. La zona en donde se halla la Piedra Movediza de Tandil (la clásica se mantuvo en equilibrio hasta 1912) formaba parte de sus propiedades. Se casó en 1860. Tuvo cuatro hijos. Enviudó en 1866. Volvió a casarse –con Ana Irasusta Alduncin, sobrina de su primera mujer– y tuvo trece hijos más. En política, fue uno de los hombres más influyentes del sur de la provincia de Buenos Aires. En la sociedad, un caballero altamente respetado. En sus campos, un patrón muy querido.
El 23 de agosto de 1904 por la tarde, en el escritorio de su estancia, el patriarca de los Santamarina argentinos se suicidó por motivos que se han mantenido en secreto. Muchos creen que fue por una depresión, como ocurrió con su padre. La historia se repetía: de la misma manera, se disparó en la sien.
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Luego de la batalla de Caseros, Sarmiento quedó desencantado de Urquiza. La mala relación entre estos dos hombres se sostuvo en el tiempo hasta que el sanjuanino llegó a la presidencia. Limaron asperezas a través de dos valiosos interlocutores: Benjamín Victorica, yerno del entrerriano (casado con Ana de Urquiza) y Dalmacio Vélez Sarsfield, amigo del sanjuanino (y padre de su amante, Aurelia Vélez).
Gracias a la gestión de estos hombres, Urquiza y Sarmiento volvieron a tratarse y afianzaron la relación a través de correspondencia.
Rescatamos una carta de Urquiza a Sarmiento -escrita en el Palacio San José de Concepción del Uruguay- que adjuntaba un regalo:
“San José, 24 de junio de 1869.
Excelentísimo Señor Presidente de la República, Don Domingo Faustino Sarmiento.
Estimado Señor Presidente y amigo:
Acordándome de las horas que Vuestra Excelencia tiene que permanecer en su bufete, me tomo la libertad de remitirle un rob-de-chambre y un gorro, para que lo use en mi nombre, no fijándose en su importancia, sino como un recuerdo de su afectísimo y amigo, Justo José de Urquiza.”
Tanto le gustó a Sarmiento el gorro, que se lo dejaba puesto mientras dormía, pero también lo usaba durante el día, en la casa, cuando hacía frío.
El periodismo tomó la imagen para crear caricaturas del Presidente de la Nación con el gorro de dormir, regalo de su antiguo adversario.
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Un suceso preocupó al virrey Loreto en 1785. De las casas de las principales familias de Buenos Aires desaparecían objetos de valor. Los hurtos eran constantes y podía deducirse que el ladrón vivía en la ciudad y conocía los secretos de los vecinos, ya que en la mayoría de los casos se dirigía directamente a su botín, sin violar ningún otro ambiente.
Las sospechas apuntaban a algunos oficiales. Pero también se puso el ojo en los esclavos y criados. Era habitual que un moreno robara para pagarse la libertad o la de un ser querido. Hubo más de veinte detenciones, pero las autoridades no daban con el autor de los robos.
El virrey dispuso que el capitán de dragones Manuel Cerrato se dedicara en forma exclusiva a resolver el caso del ladrón misterioso. Y lo resolvió. El hombre que había logrado preocupar a todos se llamaba Monsieur Levant y era el peluquero más exclusivo de Buenos Aires.
Llegado de Francia, aseguraba que provenía de una familia aristocrática que había entrado en decadencia económica. Levant era muy querido, no sólo por su capacidad con tijeras y peines, sino también porque conversaba sobre temas interesantes con sus clientes mientras se ocupaba de sus pelucas y cabezas. Incluso, para amenizar el tiempo de secado de pelo, solía deleitarlos con lecturas de libros que llevaba de su propia biblioteca. Sus pomadas y perfumes eran muy requeridos. En aquel tiempo, los peluqueros sólo atendían en las casas, por lo tanto, Levant conocía las salas, los cuartos y, por supuesto, los secretos de las familias. En muchos casos, el francés oficiaba de Cupido: llevaba y traía cartas de novios.
Acorralado por Cerrato, Levant confesó, devolvió lo robado en varias casas y esperó el veredicto de la Justicia. Se discutió si había que deportarlo a Carmen de Patagones, a las Malvinas o a Cartagena, en España. Se optó por España. Antes de enviarlo lo pasearon en un burro, atadas sus manos, junto a un pregonero que anunciaba sus delitos.