El día que Olazábal y Melián se pelearon

 

En 1812, el capitán José de San Martín esperaba que los hijos de las principales familias de Buenos Aires dieran el ejemplo y se incorporaran al Cuerpo de Granaderos a Caballo que formaba junto con sus compañeros de armas, José Zapiola y Carlos de Alvear.

Entre los muchos jóvenes que se sumaron, mencionamos a los cuñados del jefe, Manuel y Mariano de Escalada, también a Juan Galo de Lavalle, Mariano Necochea y a Manuel de Olazábal (a la derecha, su retrato), quien ingresó como cadete el 7 de enero de 1813, una semana después de haber cumplido los 13 años.

En diciembre, Olazábal participó de la campaña a la Banda Oriental. El joven fue nombrado jefe de la escolta de Alvear y tuvo acciones destacadas, sobre todo, cuando en una retirada del campo de batalla, Zapiola rodó y surgieron cuatro enemigos para capturarlo. Olazábal y dos hombres se lanzaron de sus caballos para pelear cuerpo a cuerpo y rescatar con éxito a su comandante. A comienzos de 1815, con flamantes 15 años, regresó a Buenos Aires ascendido a teniente.

Luego partió a incorporarse al Ejército Libertador que San Martín organizaba en Mendoza. La relación entre el jefe y el subordinado trascendió los límites del campamento de Plumerillo. San Martín cuidaba a Olazábal como a un hijo.

Un día el joven teniente chocó con la arrogancia del capitán José Melián, quien ya sumaba una buena cantidad de años de experiencia militar y venía destacándose por su valentía desde la invasión inglesa de 1806, cuando Olazábal tenía apenas cinco años.

En medio de una discusión, Melián insultó a Olazábal y el joven lo retó a duelo. San Martín se enteró lo que estaba por ocurrir y mandó llamar al joven teniente. En su tienda de campaña le preguntó si conocía cuál era el castigo que recibiría aquel que se enfrentara a duelo con un camarada. El oficial, lejos de ponerse a la defensiva, respondió: “El teniente Olazábal sabrá cumplir la pena que su General le imponga. Pero nadie ha de faltarle al honor de un soldado del General San Martín”. El Libertador se puso de pie y despidió al teniente, evitando mostrar la satisfacción que le había provocado la respuesta.

¿Hubo duelo? Sí. El bravo Melián asestó un sablazo en la rodilla de Olazábal, quien tuvo que pasar días en cama.

En cierta oportunidad, San Martín llegó cabalgando al campamento y vio a Olázabal caminando con una muleta y le preguntó qué le había pasado. El joven respondió que apenas había sido una rodada. San Martín lo miró fijo y en tono paternal le advirtió: “Tenga usted muchos cuidado con las rodadas”.

Esa noche, junto con la comida, el convaleciente recibió una onza de oro, sin remitente. Podía ser anónima, sin embargo, todos sabían que la había enviado su orgulloso jefe.