“No seas cruel, mi cielo”

 

Además de ser el día de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre (de 1786) nació uno de los dieciséis descendientes del virrey del Pino: Juana. Unos veinte años después, durante una misa, la señorita se sintió perforada por la mirada de Bernardino Rivadavia.

El 14 de agosto de 1809, en la iglesia de la Merced se celebró el matrimonio de Juana (22 años) y Bernardino (28). En 1814, el gobierno resolvió enviar a Bernardino, junto a Manuel Belgrano, en misión especial a Brasil y Europa.

Además de ser el día de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre de 1814 a las 6.45 de la tarde partía la corbeta Zefir que transportaba a los dos embajadores. Ese día en que Juana cumplía los 28 años, su marido se le iba rumbo a Río de Janeiro, Londres y Madrid. Tres semanas antes de la partida, el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas dispuso una asignación de dos mil pesos anuales para Juana que incluía una cláusula de viudedad, “en el caso que [Rivadavia] fenezca en el servicio de dicha Comisión”.

No hizo falta echar mano a la cláusula, pero sí a la paciencia. Bernardino regresó siete años después. En el medio, Juana le rogó de mil maneras que abandonara las cuestiones de Estado y regresara. También le reclamó al Director Supremo Pueyrredon en 1816 que le devolviera el marido o le financiara el viaje a ella y sus hijos.

La correspondencia de Juana demuestra que no estaba acostumbrada a bajar los brazos y que amaba a su marido. Hay un texto imperdible de 1819, que vale la pena compartir:

“Bernardino de mi alma; antes de ésta te despaché una… nada tengo que agregar; y sólo te pongo estas cuatro letras para que no te suceda lo que a mí: al llegar una porción de buques y no tener carta ninguna, ni aún noticias, que muchas veces creo desesperarme… Lo que te pido, repito en todas, aunque sepa que te incomodas es que tomes un medio para que nos unamos, mira que esto no se puede tolerar, no seas cruel, mi cielo, que cinco años para una persona que aún no es vieja y que te adora es demasiado. ¡Ay, hijito! Estas separaciones que tantos matrimonios han hecho desgraciados en nuestro país se ven bastantes en el día; yo estoy muy distante de pensar que a nosotros nos suceda lo mismo, pero unámonos, mi Dictateur, y sigamos siendo tan felices como hasta aquí”.

El “hijito”, el “Dictateur”, el “Bernardino de su alma”, regresó por fin en 1821. Juana, la empecinada, recuperó a su marido.