Aranceles del verdugo

 

Bancaria, abogado, cocinero, médica, guardavidas y un largo etcétera. Sea cual fuere la actividad que uno desarrolla, por lo general se ofrece el trabajo a gente formada para desempeñar la tarea. Pero, ¿cuáles serían las cualidades necesarias para conseguir trabajo de verdugo? Si bien no era explícito, los requisitos eran ser ladrón, o asesino, y saber leer.

El conocimiento de la lectura era imprescindible porque el verdugo también actuaba como pregonero. Su calidad de asesino o ladrón no era fundamental. Sin embargo, siempre obtenían el trabajo aquellos que contaban con lo que más adelante se denominaría “prontuario”.

En resumen, el verdugo/pregonero se ocupaba de torturar a detenidos, ejecutar a condenados y anunciar las noticias a los vecinos.

Entre los más conocidos de Buenos Aires, figuraron el indio José Antonio Aguarí (cumplió funciones hasta mediados de 1802) y su sucesor, el negro Bonifacio Calixto Silva, quien protagonizó un par de hechos históricos: fue quien anunció a los vecinos la convocatoria al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, como así también, el encargado de ejecutar a Martín de Álzaga en 1812.

Cada tarea tenía sus aranceles. En tiempos del virreinato, fueron fijados de la siguiente manera en las actas oficiales:

- Un real por cada pregón que realizara.
- Un peso (es decir, ocho reales) por torturar a un reo y lograr su confesión.
- Un peso por aplicar el castigo de azotes en la vía pública al condenado.
- Dos pesos por ejecución de la pena capital, además de quedarse con las pertenencias del ejecutado, como era costumbre.
- Un peso extra si el cuerpo debía ser quemado o cortado en cuatro partes para colgar en las plazas o caminos, a manera de advertencia.
El verdugo Silva juntó suficiente cantidad de dinero para comprar la libertad de su novia, la negra Tomasa, con quien vivió hasta sus últimos días.