La gloria o Devoto

En la época la de las hazañas aeronáuticas, Francisco Aroza, se calzó el mameluco, se puso el casco más las antiparras y abordó el avión. Controló que todo estuviera en orden, despegó, se dio vuelta en el aire, y así navegó cuatro horas y 25 minutos. Cabeza abajo.

El Heraldo de Madrid le sumó dos minutos más, pero también lo calificó en forma incorrecta (escribieron “el cadáver Aroza” en vez de “el aviador Aroza”) y dijo que zarpó de Panamá hasta Buenos Aires, con lo cual, sin querer, el redactor inventó el vuelo más rápido entre ambas capitales, aún no superado. ¿Por qué tres errores en un texto corto? Cosas de los cables que no se leían bien, probablemente.

El raíd de reconocimiento mundial tuvo lugar en 1935, entre Paraná y 6 de Septiembre. ¿Qué localidad llevaba el nombre de esta fecha? La actual Morón, que lo cambió en 1932 para recordar la revolución del 30 que derrocó al presidente Hipólito Yrigóyen. Conviene aclarar que en aquel tiempo casi todos los vuelos partían de Morón.

Aún no se habían acallado los aplausos por la hazaña cuando en la primavera de 1936 los diarios informaban sobre un asunto que trasladaba a Aroza desde las páginas deportivas hasta las policiales, en viaje sin escalas.

El martes 13 de octubre, Aroza trajo desde Montevideo catorce fardos de seda que bajó en un campo cercano a Rosario, propiedad del presidente del Círculo de Aviación, Octavio Alvarado. El cargamento no pasó por la Aduana. Debido a que su avión estaba en reparaciones, volaba con el Fairchild de su colega Ignacio Lardizábal (quien no tenía idea de lo que estaba ocurriendo).

Al día siguiente realizó otros vuelos, que incluyeron una escala en Morón. El último aterrizaje del día tuvo lugar a las 19 hs. en la localidad santafesina de Paganini (hoy Granadero Baigorria). Llegó hasta Rosario y con su automóvil, despojado del asiento trasero, marchó los 34 kilómetros al campo donde había dejado lo fardos. Cargó el auto con la mitad de la mercadería que llevó a su casa del bulevar Rondeau, en la ciudad rosarina. Regresó al campo en busca de la otra mitad y desandó el camino, una vez más. A las 23 hs., cuando realizaba la descarga en su domicilio, se acercaron dos policías. Una crónica de aquellos días sostiene que el instructor de aviación intentó sobornar con cien pesos a los sabuesos y, ante la negativa de los agentes, les ofreció un vale por cincuenta pesos más. Curiosamente no pudo darlos vuelta…

Por falta de antecedentes, su condena de 15 meses de prisión quedó en suspenso. Lo cierto es que, como tantas otras veces, la hazaña deportiva quedó tapada por el punto policial. Aroza fue noticia dos veces. Celebremos la primera.
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Una Porteña de cien años

El 30 de agosto de 1957, la legendaria locomotora La Porteña ingresó a la estación Once, llevando dos viejos coches con invitados. La ovación para recibirla se mezclaba con los acordes de la “Diana del Parque”, interpretada por los músicos del Regimiento Nº 1 de Infantería Motorizada Patricios. Era parte central del festejo por el centenario de la llegada del ferrocarril a la Argentina. Y no podía faltar la primera locomotora pasando por las vías de aquel pionero Ferrocarril del Oeste. Recordemos que en su viaje inaugural de 1857 partió de la estación cabecera ubicada donde hoy se encuentra el Teatro Colón.

Dante Arroyo, veterano de los maquinistas del por entonces Ferrocarril Sarmiento, condujo a la vieja vaporera que marchaba a unos 25 km/h de promedio. Había partido desde los talleres de Liniers. En Floresta (una de las estaciones centenarias) paró seis minutos; tres en Flores y tres en Caballito. De esta manera, cumplió con el deseo de aquellos vecinos de la Capital Federal que querían ver de cerca esa histórica silueta, negra y añosa.

Media hora antes del mediodía arribó a la estación cabecera donde se había erigido un palco para las autoridades en el andén 6. El maquinista, junto con el foguista Juan Ricci, ambos con 32 años en los trenes, llevaron un ramo de flores al Ministro de Transportes, contraalmirante Sadi E. Bonnet.

Siguieron los discursos de todo acto, la entrega de medallas a obreros y empleados de los ferrocarriles que cumplieron cuarenta años de servicio, pero lo más importante era ella: la pequeña locomotora de cuatro ruedas motrices embanderada de gala un siglo después de su primera corrida oficial.

Hoy la mítica locomotora recibe a los visitantes del Museo del Transporte, a metros de la Basílica de Luján.

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Polémica por los ciclistas (1938)

La imagen nos traslada a la calle Florida, en el año 1900. En el centro de la escena, un ciclista. Los llamaban velocipedistas. Casi cuarenta años después el nombre quedó en desuso, pero se habían multiplicado por el país de una manera llamativa.

Existía cierta preocupación en las ciudades argentinas por el aumento de los ciclistas y la libertad con que circulaban. Esa inquietud general fue reflejada en una nota que publicó El Gráfico en 1938, donde, entre otras cosas, contaba que los policías cobraban multa a los ciclistas que no conservaban la izquierda, no llevaban luz cuando marchaban de noche o no tenían timbre o cascabel. El cascabel producía un sonido particular, al punto que el periodista sostenía que los autos tan silenciosos de ese tiempo deberían llevar un collar de cascabeles para que su presencia fuera advertida.

En esa misma nota, El Gráfico publicó un decálogo del ciclista, que decía:

  1. Para su propia seguridad cumpla estrictamente con todas las disposiciones de tráfico. Respete para que lo respeten.
  2. Por las noches, lleve luz delantera y trasera, y si es posible vista con prendas claras, para que lo distingan a la distancia.
  3. No se aventure a velocidad en los cruces de calles o caminos.
  4. Yendo varios ciclistas, marchen de uno en fondo, por la izquierda.
  5. Recuerde que los días de humedad los frenos exteriores fallan.
  6. Hasta no lograr dominio sobre la bicicleta, eluda las arterias de mucho tránsito, y cuando logre ese dominio, no confíe con exceso.
  7. No lleve ningún chico sentado adelante, sobre el manubrio, porque en caso de accidente es de sumo peligro para la criatura y usted, ya que el pasajero le impide maniobrar con facilidad.
  8. No se agarre a ningún vehículo para que lo remolque, ni vaya corriendo detrás, aprovechando el tren que le hace el vehículo.
  9. No ande por las veredas.
  10. Haga del ciclismo un placer y no un riesgo.

El precio de venta de las bicicletas de 1938 iba en aumento: en esos días se hablaba de un nuevo impuesto de cinco pesos que se sumaba a las más de veinte tasas aduaneras. Sin embargo, estaban convirtiéndose en un medio masivo para trasladarse dentro de las crecientes ciudades argentinas. Y como todo medio de transporte, causaba dolores de cabeza a más de uno, pero era la respuesta social a los nuevos desafíos que planteaba la modernidad.

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“Tengo una vaca lechera”

Durante tres décadas fue el músico más famoso de la Argentina no ligado al tango. Se llamaba Feliciano Brunelli y creó un tipo de orquesta, a la que denominó “característica”, que estaba dirigida por un acordeón y no tenía bandoneón como la “típica”. Tocaba tarantelas, jotas y pasodobles para la gran masa de inmigrantes, muchos de los cuales vivían en el campo o en ciudades del interior y también gustaban de valsecitos criollos y rancheras, otra de las especialidades de Brunelli.

Hijo de padre italiano y afinador de acordeones, nació en Marsella, Francia, y llegó muy chico a la Argentina. Se radicó en Rafaela, típica ciudad de inmigrantes italianos. Empezó a tocar en bailes y cines hasta que en 1928 registró sus primeros discos. En total grabó casi ochocientos temas hasta 1966.

Aunque no hay números oficiales, Fernando Raymond (cantor que integró la orquesta entre 1944 y 1948) aseguraba que, por ejemplo, el clásico de 1947 “Mi vaca lechera” (“Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera”) tuvo una distribución de ¡400.000 ejemplares en la primera edición! Se agotaban rápidamente. El censo nacional de ese año arrojó quince millones de personas en la Argentina, lo que permite comprender la magnitud de las ventas.

Hasta 1940, con conjuntos pequeños (dúo, trío y cuarteto) Brunelli descolló en bailes y también en la radio: durante 25 años fue artista exclusivo de Radio Belgrano. Luego, con la orquesta que armó en 1935, fue acomodándose perfectamente al gusto de sus millones de seguidores: marchas brasileñas, cumbias colombianas, música de películas argentinas y de Hollywood, o los nuevos ritmos, como el baión y el swing.

Los autores se peleaban para que Feliciano les grabara un tema. El maestro Mario Clavell le acercó un bolero. Brunelli le dijo que se lo grababa, pero en ritmo de fox trot, ya que era muy lento para el estilo de la orquesta. “Grábelo, como sea, pero grábelo, por favor” fue la respuesta del joven cantante. Contar con una obra ejecutada por Feliciano era el camino directo a la fama y las ganancias por los derechos. Como su música no estaba encasillada ni en el jazz ni en el tango, hoy poco se conoce de quien fue uno de los músicos más populares de nuestro país.

La “Nueva Ola”, música promocionada desde las grabadoras a través de la radio y la incipiente televisión, marcó el fin de su larga trayectoria. En 1966 se retiró y dedicó a atender su famosa casa de música del barrio porteño de Once. Murió en 1981. Cuatro años después, una de sus grabaciones de “Barrilito de cerveza” reverdeció al ser incluida en el cierre de “Esperando la carroza”.

¿Por qué el ombú es el árbol nacional?

Cada comarca en la tierra
tiene un rasgo prominente:
el Brasil su sol ardiente,
minas de plata el Perú.
Montevideo su cerro,
Buenos Aires, patria hermosa,
tiene la pampa grandiosa,
la pampa tiene el ombú.

Con esta poesía de Luis Lorenzo Domínguez, que muchos memorizamos en la escuela, el diario La Razón informó, en diciembre de 1927, los resultados de su encuesta para identificar “el árbol patrio”. Ganó el ombú, con 14.670 votos, aunque ya en ese tiempo generó discusiones. Se planteó que más que árbol es una hierba, que no es autóctono de la pampa argentina y que la distinción debería pasar al caldén, más presente en la zona de la provincia de La Pampa (el ombú, aclaremos, arraigó en toda la región pampeana).

Cosas de las elecciones y del corazón. Durante alrededor de dos meses votaron casi 30.000 chicos. La encuesta se dirigía a ellos, aunque se nota en las respuestas que, muchas veces, escribían los padres, abuelos y hasta los maestros. El escrutinio final arrojó los siguientes resultados:

Ombú: 14.670 votos
Pino: 3.160
Laurel: 2.150.
Ceibo: 2.100
Algarrobo: 1.430

Los demás árboles que recibieron votos fueron: quebracho (570), tala (440), sauce (430), vasco (353, ¿será el retoño del roble de Guernica que había en Buenos Aires?), ñandubay (350), espinillo (300), caldén (290), olivo (240), yerba mate, naranjo y tipa con 200; luego, con números más modestos: palmera y aromo (111), pacará (109), álamo (107), lapacho (106), ciprés, chamiar, eucalipto, urunday, sombra de toro y ubajay (100); araucaria, palo borracho y gualeguay (40); guayacán y cedro (20); paraíso (18), abedul (17), higuera (15), plátano, jacarandá, piquillín (11), magnolia y mistol (10), roble (5) y nogal (3).

Un verdadero muestrario arbóreo de nuestro país. Aunque no era necesario, mucha gente enviaba junto con el cupón la justificación de su voto. Algunos la basaban en la belleza, la densidad de su sombra, la relación con el gaucho y su descanso, y hasta razones históricas, como una joven llamada Ruth Castro Correa, quien recordó algunos ombúes históricos: los de Santos Lugares en los campos de Rosas; el ombú donde descansó el virrey de Sobremonte en su huida a Córdoba, ubicado en la quinta de Zamudio en San Fernando; el de Perdriel, donde se reunieron grupos armados dispersos para defender la ciudad de Buenos Aires en la primera Invasión Inglesa (1806); y el ombú de la Esperanza, en San Isidro, donde los generales Guido, San Martín y Pueyrredon se propusieron independizar a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

¿Habrán influido los versos de Luis Domínguez en la elección de los chicos? Sin dudas. Los escribió en 1843, cuando tenía 24 años. El poema, del cual hemos publicado solo un fragmento, le permitió ganar un concurso literario.

Camino a cumplir noventa años con la cucarda de árbol patrio, celebramos la imponente presencia del ombú en la soledad de la llanura, en la vida rural y en la literatura gauchesca.

Reyes Magos en la Publicidad

Aquí, un sencillo paseo por la historia de Melchor, Gaspar y Baltasar en la historia de los avisos en ola Argentina.

1) Una revelación inesperada de la carga de los Magos, Ginebra Kamp, 1913.

2) Locomotoras de lata fuerte, muñecas con cabeza de porcelana, caballos de papel maché… lejos de los juegos electrónicos, 1917.

3) No alcanzaba con el largo listado, ni con los dibujos: había que ir a Florida y Cangallo, 1918.

4) Bicicletas “triple camello” para la realeza “progre”, 1925.

5) ¿Un viajecito a Orlando? No, con Retiro alcanza para pasarla en familia, 1926.

6) Haciéndole un favor a los Reyes Magos, no se hacen gastos inoportunos, 1930.

7) Para Magos con un poquito de atraso, Avelino Cabezas está en oferta y, además, abre el 6 por la mañana, 1933.

8) Fragancias distinguidas. Para el zapato de la dama y del caballero, 1936.

9) Cuando el 6 de enero tenía un tono más familiar… y cervecero, 1936.

10) Un clásico ya frente al Obelisco y con varias sucursales. ¡Joya!, 1941

11) Se lo merecen: había que andar vaya a saber cuántos días en el desierto y con las bolsas cargadas para millones de chicos. ¡Salud!, 1941.

12) Hoy no tienen nada de bulevares, pero en su época de esplendor estas avenidas lucían tan lindas como las roscas de la esquina, 1944.

13) “Llegaron ya los Reyes y eran … ¡cuatro!”. Nada mejor que este milagro monárquico suceda en “Jesús María”, 1973.

Buen humor, variedad de posibilidades, regalos para todas las edades, lo cierto es que la mágica noche de Reyes sirvió, sirve y servirá para lucimientos publicitarios.

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Los nombres de nuestras playas

Miramar, Ostende, Santa Clara del Mar, Claromecó. ¿De dónde surgen los nombres de nuestras playas? Aquí, un breve repaso.

San Bernardo era el nombre de la estancia de Enrique Duhau, propietario de aquellas tierras.

Santa Teresita: Enrique Duhau casó con Teresa Lacroze, sobrina de Federico y Julio (propulsores del tranvía en la ciudad de Buenos Aires). En el límite de la estancia San Bernardo existía un almacén bautizado Santa Teresa en honor a la señora de Duhau. Luego, al crearse un nuevo balneario, los fundadores pensaron llamarlo como al almacén, pero optaron por el diminutivo, Santa Teresita.

La Lucila del Mar: Suele repetirse que su nombre se debe a Lucila, hija de Andrés Zapateiro, quien compró una parte del campo a Duhau. Sin embargo, el lucilense Carlos Abruzzese ha refutado la historia con un argumento simple: Lucila Zapateiro nació unos diez años después que surgiera el balneario. El nombre de La Lucila proviene de la localidad homónima, en el partido de Vicente López, de donde provenían compradores de los primeros lotes. El “del Mar” se agregó más adelante. ¿Y aquella Lucila que inspiró a la localidad en Olivos? Era la propietaria de las tierras y de una espléndida casona: Lucila Anchorena de Urquiza.

Mar del Plata: Si bien es evidente que no evoca a ninguna personalidad, es curioso anotar que fue sugerido por su fundador, Patricio Peralta Ramos. Pero en el debate parlamentario en que se trataba la fundación, el senador bonaerense Carlos Ortiz de Rozas manifestó que le parecía ridículo que una porción de tierra llevara la palabra Mar en su nombre.

Miramar: A través de un telegrama, José María Dupuy le propuso a su cuñado Fortunato de la Plaza, propietario de las tierras que se lotearían, el nombre Mira Mar. En el mismo mensaje daba las opciones de Rómulo Otamendi, asociado al emprendimiento. Las sugerencias de Otamendi eran Trouville o Gijón. De la Plaza optó por Mira Mar.

Santa Clara del Mar: Recibió el nombre por Clara Anchorena de Uribelarrea, quien fuera titular del campo de cuatrocientas hectáreas que contenía esas playas.

Pinamar: Cuando Valeria Guerrero y Jorge Bunge resolvieron asociarse en el proyecto del balneario lo llamaron Pinamar por la abundancia de coníferas junto a la playa. Pero nunca se aclaró quién de los dos creó el nombre.

Ostende: Fue fundado por el francés Jean Marie Boure y los belgas Fernando Robette y Agustín Poli, quienes lo bautizaron con el nombre del balneario homónimo en Bélgica.

Valeria del Mar: Lo propuso la mencionada Valeria Guerrero, tía de la célebre Felicitas. Pero no por ella, sino por su abuela homónima, Valeria Cueto de Cárdenas.

Cariló: Mantuvo la denominación mapuche. Significa “médano verde”.

Villa Gesell: La historia del balneario parte del impulso de Carlos Gesell, lo que despeja cualquier duda. Pero no está de más agregar que el emprendedor se llamaba Carlos Idaho Gesell. El extraño segundo nombre se lo pusieron por un tío que, en vez de probar suerte en nuestra tierra, se dirigió al norte, a los Estados Unidos, y se instaló en el estado de Idaho.

Claromecó, el balneario vecino a la ciudad de Tres Arroyos, también lleva nombre mapuche. Su significado, sobre el cual los especialistas aún no han arribado a un acuerdo, es “tres arroyos” o “tres arroyos con junquillos”.

San Clemente del Tuyú forma parte de una combinación. Su historia se relaciona con la expedición al sur que en 1604 llevó adelante el gobernador de Buenos Aires, Hernando Arias de Saavedra, más conocido como Hernandarias. El grupo de guaraníes que lo acompañó denominaba a estas playas Tuyú, que en su lengua significa barro o charco (ajó es un término emparentado, ya que define a lo blando). Pasaron ciento cuarenta años. En 1744, el misionero jesuita José Cardiel partió a recorrer la Patagonia. A punto de ahogarse en la zona del Tuyú, imploró a San Clemente (cuyo martirio consistió en ser arrojado al mar atado a un ancla). Salvó su vida porque un baqueano lo rescató. Agradecido -al santo- bautizó las aguas con el nombre del mártir.

15 consejos para ir a bailar en 1945

En 1938, Editorial Sopena Argentina inició la colección denominada: “Biblioteca de la Mujer Moderna”. Uno de los libros se llamó “Nuevas normas sociales” y contenía: “Reglas de educación. Cómo comportarse en los acontecimientos íntimos. La vida social y sus obligaciones. Normas para cada uno de los miembros de la familia. Consejos morales”.

Tuvo muy buena repercusión y en octubre de 1945 se lanzó una tercera edición con algunas modificaciones post Guerra Mundial. En este caso, conoceremos cómo había que  manejarse en los bailes que, según el manual, “son las reuniones que permiten con mayor frecuencia los conocimientos ocasionales”. Los consejos son los siguientes:

1. La conducta más lógica en toda reunión, con respecto al hombre, consiste en que atienda más a las otras damas, casadas o solteras, que a su propia esposa, cuya atención queda liberada a otro caballero, con lo cual todos colaboran recíprocamente a la mayor animación de la fiesta. En consecuencia, los esposos no deben bailar juntos con mucha frecuencia, pues tal comportamiento sería incorrecto, por infringir las leyes de la sociabilidad.

2. Por lo demás, para evitar ese exclusivismo, la dama casada bailará con todos, al igual que las solteras, aunque eligiendo bien sus compañeros, salvo que poderosos motivos la decidieran a no acceder a la invitación de una persona determinada. Su mayor preocupación consistirá, por otra parte, en no exponerse demasiado a los comentarios alardeando de su belleza o de su coquetería.

3. Todo caballero se halla autorizado a dejar a su ocasional compañera de baile, por un rato, si ha de cumplir un compromiso con otra dama.

4. Una dama invitada a bailar por un caballero que no ha sido presentado, si éste no le agrada como compañero, puede eludir el compromiso aduciendo fatiga, malestar o otra causa momentánea, pues negarse sin justificar tal actitud obligaría a abstenerse de danzar en el resto de la reunión para evitar que se sientan heridos los que sufrieron su negativa.

5. Además, al negarse a bailar una pieza, una dama no debe aceptar la invitación de otro caballero, aunque se haya excusado en el cansancio, lo que expresara sonriendo. En tales casos, el caballero no debe insistir para solicitar la siguiente; pero, después de algunas piezas puede invitarla nuevamente y, si nuevamente le es adversa la respuesta, no volverá a hacerlo con esa dama.

6. Constituye un deber de todo invitado sacar a bailar, una vez cuando menos, a la dueña de casa o a una de sus hijas, si a que ella estuviese imposibilitada por su edad.

7. La dama que, equivocada o distraídamente, concediese la misma pieza a dos caballeros, no debe bailarla, pues su acción ofendería ambos o uno de ellos, pues verían lastimado su derecho. En una ocasión de tal naturaleza se pierde sencillamente la pieza, a menos que uno de los favorecidos ceda espontánea y galante mente al segundo la prioridad.

8. Los familiares de los dueños de casa bailan en todo momento con las que sean menos solicitadas. En cuanto a sus hijas, gozan de toda libertad para bailar cuanto apetezcan, aunque sin descuidar la atención que deben a sus amigas.

9. Ninguna joven debe demostrarse demasiado aguda mirando fijamente a su compañero de baile, ni parecer tan tímida que sufran su cultura y su don de gentes. En cambio, puede también acontecer que sea el caballero de una timidez excesiva. En tal caso, tomará la joven la iniciativa de la conversación.

10. Toda demostración de inmoderada coquetería, de escepticismo o indiferencia, o una actitud demasiado arrogante que impida el cambio de palabras con el compañero, son poco correctas y dan margen a que, por el ansia de lucirse o de parecer más elevada, sea una joven juzgada adversamente.

11. En los bailes de grandes proporciones suelen las damas anotar las piezas que conceden. Negar entonces una pieza concedida o transferirla constituye un desaire tan grave como el que cometería el caballero que no se presenta a reclamar la pieza que le fue acordada. Con todo, este último caso puede ser originado por las dificultades que, dado el gran número de parejas, logren impedir al caballero llegar hasta su ocasional compañera, aunque es su deber el prevenir tan embarazosa situación.

12. La joven, por su parte, esperará su llegada, pues si se apresurara a bailar otro podría desayunar al primero, que instantes después no le encontraría a su disposición. Tal conducta podría acreditarse de ligereza en la joven en desmedro de su prestigio y de su buen nombre.

13. No es posible aprobar la costumbre de bailar aunque no se sepa, pues no se va a un baile a hacer el aprendizaje de la danza, lo que es a todos molesto y causa de vergüenza, aunque el hecho de no saber bailar no sea en sí censurable.

14. Soltura, facilidad y sencillez son las cualidades que se deben reunir para desempeñarse airosamente en esta clase de fiestas. Evítese, además, todo paso nuevo o cortado que desoriente a la compañera y quizás la ponga en ridículo. Además se ha de procurar constantemente no pisarla ni molestarla con posturas inconvenientes.

15. Un caballero pasará por alto el pisotón que reciba de una dama, que es en ellas más perdonable; por lo demás, tal accidente le hará comprender el deplorable sentimiento que causaría si fuera él quien lo provocase.

Por lo general, estos manuales eran muy populares y sus consejos se tomaban al pie de la letra. Eran tiempos de grandes orquestas que interpretaban jazz, foxtrot, blues, swing y tango.

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El tenis y sus historias

Además de casarse, Enrique VIII tenía otro pasatiempo: el tenis. La palabra tenis -que originalmente fue un juego de la realeza- proviene del grito que se hacía cuando la pelota era lanzada al sacar: “¡Tenez!” (voz de origen francés equivalente a “¡Ahí va!”, “¡Tenga!”). De todas maneras, no se trataba de un grito lanzado por el jugador, sino por el sirviente, quien además tenía que encargarse de lanzar la pelota al campo contrario para iniciar el juego. Ese es el motivo por el cual se le dice “servicio” al saque.

En la Argentina, este deporte empezó a practicarse entre ingleses, en el último cuarto del siglo XIX. La primera referencia corresponde a partidos disputados en el Rosario Cricket Club, en 1877. Cuatro años después, se fundó en Lomas de Zamora (sur del Gran Buenos Aires) el Lomas Cricket and Lawn Tennis Club (lawn significa césped).

En marzo de 1886 se llevó a cabo el primer torneo. Fue en la sede del Buenos Aires Cricket Club (estaba en Palermo, donde hoy se encuentra el Planetario). A esa altura, ya había tenistas en las provincias de Córdoba y Tucumán. En 1889 se creó el Quilmes Lawn Tennis Club. En 1892, fue el turno del Buenos Aires Lawn Tennis, cuyas canchas construyeron en una propiedad de Federico Leloir, ubicada en Vicente López y Ayacucho, en el barrio de Recoleta. En 1911 inició sus actividades el Santa Fe Lawn Tennis Club. En 1912, a veinte años de su fundación, el Buenos Aires Lawn Tennis ya contaba con quinientos socios. Al año siguiente, un nuevo grupo de entusiastas propuso crear un club “criollo” de tenis. Así nació el Argentino Lawn Tennis Club (hoy, Tenis Club Argentino), otra de las instituciones centenarias de nuestro país. También es de 1913 el Olivos Lawn Tennis Club.

En ese tiempo ya contaban con canchas el Hotel Edén, de La Falda, y varios clubes, entre ellos, el Belgrano Athletic Club, el Lawn Tennis Esperanza de Santa Fe, el Villa Devoto Lawn Tennis Club y el Villa Ballester Lawn Tennis Club. Otras de las grandes instituciones surgidas fueron el Mármol Lawn Tennis Club (1914), el Club de Deportes Discóbolo de Haedo (1916) y el Adrogué Tennis Club, que se fundó en 1919.

Aclaramos que la imagen que ilustra este posteo muestra a un grupo de jugadoras en el Buenos Aires Lawn Tennis, en 1930, lo cual nos permite recordar un torneo para damas que se llevó a cabo en 1908, en la Plaza Colón de Mar del Plata, frente a la playa Bristol. Como vemos, desde los comienzos se sumaron las mujeres a la práctica del deporte de las raquetas, que era el preferido de la actriz francesa Sarah Bernhardt.

Sin embargo, una nota publicada por el diario La Razón, en 1921, aseguraba que muchas señoritas se inscribían en los clubes de tenis para conseguir novio. Semejante comentario coincide con el año en que se conformó la Asociación Argentina de Lawn Tennis, entidad que nucleó a los primeros clubes del país.

Nuestro ingreso a la Copa Davis tuvo lugar en 1923, cuando el equipo argentino viajó a Ginebra para enfrentar a Suiza. Sólo conseguimos un punto de los cinco en juego. La primera victoria no se hizo esperar. Pero quien sí se hizo esperar fue uno de sus protagonistas, el tenista Enrique Obarrio. La historia es la siguiente:

Obarrio vivía en un campo en La Pampa y, como no tenía con quién jugar, solía practicar contra un frontón. Descolló en algunos tornos nacionales y fue convocado para la Copa Davis de 1926. Debía viajar en tren desde Metileo (al norte de La Pampa, cerca de General Pico) hasta Buenos Aires para abordar el barco que lo llevaría, junto con sus compañeros de equipo, a Barcelona. Pero un accidente ferroviario demoró su arribo y estuvo a punto de perder el trasatlántico. Gracias al buen ritmo y velocidad de sus piernas (solía correr en el campo para mantenerse en forma), llegó al puerto en el último minuto. Menos mal, porque fue uno de los hacedores del primer triunfo de los argentinos en la Davis. Vencimos a Hungría, 3 a 2. A partir de entonces, nos dedicamos a ganar y perder en el famoso torneo. A perder y ganar. Y ganar y ganar y ganar.

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Travesuras de Nalé Roxlo

En 1925, el barrio de Caballito perdió una de sus principales edificaciones. Nos referimos al Palacio Videla Dorna que se encontraba en Rivadavia al 4900, frente al actual Parque Rivadavia. El gran terreno que ocupó la casona fue dividido en treinta lotes que se vendieron. También se creó un pasaje que comunicara Rivadavia y su paralela, Yerbal. Desde 1945, el pintoresco pasaje lleva el nombre de Florencio Balcarce (poeta del siglo XIX).

El escritor Conrado Nalé Roxlo vivía en el quinto piso de Balcarce 15. Su departamento tenía vista al Parque Rivadavia y un condimento: como el vértice de la ochava era curvo y se asemejaba a la forma de una proa, él lo consideraba su barco. Ese fue el motivo por el cual su departamento fue decorado con varios artefactos náuticos. Entre ellos, un viejo telescopio de bronce, de casi dos metros de largo, que había pertenecido a un barco inglés y que le había regalado el poeta Amado Villar.

Nalé Roxlo solía entretener a sus hijas Carmen (la Nena) y Teresa (la Chini) enseñándoles las constelaciones. Pero lo que más divertía a las chicas era cuando pedían delivery de tortas a la Confitería Ideal, ubicada en la esquina de Rivadavia y José María Moreno, a cien metros del edificio. No era una confitería más. Se trataba de una sucursal de la homónima que había abierto sus puertas en 1912, en Suipacha 384. La Ideal de Caballito era célebre por la Orquesta de Señoritas que amenizaba los concurridos horarios del té y del copetín.

Nalé llamaba a la Ideal, lo atendían en el mostrador y pedía una torta de las que estaban en el exhibidor junto a la puerta. El encargado enviaba a un mozo para que tomara la torta de los estantes y el escritor le daba indicaciones a su interlocutor: “Esa no, la de al lado”. “No, no, la de chocolate no. La de durazno que está en la punta”. “No, mejor la de frambuesa que está en el medio”.

Las hijas del escritor se reían al ver cómo el pobre mozo despistado trataba de entender el truco. Aún conociendo la dirección desde la cual le hacían el pedido, le parecía imposible que alguien pudiera observar con tanto detalle. Cuando tocaban timbre con el pedido, el capitán Nalé Roxlo guardaba el telescopio, preservándolo para una nuevo viaje por el mundo de las travesuras.