Sarmiento y el carnaval

Los juegos de agua eran habituales en días de carnaval. Por lo general, se usaba la cáscara sin romper de huevos vaciados previamente, a los que se agregaba agua. También se empleaban baldes de donde se tomaba agua en un recipiente más chico, por ejemplo un vaso, para lanzar su contenido a gente desprevenida.

En una carreta algo deteriorada, un hombre corpulento, envuelto en un poncho de vicuña y con un sombrero chambergo que cubría parte de su rostro, se dirigió al sitio de los festejos. Como todo aquel que pasaba, fue recibido con agua. Pero el hombre respondió con entusiasmo y se sumó al juego: era el presidente Domingo Faustino Sarmiento.

La historia de la intervención presidencial en los juegos se esparció por la ciudad y llegó a oídos de Los Habitantes de la Luna, la comparsa más famosa de los carnavales de la década de 1870. Presidida por Eduardo Benavente, contaba con la participación de prestigiosos hombres de la sociedad porteña, con ganas de sacarse la careta de la seriedad anual y divertirse a pura fiesta popular, como Emilio Mitre, Delfín Huergo, Alberto Casares, Ireneo Portela y Anacarsis Lanús, entre tantos otros.

Los disfraces más recordados de esta comparsa eran El Gordo, El Fraile y El Baby. Llegaban hasta los bailes de máscaras y mientras se agitaban, saltaban y reían, se escuchaban los discursos de Benavente y Carlos Monnet, precursores del stand up actual. Aclaremos que Monnet tenía la habilidad de imitar al presidente Sarmiento.

En el carnaval de 1873, la mencionada murga, tal vez como reconocimiento al sanjuanino por aquel enfrentamiento con agua, le regaló una medalla de estaño que tenía grabada su cara con una corona y la leyenda “Emperador de las máscaras”. Al año siguiente, el mandatario les envió una tarjeta invitándolos a tomar el té en su casa para que tuvieran, según anunciaba la esquela, “el gusto de conocer al loco Sarmiento”.

La reunión tuvo lugar en la casa del sanjuanino, en Maipú entre Tucumán y la actual Lavalle. Luego de escuchar a su imitador, Sarmiento lo interrumpió alegremente y le pidió que tratase de copiar al ministro Dalmacio Vélez Sarsfield, presente en la bien provista tertulia. Julio Costa, uno de los Habitantes de la Luna, se acercó al célebre jurista, autor del Código Civil argentino, y le preguntó qué opinaba de la imitación. Este le respondió con su característica tonada cordobesa: “¡Si están todos mamaos!”.

Carnavales de hace casi un siglo y medio en una ciudad de Buenos Aires con apenas 187.000 habitantes, según el primer censo nacional, de 1869, también promovido por Sarmiento. Entre esos habitantes, algunos también lo eran “de la Luna”.

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Las Heras: “Traigan vino”

En enero de 1817, el Ejército de los Andes cruzó la cordillera por seis pasos. Las dos columnas principales fueron las que condujeron el coronel Juan Gregorio de Las Heras (por el de Uspallata) y el general Miguel Estanislao Soler (por el de Los Patos), acompañado por San Martín, quien marchaba a retaguardia.

Antes de alcanzar el territorio chileno, los libertadores sostuvieron un par de enfrentamientos con los realistas. El 24 de enero, en Picheuta (Mendoza), los valientes de Las Heras vencieron a una avanzada enemiga. Al día siguiente, el mismo grupo atacó con éxito a enemigos que se habían situado en Potrerillos. Los hombres de Las Heras volvieron a entrar en acción el 4 de febrero en Guardia Vieja. Pero, a diferencia de los sucesos anteriores, en esta nueva contienda ya habían atravesado las altas cumbres y se encontraban en territorio chileno.

Guardia Vieja, el primer puesto custodiado en el camino a Chile, fue tomado por asalto. Los patriotas, encabezados por el teniente Román Deheza y el mayor Enrique Martínez  atacaron la guardia con 150 fusileros y treinta granaderos. Veinticinco de los cien realistas murieron, mientras que 43 fueron hechos prisioneros. El resto huyó (según la versión patriota) o logró escapar (de acuerdo con el parte de los realistas). Los patriotas no tuvieron bajas.

Enterado del éxito de su avanzada, Las Heras le escribió a fray Luis Beltrán, quien esperaba al borde de la cordillera mendocina para iniciar el trayecto. Esta fue, entonces, la primera comunicación que cruzó los Andes con información bélica. Era un parte militar acompañado de una esquela que decía: “Lea usted, carajo, emborráchese y escriba a [la ciudad de] Mendoza. Mándeme víveres, siquiera 10 o 12 cargas de charqui y alguna harina, que necesito para los prisioneros. Estoy sin mulas porque con el trabajo se caen flacas. Y si hay vino, también quiere. Heras”.

Esta pequeña pero sentida esquela fue leída con emoción patriótica y celebrada en la plaza de la ciudad de Mendoza. No era para menos: los logros del Ejército que comandó San Martin se debieron, en gran medida, al esfuerzo descomunal de los gloriosos pueblos cuyanos.

Los músicos del cruce de los Andes

Tres semanas después de que en Tucumán declararan la Independencia, se daba la denominación de Ejército de los Andes a los escuadrones que adiestraba San Martín en Mendoza. Hasta ese momento, se había llamado Ejército de Cuyo. En poco tiempo, uno de los batallones, el glorioso número 11, se convirtió en el primero que tuvo banda musical.

Fue gracias al aporte del hacendado mendocino Rafael Vargas, quien a veces llamaba algo la atención con sus excentricidades. Fue quien introdujo el primer coche de lujo en Mendoza (en realidad fueron dos) y se distinguía por su refinado gusto para adornar su casa.

En 1810 se encargó de importar instrumentos de viento de Bélgica y envió a dieciséis de sus esclavos a Buenos Aires, donde tomaron clases en la Academia de Música Instrumental del maestro español Víctor de la Prada. Después de cuatro años, cuando ya tenían una base suficiente, regresaron a la ciudad de Mendoza con su amo, quien los llevaba a tocar a la iglesia y otros actos públicos.

Una vez que se formó el Ejército de los Andes, Rafael Vargas mandó a hacerles uniformes y donó la banda musical al Batallón 11 que marchó en la columna de Las Heras, por el paso de Uspallata. Con su talento natural, los dieciséis músicos negros le pusieron ritmo marcial a la epopeya de los Andes.

Los nombres de nuestras playas

Miramar, Ostende, Santa Clara del Mar, Claromecó. ¿De dónde surgen los nombres de nuestras playas? Aquí, un breve repaso.

San Bernardo era el nombre de la estancia de Enrique Duhau, propietario de aquellas tierras.

Santa Teresita: Enrique Duhau casó con Teresa Lacroze, sobrina de Federico y Julio (propulsores del tranvía en la ciudad de Buenos Aires). En el límite de la estancia San Bernardo existía un almacén bautizado Santa Teresa en honor a la señora de Duhau. Luego, al crearse un nuevo balneario, los fundadores pensaron llamarlo como al almacén, pero optaron por el diminutivo, Santa Teresita.

La Lucila del Mar: Suele repetirse que su nombre se debe a Lucila, hija de Andrés Zapateiro, quien compró una parte del campo a Duhau. Sin embargo, el lucilense Carlos Abruzzese ha refutado la historia con un argumento simple: Lucila Zapateiro nació unos diez años después que surgiera el balneario. El nombre de La Lucila proviene de la localidad homónima, en el partido de Vicente López, de donde provenían compradores de los primeros lotes. El “del Mar” se agregó más adelante. ¿Y aquella Lucila que inspiró a la localidad en Olivos? Era la propietaria de las tierras y de una espléndida casona: Lucila Anchorena de Urquiza.

Mar del Plata: Si bien es evidente que no evoca a ninguna personalidad, es curioso anotar que fue sugerido por su fundador, Patricio Peralta Ramos. Pero en el debate parlamentario en que se trataba la fundación, el senador bonaerense Carlos Ortiz de Rozas manifestó que le parecía ridículo que una porción de tierra llevara la palabra Mar en su nombre.

Miramar: A través de un telegrama, José María Dupuy le propuso a su cuñado Fortunato de la Plaza, propietario de las tierras que se lotearían, el nombre Mira Mar. En el mismo mensaje daba las opciones de Rómulo Otamendi, asociado al emprendimiento. Las sugerencias de Otamendi eran Trouville o Gijón. De la Plaza optó por Mira Mar.

Santa Clara del Mar: Recibió el nombre por Clara Anchorena de Uribelarrea, quien fuera titular del campo de cuatrocientas hectáreas que contenía esas playas.

Pinamar: Cuando Valeria Guerrero y Jorge Bunge resolvieron asociarse en el proyecto del balneario lo llamaron Pinamar por la abundancia de coníferas junto a la playa. Pero nunca se aclaró quién de los dos creó el nombre.

Ostende: Fue fundado por el francés Jean Marie Boure y los belgas Fernando Robette y Agustín Poli, quienes lo bautizaron con el nombre del balneario homónimo en Bélgica.

Valeria del Mar: Lo propuso la mencionada Valeria Guerrero, tía de la célebre Felicitas. Pero no por ella, sino por su abuela homónima, Valeria Cueto de Cárdenas.

Cariló: Mantuvo la denominación mapuche. Significa “médano verde”.

Villa Gesell: La historia del balneario parte del impulso de Carlos Gesell, lo que despeja cualquier duda. Pero no está de más agregar que el emprendedor se llamaba Carlos Idaho Gesell. El extraño segundo nombre se lo pusieron por un tío que, en vez de probar suerte en nuestra tierra, se dirigió al norte, a los Estados Unidos, y se instaló en el estado de Idaho.

Claromecó, el balneario vecino a la ciudad de Tres Arroyos, también lleva nombre mapuche. Su significado, sobre el cual los especialistas aún no han arribado a un acuerdo, es “tres arroyos” o “tres arroyos con junquillos”.

San Clemente del Tuyú forma parte de una combinación. Su historia se relaciona con la expedición al sur que en 1604 llevó adelante el gobernador de Buenos Aires, Hernando Arias de Saavedra, más conocido como Hernandarias. El grupo de guaraníes que lo acompañó denominaba a estas playas Tuyú, que en su lengua significa barro o charco (ajó es un término emparentado, ya que define a lo blando). Pasaron ciento cuarenta años. En 1744, el misionero jesuita José Cardiel partió a recorrer la Patagonia. A punto de ahogarse en la zona del Tuyú, imploró a San Clemente (cuyo martirio consistió en ser arrojado al mar atado a un ancla). Salvó su vida porque un baqueano lo rescató. Agradecido -al santo- bautizó las aguas con el nombre del mártir.

José Gabriel Brochero, el ensillado

El atuendo lujoso lo incomodaba. La lluvia y la nieve no lo frenaban. Evitaba los discursos pocos comprensibles y empujaba a todos hacia el matrimonio. San José Gabriel del Rosario Brochero, el cura gaucho que predicó en las sierras de Córdoba, no pasaba desapercibido. Gracias a la generosidad de Ercilia Ruiz Moreno, reproducimos una semblanza que trazó su abuelo, Isidoro Ruiz Moreno, destacada personalidad de la cultura y la política de la primera mitad del siglo XX. Veamos cómo nos presenta al cura santificado:

“Era un sacerdote original y estimable. Nos conocimos cuando yo desempeñaba el Ministerio de Hacienda, Colonias y Obras Públicas de la Provincia de Córdoba; y me fue presentado y recomendado por el gobernador don José Vicente de Olmos, con quien aquél tenía tan grande amistad que se tuteaban. Fuimos amigos, y cada vez que iba a la capital de la Provincia, llevado por las exigencias de sus obras, me visitaba.

“El día que lo conocí, el gobernador, al presentármelo, me dijo: ‘Este es el famoso cura Brochero, que se lo pasa pidiendo plata. Si se descuida lo va a dejar sin dinero para pagar el presupuesto‘. Y guiñándome un ojo, agregó: ‘Ya le he dicho que se entienda con usted, en la seguridad de que no le va a dar ni medio’. Con esa guiñada el excelente gobernador Olmos me daba carta blanca.

“El cura, entonces, le dijo: ‘Mira, José Vicente, que con esas dádivas se salvarán muchas almas que podrían ir al infierno, como la tuya’. El hecho es que en lugar de los quinientos pesos que pedía para la puerta de la iglesia de Panaholma, le dimos el doble, pues tenía otros trabajos, entre ellos, un asilo en construcción.

“Era el verdadero cura de campaña, sin mayor instrucción, pero con gran conocimiento de las personas y una real intuición de la psicología popular, que utilizaba en el ejercicio de su ministerio. Dotado de una actividad sin límites, dedicó su vida al servicio de sus semejantes, con entusiasmo y abnegación ejemplares. A cualquier hora del día o noche que llamase a su puerta, el necesitado encontraba en la modesta casa de Brochero el auxilio espiritual o la ayuda material que requería. Muchas veces, lloviendo torrencialmente o nevando, salía a altas horas de la noche en su mula para llevar el consuelo de la fe al moribundo. Hizo que se casasen cientos de juntados; generalmente no cobraba derechos, y vivía de una escasa asignación y de la ayuda de sus parroquianos.

“Ocurrente y sutil, a la par manso y enérgico, Brochero se expresaba frecuentemente con estilo propio, un tanto chabacano, que al decir de algunos, exageraba. Entre otras, ha quedado el recuerdo de la imagen de la gracia de Dios, que explicaba a las gentes sencillas diciéndoles –para que lo comprendieran mejor– que podía alcanzar a todos, ‘como cuando una cabra bostea arriba de un horno’.

“Un día llegó a mi despacho muy preocupado y afligido. Me refirió que lo había designado canónigo de la Catedral de Córdoba y que esa tarde le darían la investidura de tal. Lo felicité, pero me manifestó que era demasiado honor para él, que no había podido rehusar, y temía que eso lo obligase a abandonar su curato. Le solicité que volviese después de la ceremonia; y así lo hizo, entrando todo agitado y diciéndome: Ya le dije, mi amigo, que eso no era para mí. Me han ensillado: me pusieron un apero casi completo: cincha, pretal y sobrecincha; no faltaba más que el bozal y las riendas’.”

Al relato de Ruiz Moreno debemos agregar que el legendario cura gaucho renunció al cargo y regresó a su parroquia. Murió en 1914, a la edad de 73 años, atacado por la lepra que se contagió visitando a los enfermos.

Vuelta de Obligado

Durante nueve años, entre 1843 y 1851, Manuel Oribe (aliado de Juan Manuel de Rosas) sitió la ciudad de Montevideo que estaba en manos de Fructuoso Rivera (apoyado por los unitarios y antirrosistas exiliados). El sitio tuvo como consecuencia la participación de las escuadras inglesa y francesa en el Río de la Plata, motivadas por sus deseos de expansión comercial. Las naves extranjeras ensayaron un bloque del puerto de Buenos Aires debido a que Rosas impedía a los buques de bandera inglesa y francesa la libre navegación de los ríos.

Representación del combate hecha por el pintor Manuel Larravide.

La escuadra anglo-francesa alistó una expedición para remontar el Paraná. Desde Buenos Aires se instruyó a Lucio Norberto Mansilla para armar la defensa en un estratégico recodo del río: la Vuelta de Obligado, a 20 kilómetros de San Pedro, en tierras de Antonio Obligado. Ese era el punto fluvial más angosto, ya que allí el ancho del Paraná no superaba los 700 metros.

Se colocaron 24 barcazas con tres filas de cadenas de hierro: una en la popa, una la proa y otra en el medio de los botes. Además, en tierra firme, se armaron cuatro baterías (conjunto de cañones) que se llamaron “Restaurador Rosas”, “General Brown”, “General Mansilla” y “Manuelita”, en honor a la hija de Rosas. Al frente de estas baterías actuaron Álvaro Alzogaray, Eduardo Brown (hijo menor del almirante), Felipe Palacio y Juan Bautista Thorne.

A mediados de noviembre de 1845 llegaron a la zona de conflicto los once modernos buques de guerra anglo-franceses. Tres de ellos eran a vapor (lo que les permitía desafiar al viento). Además, la escuadra contaba con 99 cañones de última generación y las novedosas granadas, es decir, explosivos de reacción retardada, algo jamás visto en nuestra tierra hasta entonces. Las fuerzas patriotas empleaban cañones de la década de 1810.

Daba la sensación de que el combate se llevaría a cabo el 19, pero se suspendió por la lluvia que impidió el avance de la flota agresora. Recién al día siguiente, 20 de noviembre, estuvieron en condiciones de actuar. El avance se inició a las 8:30 de la mañana. Cuando desde las posiciones en tierra se advirtió el movimiento, la banda militar tocó el Himno Nacional Argentino. Funcionó como motivador para los dos mil hombres de la Confederación. Acto seguido, Mansilla arengó a sus hombres:

“¡Mirad, alli los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra Patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que recorre el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”.

Pocos minutos después se inició el combate. El cañoneo patriota se sostuvo firme hasta la 1:30 de la tarde, cuando los barcos enemigos rompieron las cadenas. Luego de dos intentos fallidos, el desembarco se produjo a las seis de la tarde. En la lucha cuerpo a cuerpo participaron, además de los soldados, vecinos de Ramallo y san Pedro, incluidas mujeres. Fueron en total diez horas de combate. Se perdieron unos 600 hombres de las fuerzas patriotas. Los anglo-franceses tuvieron unas 200 bajas. Pero lograron tomar la posición. Los navíos mercantes extranjeros que esperaban detrás de la línea de fuego, remontaron el Paraná.

Combate de la Vuelta de Obligado en los billetes de 20 pesos.
Combate de la Vuelta de Obligado en los billetes de 20 pesos.

Las noticias enviadas a Europa hablaban de un claro triunfo sobre las fuerzas de la Confederación. Sin embargo, el heroismo de la Vuelta de Obligado contagió al resto de las poblaciones litoraleñas. Las naves con mercaderías no encontraron quien quisiera comerciar. Se determinó que no valía la pena hacer este esfuerzo, ya que el Paraná les sería hostil todo el tiempo. La escuadra y los barcos mercantes regresaron a Europa.

El combate de Obligado fue para la Confederación Argentina una derrota militar gloriosa. Por cuestiones mezquinas, la acción fue opacada luego de Caseros. Hasta que en 1974, durante el gobierno de Estela Martínez de Perón, se declaró al 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional.

El perro guardián de Urquiza

El bravo perro de Justo José de Urquiza se llamaba Purvis, tenía pelaje bayo y no pasó desapercibido. El artista Juan Manuel Blanes lo incorporó en escenas bélicas que pintó para decorar el Palacio San José, vecino a la ciudad de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos. También Domingo F. Sarmiento se ocupó del perro. Se refirió a él como: “la batería que defiende la puerta puerta principal de la línea de defensa”, lo que demuestra que tenía aptitudes de guardián. Aquí, la descripción de Sarmiento:

“Ei general Urquiza tiene a su lado un enorme perro, a quien dado ha dado el nombre del almirante inglés que simpatizó con la defensa de Montevideo en los principios del sitio, y contribuyó a su sostén contra Oribe. En honor del anciano y simpático almirante, la batería que defiende la puerta principal de la línea de defensa se llama Purvis. El perro Purvis, pues, muerde a todo el que se acerca a su amo. Esta es la consigna. Si no recibe orden en contrario, el perro muerde. Un gruñido de tigre anuncia su presencia al que se aproxima, y un ‘¡Purvis!’ del general, en que se le intima a estarse quieto, es la primera señal de bienvenida”.

Continúa Sarmiento: “Han sido mordidos [Ángel] Elías, su secretario, el barón de Grati, cuatro veces, el comandante de uno de sus cuerpos, Teófilo [Urquiza] su hijo y ciento más. El general Paz, al verme de regreso de Buenos Aires [acotamos que se reunieron en Río de Janeiro], su primera pregunta confidencial fue:

- ¿No lo ha mordido el perro Purvis?
- Porque no ha podido morderme, general, es que me ve usted aquí. Siempre tenía la punta de la espada entre él y yo.

En cierta oportunidad en que debía reunirse con Urquiza (antes de la batalla de Caseros), estaba tan obsesionado con el perro, que escribió en un papel: “El perro Purvis va a morderme hoy” y lo mostró a cuatro testigos, antes de guardarlo en el bolsillo de su abrigo. La premonición del sanjuanino no se cumplió.

¿Quién fue Purvis, el marino que inspiró el nombre del perro? John Brett Purvis fue un almirante de la escuadra inglesa que participó en el bloqueo naval que llevó adelante la escuadra anglo-francesa al puerto de Montevideo, durante el enfrentamiento de blancos (aliados de los federales) y colorados (asociados a los unitarios). Por cuestiones políticas, el almirante tuve seguidores y detractores.

Precisamente, en tierras del Uruguay, Urquiza advirtió que la mascota del coronel Miguel Galarza lo seguía a todas partes, demostrando un interés por cambiar de dueño. El caudillo entrerriano adoptó al cachorro y se sorprendió cuando, en el campo de batalla, Purvis no huía como los otros perros, espantado por los estruendos y el griterío. Fue su compañero inseparable y lo acompañó incluso en Caseros (en el cuadro vemos al amo y al perro en acción) y en su estadía en Buenos Aires, en el caserón de Palermo.

Cuando Urquiza partió de Buenos Aires, rumbo a Entre Ríos, no olvidó a su mascota. Ambos, subidos a un bote, alcanzaron la embarcación que los transportaría. Urquiza habló con el capitán para solicitarle que le permitiera abordar con su animal.

El perro murió antes de 1870. Esto privó a Urquiza de un fiel guardián, la fatídica tarde del 11 de abril, cuando un grupo de hombres invadió su residencia para asesinarlo. Bien hubiera querido estar Purvis ahí para defender a su amo.

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Aranceles del verdugo

Bancaria, abogado, cocinero, médica, guardavidas y un largo etcétera. Sea cual fuere la actividad que uno desarrolla, por lo general se ofrece el trabajo a gente formada para desempeñar la tarea. Pero, ¿cuáles serían las cualidades necesarias para conseguir trabajo de verdugo? Si bien no era explícito, los requisitos eran ser ladrón, o asesino, y saber leer.

El conocimiento de la lectura era imprescindible porque el verdugo también actuaba como pregonero. Su calidad de asesino o ladrón no era fundamental. Sin embargo, siempre obtenían el trabajo aquellos que contaban con lo que más adelante se denominaría “prontuario”.

En resumen, el verdugo/pregonero se ocupaba de torturar a detenidos, ejecutar a condenados y anunciar las noticias a los vecinos.

Entre los más conocidos de Buenos Aires, figuraron el indio José Antonio Aguarí (cumplió funciones hasta mediados de 1802) y su sucesor, el negro Bonifacio Calixto Silva, quien protagonizó un par de hechos históricos: fue quien anunció a los vecinos la convocatoria al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, como así también, el encargado de ejecutar a Martín de Álzaga en 1812.

Cada tarea tenía sus aranceles. En tiempos del virreinato, fueron fijados de la siguiente manera en las actas oficiales:

- Un real por cada pregón que realizara.
- Un peso (es decir, ocho reales) por torturar a un reo y lograr su confesión.
- Un peso por aplicar el castigo de azotes en la vía pública al condenado.
- Dos pesos por ejecución de la pena capital, además de quedarse con las pertenencias del ejecutado, como era costumbre.
- Un peso extra si el cuerpo debía ser quemado o cortado en cuatro partes para colgar en las plazas o caminos, a manera de advertencia.
El verdugo Silva juntó suficiente cantidad de dinero para comprar la libertad de su novia, la negra Tomasa, con quien vivió hasta sus últimos días.
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Bolívar arañado

El 16 de junio de 1822 fue día festivo en Quito. La ciudad abandonó su actividad cotidiana para recibir a Simón Bolívar. Durante el desfile por las calles abarrotadas de vecinos, el homenajeado divisó a una dama de grandes caderas, senos llamativos, contextura gruesa, pelo oscuro y crespo, ojos pardos, boca pequeña y carnosa, que miraba la ceremonia desde un ventanal.

Se llamaba Manuela Sáenz, tenía 26 años y llevaba cinco unida en matrimonio al médico Jaime Thorne, con quien no intimaba demasiado. Por la noche, en el baile de honor, Bolívar y la dama fueron presentados formalmente. Él apeló a una de sus clásicas estrategias de conquista: le contó cómo se conocieron Romeo y Julieta. Funcionó.

Luego de la corta estancia en Quito, Bolívar salió hacia Guayaquil para reunirse con el general San Martín. Manuela se instaló en la hacienda “El Garzal” (no muy lejos de allí), desde donde le escribió a su galante Libertador, el 27 de julio, instándolo a abandonar la ciudad y reunirse lejos de las miradas indiscretas. Pero el caraqueño estaba ocupado, contándole la historia de Romeo y Julieta a una joven de ojos claros, María Joaquina Garaycoa, a quien conoció la noche en que tuvo lugar la fiesta que se brindó al general San Martín.

Los Libertadores se entrevistaron el 26 de julio de 1822. Al día siguiente, el argentino regresó a Lima e inició su retiro. Bolívar arribó a Lima en septiembre de 1823. Manuela Sáenz lo hizo en octubre, acompañada de su madre. Durante la última semana de octubre de 1823, Simón Bolívar y Manuela Sáenz se vieron en Magdalena, en las afueras de Lima. Ella había logrado sortear la vigilancia materna, pero no disponía de mucho tiempo. Por eso, el reencuentro comenzó a celebrarse de inmediato y en la mayor intimidad. La joven quiteña corrió a la cama y al deslizarse dentro de la sábanas, recibió un pequeño pinchazo: era el aro perdido de alguna dama.

Se lanzó sobre Bolívar y lo atacó con uñas y dientes. Se marchó furiosa, luego de dejarle notables marcas en la cara. Durante una semana, hasta que cerraran las cicatrices, el Libertador venezolano se recluyó en su cuarto. Todas sus actividades se suspendieron, alegando que había enfermado en forma repentina. No se le ocurrió decir que lo atacado había un avispa.

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Sarmiento no se llamaba Domingo

Paula Zoila Albarracín visitaba a una amiga en las afueras de San Juan, cuando sintió las contracciones. José Clemente Cecilio Quiroga Sarmiento corrió a buscarla, la subió en las ancas y galopó de regreso a la ciudad. Apenas tuvieron tiempo de llegar a su casa (debieron detenerse más de una vez porque la madre sentía que estaba a punto de parir), donde Paula dio a luz al varoncito, antes de que llegara la partera. Era la tarde del jueves 14 de febrero de 1811.

Al día siguiente lo bautizaron. Por haber nacido el 14, día de San Valentín (patrono de los enamorados), y ser bautizado el 15, día de San Faustino (patrono de los solteros), recibió los nombres de Faustino Valentín.

Aquí, la partida de bautismo donde se ve al comienzo del quinto renglón el nombre que le dieron:

Esta es la transcripción de la partida asentada: “En el año del Señor de mil ochocientos once, en quince días del mes de Febrero, en esta Iglesia Matriz de San Juan de la Frontera, y parroquia de San José, yo el teniente de cura, puse óleo y crisma a Faustino Valentín, de un día, legítimo de don José Clemente Sarmiento, y doña Paula Albarracín. Bautizolo el otro teniente, fray Francisco Albarracín. Padrinos don José Tomás Albarracín y doña Paula Oro, a quienes advertí el parentesco espiritual y para que conste lo firmamos – José María de Castro”.

Aquí, un acercamiento del texto, en donde subrayamos el nombre del recién nacido:

Esos fueron sus nombres. Sin embargo, era habitual que en su casa lo llamaran Domingo, debido a que doña Paula era devota de Santo Domingo.

Domingo Fidel -el hijo del prócer-, más conocido como Dominguito (que moriría muy joven en la Guerra del Paraguay), también tiene una historia relacionada con su nombre. Nunca existieron dudas respecto de quién era su madre: Benita Martínez Pastoriza. Pero la paternidad es discutible. Cuando el niño nació en Chile, Benita estaba casada con Domingo Castro. Luego ella enviudó y se unió a Sarmiento, a quien ya conocía demasiado.

¿Dominguito habrá sido hijo del marido Castro o del amante Sarmiento? Según las hermanas del sanjuanino, era un calco de Sarmiento, tanto en su niñez como durante la adolescencia. Pero lo que queríamos resaltar es que al nacer, llevó el apellido del marido de Benita. Por lo tanto, Domingo Fidel Sarmiento se llamó, en un principio, Domingo Fidel Castro.