Bolívar arañado

El 16 de junio de 1822 fue día festivo en Quito. La ciudad abandonó su actividad cotidiana para recibir a Simón Bolívar. Durante el desfile por las calles abarrotadas de vecinos, el homenajeado divisó a una dama de grandes caderas, senos llamativos, contextura gruesa, pelo oscuro y crespo, ojos pardos, boca pequeña y carnosa, que miraba la ceremonia desde un ventanal.

Se llamaba Manuela Sáenz, tenía 26 años y llevaba cinco unida en matrimonio al médico Jaime Thorne, con quien no intimaba demasiado. Por la noche, en el baile de honor, Bolívar y la dama fueron presentados formalmente. Él apeló a una de sus clásicas estrategias de conquista: le contó cómo se conocieron Romeo y Julieta. Funcionó.

Luego de la corta estancia en Quito, Bolívar salió hacia Guayaquil para reunirse con el general San Martín. Manuela se instaló en la hacienda “El Garzal” (no muy lejos de allí), desde donde le escribió a su galante Libertador, el 27 de julio, instándolo a abandonar la ciudad y reunirse lejos de las miradas indiscretas. Pero el caraqueño estaba ocupado, contándole la historia de Romeo y Julieta a una joven de ojos claros, María Joaquina Garaycoa, a quien conoció la noche en que tuvo lugar la fiesta que se brindó al general San Martín.

Los Libertadores se entrevistaron el 26 de julio de 1822. Al día siguiente, el argentino regresó a Lima e inició su retiro. Bolívar arribó a Lima en septiembre de 1823. Manuela Sáenz lo hizo en octubre, acompañada de su madre. Durante la última semana de octubre de 1823, Simón Bolívar y Manuela Sáenz se vieron en Magdalena, en las afueras de Lima. Ella había logrado sortear la vigilancia materna, pero no disponía de mucho tiempo. Por eso, el reencuentro comenzó a celebrarse de inmediato y en la mayor intimidad. La joven quiteña corrió a la cama y al deslizarse dentro de la sábanas, recibió un pequeño pinchazo: era el aro perdido de alguna dama.

Se lanzó sobre Bolívar y lo atacó con uñas y dientes. Se marchó furiosa, luego de dejarle notables marcas en la cara. Durante una semana, hasta que cerraran las cicatrices, el Libertador venezolano se recluyó en su cuarto. Todas sus actividades se suspendieron, alegando que había enfermado en forma repentina. No se le ocurrió decir que lo atacado había un avispa.

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Natalio Botana y Salvadora Onrubia: romance de redacción

Tres pesos y un libro. Ese era todo el patrimonio de Natalio Botana cuando llegó a Buenos Aires en 1911 proveniente de Uruguay. Veintidós años, tres pesos y un libro. Más el enorme deseo de progresar. Consiguió trabajo de estibador. Hombreó bolsas. Tres. En su caso, la tercera bolsa fue la vencida porque mientras caminaba los pocos metros hasta el galpón, se topó con Adolfo Berro, político uruguayo muy amigo de su familia.

Berro le ordenó que dejara la bolsa y lo acompañara. Le dio un techo, le compró ropa y lo presentó al doctor Marcelino Ugarte. Según cuenta su biógrafo, Álvaro Abós (autor de El tábano), Ugarte le consiguió trabajo en El Diario, fundado y dirigido por Manuel Lainez.

Natalio Botana sufría de inmadurez laboral. No lograba asentarse en un empleo. De El Diario pasó a La Razón. De La Razón, a Última Hora. De Última Hora lo echaron por anunciar, en la sección Sociales, el arribo de Dante Alighieri a Buenos Aires, junto con su amada Beatrice.

Su nuevo trabajo, a menos de dos años de iniciarse en las redacciones, fue en la revista PBT. A comienzos de 1913, Marcelino Ugarte (senador nacional por la provincia de Buenos Aires) le entregó a Botana cartas de recomendación para los intendentes, recomendándoles que le dieran parte de lo que hoy llamamos pauta publicitaria a la revista PBT.

Pero cuando Botana le presentó las cartas al director de la revista, este hombre, que era alemán, le explicó que regresaría a Europa por la Gran Guerra que se avecinaba. Le recomendó que aprovechara los ingresos de publicidad y los contactos para iniciar su propio negocio. Con estas cartas de recomendación, más una ayuda económica de Ugarte, Botana fundó el diario Crítica en 1913.

Ese año arribó a Buenos Aires, proveniente de Gualeguay, Salvadora Medina Onrubia. Tenía 19, había nacido en La Plata y durante un tiempo vivió en Rosario. ¿Cuándo se conocieron Natalio y la pelirroja Salvadora? Ella solía contar que se vieron por primera vez en 1913, en la redacción de PBT. Pero el próximo encuentro sería crucial en sus vidas.

Salvadora fue oradora en la manifestación obrera del domingo 1 de febrero de 1914, convocada frente a la Escuela Industrial de la Nación (hoy Otto Krause) para protestar contra las leyes sociales. Debe haber resultado convincente porque el diario anarquista La Protesta la convocó para escribir en sus páginas. Su primer texto fue publicado el 5 de febrero. Esa tarde, el vespertino Crítica dedicó una nota a la joven militante, que llevó por título: “Las chicas periodistas. El caso de la señorita Onrubia”.

La nota se mofaba de los anarquistas en general y de Salvadora en particular. La mujer no se amilanó y se burló de Crítica en una nota posterior. El tercer capítulo, ya conciliatorio, se dio en la imprenta. Los dos diarios se imprimían en el mismo lugar y en varias oportunidades, entre el traqueteo de las máquinas y el olor a tinta, coincidieron Botana y Onrubia. Una de esas veces él la acompañó hasta la pensión y fue todo pasión. Las ideologías quedaron de lado, al menos un rato. Salvadora se sumó al equipo de Crítica, no como periodista, pero sí como dirigente y compañera del hombre que amaba.

Cuando a fin de mes la plata comenzaba a escasear, preparaba para la tropa de periodistas un puchero que despertaba elogios al por mayor. Cuando había alguna cuestión que plantearle a los patrones, ¡los trabajadores acudían a ella! Salvadora, la mujer que criticó a Crítica, se convirtió en una de las piezas fundamentales de su desarrollo. Sin abandonar sus convicciones.

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“No seas cruel, mi cielo”

Además de ser el día de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre (de 1786) nació uno de los dieciséis descendientes del virrey del Pino: Juana. Unos veinte años después, durante una misa, la señorita se sintió perforada por la mirada de Bernardino Rivadavia.

El 14 de agosto de 1809, en la iglesia de la Merced se celebró el matrimonio de Juana (22 años) y Bernardino (28). En 1814, el gobierno resolvió enviar a Bernardino, junto a Manuel Belgrano, en misión especial a Brasil y Europa.

Además de ser el día de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre de 1814 a las 6.45 de la tarde partía la corbeta Zefir que transportaba a los dos embajadores. Ese día en que Juana cumplía los 28 años, su marido se le iba rumbo a Río de Janeiro, Londres y Madrid. Tres semanas antes de la partida, el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas dispuso una asignación de dos mil pesos anuales para Juana que incluía una cláusula de viudedad, “en el caso que [Rivadavia] fenezca en el servicio de dicha Comisión”.

No hizo falta echar mano a la cláusula, pero sí a la paciencia. Bernardino regresó siete años después. En el medio, Juana le rogó de mil maneras que abandonara las cuestiones de Estado y regresara. También le reclamó al Director Supremo Pueyrredon en 1816 que le devolviera el marido o le financiara el viaje a ella y sus hijos.

La correspondencia de Juana demuestra que no estaba acostumbrada a bajar los brazos y que amaba a su marido. Hay un texto imperdible de 1819, que vale la pena compartir:

“Bernardino de mi alma; antes de ésta te despaché una… nada tengo que agregar; y sólo te pongo estas cuatro letras para que no te suceda lo que a mí: al llegar una porción de buques y no tener carta ninguna, ni aún noticias, que muchas veces creo desesperarme… Lo que te pido, repito en todas, aunque sepa que te incomodas es que tomes un medio para que nos unamos, mira que esto no se puede tolerar, no seas cruel, mi cielo, que cinco años para una persona que aún no es vieja y que te adora es demasiado. ¡Ay, hijito! Estas separaciones que tantos matrimonios han hecho desgraciados en nuestro país se ven bastantes en el día; yo estoy muy distante de pensar que a nosotros nos suceda lo mismo, pero unámonos, mi Dictateur, y sigamos siendo tan felices como hasta aquí”.

El “hijito”, el “Dictateur”, el “Bernardino de su alma”, regresó por fin en 1821. Juana, la empecinada, recuperó a su marido.

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El día que casaron a Mirtha Legrand

El miércoles 3 enero de 1945, el diario La Razón anunció el casamiento de la joven actriz Mirtha Legrand. La noticia, proveniente de la ciudad de Córdoba, anunciaba:

“Dentro de la mayor intimidad tuvo realización ayer en esta ciudad el enlace de la señorita Mirtha Martínez Suárez, más conocida en el ambiente artístico por Mirtha Legrand, con el señor Julio Alvar DíazAl trascender la noticia del acontecimiento, fueron numerosas y expresivas las demostraciones de felices augurios que recibió la consagrada figura de la cinematografía”.

¿Existió ese casamiento? No. Pero algo hubo. Mirtha Legrand [a quien vemos en la foto entre Duilio Marzio y Lautaro Murúa, protagonizando “En la ardiente oscuridad”, de 1959] había viajado a Córdoba para encontrarse con Julio Alvar Díaz. Allí celebraron su compromiso. El casamiento, que se apresuró en anunciar La Razón, tendría lugar en 1946 porque esperaban que él cumpliera el servicio militar obligatorio (por ese motivo se encontraba en Córdoba) y ella, sus compromisos artísticos. Incluso, la actriz anunció que en cuanto se casara, abandonaría su carrera para dedicarse a formar su hogar.

No sabemos cuándo ni por qué se rompió el compromiso con Alvar Díaz. Sí, en cambio, que ese año, mientras filmaba “Cinco besos”, el director del film, Luis Saslavsky, le presentó al francés Daniel Tinayre.

“Cinco besos” se estrenó en marzo de 1946. Rosa María Juana Martínez (“Chiquita”) y Daniel Andrés Manoli Tinayre contrajeron matrimonio civil el 18 de mayo. Testigo de casamiento: Luis Saslavsky.

El casamiento de Borges

A mediados de los años 60, Borges comenzó a estrechar distancias con Esthercita Zemborain Dose, viuda de Eduardo Torres Duggan. Cultísima mujer, madre de cinco hijos, amiga de Victoria y Silvina Ocampo, atractiva, elegante y muy estimada en la sociedad porteña, daba la sensación de ser la compañera ideal para el poeta. Todos parecían verlo de esa manera, salvo Borges, quien seguía obsesionado con Elsa Astete, su novia en 1927, una mujer sencilla de inmensa bondad y muy apreciada por todos. El escritor llamó a Alicia, la hermana de su ex, para averiguar un poco. Se enteró de que había enviudado y vivía en Tigre. No perdió el tiempo. Convenció a Alicia de que organizara un sábado el té del reencuentro. Tuvo lugar en febrero de 1967.

Aquel sábado, luego del té y café con leche con masas en lo de Alicia, el escritor invitó a Elsa a comer al restaurante Pedemonte y luego fueron al cine. El agitado primer día terminó cuando ella acompañó a Borges a su casa en Maipú y Marcelo T. de Alvear (vivía con su madre Leonor) y después se dirigió sola hasta Retiro donde abordó el tren a Tigre. Los encuentros se multiplicaron. Borges le propuso casamiento a su antigua novia. La escena tuvo lugar mientras caminaban por la calle. Sin separar la vista del horizonte le soltó: “Podríamos casarnos”.

El próximo paso fue poner en autos a Madre, como él la llamaba. A partir de ahí, Elsa iba a almorzar todos los domingos a la casa de su suegra. Contó James Woodall -biógrafo de Borges- que en una oportunidad, Leonor convocó a ocho amigas para que estudiaran a su futura nuera. Parece que superó la prueba. El 4 de agosto, Elsa (57 años) y Borges (67) se presentaron en el registro civil y se convirtieron en marido y mujer. Para la unión por Iglesia hubo que esperar unas semanas. Dieron el sí en la Iglesia Nuestra Señora de las Victorias (Paraguay y Libertad), el 21 de septiembre. La ceremonia se inició con el ingreso del novio a las 16:20 (del brazo de Madre). La novia se presentó con un vestido negro y un sombrero de tul rosa. A dos cuadras, el contraste era elocuente. En aquel tiempo, se celebraba la llegada de la primavera y el Día del Estudiante a lo largo de la avenida Santa Fe. Por lo tanto, aún en medio de la solemnidad del casamiento (donde se escuchó la célebre marcha de Mendelssohn y en la salida la de Wagner), el bullicio primaveral no pasaba desapercibido.

Elsa vivía entonces cerca de allí, en Talcahuano y Marcelo T. de Alvear, pero la fiesta íntima fue en lo de Borges. Hubo brindis combinado con entretenidas conversaciones sociales hasta que los invitados comenzaron a retirarse.

Por fin quedaron solos: los novios, la madre del novio y Fanny, quien trabajó en casa de los Borges durante treinta años. Gracias a la entrevista que le hiciera Alejandro Vaccaro a Fanny (plasmado en el libro El señor Borges), podemos reconstruir lo que ocurrió en las últimas horas del día. Mamá Leonor le dijo a Georgie que debía ir con su flamante mujer a pasar la noche de bodas al hotel Dorá, vecino a la casa. Borges tenía otros planes: dormiría en su cama y lo haría solo. La madre insistía en que fuera al hotel, con un único argumento: “Para eso se casó”. Ganó el hijo testarudo y la madre acompañó a su nuera a la parada del colectivo que la llevó a su casa.

A la mañana siguiente, Fanny despertó al señor Borges y, divertida, le preguntó cómo había pasado la noche de bodas. El escritor no se hizo cargo de la broma y respondió que durante toda la noche había soñado que viajaba colgado en un tranvía.

Con Borges soñando que viajaba en tranvía mientras que Elsa Astete se alejaba en colectivo. Así se inició la historia de esta pareja de novios de 1927 que contrajo matrimonio en 1967.

El duelo fallido

El peruano Zacarías Reyna había tenido una actuación destacada en la batalla de Ayacucho (que vemos en la imagen) donde recibió el ascenso a Capitán de Caballería. En 1825 regresó a Lima donde fue recibido como héroe. Allí lo esperaba su novia, una adolescente muy atractiva oriunda de Guayaquil quien había llegado a la ciudad en compañía del padre de Reyna.
Zacarías vivía en el cuartel mientras que su padre y su novia se hospedaban en lo de una tía del soldado. Pero había un problema: en la casa también vivía un primo de la misma edad de Reyna que no tardó en comenzar a cortejar a la hermosa joven.
Aunque la joven lo rechazaba una y otra vez, el primo no abandonaba sus intenciones. Reyna, enterado de la situación, fue a recriminarle su actitud. Como respuesta recibió un cachetazo de su primo, es decir, un reto a duelo.
Convinieron el lugar y las armas (espadas) y el horario del encuentro. Pero ocurrió lo inesperado. El valiente capitán Reyna no acudió a la cita y hasta lo vieron a la hora del duelo caminando en compañía de su padre y su tía.
Cuando la novedad llegó al regimiento, el coronel ordenó que se lo degradara por cobarde. Se formó al soldado frente al batallón, se hizo replicar el tambor y el jefe le arrancó las charreteras, le quito la espada, la rompió y lo expulsó del cuartel.
Reyna se emborrachó y quedó tendido en la calle, donde un cura franciscano lo recogió para llevarlo a su convento. Humillado partió a Salta y se convirtió en arriero. En 1830, se estableció en un campo de Buenos Aires y formó familia con una paisana del pago.
Así culmina la historia del hombre que pudo tener una carrera militar brillante destacado por su coraje hasta que su vida tuvo un giro inesperado por un acto de cobardía. ¿Por qué rehusó aquel duelo? Porque esa mañana en que debía batirse, su padre y su tía le revelaron que su primo era en realidad hijo de ellos dos, es decir, su hermano.

Liniers, Cambiaso y Trotz

El virrey Santiago de Liniers y Ana Perichón de O’Gorman fueron amantes, primero, y parientes políticos, luego: en 1809 una hija de Santiago –María del Carmen– contrajo matrimonio con un hermano de Ana, Juan Bautista. La hija de esta pareja, Rosario Perichon se casó con José Manuel de Estrada.

Son varios los descendientes de Estrada que han adoptado el apellido Liniers como nombre de pila. El más conocido es Ricardo Liniers Siri, autor de la historieta Macanudo que publica el diario La Nación. Su seudónimo es, a la vez, su segundo nombre: Liniers.

Entre los descendientes de los Estrada Liniers mencionamos al marido de Victoria Ocampo (Monaco Estrada), al político Santiago de Estrada, y a los polistas Ernesto Trotz y Adolfo Cambiaso (h). Sin embargo, una investigación llevada a cabo por genealogistas demuestra, con pruebas difíciles de rebatir, que muchos de los descendientes de Estrada nunca tuvieron ni una pizca de sangre de Liniers. Se refieren a la rama de Ángel de Estrada, supuesto hijo mayor de Rosario Perichon Liniers y José Manuel de Estrada.

Diego J. Herrera Vegas y Carlos Jáuregui Rueda cotejaron diversos archivos y arribaron a la conclusión de que sólo seis de los siete hijos del matrimonio fueron auténticos. Hasta hace poco tiempo se pensó que los Estrada Perichon habían sido siete: Ángel, Santiago, José Manuel, Narciso, Juan Bautista, Enrique y Eduardo. Hoy, la legitimidad de Ángel está casi descartada, ya que era hijo del padre, pero no de la madre. Las pruebas que ofrecieron los genealogistas Herrera Vegas y Jáuregui Rueda son:

- En el censo de 1855 realizado en la casa de la familia Estrada Perichon, vivían papá José Manuel (viudo, ya que Rosario había muerto en 1851), la abuela María del Carmen Liniers, los seis varones Estrada –de Santiago a Eduardo–, más un joven mayor que los demás, llamado Ángel pero de apellido Castro.

- En el formulario de la partida de matrimonio de Ángel de Estrada (del año 1867) no está completo el casillero en que debía indicar si era hijo natural o legítimo. Donde debía colocarse el nombre del padre, escribió: José Manuel de Estrada. Donde debía constar el nombre de la madre, dejó el espacio en blanco.

- En la sucesión de bienes de los Sarratea –Rosario Perichon era nieta de Santiago de Liniers y de Martina de Sarratea– del año 1864, José Manuel Estrada figura representando a seis de sus hijos Estrada. Ángel no figura.

- En una escritura de 1866 referida a una operación comercial con Justo José de Urquiza, el padre firma como representante de sus seis hijos. No se menciona a Ángel.

Ángel de Estrada fue director del Banco de la Nación Argentina y fundó la editorial que llevó su propio nombre. La reciente investigación les ha quitado la sangre Liniers a un nutrido grupo de argentinos. Por otra parte, los bisnietos, tataranietos y choznos de los seis hijos restantes, seguirán ostentando el título de descendientes del virrey, sin ningún problema. Entre los polistas, Ernesto Trotz continúa perteneciendo a la estirpe. En cambio, Adolfito Cambiaso mantiene la herencia genética de los Estrada, pero la de Liniers, ya no.

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El barco de Rivadavia

Lo decían sus contemporáneos. Bernardino Rivadavia no figuró entre los agraciados con el don de la belleza exterior. Seguramente tampoco ayudaron sus gruesos labios y la combinación de su gran abdomen con las piernas delgadas. Sus enemigos lo llamaban “Sapo de Diluvio”. También lo apodaron “el Mulato” (por los labios gruesos) e incluso “Napoleón”, por caminar con sus manos en la espalda. Pero el hombre es como el oso. Bernardino solía estar rodeado de mujeres en las tertulias. No sólo eso. Mariquita Sánchez de Thompson comentó que una de sus amigas, Justa Foguet, estaba fascinada con Bernardino. El hombre tenía sus fans.

Pero el corazón de Rivadavia apuntaba hacia otro lado: se enamoró de Juanita del Pino, nacida en Montevideo e hija del finado virrey. En 1809, Rivadavia pidió su mano a la madre, la exquisita Rafaela de Vera y Mujica. Justamente ese era el problema: era muy exquisita y no estaba para nada convencida de entregar a Juanita a este hombre que no amasaba fortuna. Pero el novio impresionó a doña Rafaela cuando le contó que compraría un barco para dedicarse al comercio ultramarino, actividad que había enriquecido a varios en nuestras costas. Con las ganancias de un par de viajes podría sumar otro barco a la flota y así continuaría hasta convertirse en un poderoso comerciante naviero.

Doña Rafaela se convenció. Fue entonces cuando Bernardino le aclaró que para comprar el barco iba a necesitar que le adelantara la suma de la dote matrimonial. Logró que doña Rafaela le entregara 5000 pesos a cuenta.

En aquellas semanas, el gobierno nombró martillero a Rivadavia para rematar la fragata Juan Federico, un barco semidestruido que había sido decomisado. Al iniciarse la subasta el vecino Nicolás de Achával hizo la primera oferta, que fue superada por Nicolás Ramallo, empleado por Rivadavia. Achával subió la cifra y una vez más el mismísimo representante del martillero replicó con una cantidad mayor. Frente al inconveniente de estar disputando con el propio rematador, Achával se retiró de la subasta y Rivadavia se adueñó del barcucho en mal estado.

Poco después, el 14 de agosto de 1809, Juana (23 años) y Bernardino (29) se casaron en la Catedral. Los padrinos fueron doña Rafaela y don Benito, el padre del novio. Mientras tanto, la Juan Federico seguía anclada en el puerto debido a reclamos de los viejos propietarios y a que Rivadavia no tenía suficiente dinero para arreglarla. Así estuvo por meses, hasta que el furioso temporal del 21 de enero de 1811 la depositó en el fangoso fondo del río. Los sueños comerciales de Bernardino y la dote de su casamiento se fueron a pique esa mañana.

Dulce amor (1930)

Una de las revistas más populares en los años 20 y 30, fue La Novela Semanal. Era de actualidad y contaba con firmas de mucho prestigio. En sus páginas se mezclaban entrevistas, notas de polític y economía, cuentos y diversas secciones, entre las que rescatamos una. Nos referimos a “Declaraciones de amor a los astros del cine”. Allí, las fanáticas podían decirle a su ídolo lo que quisieran. En este caso, conoceremos el texto que le dedicó la fan porteña Haydée Peralta (nuestra morocha de la foto) a Gary Cooper:

Es de noche. Todos duermen. Oigo la respiración de mi hermanita que descansa tranquilamente en su cama. El péndulo del reloj se mueve. Percibo su tic tac. Doce campanadas rompen la monotonía del ambiente; doce campanadas y yo moviéndome en el lecho.

No puedo conciliar el sueño, mis ojos se acostumbran a la oscuridad. Empiezo a recordar mis horas diarias. Una imagen llena todas las horas de mis días y de mis largas noches. El tic tac continúa, lo siento muy cerca. Ya no es el reloj de pared, sino éste, mi pequeño corazón que siento latir fuertemente.

No me queda duda, comprendo que lo amo, que siento al recordarle ese algo jamás sentido, que me transporta en un éxtasis a su lado. Mi imaginación trabaja. Me veo amada y es tal mi felicidad que nunca volvería en mí. Al notar que es sueño, mi triste realidad despierta. Y es entonces cuando sufro lo indecible…

¿Por qué no habré de soñar siempre, cerrar los ojos con su grata imagen y no volver a abrirlos nunca más?

¡Gary! Es tu nombre armonioso y simpático como tu figura toda…
Pienso en ti: soy feliz un minuto; luego comprendo que es inmensa la distancia que nos separa, más inmensa que el mar, más aún que el cielo que nos cubre.

Pero aún así te amo, te quiero; deseo para ti la dicha. Te amo en las horas de mis días tristes y en las largas noches de mi vida toda.

Tu imagen se ha fijado en mi cerebro y es más y más grande al evocarla. Voy al cine a verte: has estado muy bien en “El amor nunca muere”, y tu película me recuerda este amor que por ti siento; yo también, como la heroína de tu drama, digo: “El amor nunca muere”, y creo ser yo tu compañera en la pantalla. Y es otra la que se halla a tu lado.

Aquí estoy en la camita de soltera, desvelada por tu imagen. Oigo el tic tac del reloj y los tic tacs más fuertes aún que siento en mi corazón. No aguanto más: me levanto y aquí me tienes escribiéndote lo que me pasa. Hoy te amo, Gary. Mañana te amaré más y más. Eres para mí la cristalina fuente donde podría ser feliz al saciar mi sed de amar y ser amada; pero son sueños, tristes sueños los míos.

La claridad del día se filtra por mi ventana. Ya no te veo y otra vez mi alma sufre y se embriaga en el dolor de amar, concentrada en este sublime y grande amor que me aniquila y nutre a un mismo tiempo.

Beso tus ojos con devoción de esclava.

Haydée Peralta

Gary Cooper ni debe haberse enterado de la existencia de esta sentida carta de su fanática argentina.

El novio de Remedios

Antonio Dorna, sevillano, arribó a Buenos Aires con algún dinero, se casó en 1787 con Pascuala Sosa y compró setenta leguas en la localidad de Monte, al sudoeste de la provincia. Pascuala y Antonio fueron los padres de Gervasio y María Sandalia.

En cuanto a Gervasio Dorna, integró el Regimiento de Patricios con el grado de teniente coronel, aunque no tuvo su bautismo de fuego en ese cuerpo debido a que el Motín de las Trenzas obligó a disolver las compañías. Esto ocurría en diciembre de 1811, cuando el joven Dorna soñaba con una de las niñas de sociedad, Remedios de Escalada.

La relación entre las familias era excelente y todo hacía suponer que Antonio Dorna y Antonio de Escalada serían consuegros. Pero en marzo de 1812 desembarcó en Buenos Aires José de San Martín. Entonces, la historia de las relaciones personales dio un vuelco: en septiembre de ese mismo año, Remedios se casó con el recién llegado. Gervasio no encontró consuelo para la pérdida. En 1815 se alistó en la expedición que llegaría hasta Sipe Sipe y regresaría derrotada. Pero sin él, ya que murió en una acción de combate.

Su hermana, María Sandalia, se casó en 1814 –aún vivía Gervasio– con José Zenón Videla. Ellos originaron la familia Videla Dorna, cuya descendencia llega a nuestros días.