Sapo violento (1918)

El vespertino La Unión fue periódico que circuló en Buenos Aires entre 1914 y 1919. Las fechas marcan claramente su finalidad: fue un diario promovido durante la Primera Guerra Mundial por integrantes de la colectividad alemana con el objeto de ofrecer una mirada germana sobre los asuntos bélicos. Su redacción estaba en Avenida de Mayo 1064, cuadra que fue demolida cuando se creó la avenida 9 de julio veinte años después.

En esta oportunidad no nos ocuparemos de la contienda mundial ni de la actualidad alemana, sino de una simple noticia policial que refleja que incluso el juego de sapo, por las apuestas que generaba, era una actividad de riesgo. El 12 de julio de 1918, bajo el título “Consecuencias de una partida de sapo”, La Unión publicó:

En la esquina de la calle Gelly y Cavia se desarrolló esta madrugada un hecho de sangre cuyas causas procura establecer debidamente el personal de la comisaría 41. Encontrándose en el comercio de almacén situado en la esquina citada, de propiedad de Cornelio Basilio, los sujetos Domingo Contreras, Eduardo Crespo, Federico Díaz, Víctor Orozco y Aurelio Diéguez, se suscitó un cambio de palabras entre los dos primeros por diferencias en una partida al sapo. Los nombrados, después de proporcionarse una serie de golpes de puño, salieron a la calle, donde Crespo extrajo de sus ropas un puñal infiriendo a su rival una tremenda acuchillada en el cuello.

Acto continuo, el criminal huyó, presentándose poco después a la comisaría y constituyéndose en prisión. La víctima fue llevada en grave estado al hospital Juan A. Fernández, donde quedó en asistencia. 

Contreras es argentino, de 30 años, y pertenece al personal de tropa de la Guardia de Seguridad de Caballería.

Es importante aclarar que a corta distancia del almacén de Basilio se encontraba el cuartel de esta tropa, actual asiento del Cuerpo de Policía Montada, en Figueroa Alcorta y Cavia.

Otra injuria a Manuel Belgrano

El 28 de mayo de 1899 se inauguró la columna de homenaje a Manuel Belgrano, en 11 de septiembre y Echeverría, junto a las Barrancas de Belgrano. Fue donación de la familia Santa María, propietarios de la casa que se ve detrás de la columna. La imagen pertenece a la Fototeca del Archivo General de la Nación y la he publicado en Buenos Aires en la mira, un libro con imágenes antiguas de la ciudad. Cuando en abril salió el libro, aún estaba el monumento. Ya no está más.

Aquí podemos ver otras fotos del archivo del diario La Nación. Desde ya, era un símbolo del barrio que evoca la figura del gran prócer argentino.

Como podemos testimoniar en la próxima imagen que fue tomada el 28 de agosto, Belgrano ya no está en Belgrano. Lo robaron. O tal vez fue retirado, sin que se comunicara como corresponde.

Belgrano, el héroe que pudo llevar una vida sin apremios dedicándose a la economía; que ofrendó sus últimos 10 años de vida a la causa de la libertad; que no tenía dinero para pagarle al médico que lo atendió y, asimismo, su familia tuvo que tomar el mármol de una cómoda para hacerle una lápida; que fue centro de un escándalo cuando exhumaron su cadáver porque dos ministros tomaron sus dientes; que fue noticia policial hace algunos años porque se robaron del Museo Histórico el reloj con que había pagado al médico. Belgrano vuelve a ser víctima de una afrenta. Con los valores por el piso y con las instituciones menospreciadas, no podía esperarse nada mejor.

 

Alem, la avenida de los perdidos

La revista Policía Mundial comenzó a publicarse en 1942, con información institucional, además de varias notas referidas al FBI y su lucha contra el hampa. Entre las notas (todas demasiado halagueñas) que ofrecen un panorama de las comisarías de la ciudad de Buenos Aires, escogimos la que se ocupa de la Comisaría 1a. (Lavalle y Reconquista) porque nos permite conocer qué ocurría en la zona del Bajo del centro, sobre todo en la avenida Leandro N. Alem a comienzos de los años 40. La nota decía lo siguiente:

“Encabeza la principal zona policial de la metrópoli la seccional 1a. Densamente poblada, en ella se concentran, no sólo extraordinaria cantidad de comercios, oficinas públicas y privadas y las más importantes instituciones bancarias, -lo que determina una intensa afluencia de tránsito y peatones, que demanda una atención constante del personal de la comisaría-, sino que también esa jurisdicción ofrece características especiales que la transforman fundamentalmente, no bien el manto de la nocturnidad comienza a caer sobre la urbe.

Podría denominarse a esa parte de Buenos Aires la Babilonia criolla. Es, después de la Boca, quizá el barrio donde se patentiza con colores más subidos el cosmopolitismo porteño. Difícil resulta a la policía poder establecer el tipo individual que merodea por esos lugares y estudiar detenidamente su idiosincrasia con el fin de adoptar las medidas preventivas en consonancia con el medio en que debe actuar. Problema éste que no es de ahora, pues se remonta a los tiempos de la conquista y la colonia.

Ya en aquella lejana época, la zona que forma hoy la comisaría 1a., particularmente el llamado “bajo”, sobre la actual avenida Leandro N. Alem, constituía el terror, no sólo de los vecinos sino que también de los guardadores del orden. Infestado ese lugar de bandidos, contrabandistas, piratas, negros, prostitutas, es decir, del elemento de la peor ralea, cuentan los historiadores que al anochecer ni las parejas de guardias se aventuraban por esos andurriales. Tal era el terror que infundían sus concurrentes.

Hoy, a pesar de la transformación experimentada. por la ciudad, poco ha cambiado el aspecto de ese núcleo de la metrópoli. Porque si bien es cierto que dentro del radio de la comisaría la. se desarrollan actividades de los más diversas y distantes ambientes económicos, que se mueven en planos de primera magnitud, también no lo es menos que de día y de noche pululan por sus calles y los pintorescos “lugares de diversión”, siempre de dudosa moralidad, los ejemplares de la más deficiente calidad social y moral. La circunstancia de que allí estén instalados innumerables “dancings” y su vecindad con la zona portuaria favorece notablemente el incremento de infiltración en la masa, de elemento pasivo, vago y delincuente, carente de arraigo y, en consecuencia, de la más mínima responsabilidad, a los que se agregan los hombres que han atracado a mil puertos y aun gran cantidad de personas que, clasificadas como laboriosas y honestas, no vacilan en mezclarse con la gente del hampa, promiscuyéndose con estafadores, jugadores y mujeres de vida airada.

De ahí que la acción policial en esa zona requiere flexibilidad y una conducta adecuada que debe ajustarse al ambiente, con el fin de encarar los procedimientos de acuerdo a las características que la rodean. Sin embargo, labor tan compleja y erizada de dificultades es llevada a cabo en forma encomiable por las autoridades de la comisaría 1a., siendo un índice de ello la escasa cantidad de hechos delictuosos que se registran en los últimos tiempos en su radio de acción, lo que habla mucho en favor del actual titular, señor Antonio Vucinovich, quien es eficientemente secundado por el sub comisario Miguel J. Bietti y demás empleados superiores, así como por el personal de tropa.

Patrulleros de 1934

Un nuevo tipo de ladrón apareció a comienzos de los años 30. Más violento, a partir de integrarse a bandas delictivas que usaban armas poderosas para asaltar bancos y transportes de caudales. La palabra “tiroteo” se hizo habitual y la policía se vio en inferioridad de condiciones.

Hacía falta equiparse, pero no había presupuesto. Por ese motivo, se organizaron reuniones a beneficio y rifas. Así fue como gracias a la “Colecta del Día de la Seguridad Pública” (en la que participaron desde empresarios hasta humildes vecinos), la Policía Federal renovó gran parte de su flota automotor. A mediados de 1934 se compraron cincuenta Ford V8, que fueron equipados con radios para que sintonizaran la LPZ, que era la radio policial. Pero lo más singular eran los vidrios blindados, con perforaciones en el parabrisas para que pudieran disparar a los malhechores (palabra que usamos porque a esta altura nos sentimos en un capítulo de Los Intocables) con carabinas Beretta. Suponemos que el buraco del conductor sería usado cundo el coche estaba detenido.

El 15 de julio de 1934 salieron a la calle, pero no hubo novedades. Mejor dicho, las hubo, pero los patrulleros no se enteraron. Se produjo un tiroteo (“malhechores”, “se produjo un tiroteo”… ya estamos contagiados por la terminología) entre un policía y cuatro ladrones que le robaron $ 4 a un trabajador en Las Heras y Lafinur (Palermo). Los delincuentes se internaron en el Jardín Botánico -no tenía rejas entonces- y lograron huir.

El auto con orificios para armas largas no demostró ser muy eficaz, sobre todo, por la poca maniobrabilidad de las carabinas: su radio de giro las limitaba. De todas maneras, las ventanitas fueron apreciadas en verano, ya que permitían una mejor ventilación interior. Eso sí: en el invierno siguiente comenzaron a cerrarse. Para siempre.

Juan Moreira y Perón

Durante tres meses, desde comienzos de 1874, las partidas policiales buscaron al gaucho Juan Moreira. ¿De qué se lo acusaba? De varios crímenes originados a partir de peleas cuerpo a cuerpo. Es decir, se trataba de un matón pendenciero que iba acumulando cadáveres en los partidos de la provincia de Buenos Aires. Alsinista devenido en mitrista, oriundo de San José de Flores (hoy barrio de Flores) y casado con Andrea Santillán, Moreira recorría pulperías y tenía el enojo fácil. Se convirtió en la mayor preocupación del Departamento de Policía que dirigía Enrique O’Gorman.

En Lobos, a fines de abril, Moreira fue cercado por una partida. Recibió un balazo y cuando ya malherido buscaba saltar una tapia para huir, el sargento Andrés Chirino lo ensartó en las costillas con su bayoneta. En un movimiento imperceptible, Moreira sacó una pistola de la cintura y disparó sin mirar hacia atrás, pero con una puntería notable: la bala dio en el pómulo derecho del sargento, hiriéndole un ojo. Acto seguido, Moreira tomó la daga que llevaba entre dientes (medía 85 cm de largo) y lanzó un golpe muy efectivo en la mano izquierda de Chirino: le rebanó cuatro dedos; sólo se salvó el pulgar.

Pero la suerte estaba echada. Cayó Moreira y la agonía duró menos de dos minutos. Fue enterrado en el cementerio de Lobos. La noticia llegó a Buenos Aires el 4 de mayo. Chirino nunca recibió la importante recompensa que se ofrecía. Años más tarde, trabajaría de encargado de un edificio en Avenida de Mayo y Chacabuco, en la ciudad de Buenos Aires. En cuanto a Andrea Santillán, le ofrecieron actuar en el teatro haciendo el papel de ella misma, pero no aceptó.

Dijimos que Moreira fue enterrado en el cementerio de Lobos, pero luego fue exhumado y el cráneo quedó en manos del doctor Eulogio del Mármol, quien se lo regaló a su colega, Tomás Perón. Dominga Dutey -la viuda de Tomás Perón y abuela de Juan Domingo (por ella se llamó Domingo)-, mantuvo durante años el cráneo en una sala de su casa. Lo heredó el hijo de Dominga, quien terminó donándolo al Museo de Luján porque el pequeño Juan Domingo lo usaba para asustar a las vecinas y de tanto jugar con él se le cayó y perdió algunos dientes.

Para la calavera (la imagen que vemos es de 1903, cuando aún tenía todos sus dientes) fue un viaje de ida y vuelta. Regresó a Lobos y es exhibida en el museo Juan D. Perón.

La tragedia del 23 de mayo de 1869

En 1869, el gobierno porteño convocó al aeronauta francés Casimir Baraille para que se sumara a la conmemoración del aniversario de la Revolución. Con una Plaza de Mayo colmada (todavía tenía la Recova en el centro), el domingo 23 de mayo Casimir montó el globo bautizado América y se elevó con mucha velocidad. Pero el viento, caprichoso una vez más, no dio tiempo a nada y lanzó al América hacia el río. Cayó a la altura de la avenida San Juan, a unas diez cuadras de la Plaza de Mayo.

De inmediato, tres navíos corrieron a socorrer al francés que luchaba con el globo de hidrógeno: el vapor Cavour con unos veinte pasajeros, un bote que enviaron desde una goleta y una falúa de la Armada, con nueve hombres al mando del capitán Castillo.

Baraille y su canasto ya se encontraban en el vapor. Los tripulantes y el francés trabajaban para desinflar el globo. Los ayudaban los hombres del bote haciendo presión con los remos en el aerostato.

La Química procedió a dar una lección fatídica a todos los presentes: un leve contacto de la chimenea del Cavour con el globo hizo tronar el cielo. El barco se incendió. Además, la lanchita voló por los aires y se desplomó en el río para hundirse. Cuatro muertos más veintidós pasajeros, un aeronauta y diez marineros con quemaduras fue el saldo de la conmemoración aerostática en mayo de 1869.

Sin comentarios

Los huerfanitos del Titanic

Dos chicos que fueron rescatados eran los protagonistas de una historia policial. Además, el más pequeño, fue el último de todos los sobrevivientes del Titanic en morir. La  historia, en un breve video:

El tren que tampoco frenó, hace cien años

El 26 de febrero de 1912, una locomotora no alcanzó a detenerse cuando ingresó a la estación Constitución y chocó contra los frenos hidráulicos del andén número 1.

El hecho ocurrió a las 5:24 de la mañana. El tren proveniente de Remedios de Escalada estaba compuesto por siete vagones, además de la locomotora. Los dos de adelante pertenecían a la primera clase y transportaban unos 35 usuarios. Los cinco restantes a la segunda clase, llevaban alrededor de 450 pasajeros. Uno de ellos contó que cuando faltaban unos doscientos metros para el frenado final, se oyeron gritos. Eran el motorman (Guillermo Bowles) y el fogonero (Carlos del Molino) tratando de advertir al pasaje que el choque era inevitable. Se estima que viajaban a más de 20 km/h. Antes del impacto, el maquinista y el fogonero saltaron fuera de la formación.

En el primer vagón se incrustó el siguiente.

Dice la crónica de La Nación: “Es difícil describir el pánico que produjo entre los quinientos pasajeros que conducía el tren y los centenares de personas que presenciaron el choque. Un ruido estremecedor, ayes, gritos en todos los tonos, protestas de toda naturaleza, demandas de auxilio, todo se oía en medio de la confusión reinante”. La peor parte la llevó el segundo vagón: se incrustó dos metros y medio en el primero.

La nómina de heridos alcanzaba a una treintena de pasajeros, entre los que sufrieron fracturas y, en algunos casos, amputaciones. Seis partieron al hospital Rawson con heridas de gravedad. Un numeroso grupo se acercó a la redacción de la revista Caras y caretas para “protestar contra la empresa Ferrocarril del Sud, a quien señalan como culpable del suceso”.

El segundo vagón.

La responsabilidad recayó sobre el maquinista quien, por su poca experiencia, no calculó debidamente la distancia de frenado. ¿Por qué conducía un tren un inexperto? Porque La Fraternidad -el sindicato de conductores de trenes- llevaba adelante un paro. Por ese mismo motivo, el día anterior (25 de febrero) chocaron dos trenes del Sarmiento en estación Moreno, y pocos días atrás, el 10 de febrero, una formación embistió a una locomotora al ingresar a la terminal de Retiro. En ambos casos, con víctimas en el pasaje.

Fotos: Archivo La Nación.

Peinó, robó y lo pescaron

Un suceso preocupó al virrey Loreto en 1785. De las casas de las principales familias de Buenos Aires desaparecían objetos de valor. Los hurtos eran constantes y podía deducirse que el ladrón vivía en la ciudad y conocía los secretos de los vecinos, ya que en la mayoría de los casos se dirigía directamente a su botín, sin violar ningún otro ambiente.

Las sospechas apuntaban a algunos oficiales. Pero también se puso el ojo en los esclavos y criados. Era habitual que un moreno robara para pagarse la libertad o la de un ser querido. Hubo más de veinte detenciones, pero las autoridades no daban con el autor de los robos.

El virrey dispuso que el capitán de dragones Manuel Cerrato se dedicara en forma exclusiva a resolver el caso del ladrón misterioso. Y lo resolvió. El hombre que había logrado preocupar a todos se llamaba Monsieur Levant y era el peluquero más exclusivo de Buenos Aires.

Llegado de Francia, aseguraba que provenía de una familia aristocrática que había entrado en decadencia económica. Levant era muy querido, no sólo por su capacidad con  tijeras y peines, sino también porque conversaba sobre temas interesantes con sus clientes mientras se ocupaba de sus pelucas y cabezas. Incluso, para amenizar el tiempo de secado de pelo, solía deleitarlos con lecturas de libros que llevaba de su propia biblioteca. Sus pomadas y perfumes eran muy requeridos. En aquel tiempo, los peluqueros sólo atendían en las casas, por lo tanto, Levant conocía las salas, los cuartos y, por supuesto, los secretos de las familias. En muchos casos, el francés oficiaba de Cupido: llevaba y traía cartas de novios.

Acorralado por Cerrato, Levant confesó, devolvió lo robado en varias casas y esperó el veredicto de la Justicia. Se discutió si había que deportarlo a Carmen de Patagones, a las Malvinas o a Cartagena, en España. Se optó por España. Antes de enviarlo lo pasearon en un burro, atadas sus manos, junto a un pregonero que anunciaba sus delitos.

Cuando Palleros se suicidó en la Quinta de Olivos


Gracias al paciente trabajo de Jorge “Coco” André Lavalle en el Archivo Histórico Municipal de San Isidro, rescatamos este documento de 1844. Allí se informa sobre el suicidio del vecino Ramón Palleros en los terrenos de la actual Quinta Presidencial de Olivos, que en ese tiempo pertenecía a la sucesión de Miguel de Azcuénaga, el vocal de la Primera Junta. La fotografía que ilustra la nota (publicada en Caras y caretas) muestra la Quinta de Olivos en 1898, a más de cincuenta años de los hechos narrados.
Se respeta la ortografía del documento original:

Viba la Confederación Argentina
¡Mueran los Salbajes Unitarios!

Suysidio de Ramon Palleros

Sor. Jues de Paz y Comisario de Sn. Isidro

A conseguencia de la Comision berbal qe. el Sor. Comisario y Jues de Paz de Sn. Isidro me ordenó hoy dia quatro sobre el reconocimiento del cadáber encontrado en la quinta de Dn. Miguel Asguenegua pase ha hella en compaña de Dn. Florensio Romero comisionado por el Sor. Espeleta para el reconocimiento del cadáber llamado Ramon Palleros Besino del Quartel del Alcde. Dn. Francisco Asebedo y en presencia del Sor. Romero, el Teniente Alcde. Dn. Sinforoso Arballo y el besino Dn. Tomas Garsia procedimos á llevar la comision y hencontramos colgado ha Ramon Palleros hen un hombú de la quinta de dho. Asguenegua.
Estaba el suisida Palleros el cuello aorcado con su misma faja y colguado de un guajo de ombu en camisa y calsonsillo habiendo dicho difunto tomado la precausion pa. suysidarse de doblar su chiripa y colgarlo sobre otro guajo procedimos ha bajarlo y hecha esta operasión se reconocio el cadáber y no sele ha encontrado lesion ninguna sino la faja señida hen la parte superior de cuello, la qe. ha producido la muerte.

Prendas hencontradas de dicho difunto
Camisa que lleba puesta
Calsonsillos y chaleco, y sombrero
Chiripa de poncho
Cuchillo
Lomillo de suela
Carona de baca
Cojinillo
Sobre sincha
un ps. papel moneda hallado en el chaleguo
y por ser verdad lo firmamos

Dios gue. á U. ms. añs.
Quartel de Ibañes Marso 4 de 1844

Fdo. J. Florencio Romero        Jose Manl. Montero
Teniente Alcde.                            Alcde. dho.
Sinforoso Arballo