La gloria o Devoto

En la época la de las hazañas aeronáuticas, Francisco Aroza, se calzó el mameluco, se puso el casco más las antiparras y abordó el avión. Controló que todo estuviera en orden, despegó, se dio vuelta en el aire, y así navegó cuatro horas y 25 minutos. Cabeza abajo.

El Heraldo de Madrid le sumó dos minutos más, pero también lo calificó en forma incorrecta (escribieron “el cadáver Aroza” en vez de “el aviador Aroza”) y dijo que zarpó de Panamá hasta Buenos Aires, con lo cual, sin querer, el redactor inventó el vuelo más rápido entre ambas capitales, aún no superado. ¿Por qué tres errores en un texto corto? Cosas de los cables que no se leían bien, probablemente.

El raíd de reconocimiento mundial tuvo lugar en 1935, entre Paraná y 6 de Septiembre. ¿Qué localidad llevaba el nombre de esta fecha? La actual Morón, que lo cambió en 1932 para recordar la revolución del 30 que derrocó al presidente Hipólito Yrigóyen. Conviene aclarar que en aquel tiempo casi todos los vuelos partían de Morón.

Aún no se habían acallado los aplausos por la hazaña cuando en la primavera de 1936 los diarios informaban sobre un asunto que trasladaba a Aroza desde las páginas deportivas hasta las policiales, en viaje sin escalas.

El martes 13 de octubre, Aroza trajo desde Montevideo catorce fardos de seda que bajó en un campo cercano a Rosario, propiedad del presidente del Círculo de Aviación, Octavio Alvarado. El cargamento no pasó por la Aduana. Debido a que su avión estaba en reparaciones, volaba con el Fairchild de su colega Ignacio Lardizábal (quien no tenía idea de lo que estaba ocurriendo).

Al día siguiente realizó otros vuelos, que incluyeron una escala en Morón. El último aterrizaje del día tuvo lugar a las 19 hs. en la localidad santafesina de Paganini (hoy Granadero Baigorria). Llegó hasta Rosario y con su automóvil, despojado del asiento trasero, marchó los 34 kilómetros al campo donde había dejado lo fardos. Cargó el auto con la mitad de la mercadería que llevó a su casa del bulevar Rondeau, en la ciudad rosarina. Regresó al campo en busca de la otra mitad y desandó el camino, una vez más. A las 23 hs., cuando realizaba la descarga en su domicilio, se acercaron dos policías. Una crónica de aquellos días sostiene que el instructor de aviación intentó sobornar con cien pesos a los sabuesos y, ante la negativa de los agentes, les ofreció un vale por cincuenta pesos más. Curiosamente no pudo darlos vuelta…

Por falta de antecedentes, su condena de 15 meses de prisión quedó en suspenso. Lo cierto es que, como tantas otras veces, la hazaña deportiva quedó tapada por el punto policial. Aroza fue noticia dos veces. Celebremos la primera.
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Polémica por los ciclistas (1938)

La imagen nos traslada a la calle Florida, en el año 1900. En el centro de la escena, un ciclista. Los llamaban velocipedistas. Casi cuarenta años después el nombre quedó en desuso, pero se habían multiplicado por el país de una manera llamativa.

Existía cierta preocupación en las ciudades argentinas por el aumento de los ciclistas y la libertad con que circulaban. Esa inquietud general fue reflejada en una nota que publicó El Gráfico en 1938, donde, entre otras cosas, contaba que los policías cobraban multa a los ciclistas que no conservaban la izquierda, no llevaban luz cuando marchaban de noche o no tenían timbre o cascabel. El cascabel producía un sonido particular, al punto que el periodista sostenía que los autos tan silenciosos de ese tiempo deberían llevar un collar de cascabeles para que su presencia fuera advertida.

En esa misma nota, El Gráfico publicó un decálogo del ciclista, que decía:

  1. Para su propia seguridad cumpla estrictamente con todas las disposiciones de tráfico. Respete para que lo respeten.
  2. Por las noches, lleve luz delantera y trasera, y si es posible vista con prendas claras, para que lo distingan a la distancia.
  3. No se aventure a velocidad en los cruces de calles o caminos.
  4. Yendo varios ciclistas, marchen de uno en fondo, por la izquierda.
  5. Recuerde que los días de humedad los frenos exteriores fallan.
  6. Hasta no lograr dominio sobre la bicicleta, eluda las arterias de mucho tránsito, y cuando logre ese dominio, no confíe con exceso.
  7. No lleve ningún chico sentado adelante, sobre el manubrio, porque en caso de accidente es de sumo peligro para la criatura y usted, ya que el pasajero le impide maniobrar con facilidad.
  8. No se agarre a ningún vehículo para que lo remolque, ni vaya corriendo detrás, aprovechando el tren que le hace el vehículo.
  9. No ande por las veredas.
  10. Haga del ciclismo un placer y no un riesgo.

El precio de venta de las bicicletas de 1938 iba en aumento: en esos días se hablaba de un nuevo impuesto de cinco pesos que se sumaba a las más de veinte tasas aduaneras. Sin embargo, estaban convirtiéndose en un medio masivo para trasladarse dentro de las crecientes ciudades argentinas. Y como todo medio de transporte, causaba dolores de cabeza a más de uno, pero era la respuesta social a los nuevos desafíos que planteaba la modernidad.

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El tesoro viajero

Sombrero ranchero y traje claro. Ese parecía ser el uniforme de los señores que se movían al ritmo del último domingo de la primavera de 1927. Domingo 19 de diciembre. Esa tardecita, Eduardo Cipollina bajó del taxi en Florida y Tucumán, en la puerta del distinguido edificio del Jockey Club.

El hombre había viajado desde el Hipódromo Argentino de Palermo (era el concesionario del restaurante), llevando un portafolio que no olvidó bajar cuando el automóvil se detuvo en el destino. Apoyó el maletín en el estribo del coche, del lado de la vereda, se acercó a la ventanilla del chofer -recordemos que en ese tiempo se manejaba a la inglesa-, tomó dinero de su saco y le pagó el importe que marcaba el aparato medidor (denominado taxímetro).

Acto seguido, Cipollina entró al Jockey, mientras que el portafolio, con 10 mil pesos, partía apoyado en el estribo del automóvil. El taxista no advirtió que transportaba la valiosa carga. Cuando el empresario gastronómico salió a la calle en persecución del coche, ya era tarde.

Diez mil pesos era una cifra considerable. Quince días en Mar del Plata, en diciembre, con pasajes de tren ida y vuelta en primera clase y hotel de pensión completa, costaban $150. Un traje en Harrods, $70. Un sombrero ranchero, bien a la moda, $6. Con los diez mil pesos de la valija, uno podía comprarse siete hectáreas en la localidad de Morón. Un juego de cama completo (como el que vemos en el aviso) se pagaba $800. Los zapatos de hombre, tenían un valor aproximado de $15, similar precio que las botas de mujer. ¿Un cero kilómetro? Entre dos mil quinientos y cuatro mil quinientos pesos. Sin duda, el maletín contenía un tesoro más que atractivo. Y viajaba en el estribo de un auto cuyo valor era menor que el de su inesperada carga.

Sin nuevos pasajeros, el taxista se alejó del centro. Poco después de las ocho de una noche que comenzaba a asomar, el auto pasó por la esquina de Gaona (hoy Ángel Gallardo) e Hidalgo. El maletín de Cipollina cayó en la avenida, a metros de Antonio Sigimbosco (13 años), estudiante primario que trabajaba de canillita para costearse los estudios. El chico soltó los diarios, tomó el portafolio y empezó a correr. ¿En dirección a su casa por la calle Hidalgo? No, por Gaona, persiguiendo al taxi. Agotado por no poder alcanzarlo, frenó para descansar. Abrió el maletín, vio todos esos billetes, lo cerró y comenzó a correr. ¿Al taxi? No. ¿A su casa? Tampoco. Antonio salió disparado hacia la comisaría 11ª para contar lo que había ocurrido y entregarlo.

A través de una comunicación interna por telégrafo, las comisarías tomaron nota del hallazgo. El preocupado dueño del tesoro había denunciado la pérdida en la 1ª y desde allí le avisaron que había aparecido. A la medianoche ingresó a la comisaría 11ª, que en ese tiempo estaba frente al Parque Centenario. Recuperó la valija y agradeció a Antonio, hermano de Ofelia e hijo de Catalina, a quienes vemos en la foto junto al canillita. Cipollina le entregó su tarjeta personal y le pidió que fuera a verlo al Jockey Club, donde todo había empezado.

El lunes por la tarde, el joven acudió a la cita. Cipollina le dio un sobre con quinientos pesos en señal de agradecimiento. Por otra parte, las autoridades del Jockey Club le ofrecieron trabajo como ayudante del portero. Aclaremos que en aquel tiempo era habitual, y no estaba mal visto, sino todo lo contrario, que los niños trabajaran. Sigimbosco aceptó encantado.

La historia fue reproducida en los diarios de la época. También en la revista Billiken, quien lo premió con un reloj más una cadena de oro, y destacó su “ejemplar honradez”. A casi noventa años de aquellas jornadas, evocamos a Antonio Sigimbosco, el canillita que tuvo un tesoro en sus manos y lo devolvió.

Aranceles del verdugo

Bancaria, abogado, cocinero, médica, guardavidas y un largo etcétera. Sea cual fuere la actividad que uno desarrolla, por lo general se ofrece el trabajo a gente formada para desempeñar la tarea. Pero, ¿cuáles serían las cualidades necesarias para conseguir trabajo de verdugo? Si bien no era explícito, los requisitos eran ser ladrón, o asesino, y saber leer.

El conocimiento de la lectura era imprescindible porque el verdugo también actuaba como pregonero. Su calidad de asesino o ladrón no era fundamental. Sin embargo, siempre obtenían el trabajo aquellos que contaban con lo que más adelante se denominaría “prontuario”.

En resumen, el verdugo/pregonero se ocupaba de torturar a detenidos, ejecutar a condenados y anunciar las noticias a los vecinos.

Entre los más conocidos de Buenos Aires, figuraron el indio José Antonio Aguarí (cumplió funciones hasta mediados de 1802) y su sucesor, el negro Bonifacio Calixto Silva, quien protagonizó un par de hechos históricos: fue quien anunció a los vecinos la convocatoria al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, como así también, el encargado de ejecutar a Martín de Álzaga en 1812.

Cada tarea tenía sus aranceles. En tiempos del virreinato, fueron fijados de la siguiente manera en las actas oficiales:

- Un real por cada pregón que realizara.
- Un peso (es decir, ocho reales) por torturar a un reo y lograr su confesión.
- Un peso por aplicar el castigo de azotes en la vía pública al condenado.
- Dos pesos por ejecución de la pena capital, además de quedarse con las pertenencias del ejecutado, como era costumbre.
- Un peso extra si el cuerpo debía ser quemado o cortado en cuatro partes para colgar en las plazas o caminos, a manera de advertencia.
El verdugo Silva juntó suficiente cantidad de dinero para comprar la libertad de su novia, la negra Tomasa, con quien vivió hasta sus últimos días.
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Cayastá: historia y misterio

La ciudad santafesina de Cayastá alcanzó notoriedad por cuestiones policiales. Sin embargo, ya tenía una rica historia detrás. Aquí, los principales puntos referidos a su pasado:

1) El nombre se lo dieron los nativos. Si bien fue tierra de mocoretás y calchines, la denominación es quechua. Cayastak significa: “Ahí está el fin”. Así le decían porque ese era el límite infranqueable (el río Carcarañá, en realidad) de sus incursiones.

2) En las barrancas de Cayastá, el 15 de noviembre de 1573, el capitán Juan de Garay fundó la ciudad de Santa Fe. Por ese motivo, también se la conoce como “Santa Fe, la vieja”. El propio Garay determinó que el patrono de la ciudad fuera San Jerónimo. Fue la primera ciudad argentina en cuya fundación participaron criollos. En este caso el grupo de jóvenes (todos alrededor de los veinte años), que acompañaron al vasco.

3) En 1580, allí se detuvo la expedición que partió de Asunción para fundar Buenos Aires. Se sumaron hombres a la aventura. Pero, una vez resuelta la fundación de Buenos Aires, algunos pobladores resolvieron regresar a Cayastá (Santa Fe) porque consideraron que era mejor lugar que la costa porteña. Otros fundadores provenientes de Asunción también resolvieron abandonar Buenos Aires e instalarse en Cayastá.

4) La principal estancia de Cayastá perteneció a Garay. En 1634, a los 74 años, allí murió  Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) –casado con la hija de Garay, Jerónima Contreras–, quien fuera tres veces gobernador de Buenos Aires, tres veces gobernador de Asunción, una vez gobernador de Corrientes y otra, de Santa Fe.

5) Durante años, la población se sintió hostilizada por los calchaquíes, aliados con los mocovíes. Además, padecía inundaciones. En 1652 se resolvió mudar la ciudad de Santa Fe (a su actual emplazamiento, distante a unos 80 kilómetros hacia el sur). En 1660 se completó el traslado de los vecinos y la zona de Cayastá fue abandonada.

6) La región mantuvo el nombre indígena. El próximo hito en su historia fue el combate que protagonizaron federales y unitarios el 26 de marzo de 1840. Venció el federal Juan Pablo López. En el enfrentamiento murió el comandante unitario Mariano Vera, quien había sido gobernador de Santa Fe en 1818. También murió, ahogado, Francisco Reynafé. Era hermano de los que habían sido ejecutados tres años antes por el asesinato de Quiroga.

7) Nicasio Oroño, gobernador de la provincia desde 1864 (durante la presidencia de Mitre) le otorgó tierras al inmigrante francés Juan Bautista León, conde de Tessieres, para que instalara una colonia (lo hizo a dos kilómetros del emplazamiento original). El patriarca llegó, ya viudo, con su hijo Edmundo y 44 familias pobladoras. Ejerció la medicina y fue muy apreciado por todos. Murió a los diez años.

8) Su heredero, Edmundo Tessieres, tuvo la misma aceptación del pueblo de Cayastá. Un vecino de su confianza le encomendó el cuidado de sus hijos porque debía viajar. Edmundo no lo dudó. De un día para el otro se convirtió en padre adoptivo y tutor de nueve chicos: Martina (21 años), Luis (20), María (17), Adela (15), Antonio (13), Luisa (12), Anita (10), Antonieta (7) y Filomena (5). Los trató como si fueran hijos propios.

9) La noche de 7 de agosto de 1882, cuatro paisanos (dos eran hermanos) entraron para robarles. Mataron al conde y luego atacaron a los chicos. Algunos se salvaron: Luis no se encontraba en la casa. Adela se desmayó y la dieron por muerta (increíblemente, al huir fue confundida con un ladrón y la mató un vecino que además era su padrino). Martina, la mayor, tenía una grave herida, pero sobrevivió. Antonio pudo escapar por una ventana y corrió en busca de ayuda. Dos de los cuatro asesinos del mayor crimen de la historia de Cayastá –Gaspar Lemos y Rafael Sequeira– fueron atrapados y recibieron cadena perpetua.

10) Pocos días antes de que se cometieran los crímenes, María y Adela conversaban mientras se acercaba a la distancia Edmundo Tessieres. María, espantada, juró que ella estaba viendo que el conde no tenía la cabeza y que su cuerpo se movía solo. Adela no vio lo mismo que María. Pero si vio a María caminar sin su cabeza. Las chicas corrieron a contarle al conde sus extrañas visiones. Edmundo les dijo que eran tonterías.

Antonio, el chico de 13 años que escapó por la ventana con una reja, experimentó una sensación desagradable cuando al día siguiente quiso atravesar la misma ventana para explicar a las autoridades cómo había huido. Se dedujo que era el único lugar por donde podría haber salido y que no mentía. Pero el espacio era demasiado pequeño. Cómo fue que su cuerpo pasó por allí, aún es un misterio.

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Fuga de presos en 1916

En julio de 1916, tres presos huyeron de la cárcel de Córdoba. Aquí la crónica de la fuga a cargo de la revista Caras y caretas:

Por segunda vez ocurre en la penitenciaría de Córdoba una evasión de penados, lo cual prueba que desde la primera huida, nada o muy poco se resolvió para prevenir sucesivas tentativa de fuga. En el presente caso, tres penados hicieron un agujero en el piso de la celda 240, desde el cual siguieron haciendo la galería subterránea, de quince metros, hasta la calle, y pudieron evadirse de esa manera.

Al conocerse el hecho, el comentario público versó alrededor del mismo en términos poco halagadores para las autoridades del establecimiento, que va tomando el aspecto de una ratonera.

Las autoridades cordobesas lograron capturar a uno de los fugitivos que fue reintegrado a la prisión, donde confesó las peripecias y dio detalles de la manera como habían preparado la escapatoria, trabajando si ser molestados ni despertar sospechas, si bien no está claro como en una penitenciaría pueden pasar desapercibidos trabajos de excavación realizados por los presos.

El director del establecimiento, como buen previsor, exclamó al saber de la novedad: “Sospecho que hayan hecho otras salidas estos diablos”. Y, a renglón seguido, una sección de bomberos comenzó a cavar una especie de trinchera que circundó el edificio con el objeto de buscar rastros de galerías o excavaciones subterráneas.

A pesar de la ligereza con que los buenos hombres hicieron su labor, no aparecieron más cuevas, ni los prófugos volvieron a caer en manos de la justicia.

Se atribuye la actitud de los penados a que la alimentación es deficiente, si bien sólo es admisible creer que quien pierde su libertad ansía recobrarla aun a costa de todo; y que las cárceles destinadas a guardar la delincuencia, deben tener todas las garantías, de modo que nadie pueda burlarlas, dando margen a que se juzgue desfavorablemente los sistemas carcelarios del país.

La revista no volvió a informar sobre el tema y una revisión de los periódicos de los días siguientes no informa sobre la captura de los fugitivos, lo que induce a pensar que no han sido atrapados.

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Sarmiento y el espejo asesino

Hubo tres Isidoros en la vida de Leonor Suárez. El primero, su padre: Isidoro Suárez (el célebre coronel Suárez). El segundo, su marido: Isidoro Acevedo Laprida. Y el tercero, su nieto: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (el aún más célebre escritor). Pero nosotros vamos a ocuparnos del menos conocido, Acevedo Laprida.

Había nacido en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1828 y si bien no tuvo formación militar, fue soldado en los conflictos internos, como en Cepeda y Pavón. Por ser considerado un vecino respetable, fue ungido como comisario en el importante Mercado de Frutos de la Plaza Once.

Más adelante, en 1880, cuando se creó la Capital Federal, surgió la nueva Policía, y Acevedo fue nombrado a cargo de la Comisaría 3ra., una de las más importantes de la ciudad de Buenos Aires. Había sido alsinista, pero también había estado cerca de Sarmiento. Y le salvó la vida.

En sus diarios, Adolfo Bioy Casares escribió que Borges le contó la siguiente anécdota:

“En una reunión, un negro quiso voltear un espejo sobre Sarmiento para matarlo. Acevedo se interpuso y evitó el hecho. Años después, cuando en una reunión Sarmiento refería estas cosas, Acevedo le confesó: “Yo fui el que lo salvó”. “Entonces usted es un jodido -respondió Sarmiento con su provinciana voz de boca abierta-. ¿Por qué no me lo dijo?“.

Así fue como Isidro Acevedo le salvó la vida a Sarmiento y se ligó un reto del temperamental sanjuanino.

El duelo fallido

El peruano Zacarías Reyna había tenido una actuación destacada en la batalla de Ayacucho (que vemos en la imagen) donde recibió el ascenso a Capitán de Caballería. En 1825 regresó a Lima donde fue recibido como héroe. Allí lo esperaba su novia, una adolescente muy atractiva oriunda de Guayaquil quien había llegado a la ciudad en compañía del padre de Reyna.
Zacarías vivía en el cuartel mientras que su padre y su novia se hospedaban en lo de una tía del soldado. Pero había un problema: en la casa también vivía un primo de la misma edad de Reyna que no tardó en comenzar a cortejar a la hermosa joven.
Aunque la joven lo rechazaba una y otra vez, el primo no abandonaba sus intenciones. Reyna, enterado de la situación, fue a recriminarle su actitud. Como respuesta recibió un cachetazo de su primo, es decir, un reto a duelo.
Convinieron el lugar y las armas (espadas) y el horario del encuentro. Pero ocurrió lo inesperado. El valiente capitán Reyna no acudió a la cita y hasta lo vieron a la hora del duelo caminando en compañía de su padre y su tía.
Cuando la novedad llegó al regimiento, el coronel ordenó que se lo degradara por cobarde. Se formó al soldado frente al batallón, se hizo replicar el tambor y el jefe le arrancó las charreteras, le quito la espada, la rompió y lo expulsó del cuartel.
Reyna se emborrachó y quedó tendido en la calle, donde un cura franciscano lo recogió para llevarlo a su convento. Humillado partió a Salta y se convirtió en arriero. En 1830, se estableció en un campo de Buenos Aires y formó familia con una paisana del pago.
Así culmina la historia del hombre que pudo tener una carrera militar brillante destacado por su coraje hasta que su vida tuvo un giro inesperado por un acto de cobardía. ¿Por qué rehusó aquel duelo? Porque esa mañana en que debía batirse, su padre y su tía le revelaron que su primo era en realidad hijo de ellos dos, es decir, su hermano.

Incidentes en el fútbol (1916)

Para los festejos por el Centenario de la Independencia argentina, en 1916 se jugó un Torneo Sudamericano donde participaron Chile, Uruguay, Brasil y la Argentina (país anfitrión). A la final llegaron la Argentina y Uruguay. Pero lo que ocurrió en la tarde del domingo 16 de julio de 1916 llenó más espacios en los periódicos de lo que hubiera ocupado la crónica del partido.

El clásico del Río de la Plata se jugaría en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA) de Palermo, considerado el mejor de Sudamérica. Es el que vemos en la foto, cuando compitieron chilenos y uruguayos.

El partido comenzaba a las 14:30, pero una gran cantidad de espectadores comenzó a acercarse a Palermo antes del mediodía. La compra de entradas se efectuaba en las boleterías del club y según la crónica periodística, “la gente se apretujó en torno de ellas a partir de las 12:30 en una lucha a codazo limpio para llegar hasta las ventanillas”. Las colas eran inmensas y la concurrencia superaba la capacidad de las tribunas que era de 20.000 espectadores. El público era controlado por once efectivos policiales designados.

“A la 1:10 hubo varios millares que optaron por renunciar a la lucha frente a las boleterías y arremetieron, en cambio, contra los guardianes de las puertas de acceso”, escribió un cronista. Se llevaron puesto a un policía y su caballo, los dos primeros heridos de la jornada. “Una multitud se desparramó por la tribuna oficial, trepando en tropel a las gradas y ocupando los sitios disponibles en los palcos, que a esa hora estaban en su casi totalidad ocupados por familias. Estas pasaron, por cierto, un instante poco agradable”.

Como la cantidad de publico superaba por mucho la capacidad de las tribunas, la propia cancha quedó colmada de gente. Cuando salieron los equipos a disputar el partido y vieron lo que ocurría, regresaron a los vestuarios. Ya se habían cambiado cuando se resolvió que se jugaría el partido, pero no sería el definitorio del torneo, sino un amistoso. Volvieron a cambiarse, salieron a la cancha y ayudaron a la policía en la tarea de sacar a la gente. Los intrusos se ubicaron en un costado, a medio metro de las líneas laterales.

Carlos Fanta, el árbitro chileno, dio comienzo al partido a las 3:30. Antes de los dos minutos se realizó el primer lateral. Con la gente encima, el jugador uruguayo intentó hacer el saque, pero otra vez el campo de juego se vio desbordado y los futbolistas, resignados, se retiraron al vestuario.

Era imposible intentar llevar adelante el partido. Y se desató la furia. Un testigo de los hechos escribió: “Algunos de los manifestantes más audaces se dirigieron a los dos arcos y los arrancaron”. La redes también fueron quitadas. Uno de los arcos fue llevado, como trofeo, delante del palco oficial en donde los directivos de los equipos sudamericanos y el resto de los invitados se mantenían petrificados por el miedo. Incendiaron una de las redes. También, la tribuna popular de madera que daba al río y se prendió fuego.

Los bomberos recién lograron apagar los incendios a las diez de la noche. De las tres tribunas populares no quedó nada. El palco oficial se salvó. Hubo cuatro detenidos. El lunes 17 se jugó el partido final en la cancha de Racing de Avellaneda. Empataron sin goles y Uruguay retuvo el título. Esa vez se vendieron una cantidad específica de entradas y no bien pareció que las tribunas ya estaban bastante llenas, se suspendió la venta.

Cabe preguntarse qué clase de milagro obró para que hubiera apenas contusos en medio de un incendio que tenía 30.000 potenciales víctimas. Sin dudas, la Mano de Dios –mucho menos espectacular, pero a la vez, mucho más admirable– existió setenta años antes del gol a los ingleses.

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Sapo violento (1918)

El vespertino La Unión fue periódico que circuló en Buenos Aires entre 1914 y 1919. Las fechas marcan claramente su finalidad: fue un diario promovido durante la Primera Guerra Mundial por integrantes de la colectividad alemana con el objeto de ofrecer una mirada germana sobre los asuntos bélicos. Su redacción estaba en Avenida de Mayo 1064, cuadra que fue demolida cuando se creó la avenida 9 de julio veinte años después.

En esta oportunidad no nos ocuparemos de la contienda mundial ni de la actualidad alemana, sino de una simple noticia policial que refleja que incluso el juego de sapo, por las apuestas que generaba, era una actividad de riesgo. El 12 de julio de 1918, bajo el título “Consecuencias de una partida de sapo”, La Unión publicó:

En la esquina de la calle Gelly y Cavia se desarrolló esta madrugada un hecho de sangre cuyas causas procura establecer debidamente el personal de la comisaría 41. Encontrándose en el comercio de almacén situado en la esquina citada, de propiedad de Cornelio Basilio, los sujetos Domingo Contreras, Eduardo Crespo, Federico Díaz, Víctor Orozco y Aurelio Diéguez, se suscitó un cambio de palabras entre los dos primeros por diferencias en una partida al sapo. Los nombrados, después de proporcionarse una serie de golpes de puño, salieron a la calle, donde Crespo extrajo de sus ropas un puñal infiriendo a su rival una tremenda acuchillada en el cuello.

Acto continuo, el criminal huyó, presentándose poco después a la comisaría y constituyéndose en prisión. La víctima fue llevada en grave estado al hospital Juan A. Fernández, donde quedó en asistencia. 

Contreras es argentino, de 30 años, y pertenece al personal de tropa de la Guardia de Seguridad de Caballería.

Es importante aclarar que a corta distancia del almacén de Basilio se encontraba el cuartel de esta tropa, actual asiento del Cuerpo de Policía Montada, en Figueroa Alcorta y Cavia.