El avión de don Ramón

En la esquina oeste de San Martín y Rivadavia, en la ciudad de Las Flores, vivía hace cien años don Ramón. Querido y respetado por los vecinos, mantenía la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara ayuda. Don Ramón Eustaquio Alcorta era el principal médico de Las Flores y en 1918 fue nombrado director del hospital municipal.

Los Alcorta son una de las familias más tradicionales de nuestro territorio. Afincados en Santiago del Estero, la primera ciudad argentina, han sido protagonistas de varias páginas de la historia local. Ramón había nacido en Santiago del Estero en 1866. Pero los estudios, primero, y su vocación de servicio, luego, lo llevaron lejos de la ciudad donde el peso del apellido facilitaba todo.

A comienzos de la década de 1920, la salud de los enfermos era su principal preocupación. Pero también había un asunto colateral que le quitaba el sueño: la impotencia que le producía no poder auxiliar a aquellos que vivían en las afueras. Los caminos vecinales que iban a las chacras y estancias se ponían intransitables con las lluvias. Y peor aún cuando desbordaba el arroyo Las Flores. O cualquiera de las lagunas cercanas.

En 1922, la comisión directiva del flamante aeroclub había instalado su primer hangar en terrenos que le cedió la municipalidad. Viendo estos “pájaros de aceros” que sobrevolaban todo tipo de terrenos, Alcorta encontró la solución a su inquietud. Le encargó al piloto Juan Carlos Goggi, ex suboficial egresado de la Escuela de Aviación Militar, que comprara un avión. Con este aparato -un Curtiss J.N. 90- Goggi inició la enseñanza del vuelo mecánico en la ciudad. Los hijos del doctor Alcorta, Víctor Ramón y Tomás Jorge, se encontraron entre los primeros alumnos que aprobaron los exámenes para recibirse de pilotos.

Probablemente sin quererlo, don Ramón (a quien vemos a punto de abordar la máquina en una de las tantas fotografías que atesora el Archivo Histórico de Las Flores) se convirtió en el propietario del primer avión sanitario de la Argentina. Encontró tan útil este medio de transporte para las urgencias, que resolvió comprar otro Curtiss, también con motor de 90 caballos de fuerza, pero con asientos para dos pasajeros. A partir de entonces, no sólo estaba en condiciones de acudir en ayuda de los necesitados, sino que tenía la posibilidad de trasladar a quienes requirieran una atención médica más específica.

Acompañado por Goggi o por alguno de sus hijos, este pionero de la aviación con fines médicos voló unos cuatro años. Murió en 1926 y todo Las Flores lloró su partida. Nunca fue un entusiasta de los vuelos. Pero encontró en los aviones el medio de ayudar a aquellos enfermos que no podían llegar al hospital o hasta la puerta de su casa.

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La cordillera en auto

En 1817, San Martín realizó la hazaña del cruce de los Andes. En 1918 fue el turno de los intrépidos Davenport Brown Richardson y William Paul Rhoads, quienes –guiados por objetivos muy distintos, pero también loables– condujeron un automóvil a través de 5.800 complicados kilómetros. Aun podríamos agregar otra enorme distancia: la que los separaba de los avances tecnológicos actuales. Pero estos dos estadounidenses disponían de un combustible fundamental: estaban convencidos de que contaban con el auto más adecuado, un Studebaker, para llevar adelante esta poco conocida travesía.

La firma llegó a Buenos Aires en 1915. Su presentación fue en el marco de la Exposición Rural de Palermo. En un sencillo stand sobre la avenida Sarmiento, pegado a la entrada, el mismísimo Richardson, gerente de The Studebaker Corporation of America en Argentina, recibía a los interesados y les explicaba, con notable entusiasmo, las cualidades del auto. Ese mismo año inauguró el local de ventas en la distinguida Avenida de Mayo, a metros de la calle Salta. Allí tomó conocimiento de que un competidor, el Buick, había traspasado la cordillera en 1914. Mientras abría el taller de la compañía en Pacheco de Melo y Pueyrredon, comenzó a gestar la idea de la travesía.

El punto de partida fue la Capital Federal. Acompañado por su familia, el 13 de enero de 1918, Richardson inició la marcha en la puerta del local de Avenida de Mayo. Primer destino: Bahía Blanca. Luego pasaron por Patagones cruzando a Viedma en balsa, ya que el puente sobre el río Negro recién se construyó en 1931. Tocaron el puerto de San Antonio y, desde ahí, siguiendo la línea del Ferrocarril del Estado, arribaron a Bariloche. A esa altura, su acompañante era William Paul Rhoads, responsable de la sección técnica de la automotriz. Llegaron a Neuquén y cruzaron los Andes por el paso de Pino Hachado, que conecta las ciudades de Zapala y Curacantín. Ya en Chile recorrieron Mulchen, Los Ángeles, Concepción, Santiago y Valparaíso, para luego repasar los Andes por el célebre paso de Uspallata, donde se encuentra el Cristo Redentor, retornando al punto de partida.

La revista Caras y Caretas –Studebaker era anunciante (vemos un aviso de ese año, registrado en Plaza San Martín, de Retiro)– publicó esta historia en abril. Una de las imágenes de aquella nota presenta el automóvil al pie del Cristo Redentor. Se destaca la leyenda “Valparaíso”, punto final del viaje de ida.

Rhoads ya sumaba algunos galardones (salvo que no fuera él y justo tuviera un homónimo). Había corrido algunas carreras a bordo de un Studebaker. Por ejemplo, fue el ganador de la competencia Castelar-Campana-Castelar, en fuerza libre (es decir, sin reglamento de velocidad máxima), organizada por el Automóvil Club Argentino, en 1916, el mismo año que ganó la competencia “Fiesta del motor”.

Merecen nuestra admiración aquellos que trabajan para cumplir sus sueños. Por eso, ofrecemos nuestro merecido aplauso para estos precursores.

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Sarmiento y el carnaval

Los juegos de agua eran habituales en días de carnaval. Por lo general, se usaba la cáscara sin romper de huevos vaciados previamente, a los que se agregaba agua. También se empleaban baldes de donde se tomaba agua en un recipiente más chico, por ejemplo un vaso, para lanzar su contenido a gente desprevenida.

En una carreta algo deteriorada, un hombre corpulento, envuelto en un poncho de vicuña y con un sombrero chambergo que cubría parte de su rostro, se dirigió al sitio de los festejos. Como todo aquel que pasaba, fue recibido con agua. Pero el hombre respondió con entusiasmo y se sumó al juego: era el presidente Domingo Faustino Sarmiento.

La historia de la intervención presidencial en los juegos se esparció por la ciudad y llegó a oídos de Los Habitantes de la Luna, la comparsa más famosa de los carnavales de la década de 1870. Presidida por Eduardo Benavente, contaba con la participación de prestigiosos hombres de la sociedad porteña, con ganas de sacarse la careta de la seriedad anual y divertirse a pura fiesta popular, como Emilio Mitre, Delfín Huergo, Alberto Casares, Ireneo Portela y Anacarsis Lanús, entre tantos otros.

Los disfraces más recordados de esta comparsa eran El Gordo, El Fraile y El Baby. Llegaban hasta los bailes de máscaras y mientras se agitaban, saltaban y reían, se escuchaban los discursos de Benavente y Carlos Monnet, precursores del stand up actual. Aclaremos que Monnet tenía la habilidad de imitar al presidente Sarmiento.

En el carnaval de 1873, la mencionada murga, tal vez como reconocimiento al sanjuanino por aquel enfrentamiento con agua, le regaló una medalla de estaño que tenía grabada su cara con una corona y la leyenda “Emperador de las máscaras”. Al año siguiente, el mandatario les envió una tarjeta invitándolos a tomar el té en su casa para que tuvieran, según anunciaba la esquela, “el gusto de conocer al loco Sarmiento”.

La reunión tuvo lugar en la casa del sanjuanino, en Maipú entre Tucumán y la actual Lavalle. Luego de escuchar a su imitador, Sarmiento lo interrumpió alegremente y le pidió que tratase de copiar al ministro Dalmacio Vélez Sarsfield, presente en la bien provista tertulia. Julio Costa, uno de los Habitantes de la Luna, se acercó al célebre jurista, autor del Código Civil argentino, y le preguntó qué opinaba de la imitación. Este le respondió con su característica tonada cordobesa: “¡Si están todos mamaos!”.

Carnavales de hace casi un siglo y medio en una ciudad de Buenos Aires con apenas 187.000 habitantes, según el primer censo nacional, de 1869, también promovido por Sarmiento. Entre esos habitantes, algunos también lo eran “de la Luna”.

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La gloria o Devoto

En la época la de las hazañas aeronáuticas, Francisco Aroza, se calzó el mameluco, se puso el casco más las antiparras y abordó el avión. Controló que todo estuviera en orden, despegó, se dio vuelta en el aire, y así navegó cuatro horas y 25 minutos. Cabeza abajo.

El Heraldo de Madrid le sumó dos minutos más, pero también lo calificó en forma incorrecta (escribieron “el cadáver Aroza” en vez de “el aviador Aroza”) y dijo que zarpó de Panamá hasta Buenos Aires, con lo cual, sin querer, el redactor inventó el vuelo más rápido entre ambas capitales, aún no superado. ¿Por qué tres errores en un texto corto? Cosas de los cables que no se leían bien, probablemente.

El raíd de reconocimiento mundial tuvo lugar en 1935, entre Paraná y 6 de Septiembre. ¿Qué localidad llevaba el nombre de esta fecha? La actual Morón, que lo cambió en 1932 para recordar la revolución del 30 que derrocó al presidente Hipólito Yrigóyen. Conviene aclarar que en aquel tiempo casi todos los vuelos partían de Morón.

Aún no se habían acallado los aplausos por la hazaña cuando en la primavera de 1936 los diarios informaban sobre un asunto que trasladaba a Aroza desde las páginas deportivas hasta las policiales, en viaje sin escalas.

El martes 13 de octubre, Aroza trajo desde Montevideo catorce fardos de seda que bajó en un campo cercano a Rosario, propiedad del presidente del Círculo de Aviación, Octavio Alvarado. El cargamento no pasó por la Aduana. Debido a que su avión estaba en reparaciones, volaba con el Fairchild de su colega Ignacio Lardizábal (quien no tenía idea de lo que estaba ocurriendo).

Al día siguiente realizó otros vuelos, que incluyeron una escala en Morón. El último aterrizaje del día tuvo lugar a las 19 hs. en la localidad santafesina de Paganini (hoy Granadero Baigorria). Llegó hasta Rosario y con su automóvil, despojado del asiento trasero, marchó los 34 kilómetros al campo donde había dejado lo fardos. Cargó el auto con la mitad de la mercadería que llevó a su casa del bulevar Rondeau, en la ciudad rosarina. Regresó al campo en busca de la otra mitad y desandó el camino, una vez más. A las 23 hs., cuando realizaba la descarga en su domicilio, se acercaron dos policías. Una crónica de aquellos días sostiene que el instructor de aviación intentó sobornar con cien pesos a los sabuesos y, ante la negativa de los agentes, les ofreció un vale por cincuenta pesos más. Curiosamente no pudo darlos vuelta…

Por falta de antecedentes, su condena de 15 meses de prisión quedó en suspenso. Lo cierto es que, como tantas otras veces, la hazaña deportiva quedó tapada por el punto policial. Aroza fue noticia dos veces. Celebremos la primera.
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Las Heras: “Traigan vino”

En enero de 1817, el Ejército de los Andes cruzó la cordillera por seis pasos. Las dos columnas principales fueron las que condujeron el coronel Juan Gregorio de Las Heras (por el de Uspallata) y el general Miguel Estanislao Soler (por el de Los Patos), acompañado por San Martín, quien marchaba a retaguardia.

Antes de alcanzar el territorio chileno, los libertadores sostuvieron un par de enfrentamientos con los realistas. El 24 de enero, en Picheuta (Mendoza), los valientes de Las Heras vencieron a una avanzada enemiga. Al día siguiente, el mismo grupo atacó con éxito a enemigos que se habían situado en Potrerillos. Los hombres de Las Heras volvieron a entrar en acción el 4 de febrero en Guardia Vieja. Pero, a diferencia de los sucesos anteriores, en esta nueva contienda ya habían atravesado las altas cumbres y se encontraban en territorio chileno.

Guardia Vieja, el primer puesto custodiado en el camino a Chile, fue tomado por asalto. Los patriotas, encabezados por el teniente Román Deheza y el mayor Enrique Martínez  atacaron la guardia con 150 fusileros y treinta granaderos. Veinticinco de los cien realistas murieron, mientras que 43 fueron hechos prisioneros. El resto huyó (según la versión patriota) o logró escapar (de acuerdo con el parte de los realistas). Los patriotas no tuvieron bajas.

Enterado del éxito de su avanzada, Las Heras le escribió a fray Luis Beltrán, quien esperaba al borde de la cordillera mendocina para iniciar el trayecto. Esta fue, entonces, la primera comunicación que cruzó los Andes con información bélica. Era un parte militar acompañado de una esquela que decía: “Lea usted, carajo, emborráchese y escriba a [la ciudad de] Mendoza. Mándeme víveres, siquiera 10 o 12 cargas de charqui y alguna harina, que necesito para los prisioneros. Estoy sin mulas porque con el trabajo se caen flacas. Y si hay vino, también quiere. Heras”.

Esta pequeña pero sentida esquela fue leída con emoción patriótica y celebrada en la plaza de la ciudad de Mendoza. No era para menos: los logros del Ejército que comandó San Martin se debieron, en gran medida, al esfuerzo descomunal de los gloriosos pueblos cuyanos.

Los músicos del cruce de los Andes

Tres semanas después de que en Tucumán declararan la Independencia, se daba la denominación de Ejército de los Andes a los escuadrones que adiestraba San Martín en Mendoza. Hasta ese momento, se había llamado Ejército de Cuyo. En poco tiempo, uno de los batallones, el glorioso número 11, se convirtió en el primero que tuvo banda musical.

Fue gracias al aporte del hacendado mendocino Rafael Vargas, quien a veces llamaba algo la atención con sus excentricidades. Fue quien introdujo el primer coche de lujo en Mendoza (en realidad fueron dos) y se distinguía por su refinado gusto para adornar su casa.

En 1810 se encargó de importar instrumentos de viento de Bélgica y envió a dieciséis de sus esclavos a Buenos Aires, donde tomaron clases en la Academia de Música Instrumental del maestro español Víctor de la Prada. Después de cuatro años, cuando ya tenían una base suficiente, regresaron a la ciudad de Mendoza con su amo, quien los llevaba a tocar a la iglesia y otros actos públicos.

Una vez que se formó el Ejército de los Andes, Rafael Vargas mandó a hacerles uniformes y donó la banda musical al Batallón 11 que marchó en la columna de Las Heras, por el paso de Uspallata. Con su talento natural, los dieciséis músicos negros le pusieron ritmo marcial a la epopeya de los Andes.

El tesoro viajero

Sombrero ranchero y traje claro. Ese parecía ser el uniforme de los señores que se movían al ritmo del último domingo de la primavera de 1927. Domingo 19 de diciembre. Esa tardecita, Eduardo Cipollina bajó del taxi en Florida y Tucumán, en la puerta del distinguido edificio del Jockey Club.

El hombre había viajado desde el Hipódromo Argentino de Palermo (era el concesionario del restaurante), llevando un portafolio que no olvidó bajar cuando el automóvil se detuvo en el destino. Apoyó el maletín en el estribo del coche, del lado de la vereda, se acercó a la ventanilla del chofer -recordemos que en ese tiempo se manejaba a la inglesa-, tomó dinero de su saco y le pagó el importe que marcaba el aparato medidor (denominado taxímetro).

Acto seguido, Cipollina entró al Jockey, mientras que el portafolio, con 10 mil pesos, partía apoyado en el estribo del automóvil. El taxista no advirtió que transportaba la valiosa carga. Cuando el empresario gastronómico salió a la calle en persecución del coche, ya era tarde.

Diez mil pesos era una cifra considerable. Quince días en Mar del Plata, en diciembre, con pasajes de tren ida y vuelta en primera clase y hotel de pensión completa, costaban $150. Un traje en Harrods, $70. Un sombrero ranchero, bien a la moda, $6. Con los diez mil pesos de la valija, uno podía comprarse siete hectáreas en la localidad de Morón. Un juego de cama completo (como el que vemos en el aviso) se pagaba $800. Los zapatos de hombre, tenían un valor aproximado de $15, similar precio que las botas de mujer. ¿Un cero kilómetro? Entre dos mil quinientos y cuatro mil quinientos pesos. Sin duda, el maletín contenía un tesoro más que atractivo. Y viajaba en el estribo de un auto cuyo valor era menor que el de su inesperada carga.

Sin nuevos pasajeros, el taxista se alejó del centro. Poco después de las ocho de una noche que comenzaba a asomar, el auto pasó por la esquina de Gaona (hoy Ángel Gallardo) e Hidalgo. El maletín de Cipollina cayó en la avenida, a metros de Antonio Sigimbosco (13 años), estudiante primario que trabajaba de canillita para costearse los estudios. El chico soltó los diarios, tomó el portafolio y empezó a correr. ¿En dirección a su casa por la calle Hidalgo? No, por Gaona, persiguiendo al taxi. Agotado por no poder alcanzarlo, frenó para descansar. Abrió el maletín, vio todos esos billetes, lo cerró y comenzó a correr. ¿Al taxi? No. ¿A su casa? Tampoco. Antonio salió disparado hacia la comisaría 11ª para contar lo que había ocurrido y entregarlo.

A través de una comunicación interna por telégrafo, las comisarías tomaron nota del hallazgo. El preocupado dueño del tesoro había denunciado la pérdida en la 1ª y desde allí le avisaron que había aparecido. A la medianoche ingresó a la comisaría 11ª, que en ese tiempo estaba frente al Parque Centenario. Recuperó la valija y agradeció a Antonio, hermano de Ofelia e hijo de Catalina, a quienes vemos en la foto junto al canillita. Cipollina le entregó su tarjeta personal y le pidió que fuera a verlo al Jockey Club, donde todo había empezado.

El lunes por la tarde, el joven acudió a la cita. Cipollina le dio un sobre con quinientos pesos en señal de agradecimiento. Por otra parte, las autoridades del Jockey Club le ofrecieron trabajo como ayudante del portero. Aclaremos que en aquel tiempo era habitual, y no estaba mal visto, sino todo lo contrario, que los niños trabajaran. Sigimbosco aceptó encantado.

La historia fue reproducida en los diarios de la época. También en la revista Billiken, quien lo premió con un reloj más una cadena de oro, y destacó su “ejemplar honradez”. A casi noventa años de aquellas jornadas, evocamos a Antonio Sigimbosco, el canillita que tuvo un tesoro en sus manos y lo devolvió.

Adiós, don Enrique

Enrique Mario Mayochi, maestro, periodista, historiador, se fue en la madrugada. Tenía 88 años. Consagró su vida al conocimiento de nuestra historia, sabio divulgador de las vidas de José de San Martín y Manuel Belgrano. Admirado por sus investigaciones sobre la ciudad de Buenos Aires. Recordado columnista del diario La Nación, donde también actuó como jefe del Archivo, editor de Cultura y Educación y pro secretario de Redacción. Se jubiló luego de 35 años ejerciendo el periodismo en este diario. Escritor de libros magníficos, entre ellos, la Historia del barrio de BelgranoPresencia de José Hernández en el periodismo argentino.

Miembro de varias academias: Nacional Sanmartiniana, Nacional de Periodismo, de Historia de la Ciudad de Buenos Aires, y de Ciencias y Artes de San Isidro. Fue presidente de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina. Participó en los institutos nacionales Belgraniano, Browniano y Argentino de Estudios Artiguistas. También presidió la Junta de Estudios Históricos del barrio porteño de Belgrano.

Antes de haber sumado todos esos galardones y muchos premios y distinciones culturales, fue Maestro Normal Nacional, Profesor en Letras y Director de la Escuela Nacional de Comercio Nº 8. Llevaba a los estudiantes en subte charter (porque los vagones se poblaban exclusivamente de los los chicos de la escuela) a recorrer la Plaza de Mayo y sus alrededores.

Lector, voraz, dedicaba la mañana al diario y luego pasaba a los libros. En menos de dos días, leía una obra de unas doscientas cincuenta páginas. Poseía una memoria envidiable. Y una generosidad inmensa. Quienes tuvimos el orgullo de tratarlo, hemos recibido lecciones inolvidables. Su lucidez, durante las charlas sobre temas de historia y política, causaba admiración. Bastaba hacer una nimia consulta y él reaccionaba con el mejor maestro. Nos ofrecía detalles y señalaba su cargada biblioteca, diciendo: “Traiga aquel libro, el tercero de la segundo estante”. Con el ejemplar en sus manos, como un mago lo abría en la página que deseaba buscar, tocaba un párrafo y, con una sonrisa, nos lo pasaba, mientras aclaraba: “Lea, ahí está la respuesta que busca”.

Vivió en la calle 11 de Septiembre, en el corazón del barrio de Belgrano. Y aún vivirá en sus libros y en la memoria de quienes lo conocimos y lo abrazamos, agradeciéndole, genial maestro, todo lo que nos ofreció. Un abrazo, don Enrique.

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José Gabriel Brochero, el ensillado

El atuendo lujoso lo incomodaba. La lluvia y la nieve no lo frenaban. Evitaba los discursos pocos comprensibles y empujaba a todos hacia el matrimonio. San José Gabriel del Rosario Brochero, el cura gaucho que predicó en las sierras de Córdoba, no pasaba desapercibido. Gracias a la generosidad de Ercilia Ruiz Moreno, reproducimos una semblanza que trazó su abuelo, Isidoro Ruiz Moreno, destacada personalidad de la cultura y la política de la primera mitad del siglo XX. Veamos cómo nos presenta al cura santificado:

“Era un sacerdote original y estimable. Nos conocimos cuando yo desempeñaba el Ministerio de Hacienda, Colonias y Obras Públicas de la Provincia de Córdoba; y me fue presentado y recomendado por el gobernador don José Vicente de Olmos, con quien aquél tenía tan grande amistad que se tuteaban. Fuimos amigos, y cada vez que iba a la capital de la Provincia, llevado por las exigencias de sus obras, me visitaba.

“El día que lo conocí, el gobernador, al presentármelo, me dijo: ‘Este es el famoso cura Brochero, que se lo pasa pidiendo plata. Si se descuida lo va a dejar sin dinero para pagar el presupuesto‘. Y guiñándome un ojo, agregó: ‘Ya le he dicho que se entienda con usted, en la seguridad de que no le va a dar ni medio’. Con esa guiñada el excelente gobernador Olmos me daba carta blanca.

“El cura, entonces, le dijo: ‘Mira, José Vicente, que con esas dádivas se salvarán muchas almas que podrían ir al infierno, como la tuya’. El hecho es que en lugar de los quinientos pesos que pedía para la puerta de la iglesia de Panaholma, le dimos el doble, pues tenía otros trabajos, entre ellos, un asilo en construcción.

“Era el verdadero cura de campaña, sin mayor instrucción, pero con gran conocimiento de las personas y una real intuición de la psicología popular, que utilizaba en el ejercicio de su ministerio. Dotado de una actividad sin límites, dedicó su vida al servicio de sus semejantes, con entusiasmo y abnegación ejemplares. A cualquier hora del día o noche que llamase a su puerta, el necesitado encontraba en la modesta casa de Brochero el auxilio espiritual o la ayuda material que requería. Muchas veces, lloviendo torrencialmente o nevando, salía a altas horas de la noche en su mula para llevar el consuelo de la fe al moribundo. Hizo que se casasen cientos de juntados; generalmente no cobraba derechos, y vivía de una escasa asignación y de la ayuda de sus parroquianos.

“Ocurrente y sutil, a la par manso y enérgico, Brochero se expresaba frecuentemente con estilo propio, un tanto chabacano, que al decir de algunos, exageraba. Entre otras, ha quedado el recuerdo de la imagen de la gracia de Dios, que explicaba a las gentes sencillas diciéndoles –para que lo comprendieran mejor– que podía alcanzar a todos, ‘como cuando una cabra bostea arriba de un horno’.

“Un día llegó a mi despacho muy preocupado y afligido. Me refirió que lo había designado canónigo de la Catedral de Córdoba y que esa tarde le darían la investidura de tal. Lo felicité, pero me manifestó que era demasiado honor para él, que no había podido rehusar, y temía que eso lo obligase a abandonar su curato. Le solicité que volviese después de la ceremonia; y así lo hizo, entrando todo agitado y diciéndome: Ya le dije, mi amigo, que eso no era para mí. Me han ensillado: me pusieron un apero casi completo: cincha, pretal y sobrecincha; no faltaba más que el bozal y las riendas’.”

Al relato de Ruiz Moreno debemos agregar que el legendario cura gaucho renunció al cargo y regresó a su parroquia. Murió en 1914, a la edad de 73 años, atacado por la lepra que se contagió visitando a los enfermos.

El tenis y sus historias

Además de casarse, Enrique VIII tenía otro pasatiempo: el tenis. La palabra tenis -que originalmente fue un juego de la realeza- proviene del grito que se hacía cuando la pelota era lanzada al sacar: “¡Tenez!” (voz de origen francés equivalente a “¡Ahí va!”, “¡Tenga!”). De todas maneras, no se trataba de un grito lanzado por el jugador, sino por el sirviente, quien además tenía que encargarse de lanzar la pelota al campo contrario para iniciar el juego. Ese es el motivo por el cual se le dice “servicio” al saque.

En la Argentina, este deporte empezó a practicarse entre ingleses, en el último cuarto del siglo XIX. La primera referencia corresponde a partidos disputados en el Rosario Cricket Club, en 1877. Cuatro años después, se fundó en Lomas de Zamora (sur del Gran Buenos Aires) el Lomas Cricket and Lawn Tennis Club (lawn significa césped).

En marzo de 1886 se llevó a cabo el primer torneo. Fue en la sede del Buenos Aires Cricket Club (estaba en Palermo, donde hoy se encuentra el Planetario). A esa altura, ya había tenistas en las provincias de Córdoba y Tucumán. En 1889 se creó el Quilmes Lawn Tennis Club. En 1892, fue el turno del Buenos Aires Lawn Tennis, cuyas canchas construyeron en una propiedad de Federico Leloir, ubicada en Vicente López y Ayacucho, en el barrio de Recoleta. En 1911 inició sus actividades el Santa Fe Lawn Tennis Club. En 1912, a veinte años de su fundación, el Buenos Aires Lawn Tennis ya contaba con quinientos socios. Al año siguiente, un nuevo grupo de entusiastas propuso crear un club “criollo” de tenis. Así nació el Argentino Lawn Tennis Club (hoy, Tenis Club Argentino), otra de las instituciones centenarias de nuestro país. También es de 1913 el Olivos Lawn Tennis Club.

En ese tiempo ya contaban con canchas el Hotel Edén, de La Falda, y varios clubes, entre ellos, el Belgrano Athletic Club, el Lawn Tennis Esperanza de Santa Fe, el Villa Devoto Lawn Tennis Club y el Villa Ballester Lawn Tennis Club. Otras de las grandes instituciones surgidas fueron el Mármol Lawn Tennis Club (1914), el Club de Deportes Discóbolo de Haedo (1916) y el Adrogué Tennis Club, que se fundó en 1919.

Aclaramos que la imagen que ilustra este posteo muestra a un grupo de jugadoras en el Buenos Aires Lawn Tennis, en 1930, lo cual nos permite recordar un torneo para damas que se llevó a cabo en 1908, en la Plaza Colón de Mar del Plata, frente a la playa Bristol. Como vemos, desde los comienzos se sumaron las mujeres a la práctica del deporte de las raquetas, que era el preferido de la actriz francesa Sarah Bernhardt.

Sin embargo, una nota publicada por el diario La Razón, en 1921, aseguraba que muchas señoritas se inscribían en los clubes de tenis para conseguir novio. Semejante comentario coincide con el año en que se conformó la Asociación Argentina de Lawn Tennis, entidad que nucleó a los primeros clubes del país.

Nuestro ingreso a la Copa Davis tuvo lugar en 1923, cuando el equipo argentino viajó a Ginebra para enfrentar a Suiza. Sólo conseguimos un punto de los cinco en juego. La primera victoria no se hizo esperar. Pero quien sí se hizo esperar fue uno de sus protagonistas, el tenista Enrique Obarrio. La historia es la siguiente:

Obarrio vivía en un campo en La Pampa y, como no tenía con quién jugar, solía practicar contra un frontón. Descolló en algunos tornos nacionales y fue convocado para la Copa Davis de 1926. Debía viajar en tren desde Metileo (al norte de La Pampa, cerca de General Pico) hasta Buenos Aires para abordar el barco que lo llevaría, junto con sus compañeros de equipo, a Barcelona. Pero un accidente ferroviario demoró su arribo y estuvo a punto de perder el trasatlántico. Gracias al buen ritmo y velocidad de sus piernas (solía correr en el campo para mantenerse en forma), llegó al puerto en el último minuto. Menos mal, porque fue uno de los hacedores del primer triunfo de los argentinos en la Davis. Vencimos a Hungría, 3 a 2. A partir de entonces, nos dedicamos a ganar y perder en el famoso torneo. A perder y ganar. Y ganar y ganar y ganar.

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