Colón y la hamaca

La flota de española que comandó Colón tuvo su primer contacto en América con los taínos. Esta gente conformaba una simple comunidad de las Antillas que venía siendo hostigada por los bravos caribes. Por ser la primera referencia en el continente, la cultura taína aportó muchos vocablos al español. Por ejemplo, al dios de la destrucción y la tempestad lo llamaba Uragán y los navegantes encontraron un término para definir a las tormentas más espantosas: huracán. Otra palabra taína es macana: se trataba de una arma que utilizaban los caribes, sus crueles vecinos, hecha con una gruesa vara de palma y que trajo algo más que un dolor de cabeza a varios.

Además heredamos de la cultura taína las siguientes palabras: bohío (una cabaña hecha con ramas), cacique (el que tiene vasallos en la tribu), carey (la tortuga y su córnea), caníbal (se llamó caríbal -por Caribe- al salvaje antropófago de las Antillas, luego se transformó en caníbal), canoa, caoba, ceibo, guayaba y guacamayo. También Haití, iguana, jagüel, Jamaica, maíz, maní, papagayo, papaya, ají, guasa (falta de gracia), piragua, sabana, tiburón y yuca son voces provenientes de los nativos que cruzaron las primeras palabras con los exploradores enviados por la corona española.

Pero el término que recibió la mayor bienvenida por parte de los navegantes fue, sin duda, hamaca. Porque para ellos significaba mucho más que una palabra nueva. Se trataba de uno de los grandes hallazgos realizados en aquel primer encuentro. Tengamos en cuenta que durante las travesías en alta mar, los marinos dormían en el piso o sobre un mueble, si es que no lo hacían tirados en un rincón de la cubierta (como explicamos en el post anterior).

El descubrimiento de la hamaca modificó para siempre la condiciones de vida durante la navegación porque a partir de ese momento, los marineros dormían suspendidos en el aire, seguramente maravillados al ver cómo un invento sencillo les resolvía un enorme problema.

Tomado de Historia de las Palabras, Editorial Sudamericana.
 

Tiburón, piragua y papagayo

Los nativos americanos de 1492 contaban con más de cien diferentes familias lingüísticas que dieron origen a unos dos mil lenguajes. Las culturas desarrolladas de América, la maya, la incaica y la azteca, poseían los idiomas más elaborados: el quechua -lengua del antiguo imperio de los Incas-, el maya-quiché de los mayas y el náhuatl de los aztecas.

La flota de Colón estableció su primer contacto con los taínos. Esta gente conformaba una simple comunidad de las Antillas que venía siendo hostigada por los bravos caribes. Por ser la primera referencia en el continente, la cultura taína aportó muchos vocablos al español. Por ejemplo, al dios de la destrucción y la tempestad lo llamaba Uragán y los navegantes encontraron un término para definir a las tormentas más espantosas: huracán. Otra palabra taína es macana: se trataba de una arma que utilizaban los caribes, sus crueles vecinos, hecha con una gruesa vara de palma y que trajo algo más que un dolor de cabeza a varios.

Además heredamos de la cultura taína las siguientes palabras: bohío (una cabaña hecha con ramas), cacique (el que tiene vasallos en la tribu), la mencionada canoa, carey (la tortuga y su córnea), caníbal (se llamó caríbal -por Caribe- al salvaje antropófago de las Antillas, luego se transformó en caníbal), caoba, ceibo, guayaba y guacamayo. También Haití, iguana, jagüel, Jamaica, maíz, maní, papagayo, papaya, ají, guasa (falta de gracia), piragua, sabana, tiburón y yuca son voces provenientes de los nativos que cruzaron las primeras palabras con los exploradores enviados por la corona española.

Pero el término que recibió la mayor bienvenida por parte de los navegantes fue, sin duda, hamaca. Porque para ellos significaba mucho más que una palabra nueva. Se trataba de uno de los grandes hallazgos realizados en aquel primer encuentro. Tengamos en cuenta que durante las travesías en alta mar, los marinos dormían en el piso o sobre un mueble, si es que no lo hacían tirados en un rincón de la cubierta. Las condiciones sanitarias eran deplorables en cualquier lugar que se echaran, ya que su cuerpo formaba parte del itinerario de las ratas y cucarachas embarcadas. Los navíos solo disponían de camarote para los capitanes.

El descubrimiento de la hamaca modificó para siempre la condiciones de vida durante la navegación porque a partir de ese momento, los marineros dormían suspendidos en el aire, seguramente maravillados al ver cómo un invento sencillo les resolvía un enorme problema.

Por qué hoy es el día del inventor

En la Argentina, el Día del Inventor se celebra el 29 de septiembre, por ser esta la fecha en que nació (en 1899, en Budapest) László József Bíró, un akarnok (buscavidas en húngaro) que intentó suerte en diversas actividades. Fue vendedor a domicilio, agente de bolsa, despachante de aduana, escultor, pintor, periodista, hipnotizador y hasta participó en carreras de autos. Aunque sin dudas, lo suyo eran los inventos.

Por ejemplo, ideó un precario sistema de caja automática, una cerradura inviolable y un lavarropas. En algunos casos, fue fundamental la participación de su hermano Georg, quien era químico. Durante su época de periodista, a Ladislao Biro (ese es su nombre castellanizado) se le ocurrió que debía encontrar la forma de que la tinta de las lapiceras se secara más rápido.

Los Biro lograron un solución líquida, muy adecuada para la escritura manual, aunque no del todo efectiva: la pluma se trababa por el espesor de la tinta. Hasta que en Budapest, Ladislao observó a chicos que se entretenían lanzando bolitas de vidrio para que rodaran lejos por el suelo, pero pasando por un charco de agua, de tal manera que trazaran una línea de agua en el piso seco, al salir del charco. La escena estaba mostrándole la resolución del problema. No debía utilizar una pluma metálica en la punta, sino una bolita.

En realidad, el sistema del bolígrafo ya había sido inventado en 1888, antes de que los Biro nacieran. De todas maneras, el mecanismo tenía fallas, entre ellas la falta de una tinta adaptable. Además, no se había comercializado. Laszlo Biro patentó su bolígrafo en 1938, tanto en Francia como en Hungría.

Los Biro se encontraban en Francia, donde por casualidad conocieron al ex presidente Agustín P. Justo. Cuando le contaron acerca de su invento, Justo les propuso que instalaran una fábrica en la Argentina y les entregó una tarjeta personal. Poco tiempo después Biro entabló relación con su compatriota Johann Georg Meyne, quien se integró a la sociedad de los hermanos aportando capital.

La reunión con Justo pudo haber sido una anécdota más. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial torció varios destinos, incluso el de Ladislao Biro, quien recordó el episodio con Justo y partió de Hungría rumbo a la Argentina, huyendo de la persecución nazi, junto a su hermano Georg y a su socio Meyne. Arribaron en mayo de 1940. El 10 de junio de 1943 patentaron en Buenos Aires su gran invento, que no era como el original, sino que había sido perfeccionado, ya que el tema de la tinta no había podido resolverse en forma completa.

La definición del producto, registrado bajo la patente 57.892, es “Instrumento para escribir a punta esférica loca”. Cuando les tocó bautizar a su lapicera, la llamaron birome, que significaba Biro y Meyne. Aunque debe reconocerse que en algún momento sintieron que había que rebautizarla esferográfica, por suerte, nombre que no prosperó.

(Este texto forma parte de mi libro, Historias de las Palabras)

Candidatos y togas

En la Antigua Roma, las togas eran un elemento de distinción. Ni los extranjeros ni los esclavos podían usarlas. Los colores y los adornos de la toga decían mucho acerca de quien la vestía. Era el caso de los aspirantes a las dos vacantes anuales para el altísimo cargo del consulado.

Estos hombres usaban una toga blanca, casi transparente. Tenía que ver con la tradición de mostrar las heridas del cuerpo como parámetro de valentía. Pero además, el blanco no era mate, sino brillante. Utilizando el latín, diríamos que el blanco que usaban no era el albus, sino el candĭdus (es fácil advertir la cualidad del brillo en otras palabras de la misma familia, como candelabro o candente). Por ese motivo, se le llamaba toga cándida.

El aspirante al consulado vestía toga cándida para mostrarse transparente, sincero, puro y brillante.

De esa figura simbólica surgió la palabra “candidato“.