Disturbios en la transmisión del mando (1928)

El sube-y-baja del poder es implacable. El 12 de octubre de 1916, Hipólito Yrigoyen asumió la presidencia de la Nación. Una multitud lo acompañó desde el Congreso hasta la Casa Rosada, donde Victorino de la Plaza le entregó el bastón de mando. Seis años más tarde, aguardaba en la semi vacía Casa de Gobierno la llegada de su sucesor, Marcelo Torcuato de Alvear, quien arribó en medio de una multitud que daba vivas al flamante presidente.

Junto con sus ministros, Yrigoyen se dirigió al Salón Blanco, donde recibió al nuevo mandatario y le entregó los atributos de poder. Le colocó mal la banda, pero pudo subsanarlo mientras lo acompañaba a la puerta.

Yrigoyen estrechó la mano de Alvear y se retiró de Balcarce 50. Caminó entre la masa convocada hasta alcanzar el auto que lo llevaría. No bien fue reconocido, lo ovacionaron. En la imagen que pertenece al Archivo General de la Nación y fue publicada en Buenos Aires en la mira, lo vemos confundido en la multitud. Se encuentra delante del auto que tiene el neumático de repuesto en el techo (lo hemos marcado con una x blanca). El sombrero no alcanza a tapar su ancha frente. A corta distancia, por delante y por detrás de don Hipólito, se advierten dos radicales con sus características boinas blancas. Tomó un tranvía rumbo a Palermo, dispuesto a pasear. La publicidad en el tranvía, Flor de Siria, promocionaba ese anís que era muy consumido en ese tiempo).

A las ocho de la noche, el flamante presidente tomó su auto y partió velozmente hacia el barrio de Constitución. Se presentó en casa de Yrigoyen: se había invitado a comer.

Seis años después, Alvear fue el encargado de recibirlo en la Casa Rosada y entregarle el bastón y la banda. El presidente saliente Alvear se encaminó hacia Paseo Colón. En el trayecto, un grupo de radicales yrigoyenistas le gritó “¡Traidor!” (no le perdonaban su pasividad cuando en el partido se creó la facción de los antipersonalistas). Poco dispuesto a tolerar los gritos, Alvear se fue encima del grupo, dispuesto a pelearse con todos. Hubo que sujetarlo y por ese motivo, se evitó lo que seguramente hubiera sido una batalla campal.

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Las mil y una vidas de Sax

Google ha decidido recordar la vida de Adolphe (ex Antoine) Sax en la portada de su buscador. Por ese motivo, aprovechamos para recrear un capítulo de Historia de las Palabras en donde contamos su historia:

Más allá de nuestras nacionalidades, de nuestra edad, posición económica, nuestros gustos e intereses, todos tenemos, en definitiva, un mismo objetivo: nos ocupamos de vivir. La excepción fue el pequeño Antoine Joseph Sax, quien dedicó su infancia a sobrevivir. Y no lo decimos solo por la elevada tasa de mortalidad en los nacimientos de los poco higiénicos primeros años del siglo XIX. Antoine Joseph llegó el 6 de noviembre de 1814, luego de un parto complicado que tuvo lugar en la ciudad de Dinant, en Bélgica. Su madre lo vio desde el primer día como una persona predestinada a una corta existencia.

Sus roces con la muerte comenzaron cuando aún estaba aprendiendo a gatear: cayó desde un tercer nivel y golpeó su cuerpo en una piedra. Desvanecido por el impacto, lo creyeron muerto. Nada que ver: ese era apenas el comienzo en la vida (mejor dicho, sobrevida) de A. J. Sax, quien con apenas tres años resolvió saciar su sed tomando todo el líquido de un vaso de agua que contenía un compuesto químico peligrosísimo. Este “fondo blanco” casi lo mata.

El pequeño Sax superó este escollo con enorme trabajo, sobre todo, visceral. Su próximo enfrentamiento con la muerte fue a los pocos meses, cuando se tragó un alfiler. Sí, a esta altura uno se pregunta si no debería haberse considerado la legitimidad de la tenencia de los hijos -once en total- depositada en mamá Sax. Sin embargo, ella tenía muy claro que no se trataba de cuidarlo más o menos que al resto. Con cierta resignación, decía acerca de su hijo: “Él es un niño condenado a la desgracia, no vivirá mucho”.

Semejante presagio iba acompañado de negligencias constantes: tres veces el jovencito Antoine estuvo a punto de morir asfixiado mientras dormía debido a la toxicidad de las ceras que empleaba su padre carpintero para barnizar los instrumentos musicales que fabricaba. Aunque, mirándolo en perspectiva, fueron incidentes menores si se los compara con el día en que el infortunado belga voló por los aires debido a una explosión de pólvora. Cayó encima de una olla donde se fundía hierro. Si hubiera caído adentro de la vasija, aquí terminaba este capítulo. Sax quedó encima del recipiente. Se quemó todo un costado del cuerpo y las marcas lo acompañaron toda su sobrevida. El permanente contacto del niño con la muerte era bien conocido en el barrio, donde pasó a ser denominado “el pequeño fantasma Sax”.

Nos mantenemos en Bélgica y el escenario nos muestra un puente en construcción que atraviesa un río. De repente, un adoquín se desprende y cae al vacío. ¿Es usted capaz de decirme la cabeza de quién atrajo al adoquín descontrolado? ¡Exacto! Tiene usted razón: era la cabeza de Antoine Joseph Sax. Perdió el conocimiento, cayó al río y fue rescatado en el último segundo posible. La madre insistía en que estaba condenado a la desgracia. Nosotros preferimos acudir a la alegoría de Eduardo Duahlde: Sax estaba condenado al éxito.

Mientras superaba todas estas pruebas, el pequeño fantasma colaboraba con su padre carpintero. Atraído por los instrumentos musicales que se elaboraban en el taller de su padre, optó por aprender a tocar la flauta traversa y tomar clases de canto. Su infancia, entonces, fue un compendio de actividades que incluía lecciones básicas de formación: escritura y lectura con un tío profesor, clases de canto y flauta, trabajos de carpintería y pulseadas con la muerte.

El espíritu del luthier estaba presente. A los 16 años diseñó nuevos modelos de flautas y clarinetes de marfil. Fue ahí cuando emergió su talento, heredado de su padre. Ambos dejaron de lado los muebles y concentraron fuerzas en el mundo de los instrumentos musicales de viento, sobre todo, de madera y metal.

De la castigada cabeza del joven, quien abandonó el Antoine Joseph para convertirse en Adolphe, surgieron nuevos diseños y, por lo tanto, nuevos sonidos. La complicación surgía a la hora de comerciarlos. La única forma de que un instrumento se hiciera popular era insertándolo en bandas militares y orquestas. A la vez, era necesario obtener algún tipo de difusión en la prensa para despertar el interés de los directores de las bandas y las orquestas. Nadie iba a comprar una flauta que no pudiera integrarse al conjunto. Con el tiempo, este ejercicio cotidiano de marketing le dio la experiencia suficiente a Adolphe Sax, quien encaró la fabricación de instrumentos muy diferentes de los habituales.

Creó el saxohorn (en español, bombardina), las saxtrombas, las saxtubas y su invento más preciado: el saxofón que nació en 1841. Por supuesto, Adolphe Sax se convirtió en el primer saxofonista de la historia. Su debut en un escenario, con el fin de promocionar el aparato, fue detrás de los telones de un teatro de Bruselas. Tocó un rato con el fin de interesar al público, pero los asistentes a la función no podían verlo, sino solo escucharlo. Esto se debía a que no quería revelar su identidad y menos aun, su diseño.

Entusiasmado por la aceptación del público, decidió trasladarse a París al año siguiente, 1842. En junio logró su primer objetivo: que un crítico de música dedicara unos minutos de su valioso tiempo a escuchar los sones del saxo. Ese hombre se llamaba Hector Berlioz y sus comentarios muy auspiciosos se esparcieron por Francia y Bélgica.

El próximo paso fue convencer a las autoridades militares de Francia de que había que reformar las bandas musicales. Se topó con la encendida oposición de los músicos que no querían abandonar las tradiciones. Todo terminó en un duelo público, en el Campo de Marte, el 22 de abril de 1845, cuarenta y cuatro años antes de que allí se construyera la torre Eiffel.

¿En qué consistía el duelo? De un lado, una banda tradicional; frente a ellos, los valientes músicos de Sax. Decimos valientes porque varios de los convocados desertaron a último momento, debido a que sentían que harían el ridículo. Sin embargo, esa tarde los parisinos ovacionaron a Sax y se aprobó la reforma musical, lo que en definitiva significaba la incorporación de nuevos sonidos y nuevos instrumentos, entre ellos, el saxofón.

En 1858, cuando el preciado saxo ya era reconocido por su peculiar sonido, se le diagnosticó cáncer de labio al músico inventor. ¿Perdió esta batalla? No: durante cinco años, un médico (los biógrafos de Sax aclaran “un médico negro”) le hizo un tratamiento a base de plantas de la India que lo curó por completo.

Recién el 7 de febrero de 1894, en París, pudo comprobarse que Adolphe Sax, el inventor del saxo, no era inmortal. El pequeño fantasma fue enterrado en el cementerio de Montmartre.

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Nombres de niños en 1814

El uso del santoral para denominar a un hijo fue una práctica muy habitual en tiempos de la Revolución y la Independencia. Fue el caso del presidente Faustino Valentín Sarmiento, quien nació en 1811, el día de San Valentín y fue bautizado el día de San Faustino, aunque en la casa lo llamaron Domingo, nombre que no figura en el registro de su bautismo. En otros casos, se llamaron igual que sus antepasados. Por ejemplo, el hijo de Mariano Moreno llevó el mismo nombre de su padre.

¿Cuáles eran los nombres que se usaban hace 200 años? Una revisión de los libros de bautismos de aquel tiempo nos ofrece una idea. Además de los clásicos Juan, José, Pedro, Manuel, Francisco, Luis, Santiago, Mariano, María, Pilar, Ana, Mercedes, Clara, Lucía, Inés, Dolores, Paula, Victoria y Magdalena, entre tantísimos otros, destacamos aquellos que ya no son de uso habitual.

Entre los hombres, mencionamos a: Fortunato, Pascual, Basilio, Atanasio, Apolinario, Dámaso, Isidro, Asencio, Evaristo, Dionisio, Venancio, Ventura, Casimiro, Hilario, Cecilio, Hermenegildo, Tirso, Eustaquio, Nepomuceno, Giocondo, Ulpiano, Eufrasio, Críspalo, Eusebio, Fulgencio, Gabino, Crisólogo, Custodio, Valerio, Cándido, Pantaleón, Genaro, Cesáreo, Doroteo, Celestino, Ciriaco, Nicasio, Gaspar, Loreto, Cirilo y Timoteo.

Entre las mujeres, citamos a: Bernardina, Tadea, Antonina, Petrona, Brígida, Gertrudis, Jacinta, Norberta, Ildefonsa, Vicenta, Lugarda, Consolación, Antolina, Tiburcia, Mauricia, Isidora, Eusebia, Casilda, Felipa, Saturnina, Benigna, Daría, Sinforosa, Bartola, Gerónima, María de la Cruz, Aulia, Josefa, María de las Nieves, Lorenza, Bernabela, Santos, Inocencia, Tránsito, Hermenegilda, Ruperta, Leandra, Polonia, Sebastiana, Resituta, Tomasa, Cornelia, Bartolina, Enrica, Olegaria, Úrsula, Pascuala, Silveria y Flora.

Algunos de estos nombres se mantienen en determinadas familias que van traspasándolos de generación en generación para mantener la tradición. Pero en la mayoría de los casos ya han perdido su lugar en la preferencia de los argentinos.

 

 

 

 

 

Sarmiento, la mujer y la ortografía

El 17 de octubre de 1843, Domingo Faustino Sarmiento presentó un polémico trabajo en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Sugería eliminar letras del abecedario y modificar la ortografía. ¿Cómo eran esos cambios que proponía? Podemos verlos en una carta que escribió en diciembre de ese año a su primo, Domingo Soriano Sarmiento, quien acababa de contraer matrimonio con Laura Salcedo.

La carta -que publicó por primera vez la revista Nosotros en noviembre de 1921- es elocuente respecto de la ortografía que proponía Sarmiento. Además, incluye curiosas revelaciones (algunas son anacrónicas) sobre sus ideas acerca del matrimonio. Aclaramos que el sanjuanino tenía 32 años al escribir esta carta y que aún no se había casado. Lo haría en 1847. Pasemos a la carta:

Señor Dn. Domingo S. Sarmiento

Santiago Diciembre 2 de 1843

Qerido tocayo:

Con el mayor plaser e sabido que se a casado U. con la prima Laura. Era esta una niña por qien tenía una predilecsión espesial, i no dudo que ara la felisidad de U. Rrecuerdo aora no sin lisonjearme de ello qe cuando nos bimos aqi le rrecomendé qe no abandonase esa familia, qe necesitaba de su apoyo. A llenado U [aquí, un par de palabras ilegibles] qe la naturalesa le imponía i qe lo rrecomienda mas a mi afecto. Esto no qita qe este un poco sentido de qe no me aya dado parte, después de ejecutado, para llenar esa formalidad de estilo.

Tentasiones me dan de predicarle un sermón sobre los deberes conyugales, i sobre sierta línea de conducta qe yo me propongo guardar cuando tenga mujer, porqe a de saber U. qe por peresa i por estar casi siempre mui ocupado no e salido a buscar una mujer de qe sábelo Dios, tengo suma nesesidad.

Bea U. sin embargo como miro yo el matrimonio.

No creo en la durasion del amor, qe se apaga con la posesión. Yo definiría esta pasión asi: un deseo por satisfaserse. Parta U. desde aora del prinsipio de qe no se amarán siempre. Cuide U. pues de cultibar el apresio de su mujer i de apresiarla por sus buenas calidades. Oiga U. esto, porqe es capital.

Su felisidad depende de la observansia de este presepto. No abuse de los goses del amor; no traspase los limites de la desensia; no haga a su esposa perder el pudor a fuersa de aserla prestarse a todo jenero de locuras. Cada nuebo gose es una ilusión perdida para siempre; cada fabor nuebo de la mujer es un pedaso qe se arranca al amor. Yo e agotado algunos amores i e concluido con mirar con rrepugnansia a mujeres apresiables qe no tenían a mis ojos mas defecto que aberme complasido demasiado. Los amores ilejítimos tienen eso de sabroso, qe siendo la mujer irtas independiente agijonea nuestros deseos con la rresistensia.

Deje a su mujer sierto grado de libertad en sus acsiones i no qiera qe todas las cosas las aga a medida del deseo de U. Una mujer es un ser aparte, qe tiene una ecsistensia distinta de la nuestra. Es una brutalidad aser de ella un apendise, una mano para rrealisar nuestros deseos.

Cuando rriñan i esto a de aber susedido antes de qe resiba esta, guárdese por Dios de insultarla. Mire qe e bisto cosas orribles: la primera palabra injuriosa qe la colera del momento sujiera deja una idea en el espíritu: si en la primera rriña le dise U. bruta; en la segunda le dirá infame, i en la quinta puta. Tenga U. cuidado con las rriñas i tiemble U. no por su mujer sino por la felisidad de toda su vida. En fin no qiero ablar mas de esto.

A otra cosa. Le rremito un ejemplar de la Memoria qe leí a la Unibersidad, i qe es causa de un alboroto de dos mil diablos en los diarios [se refiere al trabajo sobre la nueva ortografía]. Todabia sige. Le rremito asi mismo muchos de los escritos qe se an publicado, i mis defensas. Oi salen nuebos artículos mios qe no se los mando porqe son prinsipio de otros qe le segiran bien pronto. Mando a todos los diarios de America i dentro de algunos meses tendremos el tiroteo en todas partes i los elojios i los bituperios.

Me urjen porqe acabe i solo tengo tiempo para ablarle un poco de asuntos de dinero, del cual estoi in puribus [significa desnudo]. Se qe U. qiere comprar un piano de casa qe tiene en su poder. ¿Lo qiere por 100 pesos? Tómelo. ¿Le parese caro? Abisemelo i proponga el presio qe le paresca eqitatibo; esto qe sea pronto.

Démele un fuerte abraso a Laura.

A Dios pues.

Domingo F. Sarmiento.

Entregemele la inclusa al Señor Obispo i agamele una bisita cuando buelba de su escursion pastoral. Yo le escribiré con el primero qe baya.

El ciruja

A partir de la aparición de los basurales y de los cirujas, surgió de inmediato un mísero territorio que se conoció con el nombre de Barrio de las Ranas (en Amancio Alcorta, desde Cachí hasta Zavaleta). También le llamaban Barrio de las Latas porque todas las casas eran de chapa, o más bien, de lata. El lúgubre sub barrio llegó a contar con unos dos mil habitantes. Rana era el hábil, el astuto.

Un tango exquisito se gestó a partir de aquel submundo: “El Ciruja”, de Francisco Alfredo Marino, habla de un romance, un desplante y una pelea. La letra tiene algunas variaciones. Tomamos una muy recomendable versión de Luis Gardei:

Como con bronca, y junando
de rabo de ojo a un costado,
sus pasos ha encaminado
derecho pa’l arrabal.
Lo lleva el presentimiento
de que en aquel potrerito
no existe ya el bulincito
que era su único ideal.

Recordaba aquellas horas de garufa
cuando, minga, de laburo se pasaba,
meta punga hasta el codillo escolasaba
y en los burros se ligaba un metejón;
cuando no era tan junado por los tiras,
la lanceaba sin temer el manyamiento,
una moza lo enredaba con su cuento
y jugó con su pasión.

Era una piba papusa
que yugaba de quemera,
hija de una curandera,
mechera de profesión;
pero vivía engrupida
de un cafiolo vidalita
que le solfeaba la guita
que le chacaba al matón.

Frente a frente y dando muestras de coraje,
los dos guapos se trenzaron en el bajo,
y el ciruja que era listo para el tajo,
al cafiolo le cobró caro su amor.

Libre ya de la gayola y sin la mina,
carpeteando un cacho’e sol en la vedera,
piensa un rato en el amor de la quemera
y solloza en su dolor.

Este tango nos permite conocer un poco del lunfardo de comienzos de siglo. Mi interpretación sobre algunos de los vocablos es la siguiente:

-Junando de rabo de ojo a un costado: significa mirar a los costados moviendo los ojos, no la cara.
-Arrabal: se le decía a los barrios de la periferia, es decir, los que rodeaban a la ciudad.
-Las horas de garufa: eran las horas de diversión.
-Minga y de laburo se pasaba: “de laburo se pasaba” era pasar todo el tiempo trabajando, pero el minga previo indica todo lo contrario, es decir, jamás.
-Meta punga: si bien un punga es quien hurta, en este caso parece provenir de “meta y ponga”, que significa “hacer algo reiteradamente, sin detenerse”.
-Hasta el codillo escolaseaba: apostaba incluso cuando todo parecía indicar que no ganaría.
-En los burros se ligaba un metejón: en las carreras de caballos no podía dejar de apostar.
-Cuando no era tan junado por los tiras: cuando no tenía prontuario en la Policía.
-La lanceaba sin temer el manyamiento: lanceaba (hurtaba en la vía pública) sin temer el manyamiento (así llamaban a una revista que tenían los policías en servicio, y donde podían verse las fotos de los delincuentes para poder reconocerlos en la calle.
-Piba papusa: una joven muy linda.
-Que yugaba de quemera: que tenía el difícil trabajo de recolectora en la Quema.
-Mechera: ladrona de tiendas, que roba mercadería y la pone entre su ropa.
-Cafiolo vidalita: ambas palabras definen a los explotadores de mujeres.
-Solfear la guita: robar el dinero.
-Que le chacaba al matón: que le hurtaba a un pendenciero.

Brevísima historia del matrimonio

En tiempos de la conquista de América, si un español quería casarse en el nuevo continente, debía valerse de las normas dictadas por la Iglesia (en el Concilio de Trento) y el Estado (las Partidas de Alfonso el Sabio). El problema era que estas últimas normas no consideraban la unión con las nativas americanas. Por eso, Fernando el Católico autorizó en 1514 el matrimonio entre españoles e indios (manteniendo el límite de edad establecido por las Partidas: 14 años para los varones y 12 para las mujeres).

No todos podían formar una familia en tierras americanas. Por ejemplos, estaban prohibidas las uniones entre indios y negros. Esta norma no apagó las pasiones y en Buenos Aires tuvimos, en 1790, un caso “Camila O’Gorman” entre la mulata Manuela Rosalinda (26 años) y el indio José Valentín Salazar (25). Huyeron hasta que fueron capturados en Pilar. No los ejecutaron, pero ambos recibieron penas y él fue alejado de la ciudad.

Tampoco podían casarse los funcionarios representantes ejecutivos de la corona española, ni los jueces. En este último caso se consideraba que, al contraer matrimonio con una dama de la sociedad en donde impartía justicia, se corría el peligro de recibir presiones. Aquí también tuvimos una historia de amor truncada. La protagonizó el primer virrey del Río de la Plata y gobernante ejemplar, don Pedro de Cevallos, quien se enamoró de la porteña María Luisa Pinto. En este caso, el desenlace tuvo los condimentos novelescos, ya que Cevallos renunció a su cargo, partió a España a solicitar el permiso real para casarse y murió envenenado antes de llegar a la corte. En Buenos Aires, María Luisa daba a luz a Pedrito Cevallos, quien terminó peleando en las filas de Güemes.

El 23 de marzo de 1776 -meses antes de que Cevallos se enamorara- se estableció la obligación del permiso paterno para que pudiera llevarse a cabo la boda. Hasta ese momento, los padres solían interceder en las uniones que no aprobaban acudiendo a la justicia, donde intentaban probar que existía algún impedimento. Esta norma facilitó el trámite a los suegros disconformes.

Mariquita Sánchez escribió que en su juventud eran comunes los casos en que el padre arreglaba el casamiento de su hija, quien se enteraba apenas cuatro o cinco día antes de que se concretara. Ella misma protagonizó uno de los grandes escándalos sociales cuando durante la fiesta de esponsales (o de compromiso) dada en su casona, con apenas 14 años se negó a aceptar el candidato que su padre había elegido para yerno. Aclaremos que ella estaba enamorada del joven Martín Thompson y su padre pretendía casarla con un señor de 36 años mayor que ella. La justicia virreinal tomó parte y, luego de tres años de expedientes se dictaminó que podría concretar su casamiento.

Es necesario aclarar que la fiesta de esponsales solía tener más brillo social que el festejo del casamiento. Se consideraba que luego de una fiesta de compromiso estaba todo dicho y muchos padres ya no actuaban como perros guardianes de la hija que ya había pasado por el trámite de los esponsales (de paso, aclaramos que las palabra esposos proviene de los esponsales). A partir de la fiesta de compromiso, el plazo para que el novio concretara la boda era de dos años. Si no cumplía, podía ser obligado a pagar una dote o también a casarse por la fuerza. Incluso podía ser encarcelado por inclumplidor.

El próximo gran cambio definitivo fue la Ley de Matrimonio Civil de 1888. Generó fuertes polémicas y hubo matrimonios que apuraron su casamiento (por ejemplo, los padres de Florencio Molina Campos) para hacerlo solo por iglesia un día antes de que entrara en vigencia, como una forma de protesta ante el nuevo sistema. Luego llegaría la también controvertida Ley de Divorcio Vincular, de 1987. Aquel fue el último mojón antes de la sanción de la Ley de Matrimonio entre personas del mismo sexo.

Origen del nombre Argentina

Luego de cumplir funciones en Asunción, Cochabamba, Lima y Tucumán, entre otras, arribó a Buenos Aires en 1593 el sacerdote Martín del Barco Centenera para asumir como el máximo representante de la Iglesia local. Era un hombre de copas tomar. En sus encuentros con el alcohol, casi siempre ganaba el vino; y si empataban, igual Martín perdía en los penales. Fue procesado por emborracharse en lugares públicos, dar espectáculos “abrazándose a botas de vino”, andar vociferando relaciones prohibidas y también por dedicarse al comercio.

Expulsado de América por sus atropellos, regresó a Europa en 1596. Allí escribió el poema titulado “Argentina” que dio origen al nombre de nuestro país. La intención de Centenera fue darle un nombre poético a su obra referida al territorio del Río de la Plata y el Paraná. Se decidió por Argentina debido a que el argentum es la forma latina de mencionar el mineral que hoy llamamos plata. En sus descripciones del Plata menciona sirenas cantantes, ciudades sumergidas en lagunas, peces anfibios que perseguían mujeres y mariposas que se transformaban en ratones.

El hombre que inventó el nombre de nuestro país, murió a los 67 años, en 1602, el mismo año en que se publicó su obra.

Dos siglos después, en 1808, Vicente López y Planes volvió a usar la palabra Argentina en un nuevo poema que cantaba loas a nuestros héroes en las invasiones inglesas. Fue su primera obra reconocida y se llamó “El Triunfo Argentino, Poema Heroico”. Durante años estos versos se leyeron en las tertulias de Buenos Aires.

A partir de 1826, los sucesivos gobiernos emplearon el nombre con mayor o menor formalidad hasta que en 1860 el presidente Santiago Derqui decretó la utilización de “República Argentina” en forma oficial y definitiva.

 

No hubo escarapelas en 1810

Uno de los grandes mitos de la historia argentina es el de las escarapelas. Suelen relacionarse con la Semana de Mayo, pero es apenas una cadena de confusiones. Las escarapelas eran distintivos de los ejércitos. Las usaban en los morriones del uniforme y servían para distinguir, en medio del combate, a compañeros de enemigos. Por lo tanto, creer que se repartieron a los vecinos es tan disparatado como sería que los French y Beruti de hoy repartieran distintivos del Comando de la 3ra División de Ejército entre los civiles que estuvieran en la histórica Plaza.

Es muy curioso el origen de la palabra escarapela, ya que se trata de una pelea entre mujeres. Primero debemos aclarar que el término pelea surgió de “tomarse de los pelos”. Escarapela se denominaba al enfrentamiento entre dos personas que se arañaban y se tiraban de los pelos. Hay un término muy similar, escaramuza, que también implica los arañazos característicos de una pelea entre mujeres. A la cicatriz que les quedaba en la cara también se le llamaba escarapela. Y de allí derivó para transformarse en el nombre del distintivo que usaron los ejércitos.

French y Beruti, entonces, no repartieron escarapelas. En todo caso, distribuyeron cintas. Pero si lo hicieron, no eran celestes y blancas. Las celestes y blancas aparecieron recién -como distintivo- en marzo de 1811. Son los colores que eligió la Sociedad Patriótica (los morenistas) y recién fueron exhibidas en la Plaza de Mayo en 1811, durante la Asonada del 5 y 6 de abril. Esos dos días alcanzó su punto máximo el enfrentamiento entre saavedristas y morenistas. French, Beruti y sus seguidores, comprometidos con la Sociedad Patriótica, las usaron en aquellas jornadas.

 

 

El sufrido origen de la palabra trabajo

En la Antigua Roma, el término que definía al trabajo era laborare, que significaba labrar, arar la tierra. Puede uno caer en la trampa de creer que la palabra trabajo (en el sentido de tarea) ya existía en tiempo de los griegos debido a los mitológicos “Doce trabajos de Hércules”. Sin embargo, esa expresión se refiere a padecimientos y veremos cómo ha surgido:

Continuamos en la Antigua Roma, donde los esclavos que no obedecían las órdenes eran castigados mediante el sistema que se llamaba tripalium, es decir, de los tres palos. Este tormento consistía en asegurar al rebelde a tres palos, como en un cepo, y azotarlo. De allí surgió la palabra tripaliare que significaba “sufrir el tormento de los tres palos”.

Como vemos, para los romanos tripaliare era sinónimo de sufrimiento. La castellanización se dio en la Edad Media, cuando se empleó trevallar en el mismo sentido: del latín tripaliare (padecer el tormento de los tres palos) se pasó al castellano trevallar (tres vallas o tres estacas). Si hablaban de trevallo de parto, se referían al dolor, al sufrimiento que provocaba.

De trevallar se pasó a treballar y luego a trabajar. Este verbo sinónimo de padecimiento se aplicó más tarde en forma figurativa a las tareas que demandaban esfuerzo para luego generalizar a todas las actividades rentadas. Por lo tanto, en los comienzos de la Edad Media, el Día del Trabajador hubiera sido el “Día del que sufre“.

Quién fue el primer hincha

Durante décadas, el fútbol rioplatense fue asunto de ingleses. Lo practicaban con el clásico estilo formal, que acostumbraban tener para los demás deportes importados de su tierra, como el rugby, el softbol, el hockey, el golf o el polo.

El público que asistía a los encuentros mantenía una postura demasiado formal, en silencio. Las manifestaciones no pasaban de una exclamación o el aplauso, ante un gol, sea de uno o del otro equipo. Por eso llamó la atención de todos, a comienzos del siglo XX, la actitud del utilero de Nacional de Montevideo.

Prudencio Miguel Reyes era un robusto paisano de oficio talabartero que había sido contratado por el club para actuar como utilero. Una de sus actividades principales consistía en inflar la pelota de fútbol. Esta tarea se llevaba a cabo con rudimentarios infladores que requerían cierto esfuerzo físico y que, en aquel tiempo, se llamaban hinchadores. En realidad, al utilero se le llamaba hinchador. Por lo tanto, Prudencio Miguel Reyes era para todos, el hinchador de Nacional.

Al circunspecto público que asistía a los partidos de fútbol en el 1900 le resultaba extraño que Prudencio se paseara de punta a punta, al borde de la cancha, alentando a los jugadores, lanzando gritos con su vozarrón y generando un clima festivo que, hasta entonces, no se había visto. Se hizo famoso. El hinchador de Nacional ya formaba parte del espectáculo. A partir de su entusiasta participación, el aliento en el fútbol cambió. Incluso contagió a otros deportes. Reyes, el hinchador de Nacional, generó una palabra que hoy usamos a diario. Nos referimos al hincha, y también a la hinchada.