Polémica por los ciclistas (1938)

La imagen nos traslada a la calle Florida, en el año 1900. En el centro de la escena, un ciclista. Los llamaban velocipedistas. Casi cuarenta años después el nombre quedó en desuso, pero se habían multiplicado por el país de una manera llamativa.

Existía cierta preocupación en las ciudades argentinas por el aumento de los ciclistas y la libertad con que circulaban. Esa inquietud general fue reflejada en una nota que publicó El Gráfico en 1938, donde, entre otras cosas, contaba que los policías cobraban multa a los ciclistas que no conservaban la izquierda, no llevaban luz cuando marchaban de noche o no tenían timbre o cascabel. El cascabel producía un sonido particular, al punto que el periodista sostenía que los autos tan silenciosos de ese tiempo deberían llevar un collar de cascabeles para que su presencia fuera advertida.

En esa misma nota, El Gráfico publicó un decálogo del ciclista, que decía:

  1. Para su propia seguridad cumpla estrictamente con todas las disposiciones de tráfico. Respete para que lo respeten.
  2. Por las noches, lleve luz delantera y trasera, y si es posible vista con prendas claras, para que lo distingan a la distancia.
  3. No se aventure a velocidad en los cruces de calles o caminos.
  4. Yendo varios ciclistas, marchen de uno en fondo, por la izquierda.
  5. Recuerde que los días de humedad los frenos exteriores fallan.
  6. Hasta no lograr dominio sobre la bicicleta, eluda las arterias de mucho tránsito, y cuando logre ese dominio, no confíe con exceso.
  7. No lleve ningún chico sentado adelante, sobre el manubrio, porque en caso de accidente es de sumo peligro para la criatura y usted, ya que el pasajero le impide maniobrar con facilidad.
  8. No se agarre a ningún vehículo para que lo remolque, ni vaya corriendo detrás, aprovechando el tren que le hace el vehículo.
  9. No ande por las veredas.
  10. Haga del ciclismo un placer y no un riesgo.

El precio de venta de las bicicletas de 1938 iba en aumento: en esos días se hablaba de un nuevo impuesto de cinco pesos que se sumaba a las más de veinte tasas aduaneras. Sin embargo, estaban convirtiéndose en un medio masivo para trasladarse dentro de las crecientes ciudades argentinas. Y como todo medio de transporte, causaba dolores de cabeza a más de uno, pero era la respuesta social a los nuevos desafíos que planteaba la modernidad.

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15 consejos para ir a bailar en 1945

En 1938, Editorial Sopena Argentina inició la colección denominada: “Biblioteca de la Mujer Moderna”. Uno de los libros se llamó “Nuevas normas sociales” y contenía: “Reglas de educación. Cómo comportarse en los acontecimientos íntimos. La vida social y sus obligaciones. Normas para cada uno de los miembros de la familia. Consejos morales”.

Tuvo muy buena repercusión y en octubre de 1945 se lanzó una tercera edición con algunas modificaciones post Guerra Mundial. En este caso, conoceremos cómo había que  manejarse en los bailes que, según el manual, “son las reuniones que permiten con mayor frecuencia los conocimientos ocasionales”. Los consejos son los siguientes:

1. La conducta más lógica en toda reunión, con respecto al hombre, consiste en que atienda más a las otras damas, casadas o solteras, que a su propia esposa, cuya atención queda liberada a otro caballero, con lo cual todos colaboran recíprocamente a la mayor animación de la fiesta. En consecuencia, los esposos no deben bailar juntos con mucha frecuencia, pues tal comportamiento sería incorrecto, por infringir las leyes de la sociabilidad.

2. Por lo demás, para evitar ese exclusivismo, la dama casada bailará con todos, al igual que las solteras, aunque eligiendo bien sus compañeros, salvo que poderosos motivos la decidieran a no acceder a la invitación de una persona determinada. Su mayor preocupación consistirá, por otra parte, en no exponerse demasiado a los comentarios alardeando de su belleza o de su coquetería.

3. Todo caballero se halla autorizado a dejar a su ocasional compañera de baile, por un rato, si ha de cumplir un compromiso con otra dama.

4. Una dama invitada a bailar por un caballero que no ha sido presentado, si éste no le agrada como compañero, puede eludir el compromiso aduciendo fatiga, malestar o otra causa momentánea, pues negarse sin justificar tal actitud obligaría a abstenerse de danzar en el resto de la reunión para evitar que se sientan heridos los que sufrieron su negativa.

5. Además, al negarse a bailar una pieza, una dama no debe aceptar la invitación de otro caballero, aunque se haya excusado en el cansancio, lo que expresara sonriendo. En tales casos, el caballero no debe insistir para solicitar la siguiente; pero, después de algunas piezas puede invitarla nuevamente y, si nuevamente le es adversa la respuesta, no volverá a hacerlo con esa dama.

6. Constituye un deber de todo invitado sacar a bailar, una vez cuando menos, a la dueña de casa o a una de sus hijas, si a que ella estuviese imposibilitada por su edad.

7. La dama que, equivocada o distraídamente, concediese la misma pieza a dos caballeros, no debe bailarla, pues su acción ofendería ambos o uno de ellos, pues verían lastimado su derecho. En una ocasión de tal naturaleza se pierde sencillamente la pieza, a menos que uno de los favorecidos ceda espontánea y galante mente al segundo la prioridad.

8. Los familiares de los dueños de casa bailan en todo momento con las que sean menos solicitadas. En cuanto a sus hijas, gozan de toda libertad para bailar cuanto apetezcan, aunque sin descuidar la atención que deben a sus amigas.

9. Ninguna joven debe demostrarse demasiado aguda mirando fijamente a su compañero de baile, ni parecer tan tímida que sufran su cultura y su don de gentes. En cambio, puede también acontecer que sea el caballero de una timidez excesiva. En tal caso, tomará la joven la iniciativa de la conversación.

10. Toda demostración de inmoderada coquetería, de escepticismo o indiferencia, o una actitud demasiado arrogante que impida el cambio de palabras con el compañero, son poco correctas y dan margen a que, por el ansia de lucirse o de parecer más elevada, sea una joven juzgada adversamente.

11. En los bailes de grandes proporciones suelen las damas anotar las piezas que conceden. Negar entonces una pieza concedida o transferirla constituye un desaire tan grave como el que cometería el caballero que no se presenta a reclamar la pieza que le fue acordada. Con todo, este último caso puede ser originado por las dificultades que, dado el gran número de parejas, logren impedir al caballero llegar hasta su ocasional compañera, aunque es su deber el prevenir tan embarazosa situación.

12. La joven, por su parte, esperará su llegada, pues si se apresurara a bailar otro podría desayunar al primero, que instantes después no le encontraría a su disposición. Tal conducta podría acreditarse de ligereza en la joven en desmedro de su prestigio y de su buen nombre.

13. No es posible aprobar la costumbre de bailar aunque no se sepa, pues no se va a un baile a hacer el aprendizaje de la danza, lo que es a todos molesto y causa de vergüenza, aunque el hecho de no saber bailar no sea en sí censurable.

14. Soltura, facilidad y sencillez son las cualidades que se deben reunir para desempeñarse airosamente en esta clase de fiestas. Evítese, además, todo paso nuevo o cortado que desoriente a la compañera y quizás la ponga en ridículo. Además se ha de procurar constantemente no pisarla ni molestarla con posturas inconvenientes.

15. Un caballero pasará por alto el pisotón que reciba de una dama, que es en ellas más perdonable; por lo demás, tal accidente le hará comprender el deplorable sentimiento que causaría si fuera él quien lo provocase.

Por lo general, estos manuales eran muy populares y sus consejos se tomaban al pie de la letra. Eran tiempos de grandes orquestas que interpretaban jazz, foxtrot, blues, swing y tango.

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Despedidas de soltero en 1956

El libro CORTESÍA y buenos modales de María Adela Oyuela, escrito en 1956, ofrece consejos de cómo se debía actuar en una salida. Aquí, nos cuenta cómo conducirse en una despedida de soltero.

Enterados de la fecha fijada para el casamiento de un amigo, los jóvenes y las niñas más allegadas organizan las llamadas “despedidas de soltero”.

Los amigos íntimos del novio le solicitan una lista de las relaciones a las que se sienta más estrechamente vinculado por razones de edad condición y actividades, con el objeto de ofrecerle una comida. Una vez que se los haya consultado por teléfono para asegurarse su asistencia, se formalizarán los detalles restantes. La fecha, el lugar (restaurante, club, etc.), la hora y el precio del cubierto deben establecerse antes de hacer los llamados telefónicos, ya que conviene informar de todo en una sola oportunidad, para simplificar la tarea.

Lo único que justifica una negativa a este tipo de invitación es un impedimento muy grave, pues cualquier pretexto que en otra oportunidad podría ser válido, no sirve en este caso de excusa legítima.

- Despedidas entre amigos. En las despedidas de soltero imperan por tradición el buen humor y la alegría. Los discursos son de tono festivo y humorístico; pero dada la juventud de los concurrentes y el abuso de las bebidas suele ocurrir que el clima en que se desarrolla la reunión vaya caldeándose poco a poco hasta hacerla degenerar a veces en un exponente lamentable de falta de urbanidad y grosería, que habla muy mal de sus participantes.

Es de rigor, pues, controlarse lo suficiente sin que ello signifique caer en el estiramiento. Sobre todo, se tratará de evitar cualquier exceso en las bromas y expresiones para poder disfrutar un rato de feliz comunicación con el agasajado, sin salirse de los límites correctos.

Como dijimos, una comida es lo más indicado para despedir a un joven de su vida de soltero. En ella, se acostumbra adornar la mesa con un centro de flores que luego se envía a la novia.

- Despedidas entre amigas. Estas difieren en muchos aspectos de las anteriores. En primer lugar, es lógico que la reunión tenga un tono de sentimentalismo ausente en la despedida de soltero de un joven. Las mujeres sienten con más profundidad el cambio de vida que van enfrentar, y las amigas solteras tienen la sensación de que verdaderamente su compañera las abandona.

Semejante aprehensión carece de realidad, ya que las amistades auténticas, si bien sufren un momentáneo eclipse en el período de la luna de miel, se reanudan con el mismo afecto intimidad, cuando la vida de la recién casada entra en la tapa de normalidad subsiguiente al viaje de bodas.

Las jóvenes amigas “despiden” a la novia, generalmente ofreciéndole un té o un cóctel. Por lo general se reúnen en una confitería, siendo llamadas a concurrir todas ellas y sus parientas jóvenes, sean o no solteras. Al retirarse de la confitería o lugar elegido regalan a la novia un ramo de flores.

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El pañuelo criollo

Una reciente edición de “Pilchas criollas”, el libro que publicó Fernando O. Assunçao en 1975, con ilustraciones de Federico Reilly, nos invita a abordar un aspecto del mundo del gaucho a través del tiempo. Nos referimos al pañuelo, prenda indispensable de su atuendo. Al respecto, Assunçao escribió:

Repetidamente en nuestras propias observaciones o en las transcripciones y citas de documentos y viajeros nos hemos referido al uso, por parte de nuestros hombres de campo, de un gran pañuelo (cuadrado de 75 a 85 centímetros de lado), estampado o liso, de seda u otra tela liviana, llamado, en el primer caso “pañuelo de hierbas”, siempre de colores muy vivos: rojo, azul-cielo, verde, amarillo, blanco.

Este pañuelo tenía varios usos. Generalmente colocado sobre la cabeza, atado a ésta, a la marinera o corsaria o anudado bajo el mentón, serenero, siempre bajo el sombrero, o como vincha para sujetar las largas guedejas [es decir, largas cabelleras]. En el primer caso hacía las veces del gorro o red, que el hombre de pueblo, rural o urbano, español, gastaba para mantener sujetos, cubiertos y protegidos del polvo y el sol y, si se quiere, ordenados, los cabellos, peinados generalmente con una trenza o coleta atrás, cuyo largo variaba de acuerdo a la longitud de aquéllos.

Este modo de usarlo es herencia tanto de los marinos como de los campesinos peninsulares.

El otro modo de uso, de herencia también campesina con reminiscencias árabes, protege cabeza, mejillas y nuca del sol durante el día, y, a las orejas, del rocío y el frío en las madrugadas y atardeceres; también de la lluvia, el viento y el frío invernales. Siempre del polvo.

En ambos casos, cuando no se trataba de hacer largas marchas que era cuando se llevaba de “serenero”, o de realizar duras faenas a caballo (boleadas, enlazadas, desjarretamientos) o en la guerra o en el duelo, o en faenas y cuadreras (que era cuando se le colocaba a la marinera o como vincha) el pañuelo se dejaba caer, simplemente, alrededor del cuello cubriendo hombros y espalda como un simple adorno, para el paseo, la pulpería, o el bailongo de candil, o en faenas a pie, yerra, etc., para atajar el sudor del rostro y enjugárselo. Puesto así al cuello se le dio en llamar de golilla o golilla, pues equivalía al gran cuello clásico español, plano y ancho, blanco y almidonado, de uso desde fines del siglo XVII, entre los militares, alcaldes, cabildantes, noble y burgués [...]

Un viajero inglés, en época bastante posterior a la que nos ocupa, nos dejó no obstante, una fiel descripción del modo de llevar el pañuelo nuestros gauchos. Se trata de Thomas Woodbine Hinchliff (Viaje al Plata en 1861, Ed. Hachette, Buenos Aires, 1955), que se expresa así (cap. XI, pág. 242): “Con todo, yo anduve varias veces a caballo, a punto de las doce, y en los días más calurosos, sin sentir ninguna molestia, para lo cual me arreglé la cabeza a la moda gaucha, que consiste sencillamente en doblar diagonalmente un pañuelo y atarlo flojo bajo la barbilla, dejando las otras puntas que cuelguen sobre la nuca. Encima se pone el sombrero, y el pañuelo, al moverse con la brisa, produce un aire fresco muy agradable”.

“Pichas criollas” (Editorial Claridad) repasa la vestimenta del hombre de campo, los recursos femeninos y las costumbres en la nada monótona vida rural. Fernando Assunçao nació en Montevideo, en 1931. Murió hace diez años, en mayo de 2006.

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Buenos Aires en 1954

El proyecto Prisma rescata archivos audiovisuales y sonoros, principalmente de Radio Nacional y de Canal 7. Gracias a la atenta búsqueda de Eloy Martin y de Abel Alexander (de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía), ha llegado a nuestro conocimiento “Buenos Aires en relieve” que nos permite pasear por la ciudad hace 62 años. Dirigida por los hermanos Jorge y Luis Napoléon “Don Napy” Duclout (hijos del ingeniero que gestionó la visita de Einstein a la Argentina), la vista cuenta con la locución del legendario Jaime Font Saravia.

La filmación tiene enorme valor documental. Pero, a su vez, la locución permite recordar de qué manera se subrayaba el peso político del Poder Ejecutivo, a través del sistema denominado propaganda. Bienvenidos a este viaje porteño de 1954.

 

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¿Adónde va a dormir Obama?

En 1910, el presidente electo Roque Sáenz Peña le ofreció ocupar el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores a Ernesto Mauricio Carlos del Corazón de Jesús Bosch Peña, quien ocupaba un cargo diplomático en París. El hombre aceptó y regresó a Buenos Aires con su mujer, Elisa de Alvear.

Juntos concibieron la idea de construirse una mansión que les recordara su vida parisina. Resolvieron que fuera en la zona de Palermo (en las actuales Libertador y Kennedy), frente al Parque 3 de Febrero, donde ya estaban el Jardín Zoológico, el Jardín Botánico, la Rural, el futuro campo de Polo (en ese entonces era un club deportivo de diversas actividades) y el Hipódromo. La zona tenía mucha actividad social, pero casi no había residencias.

Contrató los servicios del arquitecto de moda, el exquisito francés René Sergent, quien terminaría ocupándose de los palacios de otros Alvear: además del Bosch, el Errázuriz (de Matías Errázuriz y Josefina Alvear) y el Sans Souci (de Elvira Alvear). Con la ejecución de arquitectos argentinos, Sergent ideó todo esto sin moverse de Europa.

La construcción del Palacio Bosch se inició en 1911 y su inauguración oficial se realizó el 6 de septiembre de 1918, durante el baile de presentación en sociedad de María Elisa Bosch Alvear, hija mayor del matrimonio. Fue la introducción en sociedad de Elisita, pero también fue la presentación del palacio. Era la primera vez que en una mansión se encargaba la construcción de un salón adaptado a las necesidades de los bailarines. Dijo La Nación: “Destinada especialmente para el baile, la sala no ostenta otro adorno que largas banquetas y taburetes tapizados en brocatos ‘vieux rose’ y oro y un gran piano de cola”.

A partir de la construcción del Palacio Bosch, Palermo comenzó a transformarse en uno de los lugares más exclusivos de Buenos Aires.

En la mansión de Elisa Alvear y Ernesto Bosch se hicieron grandes fiestas, para agasajar a extranjeros, para presentar en sociedad a otras dos hijas –Teodolina y Teresa– y para convidar a los amigos y parientes que luego de dar unas vueltitas por el parque de Palermo y el Rosedal, paraban a tomar un copetín antes de emprender el regreso al centro.

Elisa de Alvear estaba encantada con su espléndida casa. Pero apareció en escena  Robert Woods Bliss, embajador de Estados Unidos. Acotemos que Bliss, junto con su mujer, Mildred Barnes, establecieron el Instituto Cultural Argentino Norteamericano (ICANA), entre muchas otras iniciativas.

En 1928, visitó la Argentina el presidente electo de Estados Unidos, Herbert Hoover. Por falta de una residencia propia, Hoover fue alojado en el Palacio Noel (Suipacha y Libertador, actual sede del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco). Luego de la visita, el gobierno norteamericano le encomendó a míster Bliss la misión de comprar una casa para que fuera la residencia de los embajadores de su país.

En varias oportunidades, el señor Bliss le manifestó a Ernesto Bosch su interés por el palacio, pero el argentino no tenía ninguna intención de desprenderse de él. Ante la insistencia de Bliss, Bosch le dijo que se la vendía por algo más de dos millones de pesos, un valor que excedía en más de un millón cualquier tasación seria. Para Bosch, esa era una manera elegante de dar por terminado el asunto. No esperaba que un par de semanas después, Bliss le comunicara que aceptaban la oferta.

Contrariado, pero dispuesto a mantener su palabra, Bosch anunció en su casa que se mudaría. Elisa estaba furiosa. El matrimonio se mudó a un palacio en Montevideo y Quintana (Recoleta). Con todas las comodidades, por supuesto. Pero no era lo mismo.

Desde 1929, el palacio Bosch es la residencia de los embajadores de los Estados Unidos.

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Destino Barolo

Ya hace tiempo que un grupo de hermanos vienen organizando interesantes visitas guiadas a uno de los edificios emblemáticos de Buenos Aires, el Palacio Barolo, situado en Avenida de Mayo 1370. Habrá que agradecerle por siempre al empresario agropecuario piamontés Luis Barolo el hecho de haber convocado al arquitecto milanés Mario Palanti (coincidieron en Buenos Aires, en 1910) para llevar adelante el proyecto de un edificio que rindiera homenaje a Dante Alighieri y su consagrada Divina Comedia.

El Barolo, de veinticuatro plantas (contando los dos subsuelos) en cien metros de altura, fue el edificio más alto de Buenos Aires durante doce años (1923-1935). Sin embargo, su mentor, no pudo disfrutarlo. El empresario piamontés murió en 1922, el año previo a que se inaugurara. La idea original, que había sido conversada con el arquitecto, era trasladar los restos de Dante Alighieri desde Italia para preservarlos en la Argentina, más precisamente al centro del Palacio.

Las referencias a la Divina Comedia son numerosas (a medida que transcurre la visita, da la impresión de que aún quedan varias por descubrir), como así también la simbología masónica y la numerología. Si bien los recorridos diurnos aportan una serie de condimentos interesantes, la noche posee el atractivo del faro encendido en su cúpula (en algún momento, con “bati-señal” incluida). Allí, la ausencia de edificaciones vecinas altas, nos permite percibir que todos los escenarios se subordinan a la majestuosidad del Barolo.

Los jóvenes hermanos Thärigen, con Miqueas a la cabeza, se muestran tan entusiasmados en sus explicaciones, que da la sensación de que habitan el edificio desde los años 20. Esto logra entenderse, cuando durante la visita a una oficina típica de los primeros años, exhiben orgullosos el diploma de su bisabuelo que sí ocupó un escritorio en el singular edificio.

Es muy probable que al recorrer los pisos, surja un violinista interpretando un minué de Bach; o, tal vez, un dúo violoncellos, dándole un marco musical a la vista. Incluso, es posible toparse con el Dante, imperturbable, leyendo párrafos de su obra.

Una medida muy efectiva para preservar los edificios emblemáticos y monumentos es conocer sus orígenes, sus historias. En ese sentido, el Barolo está logrando inmunizarse y se encamina, plagado de misterios y curiosidades, hacia su centenario.

Nombres de niños en 1814

El uso del santoral para denominar a un hijo fue una práctica muy habitual en tiempos de la Revolución y la Independencia. Fue el caso del presidente Faustino Valentín Sarmiento, quien nació en 1811, el día de San Valentín y fue bautizado el día de San Faustino, aunque en la casa lo llamaron Domingo, nombre que no figura en el registro de su bautismo. En otros casos, se llamaron igual que sus antepasados. Por ejemplo, el hijo de Mariano Moreno llevó el mismo nombre de su padre.

¿Cuáles eran los nombres que se usaban hace 200 años? Una revisión de los libros de bautismos de aquel tiempo nos ofrece una idea. Además de los clásicos Juan, José, Pedro, Manuel, Francisco, Luis, Santiago, Mariano, María, Pilar, Ana, Mercedes, Clara, Lucía, Inés, Dolores, Paula, Victoria y Magdalena, entre tantísimos otros, destacamos aquellos que ya no son de uso habitual.

Entre los hombres, mencionamos a: Fortunato, Pascual, Basilio, Atanasio, Apolinario, Dámaso, Isidro, Asencio, Evaristo, Dionisio, Venancio, Ventura, Casimiro, Hilario, Cecilio, Hermenegildo, Tirso, Eustaquio, Nepomuceno, Giocondo, Ulpiano, Eufrasio, Críspalo, Eusebio, Fulgencio, Gabino, Crisólogo, Custodio, Valerio, Cándido, Pantaleón, Genaro, Cesáreo, Doroteo, Celestino, Ciriaco, Nicasio, Gaspar, Loreto, Cirilo y Timoteo.

Entre las mujeres, citamos a: Bernardina, Tadea, Antonina, Petrona, Brígida, Gertrudis, Jacinta, Norberta, Ildefonsa, Vicenta, Lugarda, Consolación, Antolina, Tiburcia, Mauricia, Isidora, Eusebia, Casilda, Felipa, Saturnina, Benigna, Daría, Sinforosa, Bartola, Gerónima, María de la Cruz, Aulia, Josefa, María de las Nieves, Lorenza, Bernabela, Santos, Inocencia, Tránsito, Hermenegilda, Ruperta, Leandra, Polonia, Sebastiana, Resituta, Tomasa, Cornelia, Bartolina, Enrica, Olegaria, Úrsula, Pascuala, Silveria y Flora.

Algunos de estos nombres se mantienen en determinadas familias que van traspasándolos de generación en generación para mantener la tradición. Pero en la mayoría de los casos ya han perdido su lugar en la preferencia de los argentinos.

 

 

 

 

 

Cuándo dejamos de manejar “a la inglesa”

En abril de 1944 se debatía qué ocurriría cuando se terminara el puente que unía Paso de los Libres con Uruguayana (Brasil). Porque nuestros vecinos manejaban conservando la derecha, pero nosotros lo hacíamos al revés, es decir, “a la inglesa”.

El ministro de Obras Públicas del presidente Farrel, Juan Pistarini, firmó el decreto que establecía que el domingo 10 de junio de 1945, todos los autos del país debían modificar su sentido de marcha. Se determinó que la primera semana se manejaría a menor velocidad. La campaña comenzó de inmediato. Se imprimieron calcomanías que debían pegarse en los vidrios de los autos. Las flechas indicaban por dónde debían ser pasados: por la izquierda.

Los folletos con consejos buscaban resolver las situaciones de incertidumbre –por ejemplo, en una bocacalle– con frases como:

“Piense que si usted es una persona serena, el otro conductor puede ser un novicio de temperamento nervioso y perder el control en momento de peligro”.

“Si se encuentra de frente con otro coche que no tiene en cuenta el cambio de mano, usted debe detener su vehículo y hacer al otro conductor las indicaciones necesarias”.

Como medida complementaria, se modificó el sentido de circulación de muchísimas calles. Brigadas del Touring Club Argentino y del Automóvil Club Argentino salieron con escaleras y martillos a estampar carteles viales. Se dieron vuelta 280 señales y se adhirieron a las esquinas 6500 flechas indicadoras del sentido de la circulación. Se acordó que los trenes y subtes no cambiarían de mano para no sumar más confusiones.

En mayo se realizó un simulacro de cambio de mano en Corrientes y Nueve de Julio. Durante un día entero, se podía dar vueltas alrededor del obelisco en el sentido contrario al que estaban acostumbrados. La gente se paraba en la Plaza de la República para ver el espectáculo del giro a la izquierda.

A las 5:55 de la mañana del domingo 10 de junio de 1945, un ejército de policías hacía sonar sus silbatos y le indicaba a los automovilistas que circulaban que lentamente se pasaran de carril o giraran el vehículo –por el cambio de sentido de más de cien calles– y aguardaran frenados cinco minutitos. A las 6:00 dejó de manejarse “a la inglesa”.

Buenos modales en el bar (1956)

El libro CORTESÍA y buenos modales de María Adela Oyuela, escrito en 1956, ofrece consejos de cómo se debía actuar en una salida. Aquí, un repaso por algunas de aquellas normas de conducta social que se mantenían hace cincuenta años.  

–Modo de comportarse en restaurantes, confiterías, boites y bares americanos

Cuando se quiere tener una entrevista agradable, un rato de charla o una atención, y no se puede por algún motivo invitar a la propia casa, se adopta la solución actual, que consiste en recurrir a una confitería, restaurante, etc.

Las reducidas dimensiones de los departamentos modernos, las dificultades de servicio, de horario o de obtención de elementos adecuados, han contribuido a hacer de esta modalidad algo acostumbrado. A nadie, pues, le llama la atención recibir una invitación a tomar el té en tal o cual confitería, o a “tomar una copa” en este bar, a comer con Fulano y Mengano en aquel restaurante. Pero, si bien no existe un impedimento serio para resolver una situación de compromiso de este modo cuando se trata de dos o tres personas, puede haberlo cuando tenemos que invitar a muchos más, pues el presupuesto se aumenta de una manera exagerada.

Tratándose de relaciones nuevas que no conozcan nuestra casa, resulta mucho más cortés y significa en cierto modo admitirlas en nuestra intimidad, invitarlas a una reunión en nuestro domicilio, por pequeño que sea.

-Conozca bien a quién lleva a su casa

Es conocido el proverbial modo de ser argentino, que practica una política de “puertas abiertas” con sus relaciones, lo cual nos ha valido -sobre todo entre los extranjeros- fama de hospitalarios y generosos.

Hermosa fama, bien merecida y conservada; pero antes de llevar a nuestro hogar a un nuevo visitante, nos parece prudente conocer un poco su modalidad, educación y condiciones, a fin de evitar un posible y tardío arrepentimiento por haber actuado con precipitación. Para este previo conocimiento mutuo, resulta práctico invitar a lugares como los indicados, donde habrá oportunidad de estudiar más a fondo a los posibles amigos, y de obtener una impresión general sobre su carácter.

-Diferentes modos de invitar

La invitación para uno de estos establecimientos se hace por teléfono y con toda sencillez –como cuando invitamos al cine- salvo en el caso particular de que necesitemos conocer de antemano, y con exactitud, el número de los asistentes (por ejemplo, en ocasión de un homenaje, la celebración de una fecha, etc.). En estas circunstancias, la invitación se formula por tarjeta.

Las confiterías, salones de té, bares, restaurantes, etc., se dividen y clasifican en diferentes categorías, que ofrecen una gran diversidad de ambientes y son frecuentados por los públicos más heterogéneos. Aparte unos pocos establecimientos, tradicionalmente elegantes, el resto queda librado al capricho de la gente, que los pone de moda o les retira su favor, con la arbitrariedad más absoluta. Nadie ignora la inconstancia característica del gran mundo en ese sentido, engendrada probablemente por un insaciable deseo de novedad y de variación. Es muy comprensible que a las personas que “salen mucho” les resulte monótona y aburrida la frecuentación de lugares que ofrecen a otras, de vida doméstica, el atractivo de lo excepcional. El placer deja de serlo cuando se convierte en costumbre, y en tales condiciones suele preferirse cualquier cosa “diferente” de las conocidas, aunque sea de calidad inferior a aquellas que la costumbre ha acabado por gastar y desteñir.

Esto explica el éxito –de otro modo inexplicable- de algunos establecimientos que un buen día están de moda y se ven extraordinariamente concurridos, aunque dos días después vuelvan a la mediocridad y al anonimato. (…) De ahí la fugacidad de un auge que no tiene ninguna base sólida. Y de ahí también, cuando de invitar se trata, la necesidad de consultar las preferencias de nuestro invitado, para llevarlo no sólo a un sitio “de moda” sino a un ambiente donde, además, y sobre todo, pueda sentirse a gusto.

Vaya un ejemplo: si llevamos a una persona muy seria, bastante puntillosa, y convenientemente atiborrada de prejuicios, a un bodegón del bajo fondo, por pintoresco que sea, no es muy probable que nuestra elección resulte un acierto. 

-Cómo desenvolverse en esos sitios

Cuando se entra a un restaurante o confitería, los hombres se quitan el sombrero, por tratarse de lugares cerrados donde hay personas de ambos sexos. Son los últimos en sentarse y, antes de hacerlo, ayudan a las señoras acercando la silla a la mesa en el momento oportuno.

La ubicación de los asientos también se tiene en cuenta: las señoras o personas de más respeto se sitúan de frente a la entrada principal, teniendo derecho a la elección de la mesa y del lugar.

Si en algún momento una de las señoras de una mesa se pone de pie, los caballeros que la acompañan deben imitarla y permanecer así mientras ella no se retire. Si lo hace, los hombres vuelven a sentarse. De igual modo que al ocupar la mesa, los caballeros deben estar atentos al gesto con que una señora indique su intención de levantarse, para deslizar en su oportunidad la silla suavemente, y de ese modo facilitarle el paso. Si una señora o señorita se acerca a una mesa ocupada, por haber visto en ella a algún conocido, los hombres que estén en esa mesa se pondrán de pie, mientras la persona amiga los presenta. En caso de que lo juzguen oportuno, y siempre que la recién llegada esté sola, puede invitársele a integrar el grupo. En ningún caso se invitará a una persona sin su acompañante; y a su vez los invitados ocasionales deben por regla general, rehusar cortésmente, tratando de no prolongar la interrupción ocasionada por su presencia.

Un caballero no debe nunca –a menos de ser llamado especialmente- acercarse a una mesa ocupada por señoras solas o por una pareja, pues su intrusión puede ser indiscreta.

-Dónde dejar los paquetes y abrigos

Los abrigos, carteras, guantes, o pequeños paquetes, se colocan en una silla, al lado de su dueña. Si hay en el lugar un sitio destinado a guardarropa, o perchas, los hombres dejan allí sus sobretodos y demás accesorios; en caso contrario, siguen el mismo procedimiento que las señoras.

Es incorrecto y molesto colocar las prendas superfluas en los respaldos o brazos de los asientos de terceros, o quedarse con ellos sobre las rodillas; pero si no hay lugares disponibles, se elige la solución que provoque menos molestias a los demás.

-Pedidos al mozo (cuándo y quiénes los deben hacer)

Si alguna de las personas que se han dado cita llega con anticipación al lugar fijado (cosa que ocurre muy a menudo), puede elegir mesa y sentarse mientras espera, pero no debe hacer ningún pedido importante antes de la llegada de sus compañeros. Si el que se encuentra en tal situación es un hombre, en el momento de llegar la señora o señorita a quien espera, debe ponerse de pie, excusándose por haberse instalado, sin aguardar un poco. Si, por el contrario, es una dama (y esto habla muy mal del acompañante) no debe ni excusarse, ni ponerse de pie, pero tampoco habrá pedido nada al mozo antes de la llegada de su compañero, a menos que éste sea un amigo de mucha confianza, y no lo tome como una manera de echarle en cara su retraso.

Los pedidos al mozo o al camarero debe hacerlos (previa consulta con los demás) una sola persona que, como es lógico, será la que ha invitado, o en su defecto, la de mayor respeto, y la que presuntamente pagará el importe de lo que se consuma.

Entre personas del mismo sexo puede hacerse el pedido individualmente, pero manteniendo mucho orden y mesura y evitando aturdir al camarero con excesivos detalles.

Sea quien fuere el que haya invitado, todos los hombres que se sienten en torno a una mesa deben tratar de pagar la cuenta. Entre gente de edad aproximada, se puede repartir el gasto: “a la inglesa”, es decir, dividiéndolo en partes iguales (nunca en proporción a lo que ha tomado cada uno).

Si hay señoras, no es correcto repartir gastos contándolas por separado, y absolutamente inadmisible que ellas pretendan pagar, sea cual fuere su posición económica.

La conversación deberá ser agradable y en bajo tono de voz. Se evitarán las carcajadas estruendosas, los ademanes violentos, y las críticas sobre los demás.

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