De Pearl Harbor a Malvinas

Poco antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, el crucero USS Phoenix –Fénix en español– visitó el puerto de Buenos Aires, en viaje de confraternidad. Había sido botado al mar en el año 1938 en los Estados Unidos, y formaba parte de una carrera armamentista en el contexto bélico de la época.

El buque de 186 metros de eslora (es decir, de largo) comenzó a operar para la flota del Pacífico y a poco de comenzada la guerra en Europa fue destinado a la base estadounidense de Honolulu, Hawai; más precisamente a Pearl Harbor, junto con otro centenar de barcos, entre acorazados, destructores y submarinos.

La mañana del 7 de diciembre de 1941, el crucero se encontraba anclado en el interior de la bahía. Por el horizonte asomaron los aviones japoneses iniciando el conocido bombardeo que comprometió a los Estados Unidos en la guerra. El saldo del ataque japonés fue de unos veinte barcos dañados o hundidos, más de trescientos aviones destrozados y varios miles de vidas humanas perdidas. ¿El USS Phoenix? Sobrevivió intacto.

Fue reasignado a nuevas operaciones. Realizó exitosas misiones en el océano Pacífico e Indico. Durante un ataque a una base militar japonesa, recibió en el puente de mando al general Douglas MacArthur, quien supervisó desde allí la tarea de la flota. En otra misión, la nave fue averiada por una pequeña bomba, aunque no pasó a mayores. En diciembre de 1944 un submarino japonés le disparó unos torpedos que, una vez más, el Phoenix logró esquivar.

Finalizada la guerra, el crucero fue vendido a la Armada Argentina. Eran tiempos del gobierno de Perón, por lo que fue rebautizado como “17 de octubre” en conmemoración al día de la lealtad. En 1955, cuando la revolución libertadora derrocó al gobierno, el “ARA 17 de octubre” participó desde el río, consolidando el triunfo de las armas. Otra vez rebautizado, se eligió realizar un homenaje al fundador –en 1799– de la Escuela de Náutica: el general Manuel Belgrano. Desde entonces el crucero ARA General Belgrano, que resurgió del ataque en Pearl Harbor, prestó servicios en la armada argentina hasta su doloroso hundimiento el 2 de mayo de 1982, durante el conflicto de Malvinas.

Sin comentarios

La bandera de Malvinas

El combate más encarnizado en la Guerra de Malvinas tuvo lugar en los alrededores del Monte Longdon. En aquellas últimas jornadas se llenaron páginas de gloria. Uno de los grandes protagonistas fue el Regimiento de Infantería Mecanizada 7 “Coronel Conde”. Durante toda la noche del 12 al 13 de junio sus trincheras fueron acribilladas por las baterías enemigas. Nuestros soldados recibieron la descarga de unas seis mil balas, mientras los gurkas avanzaban por la zona, degollando sin compasión. El Regimiento 7 fue el más castigado en aquellas jornadas: perdió 36 hombres en el campo de batalla. Los heridos fueron 152.
Cuando percibieron que era inminente la derrota, el jefe del Regimiento, teniente coronel Omar Giménez, propuso a los oficiales enterrar la bandera para que no quedara en poder del enemigo.

Tte-Cargnel-Migel

Miguel Cargnel con la bandera histórica. detrás, Puerto Argentino.

De inmediato se cumplió la orden. Pero dos jóvenes oficiales, los tenientes Jorge Guidobono y Miguel Cargnel (ambos habían dado muestras de valor en el combate), se presentaron ante sus jefes. En medio de la lluvia de balas plantearon su disconformidad: el pabellón nacional no debía estar bajo tierra, ni tampoco podía entregarse al enemigo. Giménez aceptó la propuesta de los jóvenes tenientes.

Desenterraron la bandera, la sacaron del plástico que la cubría, la desarmaron y se distribuyeron las partes (el paño, la corbata, cinco distinciones y tres medallas) entre varios oficiales y suboficiales.

De la bandera en sí (es decir, del paño) se encargó el teniente Guidobono. De la corbata, Cargnel. El teniente Roberto Colom escondió una distinción en su bota. El mayor Carlos Carrizo Salvadores, tomó otra y la colocó debajo de su cinturón, el subteniente Alfredo Luque puso otra en su guante. Así fueron ocultando los fragmentos, adosándolos con cinta adhesiva.

Terminó el combate. El grueso de los soldados fue transportado de inmediato en el buque Canberra rumbo al continente. Pero algunos hombres fueron tomados como prisioneros de guerra. El destino hizo que Cargnel (por ser paracaidista) y Guidobono (por ser jefe de Comunicaciones), fueran llevados en avión a San Carlos y separados del resto de sus camaradas.

Durante quince días los mantuvieron prisioneros dentro de un frigorífico. Guidobono, con la bandera envuelta en el torso, se las ingenió para no ser descubierto en el cacheo. Luego los embarcaron y permanecieron otros quince días a bordo, sin zarpar. Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.

Los prisioneros fueron obligados a desnudarse. A pesar de que el teniente Guidobono quiso disimularlo, un soldado enemigo descubrió la bandera. Le ordenó que la entregara. El teniente se negó. El soldado gritó su orden nuevamente. Guidobono, con calma, respondió que no entregaba la bandera. La tensión se percibía y en medio de ese silencio eterno, el guardia cargó su fusil.

Alarmado por los gritos, un oficial enemigo se acercó e intentó convencer al teniente argentino de que entregara el paño. Guidobono movía la cabeza negando: la bandera no la entregaba. El oficial pareció comprender que podía generarse una situación incontrolable. Allí terminó el episodio. Todas las partes del pabellón se reunieron en Buenos Aires.

Hoy, la bandera de guerra del glorioso Regimiento 7, ese que nos hace emocionar por su coraje en el combate de Longdom, se conserva en la sala histórica del cuartel, en la localidad Arana, vecina a La Plata. Cada 11 de junio, la bandera veterana de Malvinas desfila ante los soldados del Regimiento.