Adiós, don Enrique

Enrique Mario Mayochi, maestro, periodista, historiador, se fue en la madrugada. Tenía 88 años. Consagró su vida al conocimiento de nuestra historia, sabio divulgador de las vidas de José de San Martín y Manuel Belgrano. Admirado por sus investigaciones sobre la ciudad de Buenos Aires. Recordado columnista del diario La Nación, donde también actuó como jefe del Archivo, editor de Cultura y Educación y pro secretario de Redacción. Se jubiló luego de 35 años ejerciendo el periodismo en este diario. Escritor de libros magníficos, entre ellos, la Historia del barrio de BelgranoPresencia de José Hernández en el periodismo argentino.

Miembro de varias academias: Nacional Sanmartiniana, Nacional de Periodismo, de Historia de la Ciudad de Buenos Aires, y de Ciencias y Artes de San Isidro. Fue presidente de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina. Participó en los institutos nacionales Belgraniano, Browniano y Argentino de Estudios Artiguistas. También presidió la Junta de Estudios Históricos del barrio porteño de Belgrano.

Antes de haber sumado todos esos galardones y muchos premios y distinciones culturales, fue Maestro Normal Nacional, Profesor en Letras y Director de la Escuela Nacional de Comercio Nº 8. Llevaba a los estudiantes en subte charter (porque los vagones se poblaban exclusivamente de los los chicos de la escuela) a recorrer la Plaza de Mayo y sus alrededores.

Lector, voraz, dedicaba la mañana al diario y luego pasaba a los libros. En menos de dos días, leía una obra de unas doscientas cincuenta páginas. Poseía una memoria envidiable. Y una generosidad inmensa. Quienes tuvimos el orgullo de tratarlo, hemos recibido lecciones inolvidables. Su lucidez, durante las charlas sobre temas de historia y política, causaba admiración. Bastaba hacer una nimia consulta y él reaccionaba con el mejor maestro. Nos ofrecía detalles y señalaba su cargada biblioteca, diciendo: “Traiga aquel libro, el tercero de la segundo estante”. Con el ejemplar en sus manos, como un mago lo abría en la página que deseaba buscar, tocaba un párrafo y, con una sonrisa, nos lo pasaba, mientras aclaraba: “Lea, ahí está la respuesta que busca”.

Vivió en la calle 11 de Septiembre, en el corazón del barrio de Belgrano. Y aún vivirá en sus libros y en la memoria de quienes lo conocimos y lo abrazamos, agradeciéndole, genial maestro, todo lo que nos ofreció. Un abrazo, don Enrique.

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15 consejos para ir a bailar en 1945

En 1938, Editorial Sopena Argentina inició la colección denominada: “Biblioteca de la Mujer Moderna”. Uno de los libros se llamó “Nuevas normas sociales” y contenía: “Reglas de educación. Cómo comportarse en los acontecimientos íntimos. La vida social y sus obligaciones. Normas para cada uno de los miembros de la familia. Consejos morales”.

Tuvo muy buena repercusión y en octubre de 1945 se lanzó una tercera edición con algunas modificaciones post Guerra Mundial. En este caso, conoceremos cómo había que  manejarse en los bailes que, según el manual, “son las reuniones que permiten con mayor frecuencia los conocimientos ocasionales”. Los consejos son los siguientes:

1. La conducta más lógica en toda reunión, con respecto al hombre, consiste en que atienda más a las otras damas, casadas o solteras, que a su propia esposa, cuya atención queda liberada a otro caballero, con lo cual todos colaboran recíprocamente a la mayor animación de la fiesta. En consecuencia, los esposos no deben bailar juntos con mucha frecuencia, pues tal comportamiento sería incorrecto, por infringir las leyes de la sociabilidad.

2. Por lo demás, para evitar ese exclusivismo, la dama casada bailará con todos, al igual que las solteras, aunque eligiendo bien sus compañeros, salvo que poderosos motivos la decidieran a no acceder a la invitación de una persona determinada. Su mayor preocupación consistirá, por otra parte, en no exponerse demasiado a los comentarios alardeando de su belleza o de su coquetería.

3. Todo caballero se halla autorizado a dejar a su ocasional compañera de baile, por un rato, si ha de cumplir un compromiso con otra dama.

4. Una dama invitada a bailar por un caballero que no ha sido presentado, si éste no le agrada como compañero, puede eludir el compromiso aduciendo fatiga, malestar o otra causa momentánea, pues negarse sin justificar tal actitud obligaría a abstenerse de danzar en el resto de la reunión para evitar que se sientan heridos los que sufrieron su negativa.

5. Además, al negarse a bailar una pieza, una dama no debe aceptar la invitación de otro caballero, aunque se haya excusado en el cansancio, lo que expresara sonriendo. En tales casos, el caballero no debe insistir para solicitar la siguiente; pero, después de algunas piezas puede invitarla nuevamente y, si nuevamente le es adversa la respuesta, no volverá a hacerlo con esa dama.

6. Constituye un deber de todo invitado sacar a bailar, una vez cuando menos, a la dueña de casa o a una de sus hijas, si a que ella estuviese imposibilitada por su edad.

7. La dama que, equivocada o distraídamente, concediese la misma pieza a dos caballeros, no debe bailarla, pues su acción ofendería ambos o uno de ellos, pues verían lastimado su derecho. En una ocasión de tal naturaleza se pierde sencillamente la pieza, a menos que uno de los favorecidos ceda espontánea y galante mente al segundo la prioridad.

8. Los familiares de los dueños de casa bailan en todo momento con las que sean menos solicitadas. En cuanto a sus hijas, gozan de toda libertad para bailar cuanto apetezcan, aunque sin descuidar la atención que deben a sus amigas.

9. Ninguna joven debe demostrarse demasiado aguda mirando fijamente a su compañero de baile, ni parecer tan tímida que sufran su cultura y su don de gentes. En cambio, puede también acontecer que sea el caballero de una timidez excesiva. En tal caso, tomará la joven la iniciativa de la conversación.

10. Toda demostración de inmoderada coquetería, de escepticismo o indiferencia, o una actitud demasiado arrogante que impida el cambio de palabras con el compañero, son poco correctas y dan margen a que, por el ansia de lucirse o de parecer más elevada, sea una joven juzgada adversamente.

11. En los bailes de grandes proporciones suelen las damas anotar las piezas que conceden. Negar entonces una pieza concedida o transferirla constituye un desaire tan grave como el que cometería el caballero que no se presenta a reclamar la pieza que le fue acordada. Con todo, este último caso puede ser originado por las dificultades que, dado el gran número de parejas, logren impedir al caballero llegar hasta su ocasional compañera, aunque es su deber el prevenir tan embarazosa situación.

12. La joven, por su parte, esperará su llegada, pues si se apresurara a bailar otro podría desayunar al primero, que instantes después no le encontraría a su disposición. Tal conducta podría acreditarse de ligereza en la joven en desmedro de su prestigio y de su buen nombre.

13. No es posible aprobar la costumbre de bailar aunque no se sepa, pues no se va a un baile a hacer el aprendizaje de la danza, lo que es a todos molesto y causa de vergüenza, aunque el hecho de no saber bailar no sea en sí censurable.

14. Soltura, facilidad y sencillez son las cualidades que se deben reunir para desempeñarse airosamente en esta clase de fiestas. Evítese, además, todo paso nuevo o cortado que desoriente a la compañera y quizás la ponga en ridículo. Además se ha de procurar constantemente no pisarla ni molestarla con posturas inconvenientes.

15. Un caballero pasará por alto el pisotón que reciba de una dama, que es en ellas más perdonable; por lo demás, tal accidente le hará comprender el deplorable sentimiento que causaría si fuera él quien lo provocase.

Por lo general, estos manuales eran muy populares y sus consejos se tomaban al pie de la letra. Eran tiempos de grandes orquestas que interpretaban jazz, foxtrot, blues, swing y tango.

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Despedidas de soltero en 1956

El libro CORTESÍA y buenos modales de María Adela Oyuela, escrito en 1956, ofrece consejos de cómo se debía actuar en una salida. Aquí, nos cuenta cómo conducirse en una despedida de soltero.

Enterados de la fecha fijada para el casamiento de un amigo, los jóvenes y las niñas más allegadas organizan las llamadas “despedidas de soltero”.

Los amigos íntimos del novio le solicitan una lista de las relaciones a las que se sienta más estrechamente vinculado por razones de edad condición y actividades, con el objeto de ofrecerle una comida. Una vez que se los haya consultado por teléfono para asegurarse su asistencia, se formalizarán los detalles restantes. La fecha, el lugar (restaurante, club, etc.), la hora y el precio del cubierto deben establecerse antes de hacer los llamados telefónicos, ya que conviene informar de todo en una sola oportunidad, para simplificar la tarea.

Lo único que justifica una negativa a este tipo de invitación es un impedimento muy grave, pues cualquier pretexto que en otra oportunidad podría ser válido, no sirve en este caso de excusa legítima.

- Despedidas entre amigos. En las despedidas de soltero imperan por tradición el buen humor y la alegría. Los discursos son de tono festivo y humorístico; pero dada la juventud de los concurrentes y el abuso de las bebidas suele ocurrir que el clima en que se desarrolla la reunión vaya caldeándose poco a poco hasta hacerla degenerar a veces en un exponente lamentable de falta de urbanidad y grosería, que habla muy mal de sus participantes.

Es de rigor, pues, controlarse lo suficiente sin que ello signifique caer en el estiramiento. Sobre todo, se tratará de evitar cualquier exceso en las bromas y expresiones para poder disfrutar un rato de feliz comunicación con el agasajado, sin salirse de los límites correctos.

Como dijimos, una comida es lo más indicado para despedir a un joven de su vida de soltero. En ella, se acostumbra adornar la mesa con un centro de flores que luego se envía a la novia.

- Despedidas entre amigas. Estas difieren en muchos aspectos de las anteriores. En primer lugar, es lógico que la reunión tenga un tono de sentimentalismo ausente en la despedida de soltero de un joven. Las mujeres sienten con más profundidad el cambio de vida que van enfrentar, y las amigas solteras tienen la sensación de que verdaderamente su compañera las abandona.

Semejante aprehensión carece de realidad, ya que las amistades auténticas, si bien sufren un momentáneo eclipse en el período de la luna de miel, se reanudan con el mismo afecto intimidad, cuando la vida de la recién casada entra en la tapa de normalidad subsiguiente al viaje de bodas.

Las jóvenes amigas “despiden” a la novia, generalmente ofreciéndole un té o un cóctel. Por lo general se reúnen en una confitería, siendo llamadas a concurrir todas ellas y sus parientas jóvenes, sean o no solteras. Al retirarse de la confitería o lugar elegido regalan a la novia un ramo de flores.

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El pañuelo criollo

Una reciente edición de “Pilchas criollas”, el libro que publicó Fernando O. Assunçao en 1975, con ilustraciones de Federico Reilly, nos invita a abordar un aspecto del mundo del gaucho a través del tiempo. Nos referimos al pañuelo, prenda indispensable de su atuendo. Al respecto, Assunçao escribió:

Repetidamente en nuestras propias observaciones o en las transcripciones y citas de documentos y viajeros nos hemos referido al uso, por parte de nuestros hombres de campo, de un gran pañuelo (cuadrado de 75 a 85 centímetros de lado), estampado o liso, de seda u otra tela liviana, llamado, en el primer caso “pañuelo de hierbas”, siempre de colores muy vivos: rojo, azul-cielo, verde, amarillo, blanco.

Este pañuelo tenía varios usos. Generalmente colocado sobre la cabeza, atado a ésta, a la marinera o corsaria o anudado bajo el mentón, serenero, siempre bajo el sombrero, o como vincha para sujetar las largas guedejas [es decir, largas cabelleras]. En el primer caso hacía las veces del gorro o red, que el hombre de pueblo, rural o urbano, español, gastaba para mantener sujetos, cubiertos y protegidos del polvo y el sol y, si se quiere, ordenados, los cabellos, peinados generalmente con una trenza o coleta atrás, cuyo largo variaba de acuerdo a la longitud de aquéllos.

Este modo de usarlo es herencia tanto de los marinos como de los campesinos peninsulares.

El otro modo de uso, de herencia también campesina con reminiscencias árabes, protege cabeza, mejillas y nuca del sol durante el día, y, a las orejas, del rocío y el frío en las madrugadas y atardeceres; también de la lluvia, el viento y el frío invernales. Siempre del polvo.

En ambos casos, cuando no se trataba de hacer largas marchas que era cuando se llevaba de “serenero”, o de realizar duras faenas a caballo (boleadas, enlazadas, desjarretamientos) o en la guerra o en el duelo, o en faenas y cuadreras (que era cuando se le colocaba a la marinera o como vincha) el pañuelo se dejaba caer, simplemente, alrededor del cuello cubriendo hombros y espalda como un simple adorno, para el paseo, la pulpería, o el bailongo de candil, o en faenas a pie, yerra, etc., para atajar el sudor del rostro y enjugárselo. Puesto así al cuello se le dio en llamar de golilla o golilla, pues equivalía al gran cuello clásico español, plano y ancho, blanco y almidonado, de uso desde fines del siglo XVII, entre los militares, alcaldes, cabildantes, noble y burgués [...]

Un viajero inglés, en época bastante posterior a la que nos ocupa, nos dejó no obstante, una fiel descripción del modo de llevar el pañuelo nuestros gauchos. Se trata de Thomas Woodbine Hinchliff (Viaje al Plata en 1861, Ed. Hachette, Buenos Aires, 1955), que se expresa así (cap. XI, pág. 242): “Con todo, yo anduve varias veces a caballo, a punto de las doce, y en los días más calurosos, sin sentir ninguna molestia, para lo cual me arreglé la cabeza a la moda gaucha, que consiste sencillamente en doblar diagonalmente un pañuelo y atarlo flojo bajo la barbilla, dejando las otras puntas que cuelguen sobre la nuca. Encima se pone el sombrero, y el pañuelo, al moverse con la brisa, produce un aire fresco muy agradable”.

“Pichas criollas” (Editorial Claridad) repasa la vestimenta del hombre de campo, los recursos femeninos y las costumbres en la nada monótona vida rural. Fernando Assunçao nació en Montevideo, en 1931. Murió hace diez años, en mayo de 2006.

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Martín Fierro y las elecciones

En un pasaje del Martín Fierro, José Hernández relata lo mal que la pasó el gaucho por no votar por el candidato impuesto para ocupar el cargo de Juez de Paz. Terminó en el cepo:

Me le escapé con trabajo
en diversas ocasiones;
era de los adulones;
me puso mal con el Juez;
hasta que al fin una vez
me agarró en las eleciones.

Ricuerdo que esa ocasión
andaban listas diversas;
las opiniones dispersas
no se podían arreglar:
decían que el Juez, por triunfar,
hacía cosas muy perversas.

Cuando si riunió la gente
vino a proclamarla el ñato,
diciendo con aparato
“Que todo andaría mal,
si pretendía cada cual
votar por un candilato”.

Y quiso al punto quitarme
la lista que yo llevé,
mas yo se la mesquiné,
y ya me gritó: “!Anarquista!
Has de votar por la lista
que ha mandao el Comiqué“.

Me dio verguenza de verme
tratado de esa manera;
y como si uno se altera
ya no es fácil que se ablande,
le dije: “Mande el que mande,
yo he de votar por quien quiera”.

“En las carpetas de juego
y en la mesa eletoral,
a todo hombre soy igual,
respeto al que me respeta,
pero el naipe y la boleta
naides me lo ha de tocar.”

Ahi no más ya me cayó
a sable la polecía;
aunque era una picardía
me decidí a soportar,
y no los quise peliar
por no perderme ese día.

Atravesao me agarró
y se aprovechó aquel ñato;
dende que sufrí ese trato
no dentro donde no quepo;
fi a jinetiar en el cepo
por cuestión de candilatos.

Injusticia tan notoria
no la soporté de flojo;
una venda de mis ojos
vino el suceso a voltiar:
vi que teníamos que andar
como perro con tramojo.

Dende equellas eleciones
se siguió el batiburrillo;
aquél se volvió un ovillo
del que no había ni noticia,
¡Es señora la justicia.
Y anda en ancas del mas pillo!

¿Conocés a José Hernández?

Desde 1939, los 10 de noviembre se celebra el Día de la Tradición. Se decidió esa fecha para rendir homenaje a José Rafael Hernández. Conozcamos un  poco más al autor del Martín Fierro:

1. Nació el 10 de noviembre de 1834. La familia de su padre era federal, mientras que la de su madre era unitaria.

2. Vivió una temporada en Sierra de los Padres (a 25 km de Mar del Plata), donde conoció la actividad de los hombres de campo.

3. Desde muy joven, la política lo sedujo: fue urquicista y luego jordanista, cuando se sumó al bando de López Jordán, enemigo de Urquiza y Sarmiento. Ejerció el periodismo y se alistó en las filas del partido autonomista de Adolfo Alsina.

4. Era corpulento, medía un metro noventa. Tenía un vozarrón llamativo: le decían que su voz sonaba como el órgano de la Catedral. Por su voz grave lo apodaban “Matraca”.

5. Poseía una memoria asombrosa: en las reuniones acostumbraban leerle listas de números pensados por los invitados, y él los repetía luego, en perfecto orden o al revés. Asimismo, el propio Hernández leía la página de un libro seleccionada al azar, luego cerraba el libro y repetía el texto para regocijo de todos.

6. Casó en 1863 con Carolina González del Solar, en Paraná. Fueron padres de seis mujeres y un varón.

7. Obtuvo una banca de diputado y, más adelante, de senador. Sostuvo intensos debates con Sarmiento por la defensa del gaucho, a quien consideraba sometido al poder de los terratenientes y postergado de cualquier beneficio que recibiera el resto de la población.

8. Durante aquellos combates políticos sufrió el destierro en Brasil. Regresó en forma clandestina a Buenos Aires para visitar a su familia. Se alojó en el hotel Argentino. En una habitación con vista a la Plaza de Mayo escribió gran parte de “El gaucho Martín Fierro”, que se publicaría en el verano de 1873.

9. La primera edición fue de un papel de baja calidad y parecía más un cuadernillo que un libro. El éxito fue notable, a pesar de que sus lectores pertenecían a la clase humilde y el poema no era visto como aceptable en los círculos literarios. Sólo en 1873 vendió 64.000 ejemplares.

10. El relato del Martín Fierro finalizaba cuando el gaucho se internaba en la pampa, junto a su compañero Cruz, huyendo de la justicia para unirse a los indios. Muchos entusiastas lectores le preguntaban a José Hernández si Martín Fierro volvería de aquel viaje. Por ese motivo, la segunda parte se llamó “La vuelta de Martín Fierro”, publicada en 1879.

11. Con el dinero que obtuvo con la venta de sus libros compró una quinta en el pueblo -hoy barrio- de Belgrano, que se extendía desde el bajo hasta Cabildo y Olleros.

12. Además de ser recordado por su obra literaria, es necesario acotar que José Hernández, siendo senador, le dio el nombre a la nueva capital para la provincia de Buenos Aires, en 1882, al proponer que la ciudad se llamara La Plata.

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Las mil y una vidas de Sax

Google ha decidido recordar la vida de Adolphe (ex Antoine) Sax en la portada de su buscador. Por ese motivo, aprovechamos para recrear un capítulo de Historia de las Palabras en donde contamos su historia:

Más allá de nuestras nacionalidades, de nuestra edad, posición económica, nuestros gustos e intereses, todos tenemos, en definitiva, un mismo objetivo: nos ocupamos de vivir. La excepción fue el pequeño Antoine Joseph Sax, quien dedicó su infancia a sobrevivir. Y no lo decimos solo por la elevada tasa de mortalidad en los nacimientos de los poco higiénicos primeros años del siglo XIX. Antoine Joseph llegó el 6 de noviembre de 1814, luego de un parto complicado que tuvo lugar en la ciudad de Dinant, en Bélgica. Su madre lo vio desde el primer día como una persona predestinada a una corta existencia.

Sus roces con la muerte comenzaron cuando aún estaba aprendiendo a gatear: cayó desde un tercer nivel y golpeó su cuerpo en una piedra. Desvanecido por el impacto, lo creyeron muerto. Nada que ver: ese era apenas el comienzo en la vida (mejor dicho, sobrevida) de A. J. Sax, quien con apenas tres años resolvió saciar su sed tomando todo el líquido de un vaso de agua que contenía un compuesto químico peligrosísimo. Este “fondo blanco” casi lo mata.

El pequeño Sax superó este escollo con enorme trabajo, sobre todo, visceral. Su próximo enfrentamiento con la muerte fue a los pocos meses, cuando se tragó un alfiler. Sí, a esta altura uno se pregunta si no debería haberse considerado la legitimidad de la tenencia de los hijos -once en total- depositada en mamá Sax. Sin embargo, ella tenía muy claro que no se trataba de cuidarlo más o menos que al resto. Con cierta resignación, decía acerca de su hijo: “Él es un niño condenado a la desgracia, no vivirá mucho”.

Semejante presagio iba acompañado de negligencias constantes: tres veces el jovencito Antoine estuvo a punto de morir asfixiado mientras dormía debido a la toxicidad de las ceras que empleaba su padre carpintero para barnizar los instrumentos musicales que fabricaba. Aunque, mirándolo en perspectiva, fueron incidentes menores si se los compara con el día en que el infortunado belga voló por los aires debido a una explosión de pólvora. Cayó encima de una olla donde se fundía hierro. Si hubiera caído adentro de la vasija, aquí terminaba este capítulo. Sax quedó encima del recipiente. Se quemó todo un costado del cuerpo y las marcas lo acompañaron toda su sobrevida. El permanente contacto del niño con la muerte era bien conocido en el barrio, donde pasó a ser denominado “el pequeño fantasma Sax”.

Nos mantenemos en Bélgica y el escenario nos muestra un puente en construcción que atraviesa un río. De repente, un adoquín se desprende y cae al vacío. ¿Es usted capaz de decirme la cabeza de quién atrajo al adoquín descontrolado? ¡Exacto! Tiene usted razón: era la cabeza de Antoine Joseph Sax. Perdió el conocimiento, cayó al río y fue rescatado en el último segundo posible. La madre insistía en que estaba condenado a la desgracia. Nosotros preferimos acudir a la alegoría de Eduardo Duahlde: Sax estaba condenado al éxito.

Mientras superaba todas estas pruebas, el pequeño fantasma colaboraba con su padre carpintero. Atraído por los instrumentos musicales que se elaboraban en el taller de su padre, optó por aprender a tocar la flauta traversa y tomar clases de canto. Su infancia, entonces, fue un compendio de actividades que incluía lecciones básicas de formación: escritura y lectura con un tío profesor, clases de canto y flauta, trabajos de carpintería y pulseadas con la muerte.

El espíritu del luthier estaba presente. A los 16 años diseñó nuevos modelos de flautas y clarinetes de marfil. Fue ahí cuando emergió su talento, heredado de su padre. Ambos dejaron de lado los muebles y concentraron fuerzas en el mundo de los instrumentos musicales de viento, sobre todo, de madera y metal.

De la castigada cabeza del joven, quien abandonó el Antoine Joseph para convertirse en Adolphe, surgieron nuevos diseños y, por lo tanto, nuevos sonidos. La complicación surgía a la hora de comerciarlos. La única forma de que un instrumento se hiciera popular era insertándolo en bandas militares y orquestas. A la vez, era necesario obtener algún tipo de difusión en la prensa para despertar el interés de los directores de las bandas y las orquestas. Nadie iba a comprar una flauta que no pudiera integrarse al conjunto. Con el tiempo, este ejercicio cotidiano de marketing le dio la experiencia suficiente a Adolphe Sax, quien encaró la fabricación de instrumentos muy diferentes de los habituales.

Creó el saxohorn (en español, bombardina), las saxtrombas, las saxtubas y su invento más preciado: el saxofón que nació en 1841. Por supuesto, Adolphe Sax se convirtió en el primer saxofonista de la historia. Su debut en un escenario, con el fin de promocionar el aparato, fue detrás de los telones de un teatro de Bruselas. Tocó un rato con el fin de interesar al público, pero los asistentes a la función no podían verlo, sino solo escucharlo. Esto se debía a que no quería revelar su identidad y menos aun, su diseño.

Entusiasmado por la aceptación del público, decidió trasladarse a París al año siguiente, 1842. En junio logró su primer objetivo: que un crítico de música dedicara unos minutos de su valioso tiempo a escuchar los sones del saxo. Ese hombre se llamaba Hector Berlioz y sus comentarios muy auspiciosos se esparcieron por Francia y Bélgica.

El próximo paso fue convencer a las autoridades militares de Francia de que había que reformar las bandas musicales. Se topó con la encendida oposición de los músicos que no querían abandonar las tradiciones. Todo terminó en un duelo público, en el Campo de Marte, el 22 de abril de 1845, cuarenta y cuatro años antes de que allí se construyera la torre Eiffel.

¿En qué consistía el duelo? De un lado, una banda tradicional; frente a ellos, los valientes músicos de Sax. Decimos valientes porque varios de los convocados desertaron a último momento, debido a que sentían que harían el ridículo. Sin embargo, esa tarde los parisinos ovacionaron a Sax y se aprobó la reforma musical, lo que en definitiva significaba la incorporación de nuevos sonidos y nuevos instrumentos, entre ellos, el saxofón.

En 1858, cuando el preciado saxo ya era reconocido por su peculiar sonido, se le diagnosticó cáncer de labio al músico inventor. ¿Perdió esta batalla? No: durante cinco años, un médico (los biógrafos de Sax aclaran “un médico negro”) le hizo un tratamiento a base de plantas de la India que lo curó por completo.

Recién el 7 de febrero de 1894, en París, pudo comprobarse que Adolphe Sax, el inventor del saxo, no era inmortal. El pequeño fantasma fue enterrado en el cementerio de Montmartre.

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Coronel Díaz: ¿Coronel o Díaz?

Pedro José Díaz (a quien vemos a la izquierda) era mendocino y acumuló actos heroicos, tanto en la Guerra de la Independencia como en la lucha interna entre unitarios y federales. Ya era un hombre mayor cuando, por los méritos de su carrera, le ofrecieron el cargo de general. Pero el hombre respondió: “Creería manchar mi limpia y honrosa foja de servicios aceptando un ascenso no conquistado sobre el campo de batalla”.

Por lo tanto, rechazó el ascenso y siguió siendo coronel. Si lo hubiera aceptado, ¿hoy la célebre avenida porteña que divide Palermo de Recoleta se llamaría General Díaz? Conozcamos la confusa historia de esta calle de Buenos Aires.

Palermo, Recoleta y Retiro (al igual que Almagro, Caballito y Flores, entre tantos otros) fue zona de chacras y quintas. Entre la colección de planos de la ciudad, nos interesa el de 1837 realizado por el agrimensor don Nicolás Descalzi. Aquí, un fragmento:

Pondremos la lupa en una zona específica. Se trata del sector comprendido por las actuales Santa Fe, Austria, Las Heras y Scalabrini Ortiz. Los propietarios de quintas de esos terrenos relevados por el agrimensor italiano fueron los señores Sar, Rivera, Coronel, Bracamonte, Marcó Lon, Holemberg, Vidal y Chichipía. La quinta más pequeña ocupaba un rectángulo muy angosto y pertenecía a la familia Coronel. El rectángulo era el terreno que hoy ocupa la avenida Coronel Díaz.

Cuando se inició la urbanización de la zona, ese terreno quedó como avenida. Se lo llamó: avenida Coronel.

En 1882, el intendente Torcuato de Alvear se ocupó de los nombres de las calles, con la noble intención de rendir homenaje a muchas personalidades de nuestra historia. Por ese motivo, propuso varios nombres, entre ellos, los de los diputados al Congreso de Tucumán, de 1816. Así fue como Laprida, Anchorena, Agüero, Gallo, Sánchez de Bustamante, Salguero, Cabrera, Gorriti, Salguero, Serrano, Uriarte, Oro y el resto de los patriotas tuvieron un lugar en la nomenclatura de Buenos Aires. ¿Cómo se llamaba la avenida en aquel tiempo? Coronel.

En 1893 se oficializaron los nombres propuestos por el intendente Alvear. Allí, la avenida Coronel, que ocupaba los terrenos de la quinta de la familia Coronel, pasó a llamarse: Coronel Díaz. Nadie tenía dudas de que el nombre refería al coronel Pedro José Díaz. Pero tampoco existían certezas.

Pasaron siete décadas y surgió una nueva teoría: el coronel honrado con una avenida no era Pedro José, sino a José Javier Díaz, gobernador de Córdoba en tiempos del Congreso de Tucumán. La teoría nueva intentaba explicar que cuando Alvear le había puesto los nombres a las calles, pudo haber sugerido al gobernador de Córdoba.

¿En qué quedamos? En que el terreno de la quinta de la familia Coronel se convirtió en una avenida que un día pasó a llamarse Coronel Díaz, valga la redundancia (no por los coroneles, sino por los días); y que algunos creen que es por el valiente Pedro José, mientras que otros consideran que es por el artiguista José Javier.

Tal vez, el coronel Pedro José Díaz nos hubiera ahorrado discusiones si hubiera aceptado el ascenso a general.

Extracto de Espadas y corazones – El costado humano de la historia argentina. Editorial Sudamericana.

Volver al futuro: Buenos Aires 2080

El periodista francés Aquiles Sloen visitó la Argentina en 1879 y escribió un librito donde explicaba cómo sería el futuro. Su novela se llamó “Buenos Aires en el año 2080”. ¿Y cómo imaginaba Sloen esa Buenos Aires?

En las cien páginas de libro, asegura que en la Buenos Aires de fines del siglo XXI habrá dos millones ochocientos mil habitantes y que en toda la Argentina se contarán treinta millones de personas. ¿En qué se desplazarían? Para Sloen el medio de transporte por excelencia será el ferrocarril, que podrá llevar unos cinco mil pasajeros, entre Ushuaia y Río de Janeiro, a 360 kilómetros por hora. Con todas las comodidades del caso, por supuesto, ya que los trenes contarán con bares y restaurantes, baños, bazares, biblioteca, jardín, un teatro y capilla. Lo que significa que se podrán celebrar matrimonios ferroviarios en la Sudamérica de 2080, algo muy necesario si es que justo a uno le toca de compañero de asiento un amor a primera vista y, fundamental, con intenciones de serlo desde ese instante y para toda la vida.

El transporte público dentro de la Buenos Aires del año 2080 será mediante comodísimos tranvías eléctricos con mullidas butacas para ocho pasajeros –nadie viaja parado en la imaginación de Sloen– y también unos magníficos trenes subterráneos que pasarán por las estaciones cada cinco minutos. Esto lo escribió 35 años antes de que en Buenos Aires se inaugurara la primera línea de subtes de Sudamérica.

Con respecto a la información que circulará, es muy interesante la apreciación del novelista. Habrá, dijo, miles de hilos eléctricos que transportarán a Buenos Aires las noticias del mundo entero. Pero no a los hogares, sino a una central telefónica. Una vez obtenida la información, los empleados irán a las casas de los más ricos, aquellos que tendrán una tablilla de noticias en donde podrá escribirse lo que ellos quieran saber.

Además, pensó que Buenos Aires crecería desde lo que hoy son las avenidas Paseo Colón y Leandro N. Alem, hacia el río. En este caso, los forjadores de Puerto Madero adelantaron los tiempos de la novela. De todas maneras, hay un par de vaticinios que aún no se han cumplido. Por un lado, un largo muelle de seis kilómetros que se internará en el río y una colosal estatua de Prometeo en la Boca del Riachuelo. También habrá –si se cumplen las profecías literarias del autor– un hotel de siete cuadras de extensión pero de un solo piso y con jardín colgante, en la avenida Alem, entre Rivadavia y Viamonte.

Otra de las curiosidades del libro “Buenos Aires en el año 2080” es que el escritor imaginó una avenida que estaría situada en donde hoy se encuentra la Avenida de Mayo. Aclaremos que recién en octubre de 1886 caería el primer escombro de la primera demolición con el fin de erigir la avenida. De todas maneras, la avenida del francés tenía 160 metros de ancho, veinte más que la Nueve de Julio.

Uno de los principales edificios de la ciudad del futuro será la Oficina de la Hospitalidad. Según la explicación de Sloen, será una especie de ministerio encargado de anotar a todos los inmigrantes recién llegados y ofrecerles alternativas laborales. ¡Argentina potencia!

No se le ocurrió pensar a Sloen en la invasión de los supermercados chinos. Sin embargo, a su Buenos Aires imaginaria le puso tres pagodas y cuatro teatros chinos, sobre un total de 24 salas. ¿Por qué ese toque oriental a la ciudad? Por dos motivos. Primero, porque dos millones de chinos arribarían al Río de la Plata en 1885 (tal profecía no se cumplió). Segundo, porque en el año 2080, el emperador de China se casará con una porteña recién arribada a Pekín. En este caso, para que tengamos nuestra Máxima Zorreguieta en las tierras de la Gran Muralla, será necesario que vuelva a instalarse la dinastía monárquica en China.

Hay que tener en cuenta que cuando don Aquiles fantaseó la ciudad porteña, aún el empedrado era un símbolo de modernidad: la primera calle con asfalto la tuvimos en 1895. Por eso debe admitirse que estuvo muy acertado al concebir calles de “cemento duro”. Estas calles tendrían –o tendrán– incrustaciones de mármol pulimentado. Y estarían limpias siempre, gracias a las máquinas automáticas que las regarían y barrerían.

Aún Edison no había inventado la lamparita eléctrica, y el amigo Sloen vislumbraba un 2080 en donde las calles estuvieran iluminadas por “picos eléctricos”. Y en cuanto a diversión, sostenía que el teatro llegaría a las casas a través de hilos telefónicos que atravesaban la ciudad en cañerías subterráneas.

En 1930 el notable escritor Roberto F. Giusti –miembro de la Academia de Letras– analizó el libro de Aquiles Sloen en el diario La Prensa para entretenerse, como nosotros, con los escenarios futuros del francés. En aquella nota Giusti señalaba que la vida será más fácil en 2080, cuando logremos el confort presionando botones o timbres. O el maestro Giusti era un adelantado o nosotros somos demasiado obvios. O las dos cosas.

El primer intendente

Procedente de Chile, Gabriel Miguel José Antonio Benedicto Ignacio Raimundo de Avilés y Fierro, marqués de Avilés (su imagen a la derecha), asumió como virrey del Río de la Plata en 1799, a los 64 años de edad. No lo acompañó a Buenos Aires su mujer, Mercedes del Risco y Ciudad, quien pasó a Lima, ya que mucho no le entusiasmaba este inmenso baldío con pretensiones de ciudad.

Una de las grandes preocupaciones del virrey era el pésimo estado de las pocas calles (en la zona hoy llamada centro), verdaderos pantanos donde el tránsito era imposible en días de lluvia y en los que a veces se ahogaban los peatones. Dispuesto a encontrar una solución definitiva, resolvió completar las precarias obras de empedrado que se habían hecho hasta entonces.

Avilés convocó a un marino español que llevaba varios años en el Río de la Plata y que había demostrado capacidad para llevar adelante grandes proyectos complicados. Nos referimos a Martín Boneo y Villalonga, cuyo retrato al óleo acompaña este párrafo. Para evitar problemas, el virrey informó al Cabildo (cuerpo colegiado que cumplía funciones legislativas y judiciales) que nombraría a Boneopara que se ocupara del asunto. Sin embargo, el Cabildo tenía otros planes. El alcalde de primer voto, Francisco Antonio de Escalada (tío de Remedios), respondió que no le parecía nada buena la idea que un marino se ocupara del empedrado de la ciudad. Escalada y el Cabildo estaban convencidos de que un ingeniero o de vecinos con algo de experiencia en el área de la construcción podrían llevar adelante la tarea con mejores resultados.

Avilés cortó por lo sano. Creó el cargo de Intendente de Policía (que, a pesar de su nombre, realizaba más tareas vinculadas con la intendencia que con las del campo policial) y puso al frente a Martín Boneo, quien estuvo a la altura de las circunstancias y logró resolver el eterno problema de las calles anegadas.

Hace pocas semanas, se publicó el libro: “El Intendente olvidado de Buenos Aires” (Editorial Letemendía), cuyos autores, Martín Francisco Boneo y Juan Cruz Jaime, recorren la vida y obra (pública) de este funcionario y nos permiten saber que Buenos Aires tuvo su primer intendente porque en 1799 el tránsito era un serio problema, porque el estado de las calles era lamentable y también porque el virrey se llevaba mal con el Cabildo.