Las Heras: “Traigan vino”

En enero de 1817, el Ejército de los Andes cruzó la cordillera por seis pasos. Las dos columnas principales fueron las que condujeron el coronel Juan Gregorio de Las Heras (por el de Uspallata) y el general Miguel Estanislao Soler (por el de Los Patos), acompañado por San Martín, quien marchaba a retaguardia.

Antes de alcanzar el territorio chileno, los libertadores sostuvieron un par de enfrentamientos con los realistas. El 24 de enero, en Picheuta (Mendoza), los valientes de Las Heras vencieron a una avanzada enemiga. Al día siguiente, el mismo grupo atacó con éxito a enemigos que se habían situado en Potrerillos. Los hombres de Las Heras volvieron a entrar en acción el 4 de febrero en Guardia Vieja. Pero, a diferencia de los sucesos anteriores, en esta nueva contienda ya habían atravesado las altas cumbres y se encontraban en territorio chileno.

Guardia Vieja, el primer puesto custodiado en el camino a Chile, fue tomado por asalto. Los patriotas, encabezados por el teniente Román Deheza y el mayor Enrique Martínez  atacaron la guardia con 150 fusileros y treinta granaderos. Veinticinco de los cien realistas murieron, mientras que 43 fueron hechos prisioneros. El resto huyó (según la versión patriota) o logró escapar (de acuerdo con el parte de los realistas). Los patriotas no tuvieron bajas.

Enterado del éxito de su avanzada, Las Heras le escribió a fray Luis Beltrán, quien esperaba al borde de la cordillera mendocina para iniciar el trayecto. Esta fue, entonces, la primera comunicación que cruzó los Andes con información bélica. Era un parte militar acompañado de una esquela que decía: “Lea usted, carajo, emborráchese y escriba a [la ciudad de] Mendoza. Mándeme víveres, siquiera 10 o 12 cargas de charqui y alguna harina, que necesito para los prisioneros. Estoy sin mulas porque con el trabajo se caen flacas. Y si hay vino, también quiere. Heras”.

Esta pequeña pero sentida esquela fue leída con emoción patriótica y celebrada en la plaza de la ciudad de Mendoza. No era para menos: los logros del Ejército que comandó San Martin se debieron, en gran medida, al esfuerzo descomunal de los gloriosos pueblos cuyanos.

Los músicos del cruce de los Andes

Tres semanas después de que en Tucumán declararan la Independencia, se daba la denominación de Ejército de los Andes a los escuadrones que adiestraba San Martín en Mendoza. Hasta ese momento, se había llamado Ejército de Cuyo. En poco tiempo, uno de los batallones, el glorioso número 11, se convirtió en el primero que tuvo banda musical.

Fue gracias al aporte del hacendado mendocino Rafael Vargas, quien a veces llamaba algo la atención con sus excentricidades. Fue quien introdujo el primer coche de lujo en Mendoza (en realidad fueron dos) y se distinguía por su refinado gusto para adornar su casa.

En 1810 se encargó de importar instrumentos de viento de Bélgica y envió a dieciséis de sus esclavos a Buenos Aires, donde tomaron clases en la Academia de Música Instrumental del maestro español Víctor de la Prada. Después de cuatro años, cuando ya tenían una base suficiente, regresaron a la ciudad de Mendoza con su amo, quien los llevaba a tocar a la iglesia y otros actos públicos.

Una vez que se formó el Ejército de los Andes, Rafael Vargas mandó a hacerles uniformes y donó la banda musical al Batallón 11 que marchó en la columna de Las Heras, por el paso de Uspallata. Con su talento natural, los dieciséis músicos negros le pusieron ritmo marcial a la epopeya de los Andes.

Aranceles del verdugo

Bancaria, abogado, cocinero, médica, guardavidas y un largo etcétera. Sea cual fuere la actividad que uno desarrolla, por lo general se ofrece el trabajo a gente formada para desempeñar la tarea. Pero, ¿cuáles serían las cualidades necesarias para conseguir trabajo de verdugo? Si bien no era explícito, los requisitos eran ser ladrón, o asesino, y saber leer.

El conocimiento de la lectura era imprescindible porque el verdugo también actuaba como pregonero. Su calidad de asesino o ladrón no era fundamental. Sin embargo, siempre obtenían el trabajo aquellos que contaban con lo que más adelante se denominaría “prontuario”.

En resumen, el verdugo/pregonero se ocupaba de torturar a detenidos, ejecutar a condenados y anunciar las noticias a los vecinos.

Entre los más conocidos de Buenos Aires, figuraron el indio José Antonio Aguarí (cumplió funciones hasta mediados de 1802) y su sucesor, el negro Bonifacio Calixto Silva, quien protagonizó un par de hechos históricos: fue quien anunció a los vecinos la convocatoria al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, como así también, el encargado de ejecutar a Martín de Álzaga en 1812.

Cada tarea tenía sus aranceles. En tiempos del virreinato, fueron fijados de la siguiente manera en las actas oficiales:

- Un real por cada pregón que realizara.
- Un peso (es decir, ocho reales) por torturar a un reo y lograr su confesión.
- Un peso por aplicar el castigo de azotes en la vía pública al condenado.
- Dos pesos por ejecución de la pena capital, además de quedarse con las pertenencias del ejecutado, como era costumbre.
- Un peso extra si el cuerpo debía ser quemado o cortado en cuatro partes para colgar en las plazas o caminos, a manera de advertencia.
El verdugo Silva juntó suficiente cantidad de dinero para comprar la libertad de su novia, la negra Tomasa, con quien vivió hasta sus últimos días.
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Bolívar arañado

El 16 de junio de 1822 fue día festivo en Quito. La ciudad abandonó su actividad cotidiana para recibir a Simón Bolívar. Durante el desfile por las calles abarrotadas de vecinos, el homenajeado divisó a una dama de grandes caderas, senos llamativos, contextura gruesa, pelo oscuro y crespo, ojos pardos, boca pequeña y carnosa, que miraba la ceremonia desde un ventanal.

Se llamaba Manuela Sáenz, tenía 26 años y llevaba cinco unida en matrimonio al médico Jaime Thorne, con quien no intimaba demasiado. Por la noche, en el baile de honor, Bolívar y la dama fueron presentados formalmente. Él apeló a una de sus clásicas estrategias de conquista: le contó cómo se conocieron Romeo y Julieta. Funcionó.

Luego de la corta estancia en Quito, Bolívar salió hacia Guayaquil para reunirse con el general San Martín. Manuela se instaló en la hacienda “El Garzal” (no muy lejos de allí), desde donde le escribió a su galante Libertador, el 27 de julio, instándolo a abandonar la ciudad y reunirse lejos de las miradas indiscretas. Pero el caraqueño estaba ocupado, contándole la historia de Romeo y Julieta a una joven de ojos claros, María Joaquina Garaycoa, a quien conoció la noche en que tuvo lugar la fiesta que se brindó al general San Martín.

Los Libertadores se entrevistaron el 26 de julio de 1822. Al día siguiente, el argentino regresó a Lima e inició su retiro. Bolívar arribó a Lima en septiembre de 1823. Manuela Sáenz lo hizo en octubre, acompañada de su madre. Durante la última semana de octubre de 1823, Simón Bolívar y Manuela Sáenz se vieron en Magdalena, en las afueras de Lima. Ella había logrado sortear la vigilancia materna, pero no disponía de mucho tiempo. Por eso, el reencuentro comenzó a celebrarse de inmediato y en la mayor intimidad. La joven quiteña corrió a la cama y al deslizarse dentro de la sábanas, recibió un pequeño pinchazo: era el aro perdido de alguna dama.

Se lanzó sobre Bolívar y lo atacó con uñas y dientes. Se marchó furiosa, luego de dejarle notables marcas en la cara. Durante una semana, hasta que cerraran las cicatrices, el Libertador venezolano se recluyó en su cuarto. Todas sus actividades se suspendieron, alegando que había enfermado en forma repentina. No se le ocurrió decir que lo atacado había un avispa.

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La bandera diferente de Belgrano

Una reliquia de la historia de la Guerra de la Independencia es noticia. Nos referimos a una de las dos banderas de Macha, cuya conocida historia hemos publicado en el blog hace unas semanas.

Macha es una ciudad altoperuana que tuvo protagonismo porque allí estableció Belgrano el cuartel central en las semanas que corrieron entre los enfrentamientos de Vilcapugio (octubre de 1813) y Ayohuma (noviembre del mismo año). Ambos sellaron el triste final de la segunda campaña al Norte.

Dos banderas del Ejército que comandaba Belgrano reaparecieron en 1881. Las encontró un sacerdote de la capilla de Titirí -a pocos kilómetros de Macha- dentro de unos cuadros, donde habían sido prolijamente escondidas.

Una era celeste, blanca y celeste, mientras que la otra era blanca, celeste y blanca. En 1896, el gobierno boliviano entregó la primera de las mencionadas a la Argentina. Hoy se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

La segunda bandera hoy es noticia. Cuatro restauradoras argentinas del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco que viajaron a Bolivia para trabajar en la bandera blanca-celeste-blanca, han completado la tarea. Las expertas son Patricia Lissa, Ivana Rigacci, María Dora Lasalandra y María Sol Balcarde.

Una institución argentina, el Fondo Argentino de Cooperación Sur Sur y Triangular, que depende de la Dirección General de Cooperación Internacional de la Cancillería, fue quien implementó un programa de “Capacitación en Conservación y Restauración de Textiles Históricos”. A través de dicho programa, las restauradoras argentinas capacitaron a sus pares en Bolivia, mostrándoles de qué manera trabajaban sobre el género que fue protagonista de nuestra historia.

Completada la tarea, a comienzos de esta semana, la bandera se entregó a las autoridades de la Casa de la Libertad, situada en Sucre. Es la institución que ha venido custodiando la reliquia, pero además tiene un valor simbólico muy grande: para el pueblo boliviano representa lo mismo que la Casa Histórica de Tucumán para nostros, porque allí declararon su Independencia.

Las imágenes que acompañan la nota nos muestran a las argentinas en plena tarea y el acto de entrega formal del peculiar pabellón argentino a la Casa de la Libertad.

La enseña diferente -que tanto debate ha generado por sus colores invertidos- luce renovada gracias al trabajo de cuatro profesionales que con su talento, han rendido el siempre merecido homenaje a Manuel Belgrano, el creador de la bandera argentina.

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Los sesenta granaderos

La genial estrategia militar de José de San Martín consistía en asentar al Ejército Libertador en Chile y desde allí navegar al Perú. Luego del triunfo de abril de 1818 en los campos de Maipo –o Maipú– logró consolidarse la primera etapa. Sin embargo, los graves acontecimientos políticos que sucedían en ambos lados de la cordillera ponían en riesgo la campaña a Lima. Más aun, el gobierno de las Provincias Unidas ordenaba el regreso de los hombres que habían partido de Mendoza en 1817.

Con gran esfuerzo debido a su salud seriamente quebrantada, San Martín repasó los Andes el 14 de febrero y se instaló en Mendoza el 23. Su intención era destrabar el conflicto generado con su ejército por quienes se disputaban el poder.

En octubre, San Martín partió rumbo a Buenos Aires con el objetivo de entrevistarse con el flamante Director Supremo, José Rondeau. Sin embargo, las noticias recibidas en el trayecto –referidas a levantamientos insurgentes en Tucumán y Córdoba– lo hicieron volver sobre sus pasos. Regresó a Mendoza donde sufrió un serio desmejoramiento de su salud. Envió una carta a Rondeau manifestándole que estaba muy enfermo para seguir al mando del Ejército. Le recomendó que encontrara un sustituto de inmediato y le anunció que pasaría a Chile, para tomar baños termales.

Estaba dispuesto a cruzar la cordillera, pero apenas podía mantenerse en pie. El general Rudecindo Alvarado le ordenó a fray Luis Beltrán que construyera una camilla, lo más cómoda posible, para trasladar al general a través de los Andes. El fraile la terminó en un par de días y se abocó a reunir víveres y abrigos. Alvarado dispuso que sesenta granaderos acompañaran al jefe, turnándose para cargar en sus hombros la camilla con el ilustre enfermo.

La travesía se inició el 28 de diciembre. A la cabeza marchó el fraile, junto al médico personal de San Martín, el doctor estadounidense Guillermo Colesberry. Además de los sesenta granaderos, dos sargentos estaban encargados de velar el sueño del comandante. Se turnaban por la noche para atender como enfermeros cualquier necesidad del convaleciente.

El viaje demandó 17 días, ocho más de los que había empleado San Martín cuando pasó a Mendoza en febrero de ese mismo año. Tres semanas en aguas termales lo repusieron. Se instaló en Santiago e inició los preparativos para llevar adelante la segunda etapa de su magnífico plan libertador.

El pintor Fidel Roig Matons reflejó en su obra aquella escena. La célebre cueca “Sesenta granaderos”, del poeta mendocino Hilario Cuadros, evoca a la escolta que acompañó a San Martín en ese cruce.

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¿Qué escondió Belgrano en una iglesia?

Luego de la derrota en las pampas de Vilcapugio en octubre de 1813, Manuel Belgrano estableció su cuartel general en Macha, un pueblito perteneciente al departamento de Potosí en Bolivia. Se encuentra ubicado a unos once kilómetros en línea recta de Ayohuma, lugar donde luego se desarrolló la fatídica batalla para los patriotas en noviembre del mismo año.

En 1881, en un pequeño paraje llamado Titirí, a unos pocos kilómetros de Macha, el cura de la capilla limpiaba y ordenaba el lugar. Le llamó la atención un cuadro de Santa Teresa. Lo descolgó, desarmó el marco y descubrió que había dos banderas enrolladas en la madera. Al desenrollarlas, comprobó que estaban rotas, tenían rastros de pólvora y algunas manchas de sangre, además del lógico desgaste natural. Tenían una particularidad: una era celeste, blanca y celeste (ver foto), mientras que la otra era blanca, celeste y blanca.

El cura las enrolló nuevamente y volvió a colgar el retrato. Dos años después, fueron nuevamente halladas por su sucesor, el padre Primo Arrieta (posiblemente informado por el anterior cura), y las hizo trasladar a Sucre.

¿Cuál es el misterioso origen de estas banderas? No se sabe con certeza. Pero la mayoría de los especialistas opina que están relacionadas con el general Belgrano. Este grupo mayoritario de historiadores avala la teoría de que el comandante ordenó al coronel Cornelio Zelaya que escondiera las banderas del ejército patriota para que éstas no cayeran en manos de los enemigos. ¿Habrá sido después de la derrota de Vilcapugio o luego de ser vencidos en Ayohuma? En ambos casos, pasó por Macha.

La humilde capilla rural era dirigida por el cura Juan de Dios Aranívar. Se especula que el coronel Zelaya se presentó ante el párroco y le dejó a su cuidado las dos banderas para que las escondiera de los realistas. Algunos relatos sostienen que fue el propio Belgrano quien estuvo de paso por la capilla, ya que era amigo del sacerdote. Otra posible teoría es que el mismo párroco haya participado en la campaña, y ante la retirada patriota, escondió las banderas sin el conocimiento del general.

Algunos historiadores simplemente descartan la posibilidad de que éstas, sean las banderas que hayan pertenecido al ejercito del Norte o auxiliar del Alto Perú.

Una de las dos banderas fue devuelta por el gobierno boliviano en 1896 (la celeste-blanca-celeste), hoy se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires. El ejemplar blanco-celeste-blanco continúa en el Museo Casa de la Libertad de Sucre.

El Congreso de Tucumán en 3 minutos

Cada uno de los diputados que concurrieron a Tucumán para participar del Congreso cargó con el peso de una enorme responsabilidad. Esos hombres no solo eran las caras visibles de la rebelión ante las naciones del mundo, sino que también se exponían a las críticas de los propios pueblos que los habían elegido.

El panorama en 1816, tristemente desalentador, tampoco ayudaba: 1) La economía de las Provincias Unidas estaba a punto de tocar fondo. 2) Fernando VII había recuperado el trono de España y se había propuesto enviar al Río de la Plata unos 15.000 a 20.000 veteranos profesionales (los que habían vencido nada menos que a Napoleón) para recuperar el territorio americano. 3) Para colmo, el ejército del Norte, al mando de Rondeau, había sido derrotado en Sipe Sipe. Por ese motivo, el territorio quedó partido en tres:

- Una fracción en manos de los realistas (Alto Perú y Norte de Jujuy).

- El Litoral bajo la órbita de Artigas, quien estaba enfrentado a Buenos Aires.

- Y el grupo restante, conformado por las provincias que se sumarían al Congreso.

Con dos tercios de los diputados presentes, el Congreso inició sus sesiones el 24 de Marzo de 1816, en un contexto de gran escepticismo, debido al fracaso de la Asamblea del año XIII, que no había logrado declarar la Independencia y redactar una Constitución.

El grupo de los diputados era muy heterogéneo. Más allá de las diferencias generacionales (el menor, Godoy Cruz, tenía 25 años; mientras que Uriarte ya había cumplido los 63), contrastaban las posiciones políticas. Los de Buenos Aires no se llevaban bien con los del Norte que, por su parte, tenían muchas diferencias entre ellos mismos. Los de Córdoba tampoco mantenían buena relación con los porteños. En cambio los de Cuyo, que actuaban siguiendo instrucciones de San Martín, sostenían un buen diálogo con casi todos los grupos.

El desarrollo del Congreso debe mucho a cuatro personalidades de nuestra historia: Martín Miguel de Güemes -quien aún luego de la caída de Rondeau en Sipe Sipe, no dio un solo paso hacia atrás-, Juan Martín de Pueyrredon -fue diputado por la provincia de San Luis hasta que el Congreso lo designó Director Supremo-, José de San Martín, quien alistaba el Ejército para el Cruce de los Andes; y Manuel Belgrano, quien había regresado de una misión diplomática en Europa y viajó a Tucumán para hablarles a los integrantes del Congreso.

Belgrano arribó -atención a la fecha- el viernes 5 de julio de 1816. Era muy valorado por los distintos sectores que participaban de la asamblea y todos querían conocer su opinión. Se reunió en sesión secreta con los congresistas el sábado 6 de julio y ofreció un panorama claro y concreto

Entusiasmados con la exposición de Belgrano, y conscientes de que la única manera de dar un paso hacía adelante sería dejando las abismales diferencias en un segundo plano, el lunes 8 los diputados trabajaron en los preparativos de la ansiada declaración. El martes 9 de julio, la histórica sesión comenzó a las 8 de la mañana y se extendió hasta las 17. Ante el general Belgrano y el Director Supremo Pueyrredon se consolidó la identidad de nuestra Patria con la Declaración de la independencia.

A doscientos años, rendimos homenaje a los veintinueve diputados que firmaron el acta y a los hombres que gravitaron en el Congreso, guiándolo y protegiéndolo: San Martín, Belgrano, Pueyrredon y Güemes. ¡Viva la Patria!

 

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La reconstrucción del rostro de Güemes

Martín Miguel Juan de la Mata de Güemes Montero Goyechea y la Corte nunca fue retratado. La prematura muerte del prócer salteño, a los 36 años, nos privó de contar con una imagen real para la posteridad.

Entonces, ¿de dónde provienen los retratos que conocemos? Derivan de las narraciones más o menos imprecisas de los contemporáneos del héroe. Bernardo Frias, primer biógrafo de Güemes, recaudó información consultando a compañeros y amigos. Así pudo saber que cuando era niño cayó del caballo y el golpe le dejó una cicatriz en el párpado derecho. Por su`parte, Dionisio Puch, cuñado del general muerto en acción en tiempos de la Guerra por la independencia nacional, dijo que “su mirada expresaba la firmeza del guerrero y la benevolencia del filósofo”.

Gracias a las descripciones, puede concluirse que Güemes era alto, superando el metro ochenta, de cabellera abundante y ondulada, frente espaciosa y nariz recta, perfil delicado, ojos almendrados y una barba abundante que cuadraba con el rostro.

Pero cuando se decidió contar con una imagen oficial, lo que definió el enigma fue un daguerrotipo de su hijo, Martín del Milagro Güemes Puch (a quien vemos en el óleo de la derecha). Su mujer -y además prima-, Adela Güemes Nadal aseguraba que su marido era muy parecido a su suegro. Algunos paisanos que conocieron al caudillo confirmaron su versión.

La imagen del patriota, casi de cuerpo entero, fue realizada por Eduardo Schiaffino en el año 1902, ochenta y un años después de su muerte. Schiaffino compuso el rostro basándose en los relatos recopilados por Frías y en la imagen del hijo parecido. Pero además reunió a tres nietos del héroe gaucho quienes posaron para el artista. De cada nieto tomó un detalle: la frente de uno, la nariz y boca del siguiente, y la barbilla y orejas del otro.

Este retrato del caudillo se encuentra en el Museo de Bellas Artes de la provincia de Salta.

¿Cómo fue el 25 de mayo de 1810?

En las primeras horas de la madrugada, algunos patriotas se dirigieron a la casa del síndico Leiva para anunciarle que Saavedra y Castelli renunciaban a la flamante junta que presidía Cisneros. El amanecer del 25 frío y lluvioso no invitaba a salir a la calle. Sin embargo, los capitulares acudieron al edificio del Cabildo bien temprano y se encerraron en la planta alta.

A las 9:30 consultaron a los jefes militares: no respaldarían el sostenimiento del virrey. Mientras tanto, hombres dirigidos por French ocupaban sectores de la plaza de la Victoria, entre el Cabildo y la Recova. Saavedra y Beruti ingresaron a entrevistarse con los cabildantes y les entregaron la lista con los nueve nombres que debían conformar la nueva Junta.

El Alcalde Juan José Lezica les agradeció el listado y dijo que sería tratado por el cuerpo capitular. La puerta se cerró. Era tiempo de esperar. Muchos de los postulados para gobernantes se reunieron en la casona de Azcuénaga, frente a la Recova, en las actuales Rivadavia y Reconquista.

El hermetismo en la sala de reuniones, el frío mediodía y la lluvia atentaron contra la paciencia de los hombres. Desde la Plaza gritaban: “¡El pueblo quiere saber lo que se trata!”, intentando apurarlos. French arrimó al Cabildo varias hojas con firmas de vecinos que reclamaban la instalación de la Junta y aclaró en términos nada confusos que el tiempo de las decisiones se agotaba.

A las tres de la tarde, Saavedra, Paso, Moreno, Alberti, Azcuénaga, Belgrano, Castelli, Larrea y Matheu se hincaron frente al crucifijo y juraron “desempeñar legalmente el cargo”. Fue el acta de defunción del virreinato, el gobierno patrio había nacido.

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