La Quinta de Olivos

Antonio Olaguer, solterón y ciego, había heredado una importante chacra en la zona denominada de los Olivos, en el camino a San Isidro. La obtuvo luego de una fuerte disputa con sus tres hermanas mayores: Ana, Manuela y la paquetísima María. La quinta de la discordia era histórica, ya que ahí había muerto Azcuénaga en 1833.

En sus últimos días, Antonio legó la quinta a un sobrino, Carlos José Villate Olaguer Feliú (hijo de María y, además, bisnieto del virrey Olaguer y del miembro de la Primera Junta Miguel de Azcuénaga). El nuevo propietario fue uno de los jóvenes codiciados de su época, pero no nació la mujer que lograra atraparlo. Buen mozo y refinado, viajaba en forma continua a París. Cuando visitaba Buenos Aires, anclaba su lujoso yacht en el puerto de Olivos y pasaba temporadas de fiestas donde tiraban la casa –o la quinta– por las ventanas. Y decimos por las ventanas porque tenía muchísimas. La había diseñado Prilidiano Pueyrredon, el hijo del Director Supremo. La casa de los ventanales de Olivos era conocida como “la pajarera de Pueyrredon”.

Tantas noches de fiesta, tabaco y alcohol parecen no haberle hecho bien a la salud del millonario. Carlos Villate murió en 1918, a los 46 años, y en su testamento cedió el terreno y la casona con el exclusivo fin de que fuera residencia de los presidentes argentinos. La donación fue aceptada por Hipólito Yrigoyen, pero nunca la utilizó. Apenas la visitó una vez. El primer presidente que se instaló una temporada corta allí fue Agustín Pedro Justo, en 1932. Al año siguiente,se instaló una colonia de vacaciones en su extenso terreno. Miles de niños han disfrutado de sus vacaciones en la quinta de Olivos. También se usó para albergar a los chicos que padecieron inundaciones.

Al igual que Azcuénaga, Juan Domingo Perón murió en ese lugar.

Dentro de la célebre quinta presidencial hay una estatua del benefactor. Y la calle lateral a la residencia, en su costado norte, tiene nombre de playboy: se llama Carlos Villate.

Carlos también, se unió en matrimonio a María de Olaguer Feliú y Azcuénaga, nieta del virrey Olaguer y del brigadier patriota –miembro de la Primera Junta– Miguel de Azcuénaga.

Un presidente insultado por teléfono

Susana “Pototo” Torres (17 años) se casó con Mariano Castex (28) y comenzó desde temprano con los deberes conyugales y familiares. Así y todo, se convirtió en la mujer más influyente de su tiempo. Cocinera expertísima, tiradora de puntería envidiable, consumidora de rapé, imbatible en la mesa de billar y gran amiga de presidentes. Tuvo excelente trato con Roca, Mitre, Juárez Celman, Pellegrini, Figueroa Alcorta, De la Plaza, Alvear y Justo. La lista prosigue con obispos, artistas, ministros y todo aquel que pretendiera ser alguien en el mundo social de Buenos Aires. Como dato anexo, agregamos que enviudó en 1919.

En su casa de Callao 1730 (barrio de Recoleta) se tomaron decisiones de Estado, como así también en Villa Susana, la propiedad que tenían en Mar del Plata. Pero el grado de familiaridad con las principales figuras de la política argentina nos permite rescatar un par de anécdotas en donde los vemos actuando de manera muy distendida.

En cierta oportunidad que el confesor de Pototo murió, la dama se vio en la necesidad de conseguir un nuevo sacerdote con quien entenderse. Duró poco tiempo, ya que también partió de este mundo. Por supuesto, no hay dos sin tres: el próximo confesor de Susana Torres tampoco tuvo mucho resto de vida. Cuando la noticia de que este buen hombre —el Padre Peligra de la Iglesia del Pilar— había muerto, sonó el teléfono en la casa de Callao.

Era un caballero que pidió, por favor, que le informaran a la señora, de parte del arzobispo, monseñor José María Bottaro, que para preservar el clero, dejara de confesarse por un tiempo, ya que con sus confesiones los estaba matando a todos.

Cuando su nieto Mariano Apellaniz le comunicó a Pototo el mensaje, la señora soltó una carcajada y dijo: “Ese es el bestia de Marcelo”. Y no se equivocaba, era el bromista Marcelo T. de Alvear. Mejor dicho, el presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear.

Los Castex se la devolvieron con una broma clásica de aquel tiempo. Consistía en molestar durante un par de días a un pobre abonado hasta sacarlo de las casillas y luego hacer que un incauto lo llamara, por algún motivo. En Callao, Jorge Castex, hijo de Pototo, le pidió a Alvear que por favor se comunicara con un pintor a cierto teléfono. Alvear llamó, preguntó si estaba el pintor y la respuesta furiosa fue: “¡Sí, el que te pintó el c…, hijo de p…!”. Alvear colgó de inmediato, y sin parar de reírse, dijo: “Si supiera que ha puteado al Presidente…”.

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¿Conocés a José Hernández?

Desde 1939, los 10 de noviembre se celebra el Día de la Tradición. Se decidió esa fecha para rendir homenaje a José Rafael Hernández. Conozcamos un  poco más al autor del Martín Fierro:

1. Nació el 10 de noviembre de 1834. La familia de su padre era federal, mientras que la de su madre era unitaria.

2. Vivió una temporada en Sierra de los Padres (a 25 km de Mar del Plata), donde conoció la actividad de los hombres de campo.

3. Desde muy joven, la política lo sedujo: fue urquicista y luego jordanista, cuando se sumó al bando de López Jordán, enemigo de Urquiza y Sarmiento. Ejerció el periodismo y se alistó en las filas del partido autonomista de Adolfo Alsina.

4. Era corpulento, medía un metro noventa. Tenía un vozarrón llamativo: le decían que su voz sonaba como el órgano de la Catedral. Por su voz grave lo apodaban “Matraca”.

5. Poseía una memoria asombrosa: en las reuniones acostumbraban leerle listas de números pensados por los invitados, y él los repetía luego, en perfecto orden o al revés. Asimismo, el propio Hernández leía la página de un libro seleccionada al azar, luego cerraba el libro y repetía el texto para regocijo de todos.

6. Casó en 1863 con Carolina González del Solar, en Paraná. Fueron padres de seis mujeres y un varón.

7. Obtuvo una banca de diputado y, más adelante, de senador. Sostuvo intensos debates con Sarmiento por la defensa del gaucho, a quien consideraba sometido al poder de los terratenientes y postergado de cualquier beneficio que recibiera el resto de la población.

8. Durante aquellos combates políticos sufrió el destierro en Brasil. Regresó en forma clandestina a Buenos Aires para visitar a su familia. Se alojó en el hotel Argentino. En una habitación con vista a la Plaza de Mayo escribió gran parte de “El gaucho Martín Fierro”, que se publicaría en el verano de 1873.

9. La primera edición fue de un papel de baja calidad y parecía más un cuadernillo que un libro. El éxito fue notable, a pesar de que sus lectores pertenecían a la clase humilde y el poema no era visto como aceptable en los círculos literarios. Sólo en 1873 vendió 64.000 ejemplares.

10. El relato del Martín Fierro finalizaba cuando el gaucho se internaba en la pampa, junto a su compañero Cruz, huyendo de la justicia para unirse a los indios. Muchos entusiastas lectores le preguntaban a José Hernández si Martín Fierro volvería de aquel viaje. Por ese motivo, la segunda parte se llamó “La vuelta de Martín Fierro”, publicada en 1879.

11. Con el dinero que obtuvo con la venta de sus libros compró una quinta en el pueblo -hoy barrio- de Belgrano, que se extendía desde el bajo hasta Cabildo y Olleros.

12. Además de ser recordado por su obra literaria, es necesario acotar que José Hernández, siendo senador, le dio el nombre a la nueva capital para la provincia de Buenos Aires, en 1882, al proponer que la ciudad se llamara La Plata.

Casa Histórica de Tucumán en 10 pasos

1) ¿Por qué en 1816 no se utilizó el edificio del Cabildo tucumano que, por lógica, debía ser el escenario más apropiado para las reuniones de los representantes de las provincias? El motivo es que en esa época estaban refaccionándolo.

2) Hacía bastante tiempo que el gobierno tucumano había alquilado parte de la casa donde se celebraron las reuniones. Pagaba 25 pesos mensuales y allí funcionaba una oficina de la aduana, hasta que fue cedida a los congresales a partir del 24 de marzo de 1816.

3) Esa propiedad integraba la dote que recibió Miguel Laguna cuando se casó con Francisca Bazán. Para 1816, Francisca era una mujer mayor y viuda. Sus hijos se encargaban de la renta de sus propiedades.

4) Los cuartos que daban al frente de la casona, instalada en un terreno de 2.100 metros cuadrados, se empleaban para venta de mercadería. En aquel tiempo era habitual que se alquilaran los ambientes del frente de las propiedades para ser destinados al comercio.

5) Al salón de sesiones se llegaba atravesando un patio interno. Esto significa que las clásicas imágenes de vecinos eufóricos junto a las ventanas de la calle no se corresponden con la realidad.

6) Fue necesario acondicionar el salón donde deliberarían nuestros patriotas: se tiró una pared abajo con el fin de obtener un ambiente de 75 metros cuadrados.

7) En 1869, la casa histórica era una propiedad privada en ruinas que estaba a punto de ser demolida. El diputado tucumano Tiburcio Padilla propuso comprarla y allí se instaló una sucursal del correo.

8) Casualmente, ese mismo año arribó a Tucumán el primer fotógrafo, Ángel Paganelli, quien realizó la única toma que se ha hecho de la casa original (que es la que vemos más arriba).

9) De todas maneras, el frente no se salvó de la piqueta: se tiró abajo en 1903. Se preservó la sala histórica y se construyó un templete que la cubriera. Se veía como en la siguiente imagen:

10) En 1942 se resolvió recrear la propiedad. Con los planos y las fotos de Paganelli, la Casa de Tucumán resurgió de sus escombros, con puertas, ventanas y parte de la herrería originales.

Los padres de los patriotas

De los nueve integrantes de la Primera Junta surgida en 1810, dos habían nacido en  España: Juan Larrea y Domingo Matheu. Los restantes eran americanos, nacidos en Buenos Aires, salvo Saavedra, oriundo de Potosí, en el Alto Perú (hoy Bolivia). Pero, ¿qué ocurría con sus madres y sus padres? Veamos:

SaavedraEntre los hombres, sólo era porteño Santiago Felipe de Saavedra, padre del presidente de la Junta (cuyo escudo vemos a la izquierda). En cambio, los otros ocho eran europeos:  Domingo del Passo (gallego), Manuel Moreno (santanderino), Antonio Alberti (piamontés), Vicente de Azcuénaga (vizcaíno), Domingo Belgrano (genovés), Ángel Castelli (veneciano; el escudo de la familia se ve abajo a la derecha), más los catalanes Pablo Matheu y Martín Ramón de LarreaSNC00280

En cuanto a las madres de los integrantes del primer gobierno patrio, ocho de las nueve nacieron en la misma ciudad que su hijo. Teresa Rodríguez Giraldez de Saavedra, era potosina como Cornelio. Ana María Valle de Moreno, María Manuela Fernández de Escandón y Astudillo de Passo, María Josefa Villarino y González de Castelli, María Josefa González Casero de Belgrano, Juana Agustina Marín de Alberti y Rosa Benedicta de Basavilbaso de Azcuénaga, todas porteñas.

Antonia Xicola de Matheu era oriunda de Mataró y la excepción fue Tomasa Espeso de Larrea, nacida en Palencia. Su familia se trasladó a Barcelona y allí conoció a Martín Larrea.

Nombres raros eran los de antes

En 1905, Alfredo Froilán Urquiza y Lucila Marcelina Anchorena fueron padres en una fecha muy especial para los Urquiza: el 3 de febrero, es decir, la fecha en que el abuelo de Alfredo había derrotado a Juan Manuel de Rosas en Caseros en el lejano 1852. Fue bautizado con los nombres de Félix Caseros (directamente lo llamaban Caseros) y terminó siendo intendente del partido de Vicente López, que comprendía, entre otros barrios, el que evoca a su madre, La Lucila.

Un primo de Caseros, hijo de Roberto Bunge y Dolores Campos Urquiza, se llamó Luis María Roberto Octavio Tuyutí Bunge Campos Urquiza. El Tuyutí le vino de la sangrienta batalla contra los paraguayos, donde se lució el comandante Luis María Campos, su abuelo materno.

Isabel Chitty, la mujer del almirante Guillermo Brown, dio a luz el 16 de mayo de 1815. Fue una niña a la que llamaron con el nombre de Martina García Brown (en realidad, Martina García Rosa Josefa Estanislada de Jesús Brown), debido a que su padre, el almirante, había vencido a los realistas en el complejo y decisivo combate de Martín García, en marzo de 1814.

En las filas del Ejército Libertador se encontraba el tucumano José Segundo Roca, quien sería el padre de Julio Argentino. En uno de los enfrentamientos quedó tendido en el campo, dado por muerto, y fue auxiliado por un indígena que le salvó la vida. El indio se llamaba Ataliba. Años más tarde, el soldado bautizó al segundo de sus siete hijos varones con el nombre de su salvador, pero con ve corta. Ataliva Roca terminaría siendo el hermano más apegado al dos veces presidente de la Nación.

Un sobrino de Marcelo Torcuato de Alvear se llamó Adams Benítez Alvear debido a que su madre, la peculiar Carmen Alvear de Benítez, había leído una biografía del segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams, y quedó encantada con el político.

También en la misma familia se bautizó con el nombre de León Ituzaingó Alvear a un hermano de Carmen e hijo del general Carlos María de Alvear. Un año antes de que naciera León, Carlos María había comandado al victorioso ejército patriota en la batalla de Ituzaingó, precisamente. También existió Jorge Ituzaingó de Alvear Santamarina, bisnieto del general, quien llevó ese nombre por haber nacido en 1927, ocho días antes de que se cumpliera el centenario de la batalla.

Antonio Arenales Uriburu, bisnieto por la rama materna del general Juan Antonio Álvarez de Arenales, se pasó toda la vida aclarando que su apellido era Uriburu, y sus nombres, Antonio y Arenales. Lo común era pensar que tenía un solo nombre, más un apellido compuesto. Tanto uno de sus hermanos como su padre, cargaban con el peso de otro patronímico con historia. Se llamaban Napoleón Uriburu.

En 1830, el gobernador de las Islas Malvinas Luis Vernet y su mujer, María Sáez, fueron padres de la primera malvinense argentina, a quien todos conocemos por un nombre de lo más apropiado: Malvina Vernet. Después tuvo lugar la ocupación británica y también hubo una criatura que en 1848 cargó con la geografía a partir de su bautismo. Se llamó James Henry Falklands Sullivan. Para ser justos, la hija del gobernador Vernet no se llamó Malvina. Al nacer le pusieron Matilde y luego todo el mundo comenzó a llamarla con el nombre histórico que fue la primera vez que alguien lo llevó. La primera Malvina oficialmente registrada de la historia fue Malvina Cilley (en 1872), hija de la Malvina no oficial y nieta del gobernador Vernet.

En Buenos Aires, el 25 de mayo de 1910, nacieron 137 varones y 98 mujeres: entre ellos, Mario Argentino Copello, Argentino José Gilardosi, Centenario Argentino Vicente Amarante, Antonia Centenaria Villano y Centenaria Argentina Quiroga.

El virrey Santiago de Liniers y su amante Ana Perichón de O’Gorman se convirtieron en parientes políticos en 1809 cuando María del Carmen Liniers casó con Juan Bautista, hermano de Ana. La hija de esta pareja, Rosario Perichon, casó con José Manuel de Estrada. Entre sus descendientes varios han adoptado el apellido Liniers como nombre. Los dos casos más famosos han sido el destacado profesor de historia Agustín Alberto José Manuel Liniers de Estrada, nacido en 1920. Liniers era uno de sus cinco nombres de pila. Y fue el que utilizó siempre, aun más que Agustín. En el ámbito familiar, lo apodaron “Lini”. Un nieto de Lini se convirtió en su tocayo cuando fue bautizado Ricardo Liniers Siri. Es el célebre autor de la historieta Macanudo que publica el diario La Nación. Su seudónimo es, a la vez, su segundo nombre: Liniers.

Nombres de niños en 1814

El uso del santoral para denominar a un hijo fue una práctica muy habitual en tiempos de la Revolución y la Independencia. Fue el caso del presidente Faustino Valentín Sarmiento, quien nació en 1811, el día de San Valentín y fue bautizado el día de San Faustino, aunque en la casa lo llamaron Domingo, nombre que no figura en el registro de su bautismo. En otros casos, se llamaron igual que sus antepasados. Por ejemplo, el hijo de Mariano Moreno llevó el mismo nombre de su padre.

¿Cuáles eran los nombres que se usaban hace 200 años? Una revisión de los libros de bautismos de aquel tiempo nos ofrece una idea. Además de los clásicos Juan, José, Pedro, Manuel, Francisco, Luis, Santiago, Mariano, María, Pilar, Ana, Mercedes, Clara, Lucía, Inés, Dolores, Paula, Victoria y Magdalena, entre tantísimos otros, destacamos aquellos que ya no son de uso habitual.

Entre los hombres, mencionamos a: Fortunato, Pascual, Basilio, Atanasio, Apolinario, Dámaso, Isidro, Asencio, Evaristo, Dionisio, Venancio, Ventura, Casimiro, Hilario, Cecilio, Hermenegildo, Tirso, Eustaquio, Nepomuceno, Giocondo, Ulpiano, Eufrasio, Críspalo, Eusebio, Fulgencio, Gabino, Crisólogo, Custodio, Valerio, Cándido, Pantaleón, Genaro, Cesáreo, Doroteo, Celestino, Ciriaco, Nicasio, Gaspar, Loreto, Cirilo y Timoteo.

Entre las mujeres, citamos a: Bernardina, Tadea, Antonina, Petrona, Brígida, Gertrudis, Jacinta, Norberta, Ildefonsa, Vicenta, Lugarda, Consolación, Antolina, Tiburcia, Mauricia, Isidora, Eusebia, Casilda, Felipa, Saturnina, Benigna, Daría, Sinforosa, Bartola, Gerónima, María de la Cruz, Aulia, Josefa, María de las Nieves, Lorenza, Bernabela, Santos, Inocencia, Tránsito, Hermenegilda, Ruperta, Leandra, Polonia, Sebastiana, Resituta, Tomasa, Cornelia, Bartolina, Enrica, Olegaria, Úrsula, Pascuala, Silveria y Flora.

Algunos de estos nombres se mantienen en determinadas familias que van traspasándolos de generación en generación para mantener la tradición. Pero en la mayoría de los casos ya han perdido su lugar en la preferencia de los argentinos.

 

 

 

 

 

Los hijos de Urquiza

En el imaginario popular, el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza (quien en realidad, al nacer en 1801 fue bautizado con el nombre de José Justo de Urquiza) ha ostentado un lugar en el podio de los romances. El primer presidente constitucional de la Argentina, siempre ha sido considerado uno de los hombres prolíficos de nuestra historia.

Por supuesto que lo fue, pero muchas veces se magnificaron sus virtudes amatorias. Suele decirse que tuvo cincuenta, cien hijos. ¿Será así? Tal vez ni él lo supiera. Pero hay una prole específica que puede identificarse con certeza. Nos referimos a los veintitrés hijos que tuvo y reconoció. Son los siguientes:

1) Concepción, hija de Encarnación Díaz, nacida en 1820.

2) Teófilo, hijo de Segunda Calvento, nacido en 1823.

3) Diógenes, hijo de Segunda Calvento, nacido en 1825.

4) Waldino, hijo de Segunda Calvento, nacido en 1827.

5) José, hijo de Segunda Calvento, nacido en 1829.

6) Ana, hija de Cruz López Jordán, nacida en 1835.

7) Justo José del Carmen, hijo de Juana Sambrana, nacido en 1840.

8) María Juana, hija de Juana Sambrana, nacida en 1842.

9) Cándida, hija de Tránsito Mercado, nacida en 1842.

10) Clodomira, hija de Tránsito Mercado, nacida en 1846.

11) Medarda, hija de Cándida Cardoso, nacida en 1846.

12) Norberta, hija de María Romero, nacida en 1846.

Luego de su casamiento con Dolores Costa, tuvo con ella los siguientes hijos:

13) Dolores (1853).

14) Justa (1854).

15) Justo José Salvador (1856).

16) José Cayetano (1858).

17) Flora del Carmen (1859).

18) Juan José (1861).

19) Micaela (1862).

20) Teresa (1864).

21) Cipriano (1866).

22) Carmelo (1868).

23) Cándida (1870).

En total, diez varones y trece mujeres. En total, fueron ocho las madres de los hijos que ha reconocido el entrerriano. De esta descendencia han nacido cien nietos. Ni 99 ni 101. Cien exactos.

 

Liniers, Cambiaso y Trotz

El virrey Santiago de Liniers y Ana Perichón de O’Gorman fueron amantes, primero, y parientes políticos, luego: en 1809 una hija de Santiago –María del Carmen– contrajo matrimonio con un hermano de Ana, Juan Bautista. La hija de esta pareja, Rosario Perichon se casó con José Manuel de Estrada.

Son varios los descendientes de Estrada que han adoptado el apellido Liniers como nombre de pila. El más conocido es Ricardo Liniers Siri, autor de la historieta Macanudo que publica el diario La Nación. Su seudónimo es, a la vez, su segundo nombre: Liniers.

Entre los descendientes de los Estrada Liniers mencionamos al marido de Victoria Ocampo (Monaco Estrada), al político Santiago de Estrada, y a los polistas Ernesto Trotz y Adolfo Cambiaso (h). Sin embargo, una investigación llevada a cabo por genealogistas demuestra, con pruebas difíciles de rebatir, que muchos de los descendientes de Estrada nunca tuvieron ni una pizca de sangre de Liniers. Se refieren a la rama de Ángel de Estrada, supuesto hijo mayor de Rosario Perichon Liniers y José Manuel de Estrada.

Diego J. Herrera Vegas y Carlos Jáuregui Rueda cotejaron diversos archivos y arribaron a la conclusión de que sólo seis de los siete hijos del matrimonio fueron auténticos. Hasta hace poco tiempo se pensó que los Estrada Perichon habían sido siete: Ángel, Santiago, José Manuel, Narciso, Juan Bautista, Enrique y Eduardo. Hoy, la legitimidad de Ángel está casi descartada, ya que era hijo del padre, pero no de la madre. Las pruebas que ofrecieron los genealogistas Herrera Vegas y Jáuregui Rueda son:

- En el censo de 1855 realizado en la casa de la familia Estrada Perichon, vivían papá José Manuel (viudo, ya que Rosario había muerto en 1851), la abuela María del Carmen Liniers, los seis varones Estrada –de Santiago a Eduardo–, más un joven mayor que los demás, llamado Ángel pero de apellido Castro.

- En el formulario de la partida de matrimonio de Ángel de Estrada (del año 1867) no está completo el casillero en que debía indicar si era hijo natural o legítimo. Donde debía colocarse el nombre del padre, escribió: José Manuel de Estrada. Donde debía constar el nombre de la madre, dejó el espacio en blanco.

- En la sucesión de bienes de los Sarratea –Rosario Perichon era nieta de Santiago de Liniers y de Martina de Sarratea– del año 1864, José Manuel Estrada figura representando a seis de sus hijos Estrada. Ángel no figura.

- En una escritura de 1866 referida a una operación comercial con Justo José de Urquiza, el padre firma como representante de sus seis hijos. No se menciona a Ángel.

Ángel de Estrada fue director del Banco de la Nación Argentina y fundó la editorial que llevó su propio nombre. La reciente investigación les ha quitado la sangre Liniers a un nutrido grupo de argentinos. Por otra parte, los bisnietos, tataranietos y choznos de los seis hijos restantes, seguirán ostentando el título de descendientes del virrey, sin ningún problema. Entre los polistas, Ernesto Trotz continúa perteneciendo a la estirpe. En cambio, Adolfito Cambiaso mantiene la herencia genética de los Estrada, pero la de Liniers, ya no.

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La fiel criada de los Bioy

En las más antiguas sepulturas del cementerio de la Recoleta es común hallar, junto con la familia, a los criados de mayor confianza; aquellos que acompañaron a sus amos toda la vida. El caso más divulgado se encuentra en la bóveda de la familia de Bernabé Sáenz Valiente, ya que una placa lo confirma: “Catalina Dogan, en su humilde clase de sirvienta, fue un ejemplo de fidelidad y honradez”. Nosotros nos ocuparemos de una mujer que descansa en otra bóveda histórica. Nos referimos a Victorina Romarí, criada de los Bioy.

Su padre, el negro Timoteo, fue cochero de la familia (compuesta por Juan Bautista Bioy, Luisa Domecq e hijos) desde 1840, aproximadamente. Su mujer –cuyo nombre desconocemos–, también sirvió en la casa. Lo mismo ocurrió con los hijos, a medida que fueron naciendo: Salustiano, Bernardo, Daniel, Isidro, Sixta y nuestra mencionada Victorina, entre otros. Hacia mediados de la década de 1880, Timoteo ya se había ganado el cariño de los chicos de la casa, que lo llamaban Tata, pero llegó el tiempo de retirarse de la actividad. Su pelo se volvió cano y solía mencionar que se había convertido en tordillo (en relación al pelaje del caballo, mezcla de negro y blanco), para luego estallar en una carcajada. Su retiro no presentó muchas variantes. Solía sentarse al aire libre para fumar cigarrillos armados y contar cuentos, además de reírse mucho. Solo se ponía serio ante la presencia de su hijo Daniel, quien había tomado la posta para convertirse en el cochero de la casa. Timoteo sentía gran admiración y respeto por su hijo.

Entre los niños Bioy –Javier, María Luisa, Virginia, Pedro Antonio, Juan Bautista (h), Adolfo, futuro padre del escritor, Enrique y Augusto–, las preferidas fueron sus niñeras, la morenas Sixta y Victorina. La primera murió jovencita, víctima de la tuberculosis. Victorina, en cambio, acompañó a la familia durante décadas. Cuando tenía cerca de 30 años, Luisa Domecq de Bioy, quien solía decir que Victorina era su ministra de Relaciones Exteriores, le anunció que le pagaría. La negra no quiso saber nada. El recuerdo familiar es que la criada pidió que por favor no le hicieran eso y se puso a llorar. Los Bioy se las ingeniaron para disfrazar la paga en forma de regalos, incluso en algunos casos, de dinero. Lo que nos lleva a preguntarnos si no será que Victorina –quien, como todos sus hermanos, no alcanzaba a familiarizarse con el idioma–, tal vez entendió que le había dicho que le iban a pegar.

Lo cierto es que a través de los años la criada acumuló una pequeña fortuna, ya que nunca había tenido la necesidad de gastar en nada. Es más: cuando los Bioy hicieron su testamento, legaron a la fiel Victorina cincuenta productivas hectáreas en Olavarría. Ella, en cambio, no tenía descendencia. Sí, gente muy querida: en su testamento ordenó que el campo pasase a manos del menor de los Bioy, Augusto, a quien había criado desde chiquito. El dinero ahorrado lo repartió entre los numerosos nietos de la familia. Cada uno recibió quinientos pesos al morir Victorina. Entre ellos, Adolfo Bioy Casares. Tanto el escritor como la fiel criada descansan el sueño eterno en la Recoleta. Victorina en la bóveda de los Bioy. Adolfo en la bóveda Casares.